domingo, 18 de agosto de 2013

Soy un náufrago

Margo y Fanna rellenaron el maletero de superfluosidades hasta reventar el concepto de capacidad. Nunca habían marchado de vacaciones más de siete días seguidos, y la perspectiva de separarse de la caja tonta durante 10 jornadas les incomodaba más que satisfacía.
Isla era un pueblo precioso de la cornisa cantábrica. A medio día, cuando la marea estaba baja, podía cruzarse el mar hasta la otra orilla de la bahía sin mojarse más allá de la cintura, y llegar a Noja en un plácido paseo playero.
Margorette y Fannaradio disfrutaban de todas las comodidades de su hotel de cuatro estrellas incrustado en medio de la naturaleza agreste. Las calas estaban esculpidas en la roca madre entre arena y sal, y sólo unas rústicas escaleras de piedra de acceso al mar mancillaban la pureza medioambiental.
Los cuatro primeros días resultaron paradisíacos: excelentes pescados en la mesa y sol del día tamizado por una animosa brisa cantábrica; playas de oro semidesiertas y la mar ociosa en espera de bañeúntes. En la sobremesa gustaban de subirse a la habitación y satisfacer sus deseos naturales, los cuales consistían en encender Telecinco e inyectarse por el tímpano y el cristalino entre dos y cuatro horas de Sálvame. Diario, se entiende. El viernes la bacanal se volvía de Luxe. Margo y Fanna disfrutaban de lo mejor de la incivilización con lo indispensable del mundo ilustrado. Era como abrir una nevera helada en una isla perdida.
Pero al quinto día los hados se pusieron desagradables. Se enojó con las circunstancias y las echó a patadas de su casa, invitando a entrar a huéspedes más sombríos. Una tormenta estival derribó varios postes de electricidad. Al paraíso se le murió la luz; la natural y la artificial. El cielo se tornaba de un gris amenazador y las negras nubes lo mismo vomitaban trozos de hielo que punzantes gotones de ira, aderezado todo con fulminantes rayos de indiscriminado destino.
Margo y Fanna aprovecharon la coyuntura para ocuparse en rituales un tanto olvidados: hacer el amor cada tarde en lugar de ver el desaparecido Sálvame, leer el ebook, acabar los autodefinidos, devorar la prensa anglosajona… El sucedáneo del edén parecía parchear bien las necesidades primarias. Mas no por mucho tiempo. En el día seis Fanna tuvo una crisis de ansiedad. No sabía que le pasaba a Rosa de Benito con su matrimonio. Era angustioso. El médico le dio unas pastillas y le recomendó volver a su rutina lo antes posible, o en su defecto a ver el Sálvame.
Durante el día siete el gran celeste, ennegrecido, siguió escupiendo tormentosos reproches sin descanso, y la montaña se rompió cerrando el paso entre Isla y la civilización. Estaban incomunicados por un tremendo corrimiento de tierra. Fanna estaba bastante colocado gracias a sus pastillas antihisteria, pero Margo sufrió un desvanecimiento. Llevaba media semana sin saber cuál sería el CI de Kiko Hernández, y pese a tener las fotos del top less de Paz Padilla, que le daban oxígeno, necesitaba urgentemente escuchar sus últimas manifestaciones al respecto. Finalmente, Fanna compartió con ella sus pastillas mágicas.
La jornada siguiente amaneció con una engañosa calma. Tal vez lo peor ya hubiera pasado. A media tarde salieron a dar un paseo esclarecedor, no tanto por el día sino por sus propias circunstancias. El escenario emanaba sensaciones apocalípticas: la ligera brisa había mutado monstruosamente en una agresiva marejada al borde del huracán; el cielo volteaba negrura y gris entre nubes ásperas, gordas, llenas de odio y precipitación; los viandantes caminaban pesadamente, como si no les importara ser atropellados por la inminente tormenta eléctrica. Había algo en el ambiente mucho más oscuro, mucho más terrible que la naturaleza maligna. Aquellos desdichados no vagaban temerosos de aciagos desastres naturales. Ya habían superado la etapa de la premonición. Estaban sufriendo indescriptiblemente y salían al exterior en busca de una muerte salvadora, de un rayo purificador, de un improvisado caudal de lodo que enterrase su agonía.
Delante de Fanna y Margo se desplomó un hombre de unos cincuenta años. Se apresuraron a socorrerlo. No paraba de balbucear y esputar. En su delirio pudieron interpretar dos cosas: la primera era que estaba teniendo un ataque nervioso, tal vez un infarto; la segunda no era una manifestación fisiológica de su mal, sino su causa maldita. El agonizante decía “Sálvame, por favor, Sálvame”. Pero no hubo salvación. Sólo paz en su semblante y en su palpitar. Margo sintió la misma desesperación recorrerle la espina dorsal. Fanna notó como un nudo imaginario de gruesa cuerda le aprisionaba el cuello.
De repente una maruja desquiciada se abalanzó sobre ellos gritando “¡Kiko, Kiko!” Luego se tiró por la barandilla que daba a las calas y se clavó en las rocas mientras un fluido goteo de sangre azulada bañaba la piedra. Al fondo, un padre de familia, homenajeando a Abraham e Isaac,  sacrificaba a sus hijos con su reluciente navaja de afeitar. En sus inocentes semblantes había un  rictus de alivio similar al que provocan las vejigas de los pequeños al vaciarse, tal vez todavía más intenso. Fanna llevaba medio paseo marítimo recorrido, intentando evitar la tragedia, cuando llegó el turno de la madre: la sangre brotaba libre por su nueva gargantilla de tajo y ella sonreía feliz. Los gritos de Margo no impidieron al degollador aplicarse la misma medicina en su propio gaznate. Al menos Fanna llegó a tiempo de ducharse con el rojo del parricida que se acababa de suicidar.
Margo llegó hasta él jadeando ostensiblemente. No era por la carrera. Estaba sufriendo una crisis de ansiedad. Ambos quedaron ahí contemplando la estampa dantesca y comprendiendo la desesperación de los recién liberados, y en cierto modo, la suya propia. Los cadáveres se agarraban a sus enseres más queridos: la niña pequeña cogía con fuerza decreciente un muñeco de Kiko Matamoros; el hijo mediano llevaba un álbum de cromos de “La caja de Luxe”; la hermana mayor llevaba en la camiseta una pegatina de Ann Germaine con Terelu; la madre y el padre asían entre espasmos la revista “Sálvame” y el magazine “Campamento de Verano”, respectivamente.
Fanna y Margo dedujeron entonces lo que sucedía. Estaban muriendo todos por falta de “Sálvame”. El corazón se les aceleraba, la ansiedad se multiplicaba, respiraban sucio, sufrían calambres en las articulaciones, horribles dolores musculares, falta de riego, espasmos incontrolados, tics nerviosos, ataques de paranoia y brotes de esquizofrenia. Estaban llegando todos a su límite. El mismo fin de Fanna y Margo estaba próximo.
Durante el resto de la tarde siguieron contemplando atónitos cómo la gente intenta prolongar o acortar la agonía de maneras tan originales como desesperadas. Fanna no lo soportó más, rompió un hacha de un cristal de extinción de incendios de un resort cercano y comenzó a dar paz a los desgraciados circundantes. Pronto se creó un auténtico altar de carne donde los todavía vivos le pedían recibir el hachazo a la mayor premura. Mientras, Margo les sonreía e intentaba establecer una cola de prioridad marcando la frente de cada deshauciado con su pintalabios de Karmele Marchante. Al menos que tuvieran un recuerdo grato en sus últimos momentos.
Un sol de sangre se resistía a asomar sólo para morir tragado por el horizonte. Fanna llevaba horas aliviando desesperación terminal y sufriendo la suya propia. El efecto del los ansiolíticos se había pasado hacía mucho y nada los separaba ya del filo sediento de su arma. No quedaban supervivientes. Ya podían acabarse. Margo sonrió feliz. Llevaba tiempo esperando su propia liberación. Besó a Fanna rápido, con mucho amor pero también con mucha urgencia. Le dijo que le quería casi tanto como a Jorge Javier. A Fanna se le iluminó el alma con semejante declaración, tal vez un poco exagerada.
Levantó el hacha ceremoniosamente. Margo, ya arrodillada, apoyó su mentón sobre el prominente culo de un cadáver. Irradiaba dicha incontenible. Sólo quedaban segundos para descansar. El filo cubrió el sol al izarse, y un destello fugaz adornó el goteo incesante del mango resbalando hasta bañar el antebrazo de Fanna. Justo cuando el arma justiciera iba a separar a Margo de sus preocupaciones y horribles agonías, se oyó un batir de hélices y una voz megafónica e inconfundible: “¡Andrea, cómete el pollo, coño!”.
Sobre ellos se hallaba un helicóptero de salvamento con Belén Esteban y Andreíta saludando sobreactuadadamente. Aterrizaron a escasos metros. Durante un segundo Fanna pensó en abalanzarse sobre la hélice y autodecapitarse, pero era un absurdo. En breves instantes iban a curarse, sólo había que resistir unos segundos más. Belén bajó rauda. Llevaba el pelo encoletado y el moreno de piscina. Parecía una aparición mariana. Corrió hacia ellos y los abrazó. Margo notó como su ansiedad se diluía. Fanna sintió su taquicardia raletizarse.
Ya en el helicóptero, los dos únicos supervivientes de la tragedia de Isla se recuperaban del trauma viendo en el DVD los últimos programas del Sálvame grabados expresamente para la ocasión. De vez en cuando contactaban con el programa en vivo para acelerar la recuperación, y a los pocos meses no quedaban más secuelas en ellos que las psicológicas. Ambos fueron fichados por la cadena amiga como colaboradores, y su salud mejoró hasta el punto que parecían rejuvenecer con cada programa que hacían.

1 comentario:

  1. Vaya una historia que has creado!!!...Buena crítica y mordaz ironía las que se respiran en estas líneas...Vaya un país el nuestro, vaya cultura!!!!

    Un abrazo Drywater

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