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sábado, 21 de diciembre de 2013

Besos para todos (2/2)

A veces ganan los buenos.

Sólo le quedaba pedírselo a No Estás Gorda. No era su plan ideal irse a un hotel de lujo para parejitas con una agente alimentada a base de infraestima y donuts, pero ya no le quedaban féminas de servicio en Proteger y Servir.
La joven aceptó rauda. Llevaba mucho sin darse una alegría y menos con Largo. De poco sirvió que éste le recordara una y otra vez que era una investigación criminal. No Estás Gorda sonreía picaruela y atribuía la bravata a un exceso de prudencia del larguirucho. Habían reservado la suite negra, pero Largo se coló en la roja furtivamente.
La habitación roja era muy cuca. Un cabecero de gruesos labios pintados en la pared invitaban al placer carnal, pero Día Sin Pan tenía otras cosas en mente. Consiguió convencer a No Estás Gorda para que dilapidase los jabones múltiples y demás chuminadas del baño en una ducha preliminar. Mientras, el astuto policía revisó la estancia de arriba abajo. Al final dio con lo que buscaba. Una microcámara de alta tecnología en la esquina superior, junto al cortinaje lo espiaba y grababa todo. Ya estaba claro. Alguien filmaba los encuentros con Hola Papito para darles algún tipo de uso oscuro.
La gordita salió en plan fatal de la ducha, pero Día ya había calculado todo. Le dijo que él no era la sorpresa, que tenía que esperar un poco. Y así fue. A las nueve en punto llegaron Hola Papito y No Soy Nada Sin Mi Whatsapp. La sorpresa de ambos fue mayúscula.

            Hola Papito –dijo Largo Que Un Día Sin Pan–, queda detenida por mantener relaciones cohabitatorias con miembros de los Cuerpos de Seguridad del Estado y…
            –No, mi amor –dijo la latina– eso no es un crimen.
            –No, pero filmarlo sí. Queda arrestada por grabar sus encuentros y ofrecerlos por Internet en un canal de pago, y por extorsión y chantaje a un agente de la ley, Espeso Pero Revenido. Sabemos que se suicidó porque no podía pagar sus pretensiones económicas y si se revelaba su infidelidad su matrimonio se iría al traste.
            –Eres muy listo para ser policía, Papito –dijo Hola Papito.
            –Soy anterior a la ESO –explicó Largo.
            –Ahora lo entiendo.
            –Si colabora prometo ayudarla, Hola Papito.
            –¿Y yo, qué? –preguntó No Estás gorda.
            –Pues… –sugirió Largo– tú puedes aprovechar la habitación con No Soy Nada Sin Mi Whatsapp.

La imputada y el agente dejaron a los No que se conocieran mejor y se marcharon a comisaría. La declaración de la sudamericana y los hábiles tejemanejes de Jonathan Hacker, el amigo friki de Largo, dieron sus frutos. Pronto desmantelaron una profusa red de pornografía casera que emitía desde una IP concreta. Arrestaron a un pavo que juró y perjuró que actuaba por órdenes de su jefe, Aspa Verde. Su teléfono registraba varias llamadas a un móvil dado de baja recientemente, y que había sido comprado por Luis Mateo Sanjuanes, Cuadrícula de Excel.
La maquinaria judicial se puso rápidamente en marcha. La página se eliminó y los videos de los policías fueron enviados a Proteger y Servir para su destrucción. Hola Papito fue condenada a quince meses por delitos varios, toda vez que su colaboración le permitió esquivar castigos más longevos. El webmaster pagó seis años. El brillante abogado de Cuadrícula de Excel consiguió eludir la cárcel para su cliente, pero lo inhabilitaron como agente de la ley de por vida. Además, tuvo que pagar una cuantiosa multa de veinticuatro mil euros. Semejante fianza, más las costas del juicio y la tarifa de su letrado le dejó temblando. Mientras recogía sus cosas en Proteger y Servir miraba a Largo con cara de odio. No estaba muerto. Aquello no había terminado.
Día recibió una llamada de Zuecos Rancios Pero Blancos. Ojos Almendrados De Elfo había salido del coma. Marchó rápidamente a ver a su amada.
Mientras tanto, No Estás gorda y No Soy Nada Sin Mi Whatsapp empezaban una robusta relación sentimental asentada en aquel primer encuentro inesperado y Sota De Espadas le notificó a Un Segundito y Tendencias que sería ella la que eliminase los videos de los policías grabados en “acto de servicio”. No se fiaba de los hombres. Una vez que se quedó sola, borró todos los archivos comprometidos, menos el de Hola Papito con Machote. De ése se hizo una copia en su pendrive.

martes, 17 de diciembre de 2013

Besos para todos (1/2)

A veces ganan los buenos.

Carapán Consésamo no era precisamente uno de los agentes más avezados de Proteger y Servir. De rostro aniñado, pecas multitudinarias y expresión inocente, constituía el clásico cadete eterno. Tal vez por eso no lo sacaban a la calle ni le conocían vida adulta. Aún vivía con su madre y corría el chascarrillo de que no había catado hembra. Hasta que llegó ella. Hola Papito era colombiana, boliviana, mexicana, peruana, venezolana, ecuatoriana o algo por el estilo. La mitad de comisaría contenía el aliento por imaginar qué pasaría si la latina apretada respiraba fuerte. De seguro reventaba dos botones.
Lo que nadie entendió es por qué eligió a Carapán. La chola quería poner una denuncia y sólo admitía que se la tramitase él. Al agente se le subieron los huevos a la nuez, y mientras la legión masculina de Proteger y Servir mentaba a su madre por su inmensa suerte, la extraña pareja intimaba más y más. Hola Papito se largó después de dedicarle una sonrisa atrapadora de “continuará”.
Y continuó esa misma noche. La loba se lo llevó al hotel Kadrit y le dio un repaso de muerte. Cierto que el cadete no aguantó el tirón y le sobraron  2:51 horas, pero su compañera aprovechó la piscina, el jacuzzi y otros atractivos.
Al día siguiente el pobre Carapán Consésamo estaba derrengado por la experiencia y tocado en el bolsillo, aunque los 120 euros habían merecido la pena. La aventurera del deseo volvió a recortar sus turgencias contra el vano de la puerta. Venía a poner otra denuncia; es decir, a por más guerra. El cadete se tapó la cara asustado. Estaba muerto de miedo y de cansancio. Pero Hola Papito no tuvo que insistir mucho. En breves segundos Una Cervecita, Gorra Torcida, Bochinchero, Gobar, Sólo Gobar, Bollitos Martínez y Vaya Marrón se disputaban la molestia burocrática. No hubo suerte. Gordo Pero Que Manda Más Que El Rey los mandó a todos a sus mesas con uno de sus temibles bramidos, y por mucho que los agentes mentaran a su madre por lo bajini, en lo acústico se respiraba mucho mejor.
Gordo tramitó la denuncia encantado, aunque disfrutó mucho más la noche en el Kadrit. La hembra era una experta en artes amatorias. Los 120 euros estaban bien gastados. Cierto que el jefazo quería llevarla a la suite especial de 480 euros pero la fogosa mamacita había insistido en la habitación roja.
Los días venideros fueron un derroche de material genético de los granados policías masculinos de Proteger y Servir: Machote, Un Segundito, Espeso Pero Revenido, No Estoy Nervioso, Una Cervecita, Gobar, Sólo Gobar y Bochinchero pasaron puntualmente por las caderas de Hola Papito.
Todo aquello a Más Largo Que Un Día Sin Pan le afloraba cuestiones insondables: ¿Por qué a todos les quedaban bien los pantalones de trabajo menos a él? ¿Por qué su nuevo compañero, Iluminado, no había espabilado aún? ¿Acaso eran tan atractivos Bochinchero y Bollitos para que la moza se los llevase de contubernio?
La mañana siguiente trajo la desgarradora noticia de una nueva baja en la comisaría. Espeso Pero Revenido se había suicidado. ¿Por qué lo habría hecho, un hombre como él, felizmente casado, aunque bastante descuidado, con tres hijos tan marranotes como sus padres? No parecía un ser dado a la depresión. Nadie entendía nada.
Todos los demás hablaban maravillas de las artes amatorias depredadoras de la latina insaciable; que si las caderas con vida propia; que si los besos interminables; los jadeos estridentes; la voz melosa hasta el empalagamiento; la ducha de mampara transparente y el cabecero de labios rojos. Día Sin Pan ya se había documentado al respecto. Todas las habitaciones del misterioso hotel tenían decoraciones diferentes. ¿Por qué entonces repetir una y otra vez la misma estancia? Tenía que descubrirlo.
El problema era el cebo. ¿A quién podía proponerle semejante misión, toda vez que Ojos Almendrados De Elfo seguía en coma, que Sota De Espadas jamás se levantaría de su sillón para patrullar con su antiguo compañero y que Centrifugada y Violácea habían muerto en acto de servicio?

miércoles, 26 de junio de 2013

Embrague irritable

A veces las noticias no se agolpan por su grado de negatividad, sino que se alternan en esperanzadores claroscuros. A la desagradable sensación de comprobar que sus pantalones reglamentarios habían encogido en largura y tamaño tras elegir un programa de lavado demasiado caliente, Más Largo que un Día sin Pan contrarrestó con la llamada de Zuecos Rancios pero Blancos, la enfermera de cabecera de Ojos Almendrados de Elfo, indicando que la policía había murmurado una palabra sin llegar a salir de su coma. Zuecos hubiera querido decirle a Largo la palabra, pero éste ya estaba a dos manzanas del complejo hospitalario. Cruzó un paso de cebra un tanto acelerado, empezando en parpadeante y acabando en rojo. El conductor casi lo atropelló pese a que Pan llevaba su ridículo pero oficial uniforme de policía. Arrancó en plan fórmula 1 e intentó pasarle por encima. Pero Largo estaba curtido en mil batallas. Se lanzó en plancha a un lado y giró sobre sí mismo para levantarse con su propia inercia a la vez que desenfundaba con una precisión mil veces practicada y copiada de El Rostro Impenetrable. Disparó certero sobre la rueda derecha y reventó el neumático, pero el conductor agresivo siguió su carrera con el reventón. Largo no llevaba radio encima para avisar a Proteger y Servir, pero memorizó la matrícula y marchó a ver a Ojos.
Elfo no mostraba mejoría alguna, pero los últimos estudios que le habían hecho determinaban que, en caso de despertar, quedaría sorda de por vida. La palabra que había dicho la joven era “embrague”. Al principio no tenía sentido. Largo lloró un poco en seco y luego volvió a comisaría.
¿Qué coño miras? le enterró la cara en los papeles cuatro veces, pero dos collejas después acabó por interesarse por el caso de Día sin Pan. Un conductor agresivo parecía algo menor, pero tenía su gracia bajarle los humos. Agarraron el coche y mataron la tarde patrullando con tedio y sin suerte.
La noche, sin embargo, fue más fructífera para Largo. Retomó el disco de Tako que dejara en coma a Ojos Almendrados de Elfo y remasterizó, moduló y depuró los sonidos. Así pudo escuchar un mensaje robótico en el intervalo de aumento de volumen que ensordeció a su querida amiga: “Embrague irritable te saluda, querida.” Día fue a su mesa y tiró de ordenador. Descubrió una asociación de conductores extremos, un club de volanteros radicales, agresivos y puristas. Desgraciadamente, no tenía clave de acceso y tuvo que mover sus hilos. Llamó a su amigo Jonatan Hacker, un as de la web y el pirateo digital. En dos horas le configuró un login para entrar a Embrague Irritable y pisparse de todo. Otrora nunca hubiera recurrido a un fisgoneador ilegal, pero algo estaba cambiando en Largo.
Lo que encontró allí, pese a todo, no era alentador. El club era una especie de logia de conductores estresados, desquiciados, emparanoiados con sed de venganza sobre todo aquel que incumpliera mínimamente las normas de circulación. El estilo de Cuadrícula de Excel. No le costó mucho encontrarlo. El webmaster era un tal Master Excel. Todo olía a él. Había otros siete miembros. Largo empezó por ellos. En dos días había rastreado las IPs e identificado a los sujetos con carnets y matrículas. Sólo faltaba pillarles en pleno delito.
Y no costó mucho. ¿Qué coño miras? y Sin Pan cazaron a uno que intentaba atropellar a un joven por hacerle el gesto manual de llevar las luces puestas al mediodía. Otro cayó tras frenar en seco en un semáforo, chocar con el de atrás y lanzarse a por él con un cuchillo gigantesco. El tercero picó con la radio a todo volumen de un nini-anzuelo, el cuarto al intentar embestir una moto, otro al echarle una carrera a un taxista, el sexto disparando a las palomas que le habían ensuciado el coche, y el séptimo al reventar seis lunas de coches en doble fila.
Pero Excel no picó. Durante dos semanas trataron de pillarle y no hubo manera. En una de éstas, Largo creyó ver su sonrisa desafiante en el retrovisor. Su sociedad estaba desmantelada, pero él no cometía más errores.
Al día quince sucedió algo. Día encontró una nota en su mesa que decía: “7 a 1 es un buen cambio, ¿no, Largo? Al principio no comprendió la misiva, pero de repente escuchó un estruendo terrible en cocheras. Bollitos Martínez había atropellado a ¿Qué coño miras?  en el garaje de vehículos policiales. Pudo haber frenado pero en lugar de eso aceleró todavía más. Lo reventó contra el muro hasta el punto que no se sabía qué era carne y qué radiador. Lo único que permaneció inalterable fue su cuchillo nada reglamentario, pero eso sí, al baño sangría.
Bollitos fue ingresado con una crisis de ansiedad. El peritaje demostró que el coche oficial había sido trucado: la dirección invertida, el freno cambiado por el acelerador, la marcha atrás por la sexta, el freno de mano inutilizado, y además, el volante estaba teledirigido con un mando auxiliar cercano. Todo esto no se hubiera sabido si el cuchillaco de ¿Qué coño miras?  no se hubiera clavado entre el detonador y la carga explosiva de una bomba menor en el motor del coche, suficiente para destruir todas las pruebas. La suerte esta vez se aliaba con los buenos.
Por fin Gordo pero que Manda más que el Rey comprendió que había un topo dentro. Tampoco es que eso cambiara mucho las cosas, pero al menos extremarían las precauciones. Largo pidió dos pares de pantalones nuevos de talla especial y un nuevo compañero, toda vez que ¿Qué coño miras? ya no volvería a mirar con chulería a nadie más.

viernes, 19 de octubre de 2012

Cómo meterse en un buen fregado (2/2)

Largo, mientras tanto, había estado investigando los accidentes y desgracias acaecidas en el barrio. Una maruja atravesada por una fregona en plan Vlad el empalador, un parado rociado con lejía, dos fracturas de cráneo por macetazos –una mortal–,  un doberman con un improvisado escurridor como bozal atado con esparadrapo de tela, una rata colgada de los bigotes y en continuo escorzo de liberación imposible, seis niños rociados con matacucarachas y una anciana atropellada reiteradas veces hasta la defunción por su misma silla de ruedas. Sin duda la obra de un sádico. De no ser porque ¿Qué coño miras? venía con él, Largo hubiera jurado que se trataba de su mismo compañero.
Día sin Pan consiguió hablar con los supervivientes –menos con la rata– y no pudo encontrar vinculación alguna. Hasta que llegó ¿Qué coño miras? El desagradable chulapo trató a todos con un desprecio execrable, pero reiteró que unos y otros apestaban a Corrompido, un fregasuelos barato. ¿Qué coño miras? lo usaba con frecuencia para fabricar cócteles molotov en su época chunga. Ahí encontró Largo la coincidencia. Todos habían pisado por donde Corrompido aromatizaba el suelo. Trajeron a Battiato, el perro policía de mejor olfato de toda Italia, recién importado, y encontraron el rastro que buscaban.
Llegaron a una casa medio derruida. De hecho, la mitad del edificio estaba demolido y había que subir la escalera pegado a la pared, so pena de caer al vacío. Subieron piso tras piso sin hallar indicio alguno, pero en el quinto se encontraron con que el pasillo estaba mojado, recién fregado. El olor a Corrompido no dejaba dudas. Era la pista buena. De la puerta del fondo apareció una Maruja loca con los pelos fantasmagóricos, el demonio en los ojos y la furia en el alma. Se abalanzó sobre ellos con un cuchillo jamonero tan raído como sucio. Battiato salió corriendo acojonado. Largo se dispuso a neutralizar su ataque con la defensa Puyol pero la acometida de la maruja asesina nunca llegó. Medio metro antes de colisionar con Pan, un cuchillo nada reglamentario más gordo que el de Rambo se había clavado en la enajenación de la maruja desequilibrada. La locura pareció marchársele con la vida, y asesina y perturbada murieron a la vez.
¿Qué coño miras? sacó su cuchillo con desprecio, miró el manchurrón de sangre en su hoja con aprensión, limpió el filo con la falda de la fallecida y lo recogió con breve satisfacción. Legítima defensa. Caso cerrado.
Día sin Pan completó el informe en pocas horas. La loca del piso derruido vivía para su vivienda. Cuando la casa se cayó de vieja, la Maruja enloqueció. Siguió malviviendo y limpiando allí como si le fuera la vida en ello. De hecho, todo aquel que por curiosidad, intimidad o vicio subía a lo que consideraba un refugio abandonado, y pisaba el suelo recién fregado –lo limpiaba seis veces al día–, era fichado por la perturbada y más pronto o más tarde recibía su castigo, dependiendo del número de huellas y tamaño de la suela. Nunca se dejaba ver, y el ataque a traición le aseguraba el anonimato.
El asunto se había cerrado de manera relativamente exitosa, pero Sota de Espadas lo odiaba a muerte, Ojos Almendrados de Elfo seguía en coma, Excel campaba a sus anchas y ¿Qué coño miras? era un animal desatado. Aquello no podía acabar bien. En medio de la tragedia personal, lo único en que pudo pensar Largo era en el nombre del fregasuelos. Debería ser Corrupto, no Corrompido.

viernes, 12 de octubre de 2012

Cómo meterse en un buen fregado (1/2)

A veces ganan los buenos

Más Largo que un Día sin Pan se encasquetó aburrido los pantalones reglamentarios. A sus habituales pantorrillas ceñidas y la pernera tobillera a la altura de los gemelos se unió un nuevo diseño estúpido de cintura alta. A Largo le sobraba caja y le faltaba pierna. Vaya mierda de uniforme. Decidió abrocharse el cinturón por afuera de las hebillas del pantalón. De otro modo hubiera tenido que desenfundar levantando el codo hasta la altura de la cabeza. Largo quería despotricar contra el mundo pero Sota de Espadas irrumpió sin avisar en el vestuario para darle más argumentos para odiar al prójimo. Le arrojó unos informes al banco y le espetó que tenía trabajo, que estaba hasta los huevos de la cruzada de Largo contra el misterioso malvado en la puta sombra y que Ojos Almendrados de Elfo se quedaría en coma toda su puta vida.

Largo se abalanzó sobre ella con una agresividad nunca despertada en sus inyectados ojos de odio supremo, pero se topó con los fornidos brazos de un agente salido de la nada. Redujo a Día con una llave allen sucia y le empotró la cara en la taquilla de frío metal mientras Sota, convertida en una auténtica arpía, le gritaba con sadismo la docena de puros que le iba a meter. Cuando más furioso e indefenso estaba Largo, una orden seca y autoritaria cortó de sopetón el sermón de Sota de Espadas. Gordo pero que Manda más que el Rey apareció a tiempo para mandar a la inspectzorra fuera del vestuario masculino, no sin antes amenazarla con vehemencia sobre la posibilidad de encontrarse algún expediente abierto contra uno de los mejores agentes de a pie de Proteger y Servir.
Todavía tuvo ¿Qué coño miras?, el chulo, cuadrado y matón agente que sujetaba a Largo que aferrarse a la desesperación del larguirucho durante varios minutos antes de soltarlo. Mientras Día sin Pan se calmaba, Gordo le explicó que ¿Qué coño miras? era su nuevo compañero, que lo iba a espabilar a hostias y que tenían que investigar unos asesinatos y sabotajes en un piso del extrarradio.
¿Qué coño miras? era un auténtico armario empotrado. Un maca de cuidado, un chulapo madrileño inyectado en anabolizantes como para ganarle a Contador el tour de Francia saliendo de Murcia.  A su lado, Machote era el único que podría aguantarle una hostia, aunque Largo tenía sus dudas. ¿Qué coño miras? era provocador, arrogante, insoportablemente polémico, de los que te cruzaban la cara por respirar. De hecho, a Pan le pegó la cabeza al cristal del coche patrulla unas siete veces antes llegar al barrio de los accidentes, sólo por opinar.
El barrio de La Ratonera no se llamaba así por hacerle un homenaje a Rodrigo Rato. Más bien resumía el sinvivir de miles de vecinos ante el vivir de millones de roedores.
¿Qué coño miras? no se anduvo con tonterías. Sacó del maletero un bidón de suero de queso gruyere y lo esparció por las calles formando un reguero de olor. Sobre la marcha sacó otro contenedor, esta vez de pegamento instantáneo líquido, y lo vertió sobre el sendero de queso. Cuando volvió del coche patrulla ya eran bastantes los ratones y ratas adheridas al camino fermento-lácteo. Esta vez ¿Qué coño miras? portaba una lata bien gorda de gasolina. La vertió con una expresión inexpresiva sobre la pizza de queso, loctite y rata, y cuando acabó su topping observó que las cantidades de roedores atrapadas para la causa eran gigantescas. Sin decir una palabra se encendió un cigarrillo raspando una cerilla con la barba, y la arrojó encendida sobre el reguero de hambre que se agolpaba en el suelo. Las ratas prendieron con primor. Chillaban como si las estuvieran quemando a lo bonzo. Algunas conseguían consumir el pegamento de sus patas por efecto de la combustión y salían corriendo como bolas chillonas de fuego. El efecto sobre la noche estrellada era embelesador. Era como un toro de fuego pero con ratoncitos. Lo malo es que pronto se quemaban del todo y dejaban de moverse y de gritar.

jueves, 16 de agosto de 2012

La dieta definitiva

A veces ganan los buenos

Largo llevaba dos meses viviendo en la habitación del hospital de Elfo. De nada servía que Sota de Espadas le hubiera restado los días de las vacaciones, ni que Gordo pero que Manda Más que el Rey le suspendiera de empleo y sueldo las últimas tres semanas. A Día sin Pan se le había asignado un nuevo compañero, Tendencias, pero no había salido a patrullar con él un solo día. Prefería estar con Ojos Almendrados de Elfo, esperando una recuperación milagrosa, un tosido salvador, un envite de actividad. Los médicos no sabían si volvería a oír, toda vez que pudiera salvar el coma profundo que la soporizaba.
Tendencias era un enamorado de la moda. Vestía de Adolfo Domínguez, Armani o Versace. De hecho, su uniforme de policía estaba personalizado con la firma y corte de los grandes modistos. Causaba sensación, aunque no siempre en un sentido positivo. Desgraciadamente, con los nuevos recortes para funcionarios Tendencias ya no podía invertir tanto en su atuendo. No había problema… hasta el día que cogió unos kilos.
Todo esto a Largo le importaba un carajo, pero su compañero se lo repetía cada jornada. Día sin Pan llevaba años soportando los escasos pantalones reglamentarios por encima del tobillo. Si al menos le dejaran llevar botas altas, pero en esos momentos era la menor de sus preocupaciones.
Un día Tendencias llegó con gesto de felicidad extrema. Presumía de haber encontrado el régimen perfecto. Llevaba unas marcas en los labios. Largo dedujo que se había aplicado a la dieta de la piña, la cual, al comerla a mordiscos, rasgaba la boca con la corteza exterior. No le dedicó un pensamiento más. Prefería rezar a Ojos.
Los días pasaban y efectivamente Tendencias estaba reduciendo su figura hasta la demacración. Parecía estar atravesando algún tipo de trastorno alimentario. En estas apareció Sota de Espadas. Cuando Largo esperaba el sermón, la inspectora jefe se limitó a pedirle a Tendencias el teléfono de su dietista. No fue la única. Por la habitación de Ojos Almendrados de Elfo desfilaron los personajes más orondos de la comisaría de Proteger y Servir: Bollitos Martínez con una palmera a medio deglutir, Gordo pero que Manda Más que el Rey, Una Cervecita, Pies Mogolluna y Carapán Consésamo. Incluso Joviola, la feísima doctora desplazada a otra comisaría tras atentar contra los compañeros que no querían tener una relación con ella, se sabía que iba a la misma nutricionista.
Los días pasaban inexorables y Elfo no salía de su coma inducido. La única diversión de Sin Pan era analizar la evolución física de Tendencias. Se estropeaba por momentos. Casi era ya un esqueleto. Los labios estaban morados y llenos de cicatrices y heridas equidistantes, algunas aún supurando. Algo estaba pasando. Cuando apareció Una Cervecita con una visible disminución de su tripa cervecera y los mismos labios torturados, Largo vio la mano oscura de Excel. Todo apestaba a él. Sin duda estaba detrás de las radicales dietas de sus compañeros. Día sin Pan besó la frente de Ojos, mesó sus cabellos con ternura y se dirigió a Proteger y Servir. Si Cuadrícula de Excel había movido ficha podía haber dejado rastro.
Las conversaciones en jefatura no dejaban duda. Todos los agentes presentaban pérdidas abusivas de peso y heridas en los labios. Ninguno quería dar explicaciones. Habían firmado un contrato de confidencialidad con un fuerte recargo en caso de revelación de datos. Sota estaba realmente cadavérica; Tendencias daba mucha impresión; Bollitos Martínez parecía Huesitos; Carapán Consésamo ya sólo tenía el sésamo en el rostro; Gordo pero que Manda Más que el Rey parecía una ballena varada durante siglos; y Pies Mogolluna había perdido de un modo tan desigual que parecía una gelatina gigante. De Jovellana Violácea no se sabía nada. Pero Largo no se limitó a preguntar. Cogió a Bollitos en el baño y le partió la nariz. A la segunda fractura el pobre comepasteles soltó la lengua. Era increíble que Más Largo que un Día sin Pan se comportara así. El impecable agente de los pantalones cortos había cambiado mucho desde el accidente de su novia, Ojos Almendrados de Elfo. Estaba amargado, rudo y seco, sin delicadezas, incluso brutal. Acojonaba de veras verlo así.
Bollitos confesó que Jovellana había desaparecido hacía tres semanas, pero no se consideraba rapto ni nada por el estilo. No había denuncia, pues no tenía familia, y todos los integrantes del régimen sabían bien que ella había escogido la modalidad tres, la llamada severa, mientras ellos se habían decantado por la intensiva o la moderada, mucho menos agresivas. La dieta severa incluía internamiento en la clínica y resultados extremos. Si Sota de Espadas ya estaba al borde de la muerte por inanición con la moderada, no quería ni imaginar qué habría sido de Joviola. Eso sí, Martínez se negó a explicar el método utilizado. Tampoco importaba. Largo tenía un sombrío presentimiento.
Tras conseguir la dirección amablemente, Largo se personó allí. Era un cuchitril oscuro y lóbrego, y una enfermera recepcionista de unos cincuenta años le prohibió entrar a consulta jurándole que el doctor no estaba, al menos hasta que Sin Pan la neutralizó con una llave sapo burlón y la esposó a la pata del mostrador, lejos del teléfono y del interfono.
Entró a saco, sin preguntar, en cada una de las estancias. El quirófano confirmó sus sospechas. Sobre una camilla encontró restos de sangre, hilos de coser de naylon y varias agujas de punción. La dieta consistía en coser la boca a los pacientes y tenerlos así la mayor cantidad posible de horas, sin poder comer y apenas pudiendo beber con pajita. Una auténtica salvajada. Pero faltaba encontrar la sala de internos. Un olor fuerte le ayudó a localizarla. Colgados de las muñecas, apoyando ligeramente los pies encontró dos cadáveres. Uno era Jovellana, en avanzado estado de putrefacción, con gusanos zigzagueando por su carne corrupta y gruesos hilos zurciendo su boca. El otro era un esqueleto con ropa. A sus pies descansaban un puñado de hilos de coser y un aspa verde sobre fondo blanco.
La clínica fue desmantelada y la maruja de la entrada detenida e interrogada. Juró no conocer al doctor, y justificó su participación para pagarse unos carísimos tratamientos de huesos en Francia. No había indicios incriminatorios ni pruebas concluyentes, pero Largo sabía que era Luis Mateo Sanjuanes, Cuadrícula de Excel. Mientras, los agentes en dieta se recuperaban física y psicológicamente del tratamiento que les vendieron con un “no abrirás la boca”. Menos Joviola, claro. Ella y Herpes Zoster, un jubilado austriaco hecho un guiñapo, nunca volvieron a ganar peso.

jueves, 3 de noviembre de 2011

La venganza te entra por un oído y te sale por el otro

A veces ganan los buenos.

Aquella mañana Largo coincidió con Cuadrícula en el baño. Mirando al frente, humedeciendo úricamente el miccionario, el agente Más Largo que un Día sin Pan intentó sonsacar a Cuadrícula de Excel.

–No te saldrás con la tuya –dijo el larguirucho.
–No tienes nada –respondió Excel mientras tiraba de la cadena. Sabía que el fragor de la cisterna ensordecería una posible grabadora oculta que pudiera llevar Día sin Pan en el bolsillo. No iban a cogerle mediante escuchas inocentes–. Pero pienso en cómo me has sacado del negocio. Pronto te devolveré el golpe. Y te aseguro que no lo olvidarás…

Luis Mateo Sanjuanes cerró la frase misteriosamente y se marchó dejando al poli de los pantalones por los tobillos con una doble indefensión. No podía replicar y tampoco irse con él. Aún tenía que cerrar el asunto. Intentó hacer dos cosas al mismo tiempo y se enganchó el pellejo con la cremallera. Contuvo el grito, estiró el gesto, dobló la entrepierna. Una lágrima sincera derrapó de su cristalino. Sentía miles de tijeras de podar circuncidándolo sin anestesia. Entró otro compañero. Largo fingió normalidad, lo cual magnificaba el dolor y prometía sufrimiento doble. La culpa era de Excel.

Día salió por fin a la rutina cotidiana. Ojos le esperaba con un cortado recién ordeñado de la máquina. No había nada más bonito que aquellos ojazos regalando ternura y café como excusa. Hablaron por un rato. Cosas intrascendentes pues Cuadrícula no andaba lejos. Que si Pan iba a regar con esos pantalones reglamentarios, que si Elfo quería escuchar el nuevo disco de Tako, que si bajarlo de Internet era un delito para Largo, y un extenso etcétera de trivilialidades diversas. Por mucho que Excel acechara y delinquiera impunemente, el amor de aquella policía colmaba a Largo y daba plenitud a su existencia.

Aquella noche todo cambió. Sota de Espadas levantó a Largo de la cama. Geriatriz había muerto en circunstancias violentas. Tenía los tímpanos reventados y sangraba por ambos oídos. Estaba cadáver sentado en su sofá y llevaba los auriculares profesionales puestos. Cualesquiera que fueran los sonidos que emitiera aquel reproductor, eran heraldos de muerte. Largo cogió el mp3 y se lo llevó al laboratorio. Se cuidó mucho de reproducirlo hasta asegurarse bien. Salió, cerró las puertas e insonorizó la habitación. A los 35 minutos los cristales saltaron por los aires. Decidió entonces abrir el reproductor en modo silencio: era el último de Tako. En la tercera canción el volumen subía un 5000% y un chillido ensordecedor agudo y estridente reventaba todo aquello que osara escucharlo.
Día sin Pan tuvo un mal presentimiento. Llamó a Elfo pero nadie respondió en su móvil. De repente aparecieron ¿Qué coño miras? y Bollitos Martínez con Centrifugada esposada. Si la pobre agente de patrulla ya daba miedo con esos pelos de lavadora, verla en pijama y sin atisbo de intentar peinarse, más las esposas a la espalda, añadía nuevos elementos de terror. Al parecer, ella fue la que había grabado el disco a Geriatriz. Juraba que se lo había dado Cuadrícula de Excel, pero nadie le creía. Largo lo hubiera hecho, pero llevaba seis minutos saltándose semáforos en rojo para llegar a casa de Elfo. Sabía que ella también tenía ese disco, y no contestar al teléfono sólo podía significar que hacía oídos sordos a su integridad física.
El agente estaba absolutamente desencajado. Ni siquiera llamó al timbre. Sabía que nadie le abriría. Tumbó la puerta de un patadón tan grande que las bisagras chillaron de dolor. Recorrió la casa con celeridad. Estaba en el dormitorio. Parecía dormida, pero ingentes cantidades de sangre brotaban de las orejas élficas de su amada. Unos cascos de los chinos certificaban el delito. Había sido el disco trucado de Tako. Centrifugada se lo había grabado también a ella.
La ambulancia llegó pronto. Unos seis años según le pareció a Largo. Los camilleros no pusieron buena cara al verla. Para unos seres tan acostumbrados al dolor, aquel era un indicio funesto. Tal vez ya estaba muerta. Sólo un febril latido se empeñaba en defender lo contrario. Día sin Pan se volvió a saltar la media docena de semáforos anteriores para poder escoltar al vehículo sanitario. Tenía la mirada desesperada. La estaba perdiendo.

Nadie creyó a Centrifugada. Su aspecto de mujer loca no le ayudaba en nada. Su disco, además, presa fácil de los internautas, causó siete muertes más y varios casos de sordera total o parcial. Sólo se salvaban los que escuchaban la tercera canción sin auriculares. Todos aquellos muertos y heridos fueron imputados a Centrifugada. Tal vez Largo hubiera podido ayudarla, pero en seis días no se movió del cristal de la UCI donde permanecía Ojos Almendrados de Elfo en coma inducido. El séptimo día Centrifugada se suicidó. Se hizo una soga con su mata de pelo y se ahorcó con aquellos cabellos rebeldes de esparto galvanizado. La comisaría de Proteger y Servir había perdido en una semana a cuatro efectivos: Día ausente y perdido, Elfo en coma severo, Geriatriz brutalmente asesinado, y Centrifugada autoejecutada tras causar la desgracia a sus compañeros. Mientras tanto, Cuadrícula de Excel se seguía repeinando con gomina.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Pleno al quince donde ponga la X

A veces ganan los buenos

El señor Fwarsh era un antiguo agente de futbolistas, pero había dejado de representar hacía tres años. Se le creía retirado pero últimamente llamaba demasiado la atención. Roger Fwarsh había cobrado 15 aciertos en las últimas nueve quinielas, amasando ingentes cantidades de dinero. Cierto que la identidad de los apostantes no se revelaba, pero cuando los premios eran tan suculentos se generaba un registro en los ficheros de la policía. Nadie reparaba en ellos. Podrían blanquearse miles de millones antes de que Vaya Marrón, Tendencias, Espeso pero Revenido o Pies Mogolluna se pispasen de algo.
Ni Largo ni Elfo eran grandes aficionados al balompié, pero se chuparon miles y miles de videos de youtube de las últimas nueve jornadas, especialmente de los partidos donde jugaban los trece señalados. No vieron nada.
Decidieron pedir ayuda a Geriatriz. Era un agente al borde de la muerte por vejez extrema, con diez prótesis de carbono soportando su frágil cuerpo, y con una vitalidad desmedida. Tenía que haberse jubilado quince años atrás, pero él decía que dejar el trabajo era empezar a morir. Geriatriz era un experto en fútbol, y no dudó en valorar a los trece sujetos como muy buenos jugadores, la mayoría defensas o porteros, pero a menudo irregulares y dados a las cantadas en los peores momentos.
Ojos y Día volvieron a los videos tras estas revelaciones. Entonces sí comenzaron a ver cosas raras. Uno se metía un gol en el último minuto; otro se autoexpulsaba y dejaba a su equipo con nueve; el de más allá fallaba seis goles de libro; otro se lesionaba nada más haberse realizado el último cambio. Todas estas fatalidades arrojaban unos resultados imprevistos que revalorizaban las quinielas improbables de Fwarsh. No cabía duda alguna. Los jugadores amañaban los partidos para coincidir con la combinación del timador. Luego recibían su parte.
Era curioso que ningún agente hubiera reparado en los aciertos sistemáticos de Fwarsh. Pronto descubrieron por qué. En las bases de datos nacionales ya no aparecía ni rastro del timador. Excel había manipulado los ficheros interconectados con su estatus de prioridad 1. Sin embargo, en Proteger y Servir Bollitos Martínez no había actualizado el sistema operativo. Estaba desfasado y la base de datos no se podía modificar a distancia. Por eso Cuadrícula había venido allí, para borrar los ficheros o falsearlos y hacer desaparecer a Fwarsh de toda relación con la estafa sistemática.
Ojos Almendrados de Elfo y Más Largo que un Día sin Pan fueron con toda la documentación al despacho de Sota de Espadas. Una jornada de liga después trece futbolistas de primera y un ex agente de futbolistas fueron imputados por estafa. Nadie delató a Excel, y la única manera de relacionarlo con el fraude era cotejar las fotocopias de Largo con su agenda.
A la mañana siguiente Luis Mateo Sanjuanes apareció con semblante serio. Se sentó en su mesa y sacó de la cartera una flamante agenda de piel nuevecita. Día sin Pan se había cuidado mucho de acusarlo, y ante la falta flagrante del antiguo librillo delator, optó por guardar silencio. Sólo dos cosas estaban claras: Sota de Espadas se ganaría un nuevo complemento salarial y otra condecoración, y Cuadrícula de Excel ya no tenía su fuente de ingresos infinita para untar y corromper a cualquiera.

sábado, 6 de agosto de 2011

Agenda muy apretada

A veces ganan los buenos.

Todavía resoplaba Día sin Pan tras la trifulca con Excel cuando Ojos almendrados de Elfo sacó del bolsillo la agenda del policía metódico y normativo. La hermosísima policía la había sustraído disimuladamente cuando se aproximó a ambos y se llevó a Largo. Al principio el poli larguirucho no estaba de acuerdo con la apropiación, pero los datos que desvelaba suponían muchos pasos de ventaja sobre el oscuro archienemigo.
Apenas tenían tiempo para revisarla, y decidieron fotocopiarla en el chino de la esquina. No es que tuvieran predilección por las papelerías asiáticas, pero los ojos rasgados eran los únicos que fotocopiaban sin preguntar, lo cual era un delito que Ojos y Largo debían obviar. Su ingenuidad hacía tiempo que se había mancillado ante el empuje abusivo de los resultados. Si querían detener a Excel debían jugar sucio, duro y bajuno, porque por las buenas les daba mil vueltas.
38 minutos después las fotocopias estaban hechas. Faltaba devolver el cuerpo del delito y hacerlo de manera disimulada y convincente. Seguramente Cuadrícula de Excel ya la habría echado en falta. Necesitaban un mensajero que no levantase sospechas, alguien tan obtuso que el policía pulcro y legalista no lo considerara una amenaza. Necesitaban a Pies Mogolluna.
Pierre Dastardly era un poli orondo, mezquino y simple. Su volumen excesivo y sus pies desproporcionados, así como su empeño en aprender bailes de salón le habían llevado al sobrenombre de Pies Mogolluna. Estaba ostentosamente enamorado de Elfo, y pensaba que su fino bigote daliliano y sus gráciles movimientos rítmicos harían a la dulce muchacha caer rendida a sus prominentes zapatos.
Elfo lo llamó al móvil. No tardó ni cinco minutos. Accedió a devolver la agenda sin preguntas a cambio de una cita para el sábado con la rubia más dulce de la comisaría. A Excel le dijo que había encontrado la libreta en el suelo y que llevaba media mañana buscando a su dueño. Mogolluna era tan necio que Luis Mateo sanjuanes no sospechó.
Mientras tanto, Ojos y Día analizaban las fotocopias: sólo había información sobre citas futuras, teléfonos y direcciones. Todo lo referente al pasado impepinable había sido arrancado. No tenían pruebas ni indicios que vincularan a Excel con el caso de Guapo con Ganas, con los tigretones caníbales o con el caso de los almacenes RYC.
Sin embargo, Largo encontró un listado de catorce nombres con sus teléfonos. Al principio no los relacionó con nada, pero llamó al primero de la lista con el móvil protegido. Se trataba de un futbolista de primera división. Los demás también lo eran. Eran trece jugadores de poco renombre y de distintos equipos. Había otro personaje, un tal Roger Fwarsh, que no era jugador. Decidieron investigar por ahí.

miércoles, 4 de mayo de 2011

El retorno de Cuadrícula de Excel

A veces ganan los buenos.

Luis Mateo Sanjuanes –Cuadrícula de Excel– era el mejor agente de campo. Se conocía el código penal de memoria, la constitución en seis lenguas cooficiales y el reglamento de régimen interno con sus excepciones y variantes. Era el más rápido rellenando formularios y denuncias, el más avezado a la hora de vislumbrar soluciones legales y el más imaginativo para resolver casos presuntamente imposibles. No era extraño que Cuadrícula de Excel despertara en Más Largo que un Día sin Pan una contradictoria mezcla de admiración soberana y envidia latente. Descubrir que Cuadrícula de Excel se había dejado seducir por el lado oscuro suponía un mazazo anímico tremendo para el estirado. Largo sentía que su fe en la justicia y la verdad se tambaleaba; que su adoración y fervor por el policía legalista crecía y se corrompía a un tiempo; y que sus más profundos sentimientos hacia la policía más tierna, hermosa y bondadosa de Proteger y Servir afloraban presos de oscuros presagios y aterradores indicios tanáticos.

Aquella mañana los pantalones reglamentarios parecían más cortos que nunca. ¿Qué coño miras? y Bollitos Martínez le observaban desde su banco con una mezcla de fingida educación y risa contenida. Era difícil ver a ¿Qué Coño Miras? riéndose, por eso Más Largo que un Día sin Pan no se tomó a mal la burla a su uniforme descuajeringado. Decidió encasquetarse el cinturón por debajo del ombligo y tapar así seis centímetros más de tobillo. Largo descubrió que era mucho más cómodo llevar así los pantalones, por mucha hucha que su chaqueta al límite enseñara. Cuando salió del vestuario los dos agentes contemplaron el corte naciente de sus nalgas asomantes y estallaron de espontánea felicidad. Largo se volvió desafiante y Bollitos se asustó, pero ¿Qué Coño Miras? cambió la hilaridad por una expresión torva y desafiante mucho más acorde con su pseudónimo. No era frecuente ver a Largo tan agresivo y poco amistoso, pero el pulso se mantuvo durante incontables segundos. En poco tiempo se hizo un corrillo de policías hambrientos de barro: Vaya Marrón, Geriatriz, Gorra Torcida, Carapan con Sésamo, Pies Mogolluna, Merengona, Espeso pero Revenido y Tendencias.
La cosa no pasó a mayores. Sota de Espadas y Gordo pero que Manda Más que el Rey cortaron la esperada trifulca con el briefing de las 8. Los jefes sólo hablaron de casos habituales de botelloneros de once años los martes por la tarde y sustracciones de malvadas marujas en los chinos, pero remataron la mañana con una primicia tan inesperada como indigesta: Cuadrícula de Excel volvía a Proteger y Servir desde la Central. Los compañeros se levantaron a su paso y aplaudieron al funcionario a su paso. No es que les cayera especialmente bien un tipo meticuloso y legalista como Excel, pero gustaban de celebrar cualquier gilipollez y revestirla de acontecimiento histórico. Cuadrícula saludó someramente, dijo seis palabras estudiadas y vacías y se sentó en primera fila a escuchar el resto del discurso de Gordo. Día sin Pan tenía la mirada perdida en la nuca de Cuadrícula de Excel. No podía ver su cara, pero sentía que se reía malvadamente.
Cuando Largo se ajustaba la porra y las esposas en el cinturón como último escalón del ritual pre-ronda, atisbó en el escritorio de Excel una foto en blanco y negro de Guapo con Ganas. Se paró frente al perfeccionista agente de oficina y cruzaron fuerzas en un diálogo intenso.

No te saldrás con la tuya –dijo el alto.
–No sé de qué me hablas –respondió el cuadriculado.
–Lo sabes muy bien. –Largo contempló la expresión coqueta de Guapo con Ganas, el agente presumido apuñalado por error en el cine Marlon. No sabía si su muerte había sido orquestada por Excel o simplemente aprovechaba la coyuntura para desconcertarle todavía más. –Sé que eres tú el oscuro malechor en la sombra.
–“El oscuro malechor en la sombra” –se burló Luis Mateo Sanjuanes–. Deberías oírte, Largo, te estás cursilizando desde que te asignaron a Elfo.

Día se abalanzó sobre Excel y lo agarró vehementemente de la camisa con tanta fuerza que la chapa policial se le clavó en los dedos hasta chupar sangre. La mirada la tenía perdida en desesperación y miedo a perder su ángel, y todo ello su enemigo lo sabía. Largo comenzó su amenaza pero nunca pudo terminarla.

–Como le pase algo a Ojos Almendr…
–Largo, largo de aquí –gritó Sota de Espadas–. Le recuerdo a usted que Excel es su superior. Se le abrirá expediente por esto. A ver si se echan un polvo de una vez la pava y usted, lo necesitan.

Día sin Pan tragó humillación, odio y rabia hasta ahogarse tres veces. Su rostro se encarnó hasta asfixiarse en frustración mientras varias locuras luchaban por captar el control de sus movimientos. Deseaba sacar la porra y metérsela en la boca a Sota de Espadas, lo cual suponía arresto de seis a doce meses y expulsión del cuerpo de por vida; también quería desenfundar el 38 y vaciar el cargador en las gafas de pasta de Cuadrícula, lo que implicaba de doce a veinticinco años de prisión; por último, se le ocurrió también coger a Sota, ¿Qué Coño miras? y Excel y enviarlos a las selvas de Colombia con el uniforme de las FARC para que Machote hiciera el trabajo y disfrutara con ello; para esto último no había nada legislado, pero era harto inviable.

Ojos Almendrados de Elfo solucionó la incógnita agarrando a Largo por el brazo, con tierna firmeza, y secuestrándolo de su propia enajenación mental transitoria. Cuatro manzanas más abajo su fiel compañero se lo agradecería, pero de momento la impotencia se llevaba todos sus impulsos. Antes de irse pudo ver el brillo en los ojos de Excel. Sin decir nada, estaba confesando que él era el malo y que le llevaba dos o tres pasos de ventaja.