domingo, 11 de enero de 2015

La irreversibilidad

Las grandes tragedias del ser humano están siempre vinculadas a la irremediabilidad de los acontecimientos. Lo que de verdad asusta no es la muerte, ni la vida, sino llegar a un punto de no retorno.
La destrucción definitiva reside en aquello en lo que no se puede dar marcha atrás: una herida sanará, un incendio acabará por extinguirse, una desgracia será superada; sin embargo, hay cosas que no se pueden reparar. No se puede retroceder –normalmente–ante una amputación, un fallo cardiaco o un ictus. Cuando alguien se desfigura el rostro en un accidente, lo macabro no es el resultado, sino la sensación de que es para siempre.
En todo caso, más allá del miedo o el dolor, nada resulta tan irreversible como la propia muerte. Asesinar a alguien es un acto brutal que conlleva casi siempre una buena dosis de violencia, pero sobre todo un desenlace que nunca jamás se volverá a enlazar. Morir es algo natural, impasible, lógico e inevitable, pero lo que suma tanto pesar a la pérdida es la incapacidad del hombre para aceptar que todo aquello que un día construyó, un vasto edificio de memorias, momentos, recuerdos, miradas, sonrisas, anécdotas, lágrimas y caricias quedará hecho escombros. Todo pasa. Las cosas que nos importan acabarán sobreviviéndonos, y nada de lo que deseemos podrá cambiar ese hecho. Tenemos fecha de caducidad y nunca estamos contentos con lo que pone en la tapa.
Respecto a los aspectos más espirituales del ser humano, la variedad de fronteras aparentemente definitivas es tan caprichosa como absurda. En las comedias románticas el punto de no retorno es la boda errónea de la chica de tu vida con el novio equivocado. No es de extrañar que siempre aparezca el prota a mitad de enlace, antes de las palabras mágicas, cuando en América divorciarse es como cambiarse de camisa. Probablemente haya más divorcios que mudas. Volviendo a las relaciones sentimentales, una infidelidad es la llave para que las cosas ya nunca sean como antes. Pero los revolcones no siempre se revisten de tanta fatalidad. A veces vienen con efluvios de solemnidad: el baile de graduación del instituto –con su final feliz, se entiende– supone la entrada inminente en la edad adulta, algo así como si sodomizaran al pobre Peter Pan y se le pasaran las ganas de ser niño. Crecer es otra de las grandes tragedias de la humanidad.
Resulta nietzschesticamente estéril entristecerse por las cosas que ya no serán. Las que se hicieron mal ya no tienen remedio. Las que no dependían de uno mismo, ¿para que llorarlas? La justicia poética no tiene memoria. 

5 comentarios:

  1. La cosa es que no sólo mudan los acontecimientos sino también las personas y uno es uno y es un ciento hasta que la persona y sus personajes se rompe mientras los demás se preguntan si alguna vez lo conocieron en realidad. No merece la pena llorar el pasado porque las etapas se cierran a no ser que uno sea tan estúpido que vuelva a pasar por aquella puerta que no debió abrir jamás. Pero esto es otra historia. Saludos Dry.

    ResponderEliminar
  2. Comparto todo lo que dices, pero respecto a la irreversivilidad de la las cosas...creo que todo es irreversible. Todo deja secuelas, visibles o no. Esas secuelas son las que forman nuestra persona actual, nuestro yo. De hecho, la muerte es la "secuela" definitiva...la que termina con todas las anteriores, la que acaba con el "ser" que todas las demás fueron forjando.
    Un saludo
    Me gusta mucho tu blog ;)

    ResponderEliminar
  3. Odio las comedias americanas....Me encanta la tragedia que supone crecer y también los revolcones con efluvios de solemnidad...Lo que más me gusta es la irreversibilidad de la muerte, eso la hace tremendamente atractiva a mis ojos porque la vida cansa...Y cansa mucho....
    Me gusta tu entrada.

    Abrazo Drywater!

    ResponderEliminar
  4. Estoy segura que esto me gusto, saludos.

    ResponderEliminar