miércoles, 16 de abril de 2014

La erótica del triunfo

Nota del autor: Por primera vez, se incluyen notas a pie de página como los escritores de verdad.
 
¿Admiran a alguien? ¿Sienten debilidad por algún personaje histórico como Alejandro Magno, Napoleón, Franklin Delano Roosevelt, Julio César, Ghandi, Adolfo Suárez, Hitler o Leónidas? ¿O por deportistas de élite tipo Karl Lewis, Valentino Rossi, Rafa Nadal, Tiger Woods, Michael Schumacher, Cristiano Ronaldo, Pau Gasol, Michael Phelps, Eddie Merckx o Iñaki Urdangarín1? Bien, no se preocupen. Nos pasa a todos.
Decía una canción de J.J. I. de la Cueva2, ganadora del festival de Benidorm en 1968, “Pocos amigos que son de verdad. Cuántos te halagan si triunfando estás y si fracasas bien comprenderás: los buenos quedan; los demás, se van.” Lo que para muchos es una traición interesada y oportunista, para mí es únicamente un impulso natural del ser humano. Lo que hace a las gentes volcarse con sus ídolos no es su hermosura, ni su carisma, ni su personalidad, cosas que pesan, pero no deciden. Lo que atrae a las masas es su capacidad para asociarse con la victoria, la sensación de que estamos apoyando al que gana siempre. En el momento en que nuestro campeón deje de vencer, perderemos –lógicamente– el interés en él.
¿Alguien se imagina a Leo Messi siendo aclamado por la muchedumbre si no hiciera slaloms de dibujos animados, o a Cristiano Ronaldo vitoreado hasta el hastío si dejara de meter cuarenta pepinos por temporada? Necesitamos creer en algo, emborracharnos de épica y reflejarnos en gente que de verdad es excepcional, bien conquistando territorios agrestes o bien levantando horribles ensaladeras de metal.
Lo malo de esta erótica del triunfo es que a veces está mal entendida, y se confunde frivolidad y éxito superficial con valores de verdad. ¿Por qué la masa no aplaude y jalea a los héroes auténticos? ¿Porque no salen en la tele, no ganan discos de platino, no sueltan discursos con un oscar en la mano, no corren el circuito en 3:27:45 o no le ponen pinchitos de merluza a Lebron James?
Esta epiquización de los valores nos lleva a desechar todo lo que ya no funciona. Y eso es peligroso. Por eso muchas estrellas del cuero o del celuloide no han soportado el ocaso de los dioses. Y entonces aparecen las depresiones, las drogas, los excesos, las llamadas de atención de unos medios que ya no te recuerdan porque ya no interesas a nadie, el alzheimer popular y la gran debacle, truncada a veces por un suicidio liberador. Por supuesto que te han olvidado; sólo el triunfo te hacía encantador. Cuando eres tan mediocre como todos los demás, ya no importas un carajo. Terrible, ¿verdad?
Tal vez la sociedad crea iconos para consumir y tirar al poco, al más puro estilo Operación Triunfo, mientras los creadores de mitos se enriquecen en la sombra a costa de un populacho débil y entregado a la manipulación y una estrella rutilante, inmadura y mimada, que se embriaga de una atención que nunca mereció, inflada por los poderosos invisibles, ésos que nunca salen en la foto y no pasan de moda porque jamás estuvieron en el escaparate. La vida es muchas cosas, pero no es fama. Resulta demasiado gaseosa, burbujeante, y sin chispa cuando se le va el gas.
Por todo eso, si puedes, no seas famoso. El olvido debe ser insoportable. Siempre puedes chocarte con el coche a todo trapo, pasarte con la ingesta de pastillas, ensartarte un pitón de toro en la femoral o practicar sexo sin protección, pero convertirte en mito te costará la vida en el momento más álgido. Que se lo pregunten a Paul Walker, James Dean, Marilyn, Kurt Cobain, Francisco Rivera Paquirri o Freddy Mercury. Pero de la morbosa relación sadomasoquista entre vida efímera, muerte trágica y fama inmortal hablaremos en otra ocasión. Como se atribuyó una vez el rebelde sin causa3, “Vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver”. Dos de tres, porque su mortaja quedó hecha un asco. No se puede tener todo, James.


1 Entre los deportistas de élite anteriores hubo un príncipe que me salió rana. Mil perdones.
El cantante era Julio Iglesias y la canción, La vida sigue igual.
3 La frase se dijo en realidad en la película “Llamad a cualquier puerta” (Knock on any door) de Nicholas Ray.

miércoles, 9 de abril de 2014

Te lo dije

¿Cuántas veces hemos escuchado estos epitafios tras proféticas palabras? Más de la cuenta, seguro, y menos de lo necesario.
Los vendedores de consejos siempre sacan pecho a posteriori. Es fácil aconsejar a caballo ganador, sobre una apuesta segura o siguiendo el curso de las apariencias. El noventa por ciento de las veces, las cosas son siempre lo que parecen.
Sin embargo, queda un diez por ciento de engañosas realidades, de fachadas de cartón piedra y de conclusiones equivocadas. Y eso de colarse, aunque sea una de cada diez veces, pasa por prejuzgar.
A nadie le gusta que le etiqueten antes de tiempo. Curiosamente, es una de las primeras cosas que hacemos: clasificamos al rival, lo cotejamos con otros y lo encasillamos donde nos sale de las neuronas. Generalmente bien; a veces, mal (e) intencionadamente.
Ninguno podemos escapar de lo que parecemos. Es inmanente a nosotros. Además, la culpa no es nuestra. Quien está metiendo la pata es el prejuzgador. Todos jugamos a ser mejores de lo que realmente somos, y esperamos que nos vean en una versión optimizada de nosotros mismos. Pese a ello, “piensa mal y acertarás” se ha pervertido hasta ser “piensa mal y encontrarás la maldad que buscabas en mí”. Y aquí, como decía un amigo mío, “o no follamos ninguno o no follamos nadie”, lo que viene a ser que todos pierden: el que valora antes de conocer se merece llevarse un buen chasco, o tener la razón que nunca habría admitido si no hubiera prejuzgado al elemento en tela de juicio; el sujeto a examen también se come su parte, porque ha resultado ser tan nocivo como se decía, y ya nunca quedará claro si lo era de serie o es que se ha rebotado de tanto mirarle mal.
La solución pasa por no hacer juicios de antemano. Yo vengo a hacer un trabajo, no a prejuzgar a nadie. Para eso hay gente especializada. Si menganito parece un cabrón con pintas –o tiene pintas de cabrón, que viene a ser lo mismo– pues habrá que esperar a que cornee. Que sí, que hay muchas posibilidades de que salgamos heridos por asta de toro, pero en alguna de ésas puede que resulte manso y cordial. A veces basta con no encabronar al personal para que no te embistan. Otras te las llevas, sí, pero la vida, al fin y al cabo, son muchas cornás. ¿Por qué no torearlas sin marcar paquete?

domingo, 30 de marzo de 2014

Flaco favor

Vosotras seguid así, aumentando la brecha entre una maternidad esclava y una paternidad responsable. Continuad diciendo que no sabemos cambiar pañales, que el lavaplatos no se coloca así  y que planchamos como el culo. Insistid en que dejamos la cocina hecha un asco cuando hacemos chuletas y que nos sobran nueve raciones de pasta cuando cocemos espaguetis.
No pasa nada. Siempre estarás tú, esforzada madre, truhana de pescadería, experta en colas mercadoniles, planchadora ágil y asistente de regalos para cualquier ocasión.
Pero a ver… ¿qué mierda de igualdad nos estáis pidiendo con anuncios segregacionistas como estos?: “Tu bebé y tú”, “Éste ya lo hace como a mí me gusta”, “Estoy harta de tanto frotar”. Joder. La supermamá, la esclava fregaplatos y la lavandera a la piedra se lo tienen bien merecido. ¿Pero las demás? ¿En serio os creéis todo eso? ¿Pensáis que no queremos saber nada de hijos, de planchas, de compras, de aspiradores, de orgasmos femeninos y de lejía? ¿Qué clase de marido, novio o arrejuntado os vendieron en la infancia? ¿No habéis acabado la ESO, Lo comprasteis en un chino, lo regalaban con la nómina o es que llegasteis las últimas?
Yo no entiendo un carajo. La sociedad es abrumadoramente machista en casi todo y obcecadamente feminista en un puñado de matices, y no siempre baladíes.
Los hijos. “No hay amor como el de una madre porque ella ha tenido al bebé dentro de sí”. ¿Y ya? ¿No hay padre que pueda querer a su vástago como una madre, a su modo? Yo he visto mucho desinterés en papás que han pasado de sus niños, y mucho egoísmo en mamás que han estropeado la vida de su prole con sus propios deseos, en contra de lo que los pequeños necesitaban. Yo siempre digo: ¿Quieres lo mejor para ti o para tu hijo? A veces no me responden. A veces mienten.
No sé quién hace los anuncios de premamás, pero una cosa tengo clara: patinan. Convierten el nacimiento del bebé en una simbiosis perfecta entre madre e hijo, y los demás que arreen, que envidien, o que se alivien de no tener que cambiar pañales o dar biberones a las cuatro de la mañana. No negaré que ocurre a menudo –en algunos hogares, siempre–, eso de declinar las responsabilidades, pero lo mismo se podría luchar por la igualdad también en esto. ¿Has pensado que tu marido no sabe poner dodotis pero que, oh, milagro, puede aprender? Sí, sí, los varones también saben automatizar, por raro que os resulte. Si quieren, claro. Y si queréis vosotras, gallinas cluecas. Los comerciales son sesgados, feministoides, parciales. Pero claro, hay que apuntar al corazón maternal, ése que pagará lo que sea porque su bebito erupte sin dolor.
De profesión, sus labores. ¿Por qué no puede haber mujeres poniendo ladrillos, manejando el toro, arreglando wi-fis? ¿Y hombres haciendo de canguro? ¿Qué pasa, que todos somos unos pederastas de mierda? ¿Tan mal se nos puede dar el cuidado de un chiquito?
No somos iguales. Poneos como queráis pero no lo somos, y vosotras tenéis mucha culpa. No tanta como nosotros, pero sí mucha. Es como quejarse de que los tíos os miran el escote después de poneros cuatro tallas menos de blusa. Si uno quiere nadar y guardar la ropa, lo mejor es bañarse con ella. Así seguro que no se la llevan.

lunes, 24 de marzo de 2014

¿Estudias o trabajas?

Ya lo he decidido. Voy a dejar el trabajo. No piensen que soy vago. Me gusta eso de poner ladrillos y echarles cemento. Y con el toro ya lo flipo. Pero no me llega el dinero. Yo entiendo que es importante coger experiencia laboral y formarse, pero pagar 10 ó 15 euros al día, en el mejor de los casos, para que me permitan ponerme el casco y montar andamios es demasiado.  Tenía que haber empezado antes. Ahora ya soy mayor.
No me queda otra que volver a estudiar. No me gusta, y a lo mejor no vale pa’nada, pero pagan muy bien. He acabado tercero de ESO. Me daban 30 euros al día. Dicen que en 4º son casi 35. Empollar es lo peor, pero tengo amigos universitarios que se levantan 2000 euros al mes por sacar suficientes; que si obtuvieran notables les caían tres mil cucas. Otro está sacándose el doctorado. Dice que de 5000 no baja.
La educación es un coñazo, pero hay que admitir que el salario compensa. Voy a hacerlo. Tengo familia que mantener. Además, cuando acabe la ESO tendré derecho a paro, al menos hasta que empiece el bachillerato. Si es que me interesa.

domingo, 16 de marzo de 2014

La Bella y la Bestia, de Christophe Gans

Nueva revisión del cuento clásico, ya convertido en mito, sobre la belleza interior y el amor por encima de apariencias y prejuicios.
La versión de Gans resulta un poco gélida, no tanto por las paredes de hielo que rodean el fabuloso castillo y vastos jardines del hombre-jabalí –león en este viaje–, sino por el abuso de las técnicas digitales para recrear paisajes de ensueño, frondosos bosques hechizados y ricos colores. El resultado es correcto, pero a veces se echa en falta un poco más de realismo, de imperfección.
Los actores están bien trabajados, empezando por un Vincent Cassel bastante reconocible bajo la barba de felino, y la dulce Léa Seydoux, que da gusto sólo de admirar su hermosa fisonomía. Además, la química entre ellos funciona bien, sin grandes alardes, quizá abandonados por planos más espectaculares, confundidos con el repertorio de la semana de la moda victoriana y las aventuras instintivas del señor del castillo.
En todo caso, es de agradecer el esfuerzo de vestuario: ostentoso, mágico, suntuoso y excesivo. Al fin y al cabo, éste es un cuento de princesas, ¿no? Respecto a la faceta faunística de la Bestia, los episodios salvajes tienen una plasticidad inenarrable, con estética comicquera, abrumadora, poética, llena de matices y carne de fotograma en postales y posters varios.
Mención aparte merecen los secundarios, encabezados por un André Dussollier en el papel de padre de Bella que resulta el más creíble de todos, y un Eduardo Noriega que sustituye al Gastón de toda la vida con el personaje de Perducas, incomprensiblemente feo, descuidado, cicatrizado y ojeroso, con desagradables patillas y heredero natural del Bill Sykes de Oliver Twist. Con todo, no es la interpretación de su vida ni pasará a los anales del cine con ella.
La trama se antoja pausada, quizá en demasía, recreándose más de la cuenta en el tono poético de la producción, intentando dar empaque a la historia de amor pero olvidándose de ella en los momentos de clímax, mucho más preocupados por darle ritmo a la acción que de alimentar la llama zoofílica de la pasión.
Los dolorosos flashbacks sobre la historia de la Bestia y su caída en desgracia son quizá lo más reseñable del filme, contrastando un pasado luminoso y glorioso con un presente lóbrego y desesperanzador. Se alternan con acierto en el metraje y permiten relativizar el tiempo que necesitan secuestrador y raptada para elaborar su Estocolmo como rezan los cánones. Quizá, otra vez, se añora un poco de agonía interior, de sensación de asfixia, de profundidad emocional.
Pero nada de eso es determinante. Lo que importa es sumergirse en un mundo de cuento, con rosales mágicos y encantamientos de última hora, escupiendo maldiciones de justicia divina y recuperando tópicos para la causa. Como ya ocurrió con Alicia en el País de las Maravillas, si quieren un clásico de manual, hablen con Disney. Si creen en la criogenización, claro. Si no, alquilen la película en video. Para soñar en universos creados por ordenador, están en la sala precisa.