lunes, 17 de noviembre de 2014

Tratado educativo: 3. Los perros que ladran pero no muerden

Los liberados sindicales son, posiblemente, los grandes desconocidos de la función docente. Yo no tengo muy claro qué hacen. Dan cursos inútiles –pero homologados– que les reportan cuantiosos ingresos, asesoran a docentes en apuros, muchas veces sin requerir afiliación, dan cobertura jurídica, informan en época de oposiciones… y poco más. Creo que nos defienden ante el poder, pero nunca me ha parecido que su pataleta revierta en nosotros. Todo queda en un enfado simbólico y otra vuelta de tuerca para los que estamos a pie de tiza.
En cualquier caso, son la prueba palpable de cómo funciona la educación: asesores, liberados, ministros, legisladores, inspectores…. ¿y los maestros? ¿No debería haber muchos más soldados que generales, más hormigas que reinas, más obreros y menos ingenieros? La burocracia nos ha tiranizado. No me sorprendería que los propios sindicatos sean esclavos de la misma y burda gestión (des)organizativa, que tengan muchas más responsabilidades de las que se ven, que desconozcamos su trabajo lo suficiente para no criticar y opinar con la gratuidad que yo lo estoy haciendo. Pero una cosa sí tengo claro: el que trabaja en un sindicato de educación es que no tenía vocación real por las aulas. Para eso hay que ser muy profesor.

martes, 11 de noviembre de 2014

Tratado educativo: 2. Mucha Calidad

Y ya no te digo nada del Programa de Calidad, la mayor estafa del último lustro si exceptuamos la supresión de contrato de veranos a los docentes interinos. Para los que no lo sepan, el Certificado de Calidad es un sistema de auditorías externas que hace una empresa privada para verificar y certificar que determinadas enseñanzas se realizan de acuerdo a un protocolo de actuación regido por los documentos oficiales, que intenta acercar el cisma irreparable entre la legislación teórica y la práctica del aula, pero que solo sirve para que los coleguitas de Aenor se llenen los bolsillos con miles de formularios farragosos y estúpidos, absolutamente inútiles y nada funcionales, que obligan a los profesores a perder su valioso tiempo con gilipolleces, y que la mayoría de las veces se acaba falseando para que cuadren cosas sin pies ni cabeza. 
Pongo un ejemplo: esta semana no he tenido clase con un grupo por una improvisada huelga de estudiantes. En lugar de reflejar esas incidencias, en el seguimiento de la programación hay que falsificar los datos para que casen con lo previsto. No me pregunten por qué. Yo tampoco lo entiendo. Por cierto, este Certificado de Calidad de momento solo se emplea en determinados centros de adultos y FP de manera opcional. ¡Ja! Voluntariamente los cojones. De todos los centros de adultos de Aragón, uno se negó a acogerse al programa de Calidad y al curso siguiente su equipo directivo había sido reemplazado. Más nazi no se puede ser.

jueves, 6 de noviembre de 2014

Tratado educativo: 1. El siniestro Ministro

La educación en España se ha convertido en un asunto de Estado, no tanto por la importancia y trascendencia de la materia como por su repercusión mediática y réditos políticos. Mientras unos y otros la utilicen como moneda de cambio u arma arrojadiza en busca de votos será tan nociva como una custodia de hijos entre padres divorciados por las malas, que al final siempre pierde el niño.
Partiendo de que el sistema educativo es malo, bastante, ¿qué es lo que falla? La respuesta es a la vez sencilla y compleja: falla todo. Lo único en lo que no nos pondremos de acuerdo es en el porcentaje de culpa que tiene cada uno.
Empezando por la cúpula, que lo mismo se podría hacer por las tizas, un ministro que nunca ha estado en un aula de primaria o secundaria no sabe de qué va el asunto. Un licenciado en derecho y profesor de universidad no está en absoluto cualificado para legislar en materia educativa. Partiendo de que las mayores dificultades se presentan en la ESO, haría falta situar al frente de la nave un profesor de secundaria con amplia experiencia en el sector, antiguo director y jefe de estudios, y a ser posible, reciente. De nada vale un maestro de la vieja escuela, porque a día de hoy se ha quedado obsoleto, y las reglas del juego han cambiado exponencialmente. A su lado, como adjuntos, un buen número de especialistas: maestros de infantil, lenguas, ciencias, educación física, AL, PT, orientador; profesores de secundaria de todas las especialidades, de FP de todas las ramas, de universidad…también algún burócrata, sí, pero pocos.
El Ministerio de Educación se descolgaría de Cultura y Deporte, porque todas son carteras que requieren de mucha dedicación, y no podrían ser reemplazadas por golpes de timón político. La educación no estaría supeditada a ningún partido y por supuesto ninguno de sus integrantes, ni en el Ministerio ni en las aulas estaría afiliado a ninguna formación. Se acabó lo de promulgar leyes estúpidas para dar trabajo a los coleguitas del partido.

jueves, 30 de octubre de 2014

El espectral fantasma de la plenitud

Una de las peores cosas que le pueden ocurrir a una persona es sobrevivir a su apogeo: subir al cielo, tocar la llama, llenarse de eternidad… y volver a la mundanidad. Porque nada es tan engañoso como el alcohol y el triunfo –no en vano se acuña la expresión borrachera de poder o de éxito–. Ambos son grandes depresores del sistema nervioso: primero le dan un subidón de la hostia, y luego le hunden en tu propia miseria.
Casi nadie está en su mejor momento, a la vez, en todos los aspectos de su vida. A la plenitud física se suele contraponer una deficiencia madurativa o intelectual, y para cuando uno está en la cresta de la ola profesional, ya no tiene cintura para surfear como los jovenzuelos. Además, la centralización de esfuerzos en un único foco vital nos desvía, afortunadamente, de aglutinar varias facetas a la vez. No. El ser humano es bastante monotemático, y cuando se vuelca en una actividad u ocupación, generalmente abandona o descuida las demás.
Los pesimistas disfrutan de la gloria con la desconfianza de saber que su momento pasará, y semejante proyección desoladora les impide saborear el instante con mínimas dosis de megalomanía y narcisismo. Ah, tontos. Y los optimistas son ingenuos y osados, y creen que aun no han llegado a la cima o que nunca se bajarán de ella. Ah, memos. Menuda caída les aguarda. Para ellos será la mayor de las bofetadas.
Sea por un motivo o por otro, es complicado continuar después de haber besado el cielo. Y sin embargo, a todos nos llegará la hora –la de volver a la realidad, me refería; a la otra mejor no mentarla– y tendremos que vivir de recuerdos memorables, de amargo presente e incierto futuro.
¿Cómo sobreponerse a un instante de excelencia suprema? Simplemente no se supera. Se arrastra uno con mayor o menor fortuna entre la nostalgia de los aplausos perdidos y la esperanza de que volverá a haber una de esas confluencias de astros. Los más echados pa’lante todavía pensarán que su mejor versión aún no ha llegado, por mucho que los michelines ofendan al espejo, las neuronas lleven bastón o las musas plagien del rincón del vago. Los descerebrados quizá ni se lo planteen, y una profunda depresión se los llevará en una corriente de fracasos sin comprender qué hicieron mal, sin asumir que a veces ni siquiera una estrategia perfecta puede asegurar una plácida jubilación social.
Al final, todos buscamos lo mismo: reconocimiento, cariño y palmaditas en la espalda. Tal vez habría que crear un servicio de teleadmirador que, como el teleamigo que acudía presto con el pack de cervezas, estuviera a nuestro lado abriendo la boca de par en par y aplaudiera con las orejas cada una de nuestras nimias victorias. Si alguna vez quieren ganar a alguien para la causa, endiósenlo como deidad mitológica y en poco tiempo comerá de su mano, a no ser que sea futbolista de élite, friki televisivo o artista consagrado. No hay pájaro para tanto alpiste. Con razón se hunden cuando les llega el olvido. El crepúsculo de los dioses debe ser insoportable, aunque eso es algo que ni ustedes ni yo, con suerte, sabremos nunca.

martes, 21 de octubre de 2014

Mucho es demasiado (3/3)

–Pero… ¿qué te ha pasado?
–Pues… si te lo dijera no lo creerías.
–He visto a un criminal enamorar a la psicóloga de la prisión, conseguir el tercer grado, irse a vivir con ella y descuartizarla al tercer día. Estoy abierto a todo.
–Escucha pues, Huesca. Todo empezó con unas antiestéticas patas de gallo.
–Ahora tienes patas de pollita.
–Qué gracioso. No me interrumpas.
–Perdona.
–Me pareció que me estaba envejeciendo demasiado rápido por culpa del café y las pocas horas de sueño, así que busqué una solución. Pero no una cualquiera. Descubrí por internet la tienda del Sr. Wing de Chinatown.
–¿Y ese quién es?
–El que poseía a Gizmo, el de los Gremlins.
–¡Pero si era una película!
–Sí, pero la tienda existía de verdad, y tenía un montón de remedios milenarios para casi cualquier dolencia o síntoma.
–Bueno, bueno, ¿y qué paso después?
–Compré una mascarilla facial rejuvenedora.
–¿De qué era?
–De pepino cantonés.
–¿Y funcionó?
–¿Tú que crees? –dijo Juliana posando–. Cada día parecía un año más joven.
–¿Y qué tal?
–Pues al principio bien. Luego empecé a verme un poco adolescente. Y cuando quise pararlo parecía una niña. Y ahí sigo.
–¿Aún pierdes años?
–Ahora ya se está empezando a estancar. Pasé miedo. Mucho. Creí que iba a renacer inversamente y me transformaría en cigoto.
–Has visto demasiadas películas.
–Sí, mira mis piernas. Ya no me queda ni vello.
–¿Por qué no fuiste a las autoridades?
–Cuando acudí ya parecía menor de edad. La primera vez me hicieron una prueba de alcoholemia. La segunda ni me dejaron entrar.

El colombiano y la esposa pergeñaron mil maneras de arreglar el malentendido, pero todas chocaban con la incredulidad o la burocracia. Los seis días de permiso llegaban a su fin y no habían resuelto el indulto de Michel. Antes de volver a la Cárcel Suprema de Los Monegros, Huáscar le pidió la crema rejuvenecedora de pepino a Juliana.

–Llévatela –le dijo–. A mí no me ha traído más que problemas.

Huáscar Merino solo estuvo dos días en la Suprema, pues le concedieron el tercer grado. Se despidió de sus compañeros, en especial de Michel, y empezó una nueva vida. Mes y medio después, leyó en el Heraldo una noticia que le iluminó el alma.

Puesto en libertad un niño que llevaba dos meses encarcelado por error. El pequeño, Michel Litago, de unos nueve años de edad, apareció inexplicablemente en su celda, pues se le había asignado chabolo y esperaba juicio por presunta pederastia, cargo del que ha sido absuelto por ser menor y no poder ser juzgado, además de que, por su misma naturaleza, no puede haber incurrido en dicho delito. Se están depurando responsabilidades políticas y no se descarga algún cese dentro de instituciones penitenciarias.”

sábado, 18 de octubre de 2014

Mucho es demasiado (2/3)

–Quiero ayudarte. Salgo el martes de permiso. Dime qué quieres que haga.
–Busca a mi esposa. Ella te dirá la verdad.
–¿Cómo se llama?
–Juliana Vistoi.
–Cuenta con ello.
–¿Por qué lo haces?
–Me aburriré ahí fuera y no tengo dinero para irme de putas. Ni siquiera para fumarme un buen canuto. Si no me entretengo en algo volveré a hacer de mula y paso de que me agraven la condena. ¡Solo me quedan cinco meses!
–¿Qué te pasó?
–Me traje 20 kilos de cocaína en la maleta.
–¿Cuánto pagas?
–Tres años y medio.

Huáscar salió de la Suprema sin mirar atrás. Le excitaba sobremanera hacer algo diferente a quebrantar la ley. Cogió el monegrino y arrivó pronto a la capital del Ebro. No se detuvo en visitas turísticas. Debía encontrar a Juliana.
La dirección de Valdespartera resultó ser correcta. Por el interfono sonó la voz añinada de una chica. Cuando subió al portal se llevó un chasco, porque quien le abría la puerta no podía tener más de seis u ocho años.

–Hola, bonita. ¿Está tu mamá?
–Mi madre falleció hace diez años.
–No puede ser. Tú no tienes esa edad.
–No, no la tengo.
–Estoy buscando a Juliana Vistoi.
–Tienes poca memoria. Ya te he dicho por el portero que soy yo.
–¿La esposa de Michel?
–¿Lo has visto? ¿Cómo está?

Huáscar Merino se quedó absolutamente flasheado. ¡Entonces era cierto! Era un maldito degenerado. Su cara denunció su repulsa.

–Dime la verdad. ¿Te ha tocado ese cerdo? –preguntó con miedo a escuchar la respuesta.
–Sí, muchas veces –replicó ella con no disimulado orgullo–. Durante años.
–Qué cerdo.
–No le hables así.
–¡Encima! ¿Pero no entiendes que tienes el síndrome de Estocolmo?
–Que no me ha forzado. Que yo siempre he querido. Estamos casados.
–No me jodas. Eres una niña.
–Tengo 33 años.
El interno tomó aire. Se había perdido algo. Juliana le invitó a pasar y le ofreció un café. La oferta era irrechazable para cualquiera acostumbrado al rechazo y la desconfianza.
Para aparentar seis años la chica mostraba una coordinación sospechosa. No era la primera cafetera que ponía. Y tampoco hablaba como una niña. Poco a poco Huáscar comprendió que aquella era realmente la esposa de Michel.