miércoles, 10 de julio de 2013

Amanecer vs. Atardecer

Pocas, poquísimas cosas son tan bellas como un amanecer de fuego. El cielo se suaviza, desde la más perversa oscuridad hasta un infinito azulado lleno de posibles. Puede que el tapiz celestial esté despejado, o al contrario, que densos nubarrones emborronen el firmamento.
Si el alba es clara y nítida, poco hay que soñar en la jornada que empieza. Aparecerá el huevo frito sin más orgía cromática que el paso de la negrura monocorde al índigo uniforme. Pero si amanece entre cúmulo-nimbos algodonosos o estratificados cirros, colocados al azar por un dios cuya existencia ni siquiera podemos determinar –si es un gordo calvo sedente o una mujer sanguinaria de múltiples brazos, un hippie clavado a un aspa, un triángulo de ojo vigilante, incluso si no puede iconizarse–, en este segundo caso se abrirá el telón de los sueños. La luz podrá filtrase a través de paréntesis de caprichosas tonalidades. En un lienzo azul, naranja, rosa o violeta pintará el destino algodón de colores. Probablemente todo suceda antes de que aparezca el rey, ésa es la rara combinación entre arquitectura celeste, luz solar y el instante en sí. Por eso cada amanecer es diferente a todos los demás, porque nunca rompe el día a la misma hora, porque el cielo recoge distinto los vestigios cada mañana. Un amanecer dramático es preludio de emociones intensas. Pero no siempre ocurren por fuera. A veces alborea por dentro.
Los atardeceres tienen todas las connotaciones poéticas y estéticas de los anteriores, con dos importantes salvedades. Al ocaso, todo sucede al revés. El cielo se rasga en incontables colores a partir de la luz y no en busca de ella. Ya no es una impresionante ceremonia de apertura; esta vez, se cierra el cortinaje y todo muere en azul marino luego negro. La segunda diferencia tiene mucho de simbólico. Un amanecer es un premio sin haberse ganado las lentejas, un pago por anticipado, un desayuno no sudado. Un atardecer, por el contrario, representa el fin de la jornada, la hora bruja, el comienzo de los sueños cuando los duendes merodean y las hadas deambulan. Cuando realidad y ficción se superponen, difuminan y confunden. Cuando ya se puede empezar a imaginar. El trigo está recolectado; la obra, acabada; el bebé, cambiado y el trayecto, hecho. La jubilación diaria y crepuscular es un hecho irrefutable y absolutamente merecido. Tal vez tras la estampa rosa y las nubes en ignición sólo venga la desolación, la soledad y la desesperación, pero si hay un momento del día que tiene magia, ése es, paradójicamente, la noche. Al fin y al cabo, la muerte de la luz filtrada entre caprichosas nubes no es sino cubrir la existencia de un manto de estrellas. Ningún albor puede presumir de acabar el espectáculo con destellos de plata que duran hasta la próxima aurora.
Quedarse con el alba o el ocaso dependerá muchas veces de los hábitos del espectador. Una persona diurna posiblemente contemplará muchos más amaneceres, o al menos los cogerá con más gusto, brillará en la luz y dibujará esculturas con las nubes. Si el sujeto es nocturno será el atardecer el que dé el pistoletazo de salida a un universo onírico de sombras y mitos. Si debo posicionarme, para mí, un atardecer siempre será mejor, más intenso, más romántico y más epitáfico que un amanecer, salvo en las alegorías de la existencia humana, donde el alba siempre será el verano de la vida, y el crepúsculo sólo ocurre en el invierno de la senectud. 
 

4 comentarios:

  1. Vaya, que poético...Me gusta la cantidad de calificativos y analogías que has empleado en esta entrada y desde luego, esa vena romántica desconocida para mi en tus escritos...Yo también prefiero los atardeceres, sin duda alguna me resultan más sugerentes, atrayentes y como bien dices, son más románticos.

    Un abrazo Drywater

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  2. Pero vaya sorpresa... si has mostrado la vena romántica... Precioso escrito.

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  3. Bello escrito, quizá donde hayas resaltado más que generalmente esa pequeña introducción poética a la que no nos tienes acostumbrados.
    Si las imágenes son preciosas los amaneceres son impactantes. Y, quien no haya visto un amanecer, una puesta de sol y no haya quedado prendido en ellos es que realmente....se habrá fijado poco.
    Me ha entusiasmado tu entusiasmo.
    Un abrazo.

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  4. Ambos tienen su aquel. Depende de mi estado de ánimo me gustan más los amaneceres que los atardeceres o viceversa aunque es hermoso disfrutarlos ambos.

    Abrazos.

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