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miércoles, 14 de octubre de 2015

Galletas de oro con diamantes incrustados

Imaginen por un instante –seguro que no es la primera vez– que son asquerosamente ricos; que su rollo de papel higiénico está hecho de billetes de quinientos euros y que no reciben a Amancio Ortega por ser un mindundi.
Especulen, ya que estamos, que desean arruinarse rápidamente por tanto hastío y aburrimiento. Podrían invertir en preferentes bankianas o construirse una mansión en la luna; apostar online con Cristiano Ronaldo o coleccionar ropa del Primark que no se descosa –cosas más raras se han visto.
Pero si no tienen dinero para Rato, les viene a desmano un chalecito selenita, no saben farolear al poker o se visten de alta costura, siempre pueden acudir a la calle Alfonso de Zaragoza e irrumpir en la tienda de galletas La Cure Gourmande.
Ya de primeras alguna que otra señal te están mandando. Tanto amarillo oro luminoso como astro rey y esa exquisita disposición de la materia prima en escalonadas capas de preciado material es para hacerte sospechar. Ya cuando te ofrecen una muestra es para temer. Efectivamente la galleta de turno es impresionante. Esa mierda es tan buena que podría matarte por su grado de pureza. Perdón, me estoy yendo de sustancia. Ya disculparán, la costumbre. Decía que las pastas no solo tienen muy buena pinta. El sabor no desmerece al aspecto, ni a la infraestructura ni a la amabilidad de las señoritas dependientas, que tras sus engoladas sonrisas parecen brillar dientes de oro pagados con las monedas –perdón, billetes– de los incautos que pisaron su guarida.
La variedad de sabores también es reseñable: naranja, chocolate, almendra, limón, rellenas, mantequilla, sopa con gambas, mojito de cebolla, melón con jamón, queso azul… Para no hacer corto de producto, y siguiendo la estrategia infalible de Frutos Secos el Rincón, la bolsa es gigantoscópica, para que no te quedes escaso a la hora de llenar tu pedido. Si escuchas con atención puedes oír un ruido metálico con cada pasta precipitándose al fondo, y los más avezados dicen incluso que un pequeño símbolo de $ brillante y dorado puede verse en el aire durante un instante, pero esto puede deberse a la sugestión o al uso y abuso de las sustancias arriba mencionadas y que nada tienen que ver con La Cure Gourmande.
Bien, ya has llenado tu bolsa de papel hasta un honroso tercio de la misma, así como para no quedar de rancio, y vas al matadero del fondo. Tú ya has visto carteles de 100 gr 3’95 €, pero esto es como las bombonerías: ya puede ser el kilo a seis mil euros que tú te quedarás con el letrero de 6€ 1 gramo. Si ya nos hicieron creer que un euro eran cien pesetas al cambio y seguimos con la misma conversión quince años después, como para no hacer el primo en atracatessen selectas.
La dependienta te avisa primero. Llevas 600 gramos, pues 23,7 euros. Te acabas de dejar 4000 pelas en trece galletas con dos cojones. No problema. Tu cara de estupefacción te dura lo que intentas aparentar que no eres un muerto de hambre. Te pones digno intentando disimular tu mediocridad económica y sueltas la gallina si es que te alcanza. Adiós a llevar a los chicos a Puerto Venecia.
Dicen que ya han abierto nuevas líneas de crédito, hipotecas inversas para abuelas y que aceptan pulmones y riñones. Hasta tienen un quirófano auxiliar en la trastienda para realizar la operación económico-quirúrgica. Incluso han fichado al Doctor House pagándole dos pastas de canela al día, lo cual es una pasta. Si la usura puede materializarse en un negocio, después de los créditos rápidos –algunos de los cuales se contratan para pagar las galletas de pistacho–, es en esta tienda encantadora de exquisiteces francesas.
Ayer me di un capricho: entré por cuarta o quinta vez a experimentar un nivel de vida que no me puedo permitir. Pero como ya he pagado –como todos– la novatada, fui a lo que fui. Me adueñé de una de esas bolsas de papel tan lindas y tan grandes, esquivé educadamente la ayuda de la vampirienta y vertí en mi pedido dos galletas que me tienen atrapado: una de limón y otra de almendra. Me da lo mismo que mi paquete quede rancio. El veredicto fue claro: 4,85 euros por dos pastas. Joder, hasta los tigretones de la estación de servicio están más baratos. Y hasta pronto. Volveré dentro de dos años, cuando me dé otro ataque de exceso. De momento prefiero pagar la hipoteca.
No me gustan los comercios que se basan en la buena fe de los clientes. La Cure Gourmande es una tienda de un solo uso: entras, te dan el sablazo y no vuelves jamás. Cuando hayan pasado seis mil millones de personas tendrán que cerrar. Mientras tanto, se aprovechan de que es violento para la gente dejar el pedido en el mostrador, sea por orgullo, apariencia o vergüenza. No se puede trabajar en algo que se sustenta en el engaño. No es ético. Pero supongo que bucaneros los ha habido y los habrá siempre. Y aunque no lleven bandera pirata y sable, ahora se refugian en una tienda de galletas de la calle Alfonso de Zaragoza.

domingo, 6 de septiembre de 2015

The Fall

El otoño es la estación más fascinante. Es cierto que el estío, tradicionalmente, ha sido jaleado como el rey del calendario por sus muchas prestaciones turísticas y vacacionales, por el sol y la playa, y que el invierno empieza a lo grande con unas señoras Navidades made in Coca-Cola y El Corte Inglés, y que exhibe además un eterno romance con los deportes de nieve, mientras que la primavera aparece envuelta en flores y con las hormonas disparadas, como si fuera un hippie en los 70, y que suele completarse con la Semana Santa, epicentro de la religiosidad o, en su defecto, islote salvador entre meses de duro trabajo.
Pero ninguno arrastra tanta magia, tanto significado como el otoño. El año empieza realmente en septiembre, y por mucho que a algún iluminado se le ocurriera fechar enero como el mes primero, lo que de verdad separa los años es el fin del curso escolar, ese magnífico paréntesis veraniego. Aunque el equinoccio no llega hasta el 23, cuando muere agosto comienza todo.
Los verdaderos propósitos se realizan ahora: el gimnasio, el inglés, la universidad, los divorcios… y una fuerza ilusionante impregna al sujeto hasta llevarle a cotas impensables en junio. Y esa sensación es contagiosa, porque todos parece que se van a comer el mundo en dos bocados voraces. Tal vez sea esa la verdadera savia del hombre: el entusiasmo por abordar las empresas más inalcanzables y subir las cuestas más empinadas. Si hay un momento para creer, para cambiar las cosas, para reiniciarse la vida, es en otoño.
Un aura especial invade la atmósfera. Las hojas caen tristes alfombrando el suelo de tonos ocres tostados, de marrones café con leche, de sueños que mudan para renacer con mayor ambición. Aparentemente debería ser un mes horrible, decadente, mortuorio y enfermo, pero solo los árboles dejan entrever tal debilidad. Para los hombres comienzan los retos. De otro modo, nunca llegaríamos al invierno. No soportaríamos el retorno al trabajo ni la vuelta al cole.
El otoño tampoco es escaso en celebraciones. Tras un septiembre de verano crepuscular, en tierras mañas llega octubre, un mes partido en su mitad por las fiestas de El Pilar. Y estas son unas festividades diferentes. No tienen el ambiente de la feria de abril, el ruido de las fallas ni la adrenalina de los Sanfermines, pero se disfrutan de una manera especial. La noche nos abraza temprano y rara vez sobra la chaqueta en un valle castigado a conciencia por el cierzo, pero la calle se llena de tradiciones, estímulos y neones, y el cielo se salpica de pirotecnia variada. Sin duda son unas fechas mágicas.
Pero aparquemos el deje costumbrista y volvamos a la globalidad. Octubre es también el mes de Halloween. Y si las Navidades comienzan a mediados de noviembre, la noche de Todos los Santos arranca también con dos semanas mínimas de antelación y cadáveres. El 31 de octubre es la fiesta del terror. Pero no uno tétrico y pesadillesco, porque el tono se ha vuelto naif, infantiloide y familiar. Jugar a dar miedo sin salirse de lo políticamente correcto es la especialidad de la cultura popular americana, y el modelo ha sido exportado a todos los países de la Coca-Colawealth –recuerden que España es miembro de honor desde Bienvenido Mister Marshall– con tanto denuedo que los fantasmas, vampiros, murciélagos, esqueletos, brujas, mansiones encantadas y cementerios adornarán nuestras vidas y seguramente nuestras muertes.
La estación de la caída de las hojas morirá, un año más, en vísperas de la Navidad, y todas las sensaciones de crecimiento personal, de ilusión, de nostalgia y de horror light se sustituirán por sentimientos abstractos como el amor, la bondad, el consumismo y las comilonas. De algún modo extraño, seguiremos pensando que la felicidad consiste en no salirse del cubo en el que nos han metido, y del que muchos ni siquiera soñarán abandonar.

jueves, 30 de octubre de 2014

El espectral fantasma de la plenitud

Una de las peores cosas que le pueden ocurrir a una persona es sobrevivir a su apogeo: subir al cielo, tocar la llama, llenarse de eternidad… y volver a la mundanidad. Porque nada es tan engañoso como el alcohol y el triunfo –no en vano se acuña la expresión borrachera de poder o de éxito–. Ambos son grandes depresores del sistema nervioso: primero le dan un subidón de la hostia, y luego le hunden en tu propia miseria.
Casi nadie está en su mejor momento, a la vez, en todos los aspectos de su vida. A la plenitud física se suele contraponer una deficiencia madurativa o intelectual, y para cuando uno está en la cresta de la ola profesional, ya no tiene cintura para surfear como los jovenzuelos. Además, la centralización de esfuerzos en un único foco vital nos desvía, afortunadamente, de aglutinar varias facetas a la vez. No. El ser humano es bastante monotemático, y cuando se vuelca en una actividad u ocupación, generalmente abandona o descuida las demás.
Los pesimistas disfrutan de la gloria con la desconfianza de saber que su momento pasará, y semejante proyección desoladora les impide saborear el instante con mínimas dosis de megalomanía y narcisismo. Ah, tontos. Y los optimistas son ingenuos y osados, y creen que aun no han llegado a la cima o que nunca se bajarán de ella. Ah, memos. Menuda caída les aguarda. Para ellos será la mayor de las bofetadas.
Sea por un motivo o por otro, es complicado continuar después de haber besado el cielo. Y sin embargo, a todos nos llegará la hora –la de volver a la realidad, me refería; a la otra mejor no mentarla– y tendremos que vivir de recuerdos memorables, de amargo presente e incierto futuro.
¿Cómo sobreponerse a un instante de excelencia suprema? Simplemente no se supera. Se arrastra uno con mayor o menor fortuna entre la nostalgia de los aplausos perdidos y la esperanza de que volverá a haber una de esas confluencias de astros. Los más echados pa’lante todavía pensarán que su mejor versión aún no ha llegado, por mucho que los michelines ofendan al espejo, las neuronas lleven bastón o las musas plagien del rincón del vago. Los descerebrados quizá ni se lo planteen, y una profunda depresión se los llevará en una corriente de fracasos sin comprender qué hicieron mal, sin asumir que a veces ni siquiera una estrategia perfecta puede asegurar una plácida jubilación social.
Al final, todos buscamos lo mismo: reconocimiento, cariño y palmaditas en la espalda. Tal vez habría que crear un servicio de teleadmirador que, como el teleamigo que acudía presto con el pack de cervezas, estuviera a nuestro lado abriendo la boca de par en par y aplaudiera con las orejas cada una de nuestras nimias victorias. Si alguna vez quieren ganar a alguien para la causa, endiósenlo como deidad mitológica y en poco tiempo comerá de su mano, a no ser que sea futbolista de élite, friki televisivo o artista consagrado. No hay pájaro para tanto alpiste. Con razón se hunden cuando les llega el olvido. El crepúsculo de los dioses debe ser insoportable, aunque eso es algo que ni ustedes ni yo, con suerte, sabremos nunca.

viernes, 29 de agosto de 2014

Adopten medidas, pero no niños

Vivimos en una era de espejismos. Pensamos que nos gobiernan en democracia, pero somos una cleptocracia. Los contenidos de internet, previa banda ancha, parecen gratuitos, pero el precio son ingentes cantidades de propaganda comercial. Fingimos que somos libres, pero prácticamente no podemos hacer nada. Creemos que estamos felices, pero consumimos la alegría que nos han vendido. Agradecemos al cielo tener un trabajo, cuando supone el mínimo de dignidad al que deberíamos optar todos. 
De todas las mentiras, una de las más gordas se construye en torno a las adopciones de niños. Todos y cada uno de los tópicos se sustentan en embuste tras embuste. Nadie se marcha a Etiopía o Vietnam a salvar la vida de un pequeño. Como mucho, marchan hasta allá para sentir que ayudan a alguien, pero en el fondo no lo hacen por los huerfanitos, sino por ellos mismos. La idea de acoger de modo vitalicio a un bebé y salvarlo de la pobreza es tan romántica como ficticia, tan inmadura como querer ser Superman para arreglar el mundo y que el vulgo nos adore. No. La gente que adopta lo hace por propio egoísmo, para satisfacer sus ansias de paternidad. Simplemente es un juguete humano. Nada reprochable. Con los hijos biológicos sucede igual. Tener niños es jugar a ser papás. Y con esto no estoy diciendo que los padres no se lo tomen en serio. En unos supuestos y en otros, en general, prima la sensatez y la responsabilidad. Pero todo se hace por las necesidades del adulto, que quede claro. 
Segundo espejismo. Los desvalidos van a ser plenos. Nos van a querer mazo porque los vamos a educar genial, dándoles todo lo que no han tenido. Vamos a proporcionarles una oportunidad de ser felices. ¿Has pensado que a lo mejor ese niño prefiere, aun sin saberlo, la insalubridad atestada de su orfanato tercermundista a la frialdad pudiente de tu casa en a tomar pol culo? ¿Qué te hace pensar que su plenitud depende de tu dinero y tu sobredosis nociva de cariño y caprichos? Aprovecho este inciso para recordar el boom de adopciones de niñas chinas que hubo en los 2000. Las criajas venían como churros, muy tiernas y en tramitaciones express. Bien, ahora esas bebés están rondando la adolescencia, y en un gran número de casos, según los profesionales educativos que conozco, son unas mimadas del carajo. Hijas únicas y adoptadas, pasaporte seguro al malcriamiento. Hablo generalizando, por supuesto que hay gratas excepciones.
Tercer error. Los niños son sanos, fuertes, hermosos y buenos. Columpiada total. El estereotipo de nene blanquito, rubio y jovial, o de conguito de anuncio son estrategias de marketing. La mayoría tiene serios problemas, los han violado por cinco agujeros, los han acogido y devuelto varias veces, tienen sida, labio leporino, discapacidad motora, minusvalía psíquica, hiperactividad por alcoholismo gestacional, han visto más infiernos de los que tú te atreves a mirar o la desnutrición les ha provocado secuelas que, más allá de ser estéticas, que parece ser lo que te preocupa, disminuyen muchísimo su calidad de vida. Su mal puede radicar también en la etnia. Lo mismo te ofertan ponipayos o gitanos. Pero esos no los queremos. ¿Quién compra un oso pulgoso en la tienda habiendo peluches nuevos?
Otro tópico falso: hay muchos niños en adopción. Los cojones. Son poquísimos. Cada vez menos. Otra cosa es que se encuentren hacinados en espacios denigrantes, sórdidos, lúgubres, o que convivan con familiares que les dan de comer una vez a la semana, que los usan de cenicero, saco de sparring o muñeca hinchable, pero la realidad es clara: por pobreza no se separa a los hijos de los padres. Y el cliché de los desvalidos bebés abandonados al nacer, que no han sufrido y que nos van a adorar en dos semanas es también un camelo. Esos niños no existen, y si hay alguno está más que apalabrado. A ver si vas a ser tú más importante que un adoptante francés o norteamericano, pardillo. No hay oferta real. Uno piensa que hay muchos países donde realizarse como padre y hacer a la vez una buena obra (ya hemos dicho que este segundo supuesto es un autoengaño complaciente), pero de los 200 estados que aproximadamente componen la Tierra, apenas una docena son –o eran– susceptibles de proporcionar felicidad humana: Colombia, Brasil, Chile, Vietnam, Filipinas, Camboya, Tailandia, Etiopía, Rumanía, Rusia, Bulgaria, Ucrania, China, India…
Además las reglas han cambiado mucho. Hasta hace poco China los regalaba. En año y medio te traías una mocoseta de ojos rasgados y pelo negro y liso. Ahora son 4’5 años y no esperes bebés. Bueno, existe el camino verde: si te llevas un tarado te lo empaquetan en pocos meses. En Brasil no contemplan adopción internacional de menores de dos-tres años. Si quieres algo, en cinco años te proporcionan grupos de hermanos, pero ya talluditos (de 5 pa’arriba). Que bien pensado… te podrían entregar a esos mismos hermanitos nada más solicitarlos y tendrían cero años y te los darían al instante, en lugar de esperar ese lustro a envejecer en el hospicio y a que tus papeles críen malvas.
Etiopía era una opción rápida y segura (seis meses), pero el desfalco fue tan excesivo que acabaron cerrando el grifo. Ahora lo menos están en tres años. Y la mayoría de los países del sudeste asiático (Tailandia, Filipinas, Vietnam) han chapado también. Por una temporada o para siempre. Se acabó lo de exportar infancia. Que se pudran en los orfanatos. El que sea fuerte, sobrevivirá. Si se hace un hijoputa ya es otra historia, pero eso de vender felicidad familiar a los europeos y americanos prepotentes se ha terminado. Y en Colombia se ha ralentizado también el proceso. Échale otros cinco años. En cuanto a los mercados tradicionalmente más asequibles, Rusia e India, los noreuropeos son de tramitación ágil, pero hay que ir varias veces. Y el proceso no es muy transparente que digamos, sin contar con la de problemas de hiperactividad que arrastran los muchachos, herencia de desayunar con vodka todos los días (la madre, se entiende). Los indios siguen siendo los más fiables, pero es que tienen un color muy gitano, y además te los dan con siete años y eso no mola.
Realizarse como padre es uno de los grandes sueños del hombre. De otro modo, y si no fuera por el gusto que da mojar el churro, ya nos habríamos extinguido. Pero las adopciones se han pervertido por culpa de los intereses. Una vez oí que no se buscan hijos para las familias, sino padres para los niños. Una gran frase, sí, pero por lo que me dicen mis amigos, que llevan tres años –y los que les quedan– esperando una llamada, es mentira. Todo es comercio e intereses. Altruismo, cero. A ver quién tiene cojones de acoger a un crío temporalmente. Si ustedes manejan, y su conciencia se lo permite, háganse un Miguel Bosé o un Ricky Martin: contraten un vientre de alquiler y compren a su hijo sin eufemismos. Al final lo barato resulta demasiado caro. Sobre todo para los niños.

domingo, 17 de agosto de 2014

Brasas, tostones y rolleros

No sé por qué pero el mundo está lleno de personas que te sueltan rollos que no quieres escuchar. Será por la temática anodina, el punto de vista narcisista, la declamación pausada y aburrida, o acelerada y agobiante, o la repetición de la historia hasta la perpetuación de la misma en mito o leyenda de chichinabo.
Lo único seguro es que nunca te vas a librar del sermón. Nadie se atreve a decirle a un juglar coñazo que su historia le importa una puta mierda. Y se debería poder expresar, aunque solo fuera para no volver a escucharla, una disconformidad con lo narrado o un tedio absoluto de escucharlo. El caso es que resulta demasiado violento decirle a alguien “tu viaje a Mallorca no me interesa a menos que me lo cuentes en lo que dura una moneda en el Peep Show”.
Personalmente, creo que lo más estresante del amigo brasas es que solo habla él. Si la narración permitiera establecer diálogos, meter apartes, expresar uno mismo lo que siente en plan cuña opinadora, o hacer valoración de lo escuchado, tal vez así el monólogo monotemático sería una conversación como dios manda.
Dentro de los discursos hay varias tipologías, por lo general, a la medida del orador. La más corriente es la reseña autobiográfica. Normalmente versa sobre enfermedades, viajes, relaciones de pareja, enquistamientos interpersonales, asuntos laborales, posturas en la cama, aventuras de los hijos, anécdotas… Nadie está libre de soltar uno de estos. Yo, cuando lo hago, al menos procuro –y consigo– ser breve, tal vez porque soy consciente de que una cosa es informar y otra monopolizar la conversación con algo que probablemente no va a entusiasmar. Lo mismo hasta aburre.
Otra variante es el anecdotador mentiroso compulsivo. En su triste afán por asombrar al oyente, el exagerador nato inventará, adornará, redefinirá momentos para sentirse especial. Es curioso, nunca me ha gustado contar historias inverosímiles por miedo a no ser creído, por temor a ser etiquetado como uno de estos sujetos. A ellos les pasa lo contrario. A más grande la rueda de molino, más le gusta hacerte comulgar con ella. Tengo alguno de estos cerca y dan mucha pena. Nunca me he atrevido a dejarlos en evidencia, y he tenido momentos, aunque jamás comprenderé por qué mienten. Por sentirse bien destacando, supongo.
Luego está el aprendiz de todo, maestro de nada. Acaban siendo irritantes por su alto grado de conocimiento sobre todas las cosas y temas. Aunque sean cultos de facto, para el interlocutor resulta molesto que ordenen la cosmovisión y no ofrezcan un reducto de incultura en el que los demás se sientan momentáneamente superiores. Todos necesitamos oxígeno sapiencial; que no se lo inhalen todo con sus pulmonacos enciclopédicos.
Además de las temáticas y ámbitos de actuación, lo otro que cansa de los rolleros es su dicción. Algunos están encantados de escucharse, y hablan y rehablan con un poso y unas recursos prosódicos dignos del mejor locutor de radio. A mí, impaciente que es uno, me carga sobremanera escuchar la información vieja y la nueva de una misma frase en el intervalo de tres minutos. Prefiero algo directo. Un titular y luego ya una explicación. Tanta incertidumbre para captar la admiración ajena…
Otros charlatanes son todo lo contrario. Largan a la velocidad del rayo y sin dejar espacio acústico para relajarse, refutar o pensar en lo dicho. No permitir hablar a los demás me parece de un egoísmo exagerado, y lo mismo da que rajen como loros o que se gusten como divos. No se les puede interrumpir y eso es nocivo. Es fácil que no tengan muchos amigos.
Hay personas que tenemos mucho que decir. Para eso se inventó el whatsapp o, si son rudimentarios como el jinete que les habla, el blog. Así no se obliga a nadie a poner las orejas. El que quiera leer, que encienda las pestañas. Y el que no, pues estupendo. Pero en la interacción oral, escuchar es algo mucho más preciado que cascar, aunque lo realmente precioso es poder conversar. Y cada vez encuentro menos profesionales del verbo. A veces ni amateurs.

miércoles, 16 de abril de 2014

La erótica del triunfo

Nota del autor: Por primera vez, se incluyen notas a pie de página como los escritores de verdad.
 
¿Admiran a alguien? ¿Sienten debilidad por algún personaje histórico como Alejandro Magno, Napoleón, Franklin Delano Roosevelt, Julio César, Ghandi, Adolfo Suárez, Hitler o Leónidas? ¿O por deportistas de élite tipo Karl Lewis, Valentino Rossi, Rafa Nadal, Tiger Woods, Michael Schumacher, Cristiano Ronaldo, Pau Gasol, Michael Phelps, Eddie Merckx o Iñaki Urdangarín1? Bien, no se preocupen. Nos pasa a todos.
Decía una canción de J.J. I. de la Cueva2, ganadora del festival de Benidorm en 1968, “Pocos amigos que son de verdad. Cuántos te halagan si triunfando estás y si fracasas bien comprenderás: los buenos quedan; los demás, se van.” Lo que para muchos es una traición interesada y oportunista, para mí es únicamente un impulso natural del ser humano. Lo que hace a las gentes volcarse con sus ídolos no es su hermosura, ni su carisma, ni su personalidad, cosas que pesan, pero no deciden. Lo que atrae a las masas es su capacidad para asociarse con la victoria, la sensación de que estamos apoyando al que gana siempre. En el momento en que nuestro campeón deje de vencer, perderemos –lógicamente– el interés en él.
¿Alguien se imagina a Leo Messi siendo aclamado por la muchedumbre si no hiciera slaloms de dibujos animados, o a Cristiano Ronaldo vitoreado hasta el hastío si dejara de meter cuarenta pepinos por temporada? Necesitamos creer en algo, emborracharnos de épica y reflejarnos en gente que de verdad es excepcional, bien conquistando territorios agrestes o bien levantando horribles ensaladeras de metal.
Lo malo de esta erótica del triunfo es que a veces está mal entendida, y se confunde frivolidad y éxito superficial con valores de verdad. ¿Por qué la masa no aplaude y jalea a los héroes auténticos? ¿Porque no salen en la tele, no ganan discos de platino, no sueltan discursos con un oscar en la mano, no corren el circuito en 3:27:45 o no le ponen pinchitos de merluza a Lebron James?
Esta epiquización de los valores nos lleva a desechar todo lo que ya no funciona. Y eso es peligroso. Por eso muchas estrellas del cuero o del celuloide no han soportado el ocaso de los dioses. Y entonces aparecen las depresiones, las drogas, los excesos, las llamadas de atención de unos medios que ya no te recuerdan porque ya no interesas a nadie, el alzheimer popular y la gran debacle, truncada a veces por un suicidio liberador. Por supuesto que te han olvidado; sólo el triunfo te hacía encantador. Cuando eres tan mediocre como todos los demás, ya no importas un carajo. Terrible, ¿verdad?
Tal vez la sociedad crea iconos para consumir y tirar al poco, al más puro estilo Operación Triunfo, mientras los creadores de mitos se enriquecen en la sombra a costa de un populacho débil y entregado a la manipulación y una estrella rutilante, inmadura y mimada, que se embriaga de una atención que nunca mereció, inflada por los poderosos invisibles, ésos que nunca salen en la foto y no pasan de moda porque jamás estuvieron en el escaparate. La vida es muchas cosas, pero no es fama. Resulta demasiado gaseosa, burbujeante, y sin chispa cuando se le va el gas.
Por todo eso, si puedes, no seas famoso. El olvido debe ser insoportable. Siempre puedes chocarte con el coche a todo trapo, pasarte con la ingesta de pastillas, ensartarte un pitón de toro en la femoral o practicar sexo sin protección, pero convertirte en mito te costará la vida en el momento más álgido. Que se lo pregunten a Paul Walker, James Dean, Marilyn, Kurt Cobain, Francisco Rivera Paquirri o Freddy Mercury. Pero de la morbosa relación sadomasoquista entre vida efímera, muerte trágica y fama inmortal hablaremos en otra ocasión. Como se atribuyó una vez el rebelde sin causa3, “Vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver”. Dos de tres, porque su mortaja quedó hecha un asco. No se puede tener todo, James.


1 Entre los deportistas de élite anteriores hubo un príncipe que me salió rana. Mil perdones.
El cantante era Julio Iglesias y la canción, La vida sigue igual.
3 La frase se dijo en realidad en la película “Llamad a cualquier puerta” (Knock on any door) de Nicholas Ray.

jueves, 20 de febrero de 2014

Abatidos nueve inmigrantes subsaharianos por irrumpir en suelo ceutí

La noche del jueves ha sido especialmente cruenta en la ciudad autónoma de Ceuta. Los intrusos ya no respetan nada y diversifican sus métodos de violación del espacio territorial español. Algunos aprovechan la llegada de la noche para entrar en masa.
Según los videos difundidos por la Guardia Civil, muchos de ellos no desean realmente llegar a Europa, sino joder las instalaciones y elementos de prevención del Gobierno de España. En este sentido, se cree que un nutrido número de africanos desafilaron deliberadamente las concertinas disuasorias usando sus brazos, piernas y muslos para “comerse” las ruedas dentadas. Un comportamiento que ha sido condenado por el Ministro del Interior. “Claro, como las concertinas son caras y ellos tienen muchas extremidades, intentan fastidiarnos deteriorando el mobiliario urbano. Pues ya podrían quemar contenedores, que eso lo paga el Ayuntamiento de Ceuta y no nosotros”, ha comentado Jorge Fernández.
La tragedia ocurrida en la noche de autos se recordará como uno de los momentos negros de la historia de España. Al parecer, unos veinticinco subsaharianos han conseguido irrumpir criminalmente en la ciudad. Una debacle total. Pero no todo son noticias negativas. Otros nueve ilegales fueron acribillados a tiros por las fuerzas de seguridad del Estado cuando se negaron a obedecer órdenes. Según informan fuentes policiales, era un grupo de 33 morenos dotados de paracaídas de plástico de esos que iban con un muñeco; los que se lanzaban al aire con fuerza y caían donde les daba la gana; un clásico de los juguetes para niños.
Los inmigrantes se hallaban en caída libre cuando el cabo primero les ordenó volver a subir, a lo que la totalidad de ellos se negaron. En ese momento, y ante la negativa a abandonar el conato de intrusión, los antidisturbios tuvieron que disparar sus fusiles de asalto. Hay que recordar que las pelotas de goma se han prohibido porque son mucho más costosas económicamente que las balas del calibre 38 y el ejecutvo ha impulsado un importante paquete de medidas de reajuste y optimización del gasto público.
Una vez que seis de los criminales fueron abatidos, uno de los supervivientes intentó aletear hacia arriba para no caer en suelo español, pero acabó tomando tierra y tuvo que ser suprimido también. Hay que decir que los africanos muertos siguieron bajando al suelo a modo de provocación, creyendo tal vez que su nueva condición de cadáveres les proporcionaría un estatus diferente. En este sentido, voces autorizadas dentro del ministerio ya han advertido que “los sepelios no se realizarán en Ceuta ni en ningún otro territorio del país. Si quieren entierro, que se vuelvan para Senegal.”
Se cree que los paracaídas de juguete utilizados para perpetrar el horrendo crimen fueron adquiridos en establecimientos multibazar regentados por asiáticos afincados en España, con lo que no se descarta pedir explicaciones a Pekín. Lo que no se entiende es cómo llegaron dichos productos hasta África. Los chinos no dejan de sorprendernos.

sábado, 18 de enero de 2014

Políticas de Perogrullo para salir de la crisis

El dinero no se crea ni se destruye; sólo se mangonea.

¿Cuál es el crimen perfecto? Aquel en el que no hay cadáver. Y si lo hubiera, que parezca un suicidio. Del mismo modo, no hay mejor atraco que robar legalmente. Y en esos menesteres, hay que admitir que nuestros amiguetes del Congreso lo han clavado. Han convertido España en una cleptocracia. Yo legislo, ejecuto y juzgo de manera que todo me salga que ni pintado. Que necesito votos, los compro a base de favores; que quiero una ley que me beneficie, la llevo al parlamento y la apruebo con mi mayoría absoluta; que un juez la quiere declarar anticonstitucional, lo unto o lo acuso de prevaricación, y si no, lo destituyo.
El político es un ser con vocación de servicio. Piensa siempre en los demás: en su sobrino, en su prima y en sus hijos, por eso sueña con dejarles una montaña de millones. Y cuanto más tienen, más quieren. Es una especie de gula monetaria, bautizada tiempos ha como avaricia, renombrada hoy como erótica del poder, que impide a las personas regirse por su moral. Por eso disponen según sea conveniente.
Por ejemplo, que hace falta dinero para financiar el partido, para campañas electorales y para mi supersueldo de seis dígitos, no pasa nada. Seguro que Bankia me regala la pasta. Y para ello, basta con aprobar un paquete de medidas fiscales que graven al gilipollas de a pie y que enriquezcan a la entidad bancaria. Total, para eso mi esposa es la presidenta del consejo de administración.
Cuando la carrera política está acabada, o ya se tiene el complemento ese vitalicio que es pornografía económica, casi pederastia monetaria, entonces uno se retira al sector privado donde ya se había pactado un puesto absurdo de mamoneador oficial –aquí lo llaman consejero, asesor o su puta madre–, y a verlas una vez más, no vaya ser que el amarre del yate me impida irme de lupanares todos los jueves y fiestas del fornicar.
Bien, pues si a estos coleguitas le pusiéramos un tope salarial de, pongamos, 5000 euros todo incluido, que es mucho menos de lo que se atizan en dietas y complementos, de repente la deuda se reduciría drásticamente.
Para el rico hecho a sí mismo también traigo un buen paquete de soluciones: nada de miles de fantastimillones, te llames Amancio o Cristiano. Si el dotado genera capital, pues de cine. Mejor viviremos todos, pero… ¿qué es eso de ganar en un minuto lo que yo gano en un mes? Nada de eso. Salario máximo limitado y a correr. Gordo, sí; obsceno, ni de coña. No mientras la peña se prenda gasolina porque los han desahuciado o lleven seis años con la única lotería de conseguir un puesto de trabajo, billete que nunca toca.
¿Pero qué mierda es esta de minimizar los sueños hasta desear, como única alegría, un sustento laboral? ¿Qué clase de felicidad en rebajas nos han vendido para que sólo aspiremos al alivio sistemático de nuestras más graves necesidades? ¿Dónde está el umbral de la miseria en términos de realización personal?
Chachi. Ya hemos suprimido dietas de ministros, racionalizado los salarios de futbolistas de élite y empresarios del ladrillo o de la tela; a los bancos les reducimos los beneficios a cotas asumibles; a sus directores, en la misma proporción. ¿Qué queda por hacer?
Lo primero, evidentemente, reactivar el consumo. Y nada mejor para esto que echar la vista atrás. La historia reciente nos ilumina cuando el camino está nublo. Tras el crack de 1929 en Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt incentivó la economía con un paquete de medidas coherentes y populares. Generó consumo que necesitaba de mano de obra; trabajadores que, con el bolsillo lleno, seguían gastando. El círculo se cerraba de manera equilibrada. Si no hay consumo no hay empleo. Y para ello se precisa que la gente sepa que no le va a faltar. Para estar pagando dos años de paros y miles de ayudas a desempleados, ¿por qué no generar trabajo para ellos? Infraestructuras, carreteras, limpieza, ayuda a la dependencia, comedores sociales… si hace falta hacer muchas cosas. Y no sólo para el que cobra paro, también para el que está buscando una ocupación remunerada. Si todos trabajamos, no habrá que ayudar a nadie. Y además, se generará consumo, y –toda vez que se penalice la especulación inmobiliaria–, la gente comprará pisos, saldrá a cenar, renovará vestuario, viajará y cambiará de automóvil.
La crisis ha tocado muchos sectores. También el celuloide. Y aquí la culpa es suya. Vale que los impuestos los están masacrando, pero si la sala está vacía a 7,20 euros, pues pon la entrada a 5. Las matemáticas no engañan. Una proyección nunca puede salir rentable si pagan quince. En cambio, con 200, aunque cobres menos, la ganancia es muchísimo mayor. ¿Tanto cuesta entenderlo? ¿O es que pagan alquiler por butaca ocupada?
Los impuestos. Tal vez no puedan bajarse, pero si en todos los hogares hay dos nóminas se podrán asumir sin excesivos traumas. Tal vez seamos todos menos ricos, pero aquí nadie habla ya del nivel de vida. Tan sólo se trata de erradicar la pobreza extrema.
Y los corruptos. A por ésos a degüello. Son todos unos chorizos, mangantes, infantas, tesoreros y presidentes. Porque las perras donde realmente están es detrás de sus cuadros. Y lamentablemente, tienen pinacotecas muy extensas.

jueves, 9 de enero de 2014

¿Y ahora qué?

Primero metieron a diez o doce ninis en una casa de campo petada de cámaras; así nació Gran Hermano, como guiño inquietante de la premonitoria y orwelliana 1984. El formato se reiteró –y vició– añadiendo frikismo en las personalidades (Hotel Glam), en los decorados (Supervivientes) o en ambos (La isla de los famosos).
Por otro lado, frente al reality anodino de mera convivencia pasiva, surgió la rama artística. Operación Triunfo lo petó redefiniendo el género mediante karaokes de lujo en prime time y ensayos demagógicos entre bastidores. Aquello desató la caja de los truenos. Las variantes se dispararon con la efectividad de una escopeta de cañones recortados –muchos perdigones y al bulto–: Mira quién baila /se hace el hara-kiri con pañuelos de papel de origami, Factor X o Tú sí que vales demostraron que España tenía ganas de talento recién exprimido de un puñado de cazaglorias destalentados.
Intercalados con la farándula arribaron los conductuales –impagable Supernanny, postizo Hermano mayor o americanizado El líder de la manada– o los de arquitectura (Cambio radical, La casa de tu vida…). La facción nini de gimnasio ganó su espacio antineuronal en producciones cutres de usar y tirar –como todas las demás– del tipo Mujeres, hombres y viceversa, Gandia Shore o Un príncipe para Corina. La modalidad familiar alcanzó tintes indígenas con Perdidos en la tribu, chonis con Me cambio de familia o ¿Quién quiere casarse con mi hijo/madre? o rústicos con Granjero busca esposa.
Las rarezas se sucedían con Academia del sexo, Pekín Express, El bus o últimamente Campamento de verano o Cuestión de peso, reality que se me caía especialmente gordo. Tu cara me suena le dio un tono más jocoso y caricaturesco a la historia de modo autoparódico, pero la audiencia ya recibía jarros de agua fría recién salpicada de Splash o Mira quién salta.
Las últimas tendencias, además de recuperar vomitivamente el micro con La Voz, se han tirado hacia ¡los cazuelos! con Pesadilla en la cocina, Master Chef o Top Chef en versiones junior, senior, especial parapléjicos y nacidos en 29 de febrero. Para rematar el despliegue, por estas tierras se ha popularizado el Dándolo todo jota. Sin comentarios.
Bien, señores creativos, ya han bajado a más infiernos de los que Dante pudo inventar. Han enseñado gordos, marujas, frikis de todo tipo, fríehuevos, piscineros, aborígenes, supervivientes, contertulios, aspirantes a fracaso, boy scouts, karaokistas, edipos, putones de segunda, famosos de tercera, estúpidos, perros, niños, princesas Disney, ninis unineuronales (una para todos), hasta forniparejas. ¿Qué nos han preparado para el futuro? ¿Les doy ideas?
¿Qué tal una de enfermos terminales? “Y allí va el del cáncer de páncreas intentando agonizar antes que la anciana con tubos, pero el diabético sin brazos está cortando por lo sano.” Sería una mina. Además, sólo habría que pagar los sepelios y una hipoteca inversa para el ganador.
Otra opción es Vándalos. Sueltan a una docena de salvajes por las calles de Madrid y a ver quién quema más contenedores. Atropellar carros de niño puntúa doble.
Si tienen el morbo más desviado pueden filmar Ya soy mujer donde una panda de niñas chupipandis concursan para llegar antes a la pubertad. Igual acaban la mitad de ustedes en la cárcel, pero la audiencia sería de escándalo. Cuando el interés decaiga pueden añadir nuevos alicientes metiendo niños en el armario o curas en el confesionario.
Otras ideas más nimias incluirían una escuela de fútbol, clases de repaso con nominados cuando suspendan un examen, cursos de ganchillo, campeonatos de cofradías de Semana Santa, Gran Hermano Penitenciario o sesiones de corrupción política con Cristina Borbón de jurado.
La tele es lo que es y nos la tenemos merecida. Hasta ahí comulgaré siempre con ruedas de molino, pero… ¿no podría ser que las aspas trajeran agua fresca y no mierda sensacionalista para variar?