lunes, 7 de noviembre de 2011

Justicia vs. Autoridad

Normalmente deberían ir de la mano como si fueran amiguitas adolescentes con muchas inseguridades y todas las certezas. Mantendrían una complicidad empática e inabordable por los elementos ajenos, se dirían mil cosas con una simple mirada y serían la envidia de otras nenas y el deseo de todos los nenes.
Pero es que a veces se pelean. En esos casos parece que nunca se van a reconciliar. Se ponen cerdas y se gritan mil barbaridades. Juntas son intensas, insoportables por separado.
Pero en este mundo capitalista y americanizado de ránkines y clasificaciones no pueden ser iguales: una debe estar por encima de la otra. Y ustedes dirán: La Justicia es lo primero. Pues no. Debería serlo, pero, ¿quién reparte justicia con objetividad y honestidad plena? ¿Acaso uno puede disfrazarse de Capitán Verdad con un horterísima traje amorcillado de colorines blanqui-rojiazules y estrellitas y barras pro-estadounidenses y luego de superar el ridículo propio y la burla externa regalar a diestro y siniestro bandazos de ecuanimidad absoluta? ¿No es la justicia un principio insondable y sólo aproximado cuando somos los torpes humanos los que la vertemos en los ojos de nuestros semejantes?
La autoridad debe primar. Ya sé que mi decisión es poco popular, denota regímenes dictatoriales y mola poco en el siglo XXI. Pero es que no queda otra. El que manda debe hacerlo sobre decisiones justas e injustas, acertadas y desacertadas. No se puede dudar de su veredicto por sesgado que sea. Mejor dicho: no se puede desobedecer su sentencia. Podremos recurrir el fallo e intentar demostrar que la decisión no era correcta. Apelar, interponer, gritar, pero acatar primero. Porque si cada vez que uno sabe o piensa que no le han dado su ración de justicia se levantara de la mesa y le diera una ostia al cocinero el mundo sería un caos. El que rige el principio de autoridad se presupone ecuánime, justo y juicioso. No podemos negar su objetividad ni desacreditar su decisión, por mucha razón que tuviéramos. Porque si cada vez que no han sido justos con nosotros desobedeciéramos las leyes, acabaríamos anárquicamente despreciando todo aquello que no nos favorece y revistiéndolo de equivocado. Otra cosa es hablar con la autoridad y sacarla de su error, pero tomarnos su sentencia por el pito del sereno, nunca.
En fin, que la próxima vez que castiguen a mis chicos presuntamente injustamente, que traguen o negocien. Ya protestarán después de haber cumplido sus veinte minutos entre rejas.

3 comentarios:

  1. Bueno, el nexo de unión entre ambas es el concepto de legitimidad...pero se plantea el problema de que la definición de legitimidad parte de cierta concepción social consensuada de la justicia, así que resulta difícil no car en un razonamiento circular. Aún así, en los casos manifestamente injustos u opresivos, la autoridad basada sólo en la fuerza debe ser criticada...si se puede.

    De todas formas, a veces la autoridad se basa en la confianza, y no en la fuerza. Entiendo que sea un principio peligroso y que debe ser controlado, pero un mundo que destierra cualquier concepto de autoridad y socava cualquier principio para poder mantenerlo no deja de ser el sueño de un niño de 6 años hecho realidad, como dice Calvin, a Hobbes.

    La duda y la crítica son necesarias, pero últimamente pareciera que cualquiera que se cree con razones suficientes se ve legitimado a hacer cualquier barbaridad e ir por libre. Y mandar es difícil.

    Y bueno, esta es mi modesta opinión. Un saludo :)

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  2. Difícil cuestión la que nos planteas hoy... en cualquier caso, quién volviera a los castigos de la escuela ;P

    dirty saludos¡¡¡¡¡¡

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  3. Disculpa, pero desearía que las conclusiones de lo que expones no te las creas verdaderamante ni tú mismx.

    Y, desde luego, abren la puerta a todo tipo de abusos. Estoy hablando en un sentido general, no en ámbitos concretos.

    Precisamente, el cumplimiento de lo que das por bueno, es una de las mayores fuentes de atrocidades contra personas en el mundo entero. Como cualquiera que se moleste y quiera ser un poquito objetivo al analizar la realidad, puede comprobar.
    La autoridad no es más que pura arbitrariedad.

    Si las personas pueden ser responsables de sí mismas,
    ¿cómo puede justificarse que manden unas sobre otras?,
    y... si no pueden ni responsabilizarse de sí mismas,
    ¿cómo aceptar entonces que gobiernen a otras o les digan lo que deben hacer?

    Saludos

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