lunes, 6 de junio de 2011

Lo hago por ti

Pues flaco favor me haces. ¡Qué peligro tiene eso de que alguien defienda nuestros intereses muy por encima de lo razonable. Es como cuando acabas la carrera y tu madre saca pecho en la pollería y presume de tu diplomatura en Graduado Social o Relaciones Laborales. Parece que sólo tú has logrado la aventura de la titulitis, y que tus sietes no son onces porque el catedrático era un incompetente. No hay nada como desear no hacer ruido para que alguien lo haga en tu lugar, y con un eco mucho más reverberante del que tu quisieras.
Supongamos, por ejemplo, que uno tiene trece años y ciertas cualidades innatas para jugar al fútbol, y que dentro de su equipo de segunda infantil hasta destaca y sus ruletas se parecen a las que hacía Zidane. No es mi caso, pero imagino que al muchacho le apetece hacer lo suyo en el campo y ya. Pues no. Falta papá jodiendo la marrana. Primero va a presumir de ti como si fueras Marisol en la tele. Luego te dará mil consejos pseudotácticos para mearte al siete, cuando tu verdadero entrenador te ha dicho que abras a la banda y que te olvides del nota. Después cuestionará al mister por colocarte de contención cuando rindes mucho más de media punta. Finalmente el séptimo regate al siete te habrá salido y el colega te habrá parado con una entrada contundente. Entonces saltará tu padre: “¡Hijoputa, pero qué entrada! Árbitro, expulsa al siete que es un asesino.” El siete y tú os daréis la mano con deportividad. “Macho, es que te ibas.” Pero la movida ya estará montada. Tu padre estará llamando de malnacido pa’ rriba al siete, a su puta madre y al subnormal de su padre que no tiene ni repajolera idea y que le permite al cabrón de su hijo hacer semejantes entradas criminales. Pero el papá del siete tampoco se va a callar, y estará jurando en hebreo ante tu progenitor, y se habrá montado una gordísima. Los entrenadores, si no son gilipollas, que no suelen, intentarán poner paz y después gloria, pero los papis ya se habrán enganchado; si hay suerte, entre sí; si no la hay, contra el pobre colegiado de 19 años que necesita pasta para pagarse la carrera de Relaciones Laborales. Acaba el partido suspendido con improperios, maldiciones e insultos, tal vez agresiones y navajazos, mientras los niños intentan separar a sus padres de la movida que han empezado, muertos de vergüenza y de cabreo contenido, con un solo deseo en la cabeza: “No vengas más a verme. No me defiendas más.”
Hay casos menos denigrantes, pero bastante repetidos. Tu mejor amiga. Supón que eres una cabrona. Algunos lo somos. Vas por ahí haciendo el mal y no dejas títere con cabeza. Lo sabes y a veces hasta lo admites. Pero entonces viene ella. Se ha colgado la medalla de salvadora de tu honor y matará por él hasta el ridículo más absurdo. Tú la miras sacar las uñas y flipas. Eres una capulla integral y te mereces que te hayan dejado así. Lo estabas pidiendo a gritos. Eres una buscona de época y lo has encontrado. Hasta te gusta que te den tu merecido. Pero a tu mejor amiga no. Pondrá al otro de vuelta y media, sacará a relucir todos tus actos nobles, exagerándolos hasta la comicidad, y se pondrá belicosa hasta callar todas las bocas delatoras de la verdad con mentiras gritadas. Ya se sabe, cuando no se puede convencer con argumentos, se hace con pulmones.
No siempre te falta razón. A veces sólo es que no quieres llamar la atención. En el restaurante pediste merluza y te ponen bacalao. El camarero se ha colado. Pero a ti te da igual. Es más, prefieres comer en silencio que exigir el cambio de plato. Pero tu primo va a arreglarte la vida. Llama al servicio con vehemencia y te salva del horrendo plato equivocado. O llama gilipollas al taxista que te pita porque tardas en arrancar, o se caga en la dependienta que te tira el cambio sobre el mostrador en lugar de dártelo en la mano, o se levanta heroico cuando te van a castigar en la escuela diciendo que fue él, o jura y promete que la culpa fue del 4x4 y no de tuya cuando te saltaste un stop de libro.
En fin, es peligroso confundir justicia con fidelidad, pero me temo que si ambas entran en conflicto tu gente optará antes por tu beneficio que por la verdad perjudicatoria, aunque tu prefieras admitir que la culpa era sólo del pistolero imberbe que apretó rápido el gatillo del error.

7 comentarios:

  1. Cuidada y difícil reflexión. Es un problema muy actual el que dices de confundir justicia con fidelidad, y está muy relacionado con el o estás conmigo o contra mí.

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  2. A menudo las acciones se realizan por verdadera amistad y cariño...pero la mayor parte de las veces vienen bajo un instinto de lograr lo mejor para sí mismo...y la verdad es que da pena. Un excelente artículo, me ha encantado. Saludos.

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  3. Qué pereza lo del padre del futbolista, qué cansinos que son muchos padres que no se dan cuanta, pero lo de tener un amigo/a fiel no lo veo tan mal, aunque con moderación y lo del primo, pues vaya… Aunque sí que es verdad que molesta mucho que intercedan por ti cuando tu prefieres pasar página y estar tan tranquilo… interesante reflexión…

    dirty saludos¡¡¡¡¡¡¡¡¡

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  4. A mi me parece que es un gran error defender a alguien cuando ha metido la pata. Yo prefiero que mis amigos y familiares me digan "te estás equivocando" a que me den la razón como a los tontos.

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  5. en el cuento del esclavo que soñaba ser libre, decía Bucay a su amigo que si fuese él el esclavo y soñara q es libre porfavor lo despertara.
    yo opino igual, prefiero la sinceridad q va de la mano con: -la verdad- "aunque sea en mi contra"

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  6. Hay que ser sincero pero no perder el "tacto". Somos sensibles y todo nos afecta, podemos ser lo peor o lo mejor, todo depende de nuestro estado anímico y como percibimos los comentarios de los demás.

    Eso si, insultar a alguien de vez en cuando libera tensiones XD!

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  7. Jajajajajaja!!!! Es cierto, aunque, deberíamos no perder nunca la objetividad. Aunque, eso del cambio de plato... tampoco es tannn grave :P

    Un besazooooo!!!!!

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