miércoles, 4 de febrero de 2009

Soy gilipollas

Y no lo digo por esas veces en las que acabo pagando el menú infantil de los hijos de mis amigos cuando vamos a cenar, ni por las veces que faltando una plaza de coche me he autodescartado diciendo “me apetece pasear”. Pasando por alto todos los “no me importa” y los “tengo que coger el coche igual”, afirmo sin posibilidad de equivocación mis credenciales de gilipollas por mis características laborales.
Siempre he dicho que en esta vida hay que ser bueno y parecerlo. Pues no. Hay que ser jeta y que no se note. Ejemplo práctico de cómo ser un pringao inocente y primo: Ups, después de muchos meses de molestias me convencen para ir al médico. Supero mis reticencias iniciales: que si voy a perder clase, si no he faltado nunca, mis pobres compañeros a cubrirme, mis alumnos que tienen examen. Venga, va. Vamos el viernes. No tengo exámenes y además sólo falto tres clases, que siempre es menos incordio para los demás.
Llega el día D y, oh sorpresa, la SS va puntual para variar. Y además me toca el médico distante que salta por encima de las dolencias como si fuera una sesión de comba. Total, que de mi contractura nastis, ni un mísero relajante muscular, no vaya a ser que me afecte al estómago, mi otra patología. Y para esta segunda, radiografía y listos. Y ahí me planto yo, a las 9:02 del viernes con un justificante demasiado escaso para justificar la mañana, pese a que en el mejor de los casos me hubiera presentado en mi centro de trabajo a las 12 en autobús o las 11:00 en vehículo privado. No puedo negar que podría haber llegado perfectamente a la última de mis citas docentes. Confieso que no le dí mayor importancia.
Hoy me ha caído el rapapolvo de turno. Ha sido suave, elegante y cómplice. Pero ha sido. Y no puedo evitar sentirme gilipollas. En 26 años de trabajo he faltado al tajo en cinco ocasiones: un entierro, dos contracturas (o la misma dos veces), una operación de garganta y un esguince de rodilla. He currao con fiebre, con distensión de ligamentos, con una escayola hasta la rodilla, hasta he impartido media docena de clases mudo porque no tenía voz. En todo el curso no he fallado un solo día. Estoy cansado de sustituír a gente que se ha quedao dormida, que está tajada hasta el corbejón, que llega tarde por irresponsabilidad, que se le avería el coche, que tiene depresión, que su hijo se ha puesto malo, que ha perdido el Zaragoza, que había nieve o que se tenía que hacer la manicura. Gente que chupa del frasco y que se ponen malos a las primeras de cambio. Gente que de verdad está mala (que eso no se lo deseo a nadie). Gente que se casa, se divorcia, se cambia de piso, tiene problemas institucionales o le duelen las pestañas. Gente que está reunida, personas impersonales, individuos con morro y compañeros con mal cuerpo. Gente que sí, y gente que no.
Y cuando pienso en todo esto, y lo injusto que me parece, sólo me entran ganas de cogerme una depresión indefinida por que mis alumnos no pronuncian bien el inglés americano o porque Espinete era en realidad una mujer punky con obesidad mórbida y un traje de pantera rosa. O cuando vaya al médico pedirle cita a las 10:30 para que no me dé tiempo a ir antes, ni a acudir después. Y por supuesto en un día donde tenga muchas clases. Y pedir cita para el dentista, el procurador, la adivina o el asesor de imagen todas las veces que haga falta, pero por las mañanas. Así dejaré de ser el gilipollas majo y sonriente y seré el interino jeta que se pica todas las que puede, ése que se pone el disfraz de FUNCIONARIO, porque en este trabajo hay dos tipos de personas, los docentes, con plaza fija o no, y los funcionarios, los que nos hacen tan odiados, los que llegan tarde, no vienen por borrachera, se hacen la manicura, tienen depresión por culpa de la lluvia y en general trabajan la cuarta parte de lo que lo hace el primer grupo.
Pero si alguien lee esto que no se preocupe. Mañana se me habrá pasado el cabreo y volveré a ser parte de ese 40% que sustenta al otro 60 con nuestros impuestos, nuestras ganas de trabajar, nuestra resistencia, nuestra ilusión y nuestro sudor. Y es que no os podéis imaginar la cantidad de gente que conozco que vive del cuento, del paro o de mis 26% de retenciones mensuales. Para que luego me digan que aquel viernes podía haber llegado a mi última clase…

9 comentarios:

  1. Si es que algunos nunca aprendemos...

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  2. Me gustaría decir que bienvenido al club, pero no. Yo no creo que ser guilipollas sea todo eso que has contado, al contrario, esa es tu fortuna, el gilipollas es el que te afeca la conducta, que le den.

    Salu2 Córneos.

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  3. Muy Bien lo que escribes ¿algún día publicarás?
    yo seria una fiel lectora,además incondicional
    creo que te mereces un fuerte aplauso. eha

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  4. No eres gilipollas, sino una persona auténtica
    leal y con mucho sentido común, que es lo que necesita este mundo. saludos

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  5. Ja, ja, ja. Muchas gracias por vuestro apoyo, pero me parece que vosotros también sois parte de ese 40%...
    Un abrazo

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  6. Yo me voy a pasar al 60%, que les va mejor que a mi: no tienen remordimientos de conciencia, nadie les llama la atención, se ponen el mundo por montera... Total, excepto uno mismo ¿Quién te agradece ser del 40%?

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  7. Oh, cielos, hoy he ido a trabajar dos horas y me he picado dos más por visita médica a 90 km... ¿me estaré pasando al otro lado?

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  8. Pues en mi curro, como le ponga un poco de "morro" me ponen de patitas en la calle...

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