lunes, 8 de agosto de 2011

Conozco a George Clooney

Bueno, de hecho somos íntimos. De mochuelos yo le quitaba las mozas porque él era un poco redondito y muy inseguro. También he estado en la luna, y le gané un uno contra uno a Leo Messi. ¿Barack Obama? Era el tontako de mi escuela. Allí, por cierto, las niñas se me rifaban y apenas llegaba de una pieza a casa, donde me esperaba Bono de U2 para pedirme consejo.
Como podrán adivinar nada de lo anterior es cierto. Bueno, sí he estado en la luna, pero metafóricamente, nunca de facto. Ay, la mentira, esa gran compañera de individuos inseguros o enfermos, que la necesitan para revestir sus trivialidades y darle un poco de importancia al discurso.
Yo comprendo a los que mienten por algo. No estoy de acuerdo, pero tienen una finalidad más o menos práctica. Si uno es un asesino en serie y no persigue el reconocimiento mediático sino librarse de los 3456 años de prisión de los que sólo cumplirá 12, pues jurará y perjurará que él no fue, que era su gemelo maligno o que oía voces. De igual manera, el tramposo prometerá que no llevaba un as en la manga, o una chuleta en el examen, o que el fraude fiscal era un error de cálculo. Todos hemos mentido para salvar el culo, para parecer más majos de lo que somos o para enterrar una afición oculta. Puedes alegrarte más de la cuenta de ver a alguien, sonreír cuando la conversación no te interesa un carajo o fingir no que le has visto. La mentira es parte de nuestras vidas y además es necesaria. Incluye, además, un anexo de la educación y la cortesía, pero eso es otra guerra que no libraré hoy.
Hoy tocan los que inventan historias para parecer interesantes, para disfrazar un error o por compulsividad mórbida. Los hay que son grandes narradores. Disfrutan contando y que les escuchen con la boca abierta. Hasta aquí todo correcto. A todos nos gusta el papel de abuelo Cebolleta. El problema es cuando empiezan a adornar el relato, exagerando los enemigos, dramatizando los datos, oscureciendo los hechos, ensalzando sus aventuras, y acaban salvando el mundo ellos solos. Y tú hace tiempo que sabes que no es cierto lo que te están vendiendo, pero el otro está tan metido es su película que no puedes cortarle y decir que no te crees la historia, que es un peliculero y que jamás estuvo en el desembarco de Normandía. O sí puedes, pero tirando su credibilidad por el suelo públicamente. La mayoría optamos por callar y asumir que si el otro no quiere desenmascararse no lo haremos nosotros. Para qué discutir. No es funcional.
Luego están los que hablan de todo y no saben de nada. En cuanto les saques del primer error de bulto argumentarán miles de datos objetivos que tú habías obviado y que convierten su mentira en imprecisión tuya o ignorancia ajena, y acaban montándose una película de vicio por no admitir desde el principio que se han colado. Recuerdo, por ejemplo, un amigo al que corregí diciendo que U2 no tenía ninguna canción llamada The Joshua Tree, que ése era el título del disco, pero él dio un paso atrás y se inventó una historia imposible de un single que no entró en el disco y bla, bla, bla y qué sé yo, pues dejé de rebatirle y todo me pareció estupendo veinte segundos después. El mismo amigo confundió a un escritor con un proveedor de alimentos de mismo apellido, y en lugar de admitir una confusión de nombres me contó una historia imposible de que eran familiares y toda la pesca. Surrealismo puro.
Otro tipo, éste del trabajo, mentía como enfermedad. Su película: era piloto de rallies y agujereaba la chapa del coche para que pesara menos. Los compañeros, rudos y poco dados a las tontadas, lo mandaron a la mierda a los dos días.
Y recuerdo a otro pavo que cuando contabas una historia curiosa, aunque veraz, el te narraba una más gorda. Lo único malo es que yo había estado en el lugar de la anécdota y todo aquello no había pasado. No es buen negocio inventar conmigo, tengo demasiada memoria. Así metió a cinco en un coche en el que íbamos tres, le acosaron chicas que no existían, e hizo cosas que nunca ocurrieron. Y todo por asombrarnos y hacernos abrir la boca de sorpresa. Fue un poco decepcionante.
No deja de ser contradictorio. Cuando he contado una experiencia curiosa, sorprendente o imposible, siempre me ha dado miedo que no me creyeran, que pensaran que me la inventaba para alardear. Quizá por eso suelo contar batallas en las que he perdido y no aquellas en la que he resultado vencedor. Por eso y porque tengo más fracasos que éxitos. No consigo comprender a los que usan la mentira para engordarse el ego, parecer más de lo que son o desacreditar la audacia ajena. Que no pasa nada porque a tu vecino le haya devorado una tigresa más felina, o que su hostia sea más gorda que la tuya, o que el día que casi lo matan estuviera más cerca de la muerte que tú. Que no se puede ser el alma de todas las fiestas, ni el aventurero de todas las películas. Que hay que saber ser protagonista de nuestra vida y comparsa en la de los demás. Que el centro del universo hace tiempo que no está en mi ombligo. Y por mucho que te subas la camiseta, el sol tampoco brilla entre las pelusas del tuyo.

3 comentarios:

  1. Yo también conozco gente que miente y "engorda" las historias. Me da bastante pena, la verdad. Esa gente es un fraude.

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  2. Que bueno!
    Cuando me encuentro con gente así que relata una vivencia en la que estuve añadiendo "magia" me quedo sorprendido, a veces no se si soy yo el que "le quita caldo al asunto" o es que la gente tiende a darle más a una historia para que no sea aburrida y conquistar así el amor de sus fieles...

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  3. Cuando no se trate de hacer daño a nadie, que más da,la ilusión siempre tiene que estar ahí.

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