miércoles, 14 de octubre de 2015

Galletas de oro con diamantes incrustados

Imaginen por un instante –seguro que no es la primera vez– que son asquerosamente ricos; que su rollo de papel higiénico está hecho de billetes de quinientos euros y que no reciben a Amancio Ortega por ser un mindundi.
Especulen, ya que estamos, que desean arruinarse rápidamente por tanto hastío y aburrimiento. Podrían invertir en preferentes bankianas o construirse una mansión en la luna; apostar online con Cristiano Ronaldo o coleccionar ropa del Primark que no se descosa –cosas más raras se han visto.
Pero si no tienen dinero para Rato, les viene a desmano un chalecito selenita, no saben farolear al poker o se visten de alta costura, siempre pueden acudir a la calle Alfonso de Zaragoza e irrumpir en la tienda de galletas La Cure Gourmande.
Ya de primeras alguna que otra señal te están mandando. Tanto amarillo oro luminoso como astro rey y esa exquisita disposición de la materia prima en escalonadas capas de preciado material es para hacerte sospechar. Ya cuando te ofrecen una muestra es para temer. Efectivamente la galleta de turno es impresionante. Esa mierda es tan buena que podría matarte por su grado de pureza. Perdón, me estoy yendo de sustancia. Ya disculparán, la costumbre. Decía que las pastas no solo tienen muy buena pinta. El sabor no desmerece al aspecto, ni a la infraestructura ni a la amabilidad de las señoritas dependientas, que tras sus engoladas sonrisas parecen brillar dientes de oro pagados con las monedas –perdón, billetes– de los incautos que pisaron su guarida.
La variedad de sabores también es reseñable: naranja, chocolate, almendra, limón, rellenas, mantequilla, sopa con gambas, mojito de cebolla, melón con jamón, queso azul… Para no hacer corto de producto, y siguiendo la estrategia infalible de Frutos Secos el Rincón, la bolsa es gigantoscópica, para que no te quedes escaso a la hora de llenar tu pedido. Si escuchas con atención puedes oír un ruido metálico con cada pasta precipitándose al fondo, y los más avezados dicen incluso que un pequeño símbolo de $ brillante y dorado puede verse en el aire durante un instante, pero esto puede deberse a la sugestión o al uso y abuso de las sustancias arriba mencionadas y que nada tienen que ver con La Cure Gourmande.
Bien, ya has llenado tu bolsa de papel hasta un honroso tercio de la misma, así como para no quedar de rancio, y vas al matadero del fondo. Tú ya has visto carteles de 100 gr 3’95 €, pero esto es como las bombonerías: ya puede ser el kilo a seis mil euros que tú te quedarás con el letrero de 6€ 1 gramo. Si ya nos hicieron creer que un euro eran cien pesetas al cambio y seguimos con la misma conversión quince años después, como para no hacer el primo en atracatessen selectas.
La dependienta te avisa primero. Llevas 600 gramos, pues 23,7 euros. Te acabas de dejar 4000 pelas en trece galletas con dos cojones. No problema. Tu cara de estupefacción te dura lo que intentas aparentar que no eres un muerto de hambre. Te pones digno intentando disimular tu mediocridad económica y sueltas la gallina si es que te alcanza. Adiós a llevar a los chicos a Puerto Venecia.
Dicen que ya han abierto nuevas líneas de crédito, hipotecas inversas para abuelas y que aceptan pulmones y riñones. Hasta tienen un quirófano auxiliar en la trastienda para realizar la operación económico-quirúrgica. Incluso han fichado al Doctor House pagándole dos pastas de canela al día, lo cual es una pasta. Si la usura puede materializarse en un negocio, después de los créditos rápidos –algunos de los cuales se contratan para pagar las galletas de pistacho–, es en esta tienda encantadora de exquisiteces francesas.
Ayer me di un capricho: entré por cuarta o quinta vez a experimentar un nivel de vida que no me puedo permitir. Pero como ya he pagado –como todos– la novatada, fui a lo que fui. Me adueñé de una de esas bolsas de papel tan lindas y tan grandes, esquivé educadamente la ayuda de la vampirienta y vertí en mi pedido dos galletas que me tienen atrapado: una de limón y otra de almendra. Me da lo mismo que mi paquete quede rancio. El veredicto fue claro: 4,85 euros por dos pastas. Joder, hasta los tigretones de la estación de servicio están más baratos. Y hasta pronto. Volveré dentro de dos años, cuando me dé otro ataque de exceso. De momento prefiero pagar la hipoteca.
No me gustan los comercios que se basan en la buena fe de los clientes. La Cure Gourmande es una tienda de un solo uso: entras, te dan el sablazo y no vuelves jamás. Cuando hayan pasado seis mil millones de personas tendrán que cerrar. Mientras tanto, se aprovechan de que es violento para la gente dejar el pedido en el mostrador, sea por orgullo, apariencia o vergüenza. No se puede trabajar en algo que se sustenta en el engaño. No es ético. Pero supongo que bucaneros los ha habido y los habrá siempre. Y aunque no lleven bandera pirata y sable, ahora se refugian en una tienda de galletas de la calle Alfonso de Zaragoza.

3 comentarios:

  1. Jajajajajajajaja....

    Buenísima crítica a esa falta de ética comercial, siempre sabes cómo hacerlo...Lo cierto es que los bucaneros y demás guarradas industriales están siempre bien para matar el gusanillo, no hay necesidad de sablazos ni de que nuestras deudas hipotecarias sufran mermas...Me encanta tu estilo de escritura, tienes arte para desparramar con clase, sin embargo, si voy a Zaragoza creo que no voy a poder resistirme a pasarme por esa fantástica tienda, como ya sé que no volveré jamás que menos que una primera y última vez, un buen chocolate merece sus sacrificios, luego, si eso, te llamaría para tomar algo, y como me habré quedado "tiesa" tendrás que invitar tú.

    Un abrazo :)

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  2. No he entrado nunca en esa tienda, que creo que son una franquicia. La verdad es que lo de los atracos es algo que, por desgracia, suele ser bastante común. Ayer me lo dieron a mí tomando algo en un bar por la tarde, me cogieron con el Pilar descuidado y nos la clavaron hasta el fondo.

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  3. Esas galletas están siempre durísimas y más secas....

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