El ser humano ha tenido históricamente muchas novias. Desde la tristeza a la soledad, el vicio, el arrepentimiento, el desenfreno, la libertad, la agresividad, la ambición o la pereza, el hombre ha alternado por todos los burdeles del sentimiento; legales e ilegales; encomiables y reprobables; divinos y humanos; clásicos y postmodernos.La segunda mitad del siglo XX y las primeras gotas
del XXI han destilado dos esencias de perfume embriagador y precio excesivo, aunque al alcance de todos: el estrés y la depresión. El primero siempre me ha puesto de los nervios y no pienso hablar mal de él hasta que mi corazón empuñe un buen marcapasos. En cualquier caso sus salidas son de infarto. Mi amiga depresión, en cambio, se ha trajinado a tantos que ya hemos perdido la cuenta.
Dice la Wikipedia que se trata de un trastorno del estado de ánimo. Para mí la depresión siempre ha sido una infinita tristeza sin motivo aparente. Durante un tiempo creí compartirla con muchos, pero mi pena tenía una causa concreta que una vez resuelta acabó con los síntomas. Sin embargo, hay mucha gente que la sufre y por muy diversos motivos. Los he conocido suicidas por falta de litio, excesivos por falta de amor, indolentes por falta de interés. Lo único claro es que es un tema muy chungo.
Hace años la depresión no existía. O, al menos, no estaba diagnosticada. Probablemente se la trajo el estrés como reverso de su chaqueta cuando fue invitado a entrar en nuestro estilo de vida. Tal vez el nacimiento de ambos es fruto de una mejora drástica en la calidad de nuestra existencia. Los niños de diez años que trabajaban dieciséis horas en la dickensiana Inglaterra postindustrial no tenían tiempo de deprimirse. Era mucho más importante morirse de pulmonía, infección o sobreesfuerzo. Y los temporeros de salida a puesta de sol tampoco están acompañados de tan deprimente compañera.
Tal vez tampoco le guste a la depresión recoger mejillones en las frías aguas gallegas, por eso sus mejilloneras doblan el espinazo con humedad en los huesos y frío en el alma, pero sin tristeza inmerecida alguna.
Con todo esto no estoy descalificando a la depresión. Existe y arruina vidas tanto como el alcohol o los domingos de fútbol. Lo que pasa es que se ha desarrollado ante la desaparición de males mayores, como la sobreexplotación laboral o las guerras interminables. Es como si el homo sapiens necesitara unos problemas de serie y, una vez resueltos algunos, tuviera que inventarse otros.
Salir de una depre es muy jodido. Te empastillan hasta la tráquea y te recomiendan continuar tus rutinas. Muchas veces no funciona. Otras sólo vale para que se pase con la mejor de las medicinas: el tiempo que todo lo cura, hasta que te toque el gordo de Navidad a medias con tu mejor amigo y él se dé a la fuga con el boleto en tu BMW mientras conduce tu mujer y te dice “gilipollas, llevo seis años acostándome con él”.
No soy psiquiatra pero me gusta implicarme con mi ignorancia. Por eso recomiendo a todos los deprimidos del mundo que endurezcan sus condiciones de vida.
Seguro que sus depresiones se desvanecen entre el sueño de las mañanas, el calor asfixiante del horno, la oscuridad envolvente de la mina o el frío helador de la obra. ¿No nos estaremos autocontemplando demasiado?
del XXI han destilado dos esencias de perfume embriagador y precio excesivo, aunque al alcance de todos: el estrés y la depresión. El primero siempre me ha puesto de los nervios y no pienso hablar mal de él hasta que mi corazón empuñe un buen marcapasos. En cualquier caso sus salidas son de infarto. Mi amiga depresión, en cambio, se ha trajinado a tantos que ya hemos perdido la cuenta.
Hace años la depresión no existía. O, al menos, no estaba diagnosticada. Probablemente se la trajo el estrés como reverso de su chaqueta cuando fue invitado a entrar en nuestro estilo de vida. Tal vez el nacimiento de ambos es fruto de una mejora drástica en la calidad de nuestra existencia. Los niños de diez años que trabajaban dieciséis horas en la dickensiana Inglaterra postindustrial no tenían tiempo de deprimirse. Era mucho más importante morirse de pulmonía, infección o sobreesfuerzo. Y los temporeros de salida a puesta de sol tampoco están acompañados de tan deprimente compañera.
Tal vez tampoco le guste a la depresión recoger mejillones en las frías aguas gallegas, por eso sus mejilloneras doblan el espinazo con humedad en los huesos y frío en el alma, pero sin tristeza inmerecida alguna.Con todo esto no estoy descalificando a la depresión. Existe y arruina vidas tanto como el alcohol o los domingos de fútbol. Lo que pasa es que se ha desarrollado ante la desaparición de males mayores, como la sobreexplotación laboral o las guerras interminables. Es como si el homo sapiens necesitara unos problemas de serie y, una vez resueltos algunos, tuviera que inventarse otros.
Salir de una depre es muy jodido. Te empastillan hasta la tráquea y te recomiendan continuar tus rutinas. Muchas veces no funciona. Otras sólo vale para que se pase con la mejor de las medicinas: el tiempo que todo lo cura, hasta que te toque el gordo de Navidad a medias con tu mejor amigo y él se dé a la fuga con el boleto en tu BMW mientras conduce tu mujer y te dice “gilipollas, llevo seis años acostándome con él”.No soy psiquiatra pero me gusta implicarme con mi ignorancia. Por eso recomiendo a todos los deprimidos del mundo que endurezcan sus condiciones de vida.
























