lunes, 19 de diciembre de 2011

Cuento de Nochebuena (1/7)

Dennis Crespo Martins era un buen ciudadano. Al menos, así se veía él. Pagaba sus inflados impuestos religiosamente, caminaba por el lado derecho de la calle y pisaba sólo por donde franjas blancas y semáforos verdes autorizaban su cruzar de acera. Llevaba seis meses prejubilado y a sus 73 años no podía ver mejor el horizonte: la salud le hacía reverencias y la fatiga se cansaba de pedirle cita infructuosamente. No tenía más cargas familiares que una hija rancia e independiente, con su paquete nuclear que incluía marido sin chistar y tres niños tan alborotadores como desagradables. La buena noticia es que apenas se veían en Navidades y comuniones. Dennis era misántropo porque tales parientes no aconsejaban mejor defecto. Le resultaban especialmente cargantes sus nietos. Con seis, ocho y diez años constituían una auténtica pesadilla para el bienestar personal y la calma universal. Eran inquietos, movidos, groseros, gritones, impertinentes y descorteses. Todo lo que él no había enseñado a su hija. Ésta era arrogante y polémica. Gustaba de contradecir a su progenitor en cualquier cuestión de naturaleza crucial o trivial, y lo hacía con tanta vehemencia que parecía lidiarse en cada pequeño conflicto una batalla personal de gran calado. Dennis no comprendía por qué su destartalada hija arremetía con tanta fiereza sobre asuntos que para él no arrojaban duda alguna. Asumía sus ataques como pequeñas victorias de adulto que se quiere sacudir todos los complejos que no superó de niño. Greta no había madurado todavía, y eso que ya no cumplía los 37.
Discutir con ella probaba ser un ejercicio de autocontrol y de subida de estrés. Él tenía razón y ella lo sabía, aunque nunca lo admitía. La discusión siempre acababa cuando Cristo, el paciente marido, quitaba hierro a la cuestión y animaba a las partes a ceder por el bien de la visita o velada. Ambos accedían con resquemor, convencidos de que seis minutos más podrían suponer la derrota del adversario y la desautorización de todos y cada uno de sus preceptos vitales, bien por anticuados y obsoletos o por laxos y desdibujados. Cristo solía refrenar más las ansias de su esposa, no se sabe muy bien si por la valentía que confiere la confianza o por el temor que le insuflaba el semblante enojado del viejo. Dennis interpretaba esta ligera inclinación de su yerno como una encubierta victoria propia sobre las torpezas de su no tan amada descendiente.
Pero tampoco Cristo Moros era santo de su devoción. Para empezar, su nombre ya auguraba una burla a sus creencias cristianas. ¿Por qué no se hacía llamar Abdelah, ya puestos? No tenía personalidad, carácter o redaños. Carecía de cualquier poso equívoco de interés, ambigüedad o misterio. Era plano como galleta y resultaba bastante menos sabroso. Sus comentarios no irritaban ni agradaban; simplemente pasaban desapercibidos como la brisa de abril o las bombillas encendidas a mediodía. Sus reflexiones eran inocuas; sus reacciones, predecibles; sus hobbies, aburridos como una partida de ajedrez contra uno mismo. Todo le parecía bien. No conocía el enfado ni falta que le hacía. En definitiva, aglutinaba todas las miserias del perfecto calzonazos. Su matrimonio vaticinaba armonía si se puede llamar así a la ausencia de conflicto por incomparecencia continua.
Pero el verdadero problema no era su hija reivindicativa y justiciera, ni su yerno insulso y pacífico. Eran aquellos monstruos que rondaban su casa en días señalados. Dennis Crespo Martins no odiaba a los niños. Simplemente no los quería cerca. Su ideal de existencia sólo se comprendía con la ausencia completa de cualquier menor a menos de cinco kilómetros. Sólo así no escucharía sus chillidos estridentes, sus risas desencajadas o sus llantos infantiloides. Sabina, Salomón y Lorraine eran tan atípicos como cualquier otro niño de seis, ocho o diez años. Pasaban por la vida como un vendaval, arrasaban los bocadillos de chorizo de la merienda y continuaban acelerando el mundo a cámara rápida. Nadie podía con ellos. Y no es que los chicos crecieran especialmente torcidos. Simplemente acaparaban ese rango de edad en el que las cosas se viven en primera persona y en caída libre, y cada pequeña anécdota resulta la más fantástica y trepidante de las aventuras.
Lorraine combinaba, a sus diez años y medio, la inocente frescura de la niñez con ciertos ademanes preadolescentes. Gustaba de vestirse con ropa de mayores y ya le resultaban más interesantes las miradas de los chicos mayores que los juguetes y pinturetas de sus compañeras del alma. Pero abría la boca y vomitaba puerilidad por todos los rincones. La maldad que quería enseñar al mundo todavía se ahogaba en la ternura de la niñez despreocupada. Su carácter ya mostraba la bipolaridad de la adolescencia, y era capaz de mostrarse arisca y seca con rivales y pequeñajos mientras regalaba sonrisas y amabilidad desbordada en su trato con varones y mujeres de probada experiencia en el juego de la vida. Lorraine actuaba extraña con su abuelo. Tan pronto se presentaba con sus ojitos de niña buena como se despachaba con el más insultante de los desprecios. Dennis no gustaba de relacionarse con personitas con tendencia a los altibajos y cambios de humor inexplicables, y sólo la obligatoriedad de ver a los familiares le unía al mundo ajeno en que vivía su nieta.
Salomón era un terremoto. Aries de manual, valiente, echao pa’lante, infatigable y aventurero, el mediano de Cristo y Greta vivía en un universo paralelo de magia y acción trepidante. Nunca rechazaba un recado ni desentendía labor alguna que le fuera encomendada. Revestía cada pequeña tarea de belicosos enemigos y sables blandiendo al viento. Lo mismo bajaba al súper a comprar leche como si fuera un agente doble en busca de la fórmula secreta que ponía la mesa como si fuera un general planteando sobre el campo de batalla la estrategia perfecta para doblegar al numeroso enemigo. Lamentablemente para sus allegados, la hiperactividad fantasiosa de Salomón arrastraba a menudo consecuencias inesperadas: desde tardar hora y media en traer el cartón de leche sin que le siguieran los terroristas hasta plantificar 29 copas de cava en una mesa donde se iban a sentar cinco. Este pequeño detalle, más el ritmo frenético con el que ejecutaba cada una de sus interminables misiones, ponía a Dennis de los nervios. Pensaba que los niños debían estar encerrados bajo llave hasta que cumplieran 18 ó 20 años. Si me apuras hasta que celebraran el cuarto de siglo.
Sabina era la pequeña de la casa. Seis añitos de ocurrencias y risas cautivadoras. Era la favorita de sus padres y ella abusaba de su condición. Regateaba todos los castigos, esquivaba todas las broncas y sorteaba todos los enfados mediante embrujadoras sonrisas de pilluela u ojitos perdidos en el infinito de la tristeza más penosa. Unas y otros derretían a padres, adultos y maestras, que a menudo premiaban la trastada en vez de condenarla. Las dotes manipulatorias de la pequeña Sabina eran tan sutiles como inconscientes. Nadie parecía darse cuenta de sus sibilinas maniobras, a excepción de su abuelo, el gruñón yayo Dennis. Es por ello que Sabina reaccionaba diferente con él. Era agresiva, descarada y desafiante. Y él tampoco se arredraba: devolvía cada mirada provocadora con gesto huraño y desaprobatorio. La guerra era manifiesta entre ellos, por mucho que los padres de la niña quisieran quitarle hierro al conflicto, habitualmente respaldando a su pequeña brujita.
Dennis no sabía si odiaba a los niños por culpa de la insoportabilidad de sus nietos, o si por el contrario era su rechazo a la infancia lo que motivaba la animadversión para con los hijos de su hija. En cualquiera de los dos supuestos, él era más feliz sin ver niños conocidos o extraños en su entorno más inmediato, y la sola presencia de un skater lejano o un balón de futbol descosido rodando cerca ya le producía cierta aceleración cardiaca. Ojalá no existieran los niños. Ojalá los secuestrara a todos un malvado delincuente y se los quedara veinte años. Dennis bien pagaría tan acertado servicio si tuviera solvencia suficiente y el hombre adecuado para el trabajo.

sábado, 17 de diciembre de 2011

La ira y la pinza

Hay gente que, bien por exceso, bien por defecto, no sabe enfadarse. Algunos no se sienten capaces de enojarse. Son seres huidizos frente al conflicto, incómodos con el no, derrotados antes que asertivos. Estas personas son a menudo pisadas porque prefieren sufrir en silencio a enfrentarse a un semejante. Padecen menos trabajando el doble que exigiendo al otro que haga su parte. La justicia no les compensa.
Luego están los contrarios. Los que no canalizan sus enfados; los que elevan cada pequeña rencilla a categoría de apuñalamiento familiar, espaldero y trasero; los que sacan en una disputa liviana los trapos sucios de años y años de desgaste y rencores; esos a los que ni el corazón les deja perdonar ni la memoria olvidar. Son personas apasionadas, directas, esclavas de sus impulsos y verdugos de sus palabras. Para ellos la ira todo lo puede, y en muchas ocasiones se les va la pinza, con o sin retorno a la cordura.
Es peligroso decir mucho más de lo que uno quería. Y la resta es exacta: todo aquello de lo te arrepientes tras el calentón es lo que sobraba. Y ya se sabe que una buena lengua desatada e incandescente es el más afilado de los cuchillos. ¡Cuántas cosas callaríamos si pudiéramos contenernos!
Un ser querido me enseñó una vez a discernir ira momentánea de odio irracional. Desde entonces es raro que diga más de lo que quiera decir, incluso a veces soy capaz de mostrar “ira optimista”. Porque es así. Que esté enfadadísimo contigo no significa que no te quiera, ni que desee tu muerte, ni que tu mal me hará feliz, porque ninguna de esas afirmaciones serían ciertas en condiciones normales. Y pasados diez minutos o dos días vas a volver a ser tan especial como antes. Es doloroso hacer un daño del que luego nos vamos a arrepentir los dos. Antes de hablar es mejor fumarse un porro de equilibrio, un cubata de coherencia y una pastilla de templanza: el colocón es de paz y amor en la primavera hippie.
En cualquier caso, que se te vaya la pinza verbalmente es algo que a todos nos ha sucedido alguna vez. Ya lo grave es cuando se te va físicamente. Cuando pasas del “ojalá te mueras” al “voy a hacer todo lo posible para que mueras”. Y aquí entramos en el desolador mundo de la violencia carnal en todas sus acepciones, desde la agresividad gestual hasta la tortura, agresión u homicidio. Esto ya no es que se te crucen los cables. Esto es una conducta penal, psicópata o esquizofrénica; una ráfaga de maldad estructural, un demonio empuñando el cuchillo por ti, una salvajada emocional. Hay una gran diferencia entre matar a alguien en un arrebato de violencia o hacerlo de modo (pre)meditado. Sin embargo, el resultado es igual de negativo. Al muerto poco le puede importar si eras un hijodeputa integral o es que te olvidaste la medicación. Las lágrimas poco entienden de salud mental o perversidad subyacente. Ambos casos responden a un fracaso de la magnífica sociedad de bienestar en la que dicen que vivimos –y morimos.

lunes, 5 de diciembre de 2011

De monarcas, controladores y futbolistas

¡Tengo la solución a la crisis! No, no es recortar el sueldo a los funcionarios, quitar camas de quirófano o troquelar las pensiones a las ancianitas. Es mucho más sencillo. Se trata de repartir la riqueza, canalizar las ayudas con cabeza y establecer techos salariales.
Parece de cajón, pero las medidas que están tomando unos y supongo que otros desde que comenzamos el baile consisten en destruir empleo y gravar a los que lo mantienen. Así las cosas, el gobierno ha gastado todos los millones que nos ha ido quitando a lo largo de la bonanza en cubrir agujeros. Mientras tanto, en mi centro educativo se han instalado ocho pizarras digitales –24 mil euros– para que las usemos dos profesores de manera asidua. ¿Ésa es una acertada gestión de recursos?
Pero esas cifras son solo calderilla. Al menos, si las comparamos con los 16 mil euros mensuales que de media cobra un controlador aéreo. Pero, ¿estamos todos gilipollas? Estamos hablando de diez veces más que un buen sueldo. ¿Quién fue el delincuente que firmó semejantes emolumentos? ¿Cuánto podría cobrar él para permitir que estos ingenieros del espacio aéreo percibieran tales obscenidades?
Los bancos y sus trabajadores. Cuando salieron los exdirectores de ciertas cajas de ahorro al borde de la quiebra, renunciando a su cargo a cambio de unas indemnizaciones multimillonarias, el espectador no podía menos que quitarse la incredulidad de los ojos. ¿Quién es el malnacido que ha permitido esto? ¿Se imaginan que hiciera mal mi trabajo y me castigasen con un cese cien veces mi sueldo? A ver, que me den un bisturí que yo soy médico. Después de jugar a Frankenstein dos o tres hígados triturados después que me echen “castigándome” con 40 mil euros humillantes. Me parece increíble que se apoye y respalde a las entidades financieras y se desahucie a los míseros desgraciados que no pueden asumir una de esas hipotecas hijas de la especulación.
Menos mal que nos queda la Familia Real. Esa panda de aristócratas inútiles cuya única misión es salir en la foto. Y no me entiendan mal. A mí no me caen gordos. Son bonachones, simpáticos y afables. Pero nos cuestan un ojo de la cara. Eso sí, a los consortes no los puedo ni ver. Menudo atajo de trepas: groseros, pijos, corruptos, feos y antipáticos. Por mí unos y otros se pueden meter sus funciones de representación por sus altísimos honorarios; bajar a la tierra y pasar por el Inem. Su credibilidad ganará muchos enteros, y el país también.
Los políticos. Éstos ya ni siquiera están ahí por haber nacido. Los elegimos nosotros en plan morbo. A ver quién lo hace peor. Y, oye, hay que admitir que se superan unos a otros. Eso sí, el bolsillo que no decaiga. Todo lo que sea pasar de tres mil mensuales me parece una aberración. Las dietas ya ni las mento.
Las viviendas de protección social. ¿Alguien sabe por qué los hombres se mueren de frío en la calle y a –algunos– gitanos se les regalan pisos nuevos porque no tienen bemoles para trabajar y/o cotizar? ¿Por qué todo hijo de vecino está sujeto por (los) cojones a una hipoteca comesueldos y estos ni trabajan, ni cotizan ni se compran la vivienda? Como ya sabemos cómo son les tragamos todo. Y ellos lo aprovechan. Basta con levantar la voz para que la connivencia policial, gubernamental y jurídica pase por alto vehículos sin permiso, chatarras sin declarar, ventas sin licencia, hijos como churros e invasión del espacio público con la silla, las gallinas y el burro.
Los funcionarios son salvables. Trabajo con ellos y, al contrario de lo que se piensa el respetable, la gran mayoría rinde y se gana el denostado salario. Eso sí: hay un puñado al que habría que denunciar, despedir e incluso encarcelar. Conozco alguno que otro que no llega a los mínimos, y la administración lo consiente sin reparos ni medidas. Hablo de gentuza que falta a su puesto un día semanal, que argumenta “malestar general que impide el desempeño de su labor pero que no precisa de visita médica”. Y así nos llevan sisando años y años de ejecución. Cargar contra todo el colectivo demuestra envidia infantil, falta de criterio y una cuidada campaña de desprestigio por parte de los que de verdad viven a cuerpo de rey: los altos cargos, famosos, jetas, vagos y maleantes.
Porque ésa es otra: ¿Cómo puede ser que cantidades mareantes de perras circulen ilegalmente de chorizo en chorizo y nadie haga nada? ¿Que se detenga al infractor y te diga que no tiene un chavo, mientras sus familiares tienen catorce pisos a su nombre? ¿Que se incluyan en este selecto grupo a banqueros, políticos, mafiosos, nobles, ricachos y todo lo que rime con dinero sucio?
En comparación con el bando anterior son un mal menor, pero ¿y la de personas que trabajan en negro y sin cotizar? No hablo de la adolescente que se saca cuatro perras para el botellón dando clases de matemáticas. Me refiero a los que se forran a chapuzas sin factura, a los que cobran el paro y realizan otra actividad convenientemente remunerada y ennegrecida, a los incapacitados cobrando 600 euros de minusvalía física que luego te echan paredes de ladrillo trabajando con los rumanos sin contrato en la obra de al lado. Hace falta ser sinvergüenza. Y lo grave es que todos conocemos de éstos. O lo somos.
Los famosos. Y aquí meto en el saco a todos. A los futbolistas portugueses guapos, buenos y ricos que algún día reventarán de ego; a las copresentadoras frikis forradas a incultura; a los niñatos motoristas; a los ninis comechochos de los realities; a las infrapersonas que venden su dignidad a cambio de dinero. Pero ¿cómo pueden permitir que semejantes deformidades estén ganando guita sin control?
Aquí falla algo. Tal vez el comunismo no sea la solución, pero el capitalismo es un fracaso. Convierte a los ricos en más ricos y a los pobres en más pobres. Tal vez debería establecerse un techo salarial: no pasar de los tres mil euros, que ya está bien. Y nada de dietas, regalos, trajes, coches, bonos de comida, deducciones y complementos. Si tanto ladrón devolviera lo que tiene ilegal o inmoralmente nadie pasaría hambre. Eso sí, los gitanos seguirían viviendo en chabolas, pero ésa es otra historia.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Vivan las panteras rosas

Estoy enganchado al dulce procesado. Joder, es que está buenísimo. Será cancerígeno, polisaturado, grasoso animal y demás barbaridades; llevará pintura y plástico a partes iguales, pero es rico a más no poder. Y aquí podemos ampliar la orgía prefabricada hasta incluir tigretones, bonis, phoskitos y martínez. También se permite guardar un minuto de silencio por los tronkitos, bucaneros, pralin y otras delicias hoy desaparecidas.Mucha gente me tachará de insano, gratuito y facilón, pero es que la mejor y más artesana de las pastas no puede compararse a la ingesta indiscriminada de unos retazos de bollería industrial. Si hasta los bollicaos y donuts de tan guarros son deliciosos.
Los pastelitos procesados son indestructibles. Sólo así se explica que hayan sobrevivido cuarenta años a la dieta mediterránea; a los ochenta con su look imposible y las sobredosis de heroína; al desengaño hippie; a la crisis del nuevo siglo; a las armas de destrucción masiva; al boom del ladrillo; a guerras del Golfo y reinvenciones de Alaska; a Mazinger Z; a Saber y Ganar; a los galácticos de Florentino; a los atentados de Londres, Madrid, Nueva York; a las fumatas negras; a la muerte del vinilo y de la cabina telefónica; al ipod, GPS, ipad, y demás obscenidades; al sida malvado; a España en Eurovisión; a los paraísos fiscales y las indemnizaciones millonarias; al infarto de miocardio; al waka-waka y al waku-waku; a los tsunamis traidores; a la Expo 2008; a Terelu en Interviú; a Schwarzenegger de gobernador; a Los ricos también lloran; a los carnavales de Río; al bakalao; a las películas americanas de instituto; a Operación Triunfo; a los Todo a 100.
En fin, que en estos tiempos de comas etílicos y drogas de diseño, de porros entre cigarro y cigarro, de colesteroles a base de huevos (fritos) y aceites para nada esenciales, de hamburguesas dulces en pan de goma…¿qué más da que me inyecte conservantes y colorantes de color fucsia a cambio de un rato de placer saborífero? ¿Y por qué nunca han usado al dibujo animado de la pantera rosa para promocionar el pastelito?
“Think of all the animals you’ve ever heard about…”

martes, 22 de noviembre de 2011

Las 13 maneras más absurdas de darse en los huevos

1- Tu hijo de tres años te da golpecitos para llamar tu atención. Y justo el puño le cae a esa altura.
2- ¿Has probado a hacer malabares con el bate de béisbol tras un golpeo magistral? ¡Te eshuevas!
3- Estás escobando, pasando la mopa o la fregona, y se te atasca el mocho en el tope de la puerta o la pared. Tú sigues el movimiento hasta que incrustas los mismísimos en la punta del mango.
4- Se te cae una percha. Intentas cogerla al vuelo y te acabas dando con los puños en los huevos.
5- Después de mear, intentas responder al teléfono y subirte la cremallera a la vez.
6- Caminas normal hasta que de repente haces un extraño. Se llama tortilla con las piernas.
7- ¿Quién no ha sido futbolista de los que se echan la mano a la espalda para no hacer penalty y acaban parando el balón por cojones?
8- El potro es un clásico.
9- Lucas, el perro de la vecina rubia, se abalanza sobre ti. Siempre aterriza en blando el cabrón. Los lametazos es lo de menos.
10- El balón medicinal grande. Sin palabras.
11- Tu amigo el habilidoso te golpea con el taco de billar en una maniobra imposible. Ni siquiera toca la blanca, o en su defecto, mete la negra.
12- ¿A que cojones te vas a San Fermines to’ mamao? Claro que los toros siempre ahí, pinchando. Son ganas de tocar los huevos.
13- Lo malo de aterrizar en una señal de tráfico y salvar la cabeza es que alguna otra parte amortiguará el golpe. Nunca es el pecho.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Os vamos a poner nuestro video de boda…

Esto…yo tengo que barrer la arena del desierto. Y yo irme de vacaciones con mi suegra. A mí me toca limpiar la casa. Llevo 20 años sin coger un trapo, pero cualquier cosa antes que pasar por la misa baturra y el vals del final.
Así es, amigos. Los videos de boda son el mayor peligro al que nos enfrentamos todos los seres humanos que hayamos asistido a un evento de esta índole en los últimos meses. Poco importa si se ha divorciado Perico o si Manuela se está poniendo hecha un tonel. Si Igor e Irene se han casado y es tu primera visita a su nidito de amor tras el fallo, olvídate del guiñote, el dixit, el trivial o el parchís: te toca rememorar el día más feliz de sus vidas, y tus 45 minutos más desgraciados.
No es que el traje de novia no fuera espectacular, ni que el recogido no merezca un primer plano de 26 minutos. De verdad. No es eso. La misa era preciosa; el arroz apenas hervía en sudor de manos; el menú reventaba de gula; el vals aprobaba raspado; la orquesta suspendía en reggaeton y destacaba en caspa, cosas del saldo; la gorda de rojo tropezaba ridícula, y los sobrinos untaban las gominolas en el champán caro hasta los límites del pimplamiento. Sin duda la mejor boda en la que he estado desde la anterior, de verdad y no te miento. Palabrita del niño Jesús. Por éstas que te lo juro por Snoopy. Una señora boda.
Pero…no, por favor. No quiero volver a pasar por allí. Por cada encaje, corbata, sonrisa, zapato, vestido de princesota y escote palabra de honor. Te lo prometo. Con una vez ya está. Sé que fue el mejor día de tu vida, que te has chupado el video seis veces pero, por favor, no le des al “pause”. No quiero saber la anécdota del anillo. Joder, es que todos los padrinos lo extravían entre bolsillos y todos los novios se equivocan de dedo. Sí, es un Padrenuestro emotivo, pero lo prefiero a cámara rápida. Y tu prima Berta es muy mona, pero es que ni siquiera me cae bien. Y los bebés…si es que son un coñazo. Sólo maman, moquean y vomitan. Todo lo que enamora a sus padres y repele a los demás.
No. La misa entera no, te lo suplico. Ten piedad. Te rogamos, oh, señor. Por fin, el opíparo banquete. ¿Por qué siempre pasa el palizas del cámara en medio de los langostinos? ¿No puede esperarse a la carne, que tendré el cuchillo de sierra a mano y muy poco que perder?
El speech Hugh Grant. Sí, muy inspirado, pero no me lo expliques. Ya lo estoy escuchando. Por cierto, no aprecio la diferencia entre tu discurso de boda y un monólogo del Club de la Comedia. Y el chiste sobre el día que os conocisteis…no es que no lo entendieran. Es que no les pareció gracioso. No, a mí tampoco.
Momento corbata en la frente de Luisito. Divertidísimo… ¡una vez! La quinta cansa. Y el pastel. ¡Que empalague! Me refería a la tarta. Por favor, que el vals se lleve todo esto. De perdidos al río. Al menos que no me saquen con el cuello levantado y cinco botones desabrochados. Mierda. Este fotógrafo cabrón va a convertir mi aburrimiento en vergüenza propia.
Y Consuelo. Sí, Manolo, hace buena pareja con el gilipollas ese, no hace falta que me lo refrotes, bastante tengo con verles meterse mano en la pista de baile. Sí, aún me acuerdo de ella, simpático. Anda, vuelve a poner el resbalón de Jacinta. Así veré a alguien caer más bajo que mi dignidad. Nooooooooooo, desde la misa no, cabrón.
En fin, que si tus amigos recién casados te invitan a ver la casa y a cenar, di que no. Te chuparás las fotos, el video de boda, el reportaje en Bali y el video del viaje. Menos mal que en una de éstas –por cierto, ya lejanas– arreglaron el asunto con un video de otro tipo, no sé si me entendéis, y la chica tenía unos ojos azules preciosos, aunque fui el único en darse cuenta.