jueves, 3 de diciembre de 2009

Ladrones del sonido y músicos que no apuntan al mear

Será un delito, nosotros diez millones de malvados piratas musicales y vosotros un devaluado grupo de saqueados cantantes, pero ni vas a poder pararlo ni habéis conseguido leer el futuro del tinglado.

Si dividiéramos la descarga de contenidos culturales por Internet en detractores y defensores, la dicotomía quedaría terriblemente descompensada entre cuatro profesionales del marketing y varios millones de heterogéneos usuarios. Todo quisque se baja la música y las pelis de Internet, incluso las porno, la última versión de PhotoShop y los libros electrónicos. Detener esto es virtualmente imposible. Y eso que lo habéis probado todo: capar los puertos de los P2P, eliminar enlaces fraudulentos, retirar videos de youtube, denunciar páginas… Pero vamos a ver, so melones, ¿de verdad pensáis que todo lo que la gente se descarga es dinero que perdéis? ¿No veis que los internautas sólo comprarían un 10% de lo que obtienen gratis, que vuestras cuentas de la vieja son tan ficticias como las tetas de las portadas? ¿Qué la mayoría de los malvados piratas hacen botellón o malabares para llegar a fin de mes y no tienen guita para comprar vuestros macromachacados lanzamientos?

Y sin embargo, no veo a grupos indies o trotamúsicos del rock urbano gritando al cielo contra nuestros perversos delitos. No deja de ser curioso ver quiénes lideran las protestas: las viejas glorias consagradas que hace tiempo que, como Mick Jagger, cambiaron la guitarra por la calculadora. Gente que ha sido y es muy importante en la música, pero que últimamente se ha rociado de un tufillo a mercadotecnia y publicidad. Señores que sacan un recopilatorio 20, 25 y 30 años con cuatro míseros temas nuevos y a vivir de la promoción. Tipos cuya música nunca sabremos lo que valdría sin los 40 Principales y los anuncios del Corte Inglés. Pijos del sistema que en algún momento enarbolaban la rebeldía y la revolución. Déjennos que al menos les endosemos la etiqueta de dudosos a los dinosaurios del ayer, a esos que se quejan sin comprender que lo que necesitan es lo que están perdiendo, que se están aramoncineando, que su posicionamiento es el equivocado.

Podrán decir que les están robando, que hay que comprar y que la historia se va a la mierda. Todo mentira. Lo que importa es la gente, ésa a la que están exigiendo que consuma. La música es mucho más que sus canciones, más grande que sus actitudes y más potente que sus directos. Esto consiste en llegar al otro lado y no en cohibir todo lo que no sea pagando. Porque si el respetable no te quiere estás acabado, chaval. Porque entonces el público dejará de escucharos, de ir a vuestros conciertos, de comprar vuestras camisetas de serigrafía barata y etiqueta cara. Y de repente os daréis cuenta de que vendéis mucho menos, y que ni las ratas van a veros porque no conocen vuestras últimas y trilladas fórmulas. Tal vez en semejante tesitura os percataréis de que estáis meando fuera del tiesto, y que por mucho que las churras nos bajemos los discos la culpa la tienen las merinas.

La postura buena es la de los artistas amigos de Internet: “No vamos a detener esto. No podemos hacer nada. Pues aprovechémonos del medio.” Y así es como muchos ya cuelgan sus obras en la red para que sean compartidas por todos. Los usuarios se emborrachan de dulces néctares sonoros que luego pagan en puntuales espectáculos en vivo, que es ahí donde el cantante ha hecho caja siempre, y no en el 2% que les dan los vampiros por cada CD vendido legalmente en el Fnac. El músico difunde su música, el usuario la consigue gratis y el devoto paga por los extras. Y todos contentos. Ah, no. Las discográficas no. Pues que desaparezcan, que se reciclen, que las empresas de telefonía les paguen un canon, porque nosotros no vamos a dejar de descargar contenidos multimedia igual que no dejamos de grabarnos cintas de cassette o discos de vinilo cuando Carolo reinaba.

martes, 1 de diciembre de 2009

La violencia de género está de moda

Hace años que esta cruz cuelga del cancerígeno pecho de nuestra sociedad, la pervierte con crudeza y demuestra lo paradójico de la civilización. ¿Por qué entonces parece que ha surgido en los últimos diez años? ¿Acaso antes no se zurraba a las mujeres? ¿Es un hobby unidireccional o también hay hembras maltratavarones como si fueran unas adelantadas mantis religiosas?
Contestando a todo ello, porque lo femenino está de moda, sí de toda la vida y también ocurre al revés.
Lo primero que debo puntualizar, a riesgo de ganarme las enemistades más manifiestas, es que la violencia machista no me parece especialmente grave. Por supuesto lo es, pero a veces parecemos olvidar actos mucho más reprobables: maltratar niños es mucho más trágico, esos sí que no tienen salida alguna; o prostituir rumanas a hostias y violaciones desvirgadoras; arrancarle una pierna a un transeúnte inocente que pasaba por donde un hijoputa nacionalista hace detonar un BMW-bomba. Estos sí que no tenían elección. Quiero decir, evidentemente en un caso de maltrato la culpa es del agresor y nunca de la víctima, pero por un amor mal entendido o un miedo demasiado bien comprendido a veces una se encierra en su propio ataúd en lugar de darle en los huevos al sepulturero al primer martillazo que dé en el clavo. Salir de una situación de abuso es muy difícil, quizá por ello la única oportunidad es nunca llegar a meterse en ella. Sé que Perogrullo me mandaría a la mierda, pero algo tan claro no se ve cuando le pasa a una misma. El violento no se hace al día siguiente de desposarse como por hechizo. Hijoputa se nace y hay que verlo venir y cortarlo a tiempo. Antes de la primera paliza. Y mucho antes de acabar con las tripas abiertas.
Más allá de la crudeza que despachan las anteriores aseveraciones, ¿por qué ahora sí se habla de esto y antes no? Probablemente sea por el nuevo rol de la mujer en la sociedad. Le confiero, desde mi osada necedad, mayor peso específico en la escala evolutiva, mayor capacidad de sufrimiento, funciones multitarea, pragmatismo empírico y gran adaptabilidad. La superwoman del siglo XXI hace tiempo que aterrizó desde Krypton y ahora se le exige que salve el mundo, la empresa, la disfunción eréctil de Clark Kent, el hogar y que los canelones salgan buenos. Y toda la maquinaria consumista que giraba en torno al caballero se orienta a la señora repentinamente. Porque ahora trabaja, gana perricas y puede gastar de modo independiente y hasta convulsivo. La vampírica publicidad tiene nuevas y más suaves yugulares que morder y chupar la sangre sin matar, al menos de modo súbito. Así pues sólo ahora que la mujer es importante socialmente nos acordamos de que los psicópatas enfermos machistas las fostian hasta la muerte. Antaño se lo merecían por hacer la paella un poco pasada. ¡Qué cinismo, empezando por ellos y acabando por ellas!
Pero ya puestos a hablar de violencia también quiero desenterrar la violencia psíquica. Ésta no entiende de músculos ni de inferioridad física. También puede ser de género pero la ejerce el más fuerte mentalmente, a veces la fémina. Razones, unas cuantas. Primero, el hombre es más dado al maltrato corporal si ha de inclinarse por esta saludable actividad. Segundo, la mujer nunca ejercerá la otra opción porque salvo escasas excepciones siempre tiene menos fortaleza. Y aquí vale todo: manipulación, celos convulsivos, fatalidades, problemas mentales, ninguneo, infidelidad, mentiras, insultos, acoso, luz de gas, accidentes. Es muy jodido vivir con alguien que te maltrata mentalmente. Te regala toda la hiel que necesitas para sentirte una mierda y convertir tus noches en ronquidos sin sueños. Y tú acabas pensando que realmente no vales, y tu potencial se reduce a la mínima potencia, y el otro crece a costa de tu propia energía. Y lo malo es que los moratones del alma no se ven ni se pueden denunciar, por muchas palizas verbales y psicológicas que te den. Y sin embargo, duelen más que los otros y causan la muerte igual. Tampoco crean que son independientes de los otros: Muchas veces son hermanos de causa y causa de perdición.

lunes, 23 de noviembre de 2009

¿Eres un hombre?

La pregunta es capciosa pero no se refiere a la letra del DNI, ni a tus demostradas capacidades amatorias. Es algo mucho más complejo que un montón de hormonas llamando a tu entrepierna. Se trata de todo lo que una mujer esperará de ti en los próximos treinta años. Presentamos una escueta lista de mínimos:
1. Servicio taxi. Da lo mismo que sea para ir al Mercadona que para llevarla a Málaga en plan escapada romántica. Si no tienes carnet de conducir y coche ya no eres un hombre.
2. Colgado de cuadros. Incluye manejo básico de taladro, elección de brocas y tacos y uso del nivel.
3. Dominio total de mapas de carreteras, planos de ciudades y croquis de museos. Nunca conduzcas si esperas que ella te guíe.
4. Maestría en el uso de la barbacoa. Incluye elección de troncos, encendido, presentación de parrilla y, sobre todo, que la carne no se quede fría.
5. Manejo del aspirador nivel experto. Ni pretendas conseguir mayor pericia que ella en ninguna otra tarea doméstica. Fracasarás.
6. Lavado, abrillantado y encerado de coche. Incluye salpicadero y vaciado de colillas del cenicero.
7. Descarga acelerada de series de televisión vía emule, bit torrent o buitreshare. Imprescindible House, Sexo en Nueva York, Perdidos, Doctor Mateo, Las chicas Gilmore, etc
8. Simpatía incondicional cuando salís de cena con sus amigas. Pero con distancia (este punto es importante).
9. Sostenido de bolso y detallitos en las bodas, y copa de martini con limón mientras ella baila el reggaetón.
10. Uso y abuso del mando a distancia. No nos referimos al zapping, pardillo, sino al sintonizado de todas las cadenas y –detalle crucial- en orden numérico. Ni se te ocurra clavar la sexta en el canal 5. Estás muerto.
11. Paseo diario del perro y de la bolsa de basura (ésta sólo de ida).
12. Revisiones del coche: cambio de ruedas, aceite, visita al taller y especialmente la cita con la ITV. Aunque sea su vehículo y nunca te deje tocarlo, ella jamás pasará por el túnel de los amortiguadores.
13. Fileteado de pata de jamón. A ser posible trozos largos y finos.
14. Descolgado de cortinas y desenrollado de persianas. Siempre se acaban enganchando arriba.
15. Brazo-asidera para películas de terror. Se agarrará a él como si fuera una vaca anti-estrés. Además lo necesitarás para comprar el cubo de palomitas, el tanque de pito-cola y la chocolatina. Sin él en el cine no eres nada.
16. Puesta a punto de aparatos electrónicos varios: ordenador, reloj, móvil, cámara digital, GPS, iPod y MP3.
17. Nociones básicas de petanca, pesca, aeromodelismo, pádel, guiñote o caza para competir junto al suegro contra sus amigotes prejubilados.
18. Cambio de bombillas y fluorescentes. Este es un clásico.
19. Mentiras creíbles para los probadores. Recuerda: Siempre le queda bien, por supuesto que no ha engordado y claro que los cabrones de H&M cada vez hacen las tallas más pequeñas.
20. Cocinado de fideuá o paella. Se sobreentiende que la cocina quedará arrasada después, pero va incluido en el despliegue de medios y ella sabía que iba a pasar.
21. Palote, palote para uno de los siguientes supuestos:
a) Ay Manolo, que me ha dado un calentón. Vamos al coche.
b) Manolo, ya no te excito como antes.
c) Fíjate Manolo que desde que vamos a la playa nudista te pones pinocho. No sabía yo que te excitara tanto verme desnuda.
d) Oye Manolo que quiero tener un hijo.

Podríamos incluir unas cuantas más, pero con esto ya podemos empezar a hablar. Por si algún lector se lo pregunta, y pese a lo que diga mi DNI, yo no soy un hombre: me falta colgar cuadros, cambiar ruedas y hacer barbacoas.

martes, 17 de noviembre de 2009

Ramoncín nos proteja

José Ramón Julio Martínez Márquez ha sido muchas cosas: artista, progre, transgresor, burgués, intelectual, sheriff, pijo, reaccionario... Tenía, como unos privilegiados Johnny Depp, Michael J. Fox o Mick Jagger, un faustiano pacto con el diablo que le hacía envejecer cual lobezno con mayor ralentí que el resto de mortales. Su pico de oro además le hacía imprescindible en cualquier tertulia televisiva anterior al amarillismo jorgejaviervazqueciano. Con frecuencia me hipnotizaba frente a la tonta caja a escuchar al imberbe cuarentón que regalaba opiniones de contundencia inusitada. Ramoncín fue tocado por las musas del verbo. Sus argumentos parecían divinos, sus digresiones impepinables y sus matices ricos como las tejas de caramelo de Hansel y Gretel. Soportaba como dudoso bagaje un impagable repertorio de discos y directos de rock a sus anchas espaldas y cierto aire a Elvis. Era un señor con pasado, honroso u hortera, según los gustos, pero era un creador.

No llegué a su época musical pero sí rescaté algo de él mediante oscuros e ilegales procedimientos de descarga. Menuda paradoja más premonitoria. Su sonido tampoco me embelesó más de lo que lo había hecho su afilada espada de palabrería certera. En general puedo afirmar que el nota me caía bien.

Pero Ramón Sólo se embarcó en aventuras innegociables, como empecinarse en que el respetable ya no le llamase Ramoncín. Su fracaso fue estrepitoso, y ya para entonces un ser tan pispado como don José Ramón debería haber vaticinado que lo peor que le puede acontecer a un famoso es perder la credibilidad pública (que se lo digan a Guti, Violeta Santander o Farruquito).

Lo peor vino después: El rey del pollo frito, abanderado de la rebeldía y la subcultura rock, se alista como almirante de las fuerzas artísticas de la SGAE. En este país está muy mal visto ser ladrón de ricos y luego hacerse policía, sobre todo cuando persigues con saña y gravas a los pobres. Es como si Robin Hood se disfrazara de Sheriff de Nottingham y disparase sus empitonadas flechas contra los alegres culetes enmallados de los bandoleros hippies. Ramoncín impuso miles de impuestos a todo lo que rozaba los derechos de autor, rayando en la codicia más bajuna y la legalidad más tiquismiquis, esa que cuaquier policía de barrio con dos dedos de frontal nunca se empeñaría en cumplir. Y es que, por mucho que se pretenda crear un fondo de ayuda para artistas en paro, aplicar un canon a los cds en blanco parece de risa, así como imponer jugosas tasas en conciertos de mala muerte o bodas de doscientos infelices por el mero y pedófilo hecho de interpretar cuatro canciones de los Beatles y el Paquito Chocolatero. Lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible. Pretender que la gente no se baje de Internet gratis toda la discografía de Sabina y el disco de Las Supremas de Móstoles es virtualmente imposible, y éticamente desaconsejable, bien porque te falte La Mandrágora o porque las orondas cantoras del Cibersexo no merezcan vender un disco. Nadie va a pagar por ello.

No sé muy bien quién creó Internet, y todavía no entiendo por qué además de pagar a Telefónica, Jazztel, Ono o Yoigo no tenemos que pagar a Ramoncín un impuesto antipirateo por si queremos ver sus famosos videos del Jueves en Youtube. España es un país a veces cutre, ridículo y borrego, pero cuando superamos las envidias escondemos detrás un buen corazón provinciano y un pelín de sentido común, ése mismo que nos hace ver que el cantante de “Marica de terciopelo” se ha cambiado de tren. Y aquí la traición y la incoherencia se llevan muy mal. Si eres un hijoputa pues hijoputa eres, pero no me vendas la moto de que fue un error, pasaba por la calle equivocada o el semáforo estaba en ámbar. Siempre hay que dar la cara, y cuando veinte millones de personas te abuchean por la calle es que debería caérsete de vergüenza, volverte a casa con la calavera desnuda y replantearte si no te has equivocado en los últimos diez años. ¿O acaso el OT 2009 del que eras Jurado era tan diferente del OT 2002? Quizá tu proyecto en la SGAE realmente buscaba favorecer a los artistas desamparados, pero para la España mundana sólo parecía que te llenabas los bolsillos a costa de multar a las cuatro orquestas de pueblo que malcomían canturreando “Amante bandido” y “Pacto entre caballeros”.

jueves, 12 de noviembre de 2009

Tomar unas leches

Soy un hedonista de la psique bajo los efectos de las sustancias y sus revelaciones oníricas y alucinatorias. Vivo en un mundo que trasciende las convenciones de éste.


Mucha de la poca gente que escudriña mis divagaciones piensa que estoy fumado. A veces tienen razón. Otras simplemente estoy bebido o colocado con superglue. No lo hago por vicio. Lo hago por apertura. No, aunque lo piensen, en este instante no estoy alucinando, aunque este par de whiskeys que me estoy encasquetando seguro que lo consiguen en escasos minutos. Decía que me drogo por abrirme a un nuevo mundo. Los viciosos usan el alcohol y las drogas para sentir placer. Yo no lo hago por eso. De hecho, tales vicios me sientan como el culo. Sin embargo, cuando estoy emporrado o colgado mi mente se expande e imagino mundos insondables, situaciones imposibles, secuencias nunca filmadas. Eso es ser un psiconauta: abusar de las sustancias para crear nuevas realidades, costumbres jamás adoptadas, actos que nadie antes realizó. Todo eso lo hace mi psique con una buena nube de opio o una tempestad de alcohol, incluso mediante los vaporosos efluvios de drogas de diseño o a través de la ingesta masiva de pastillas de colores. Tampoco he descubierto nada nuevo: Alicia Liddell se atiborraba de cápsulas para crecer o decrecer a voluntad en una casa de muñecas pergeñada por Lewis Carroll, su pseudo pedófilo amigo. Edgar Allan Poe también debe parte de su inmensa literatura a los compuestos químicos, igual que Samuel Taylor Coleridge con su opiácea necesidad.

Decía que cuando las sustancias me dejan en trance me convierto en un psiconauta: mi cerebro se libera de las restricciones morales y lógicas de la realidad y me ofrece un universo de posibilidades donde nada está escrito, ni legislado. Yo pinto mi propio cuadro mental, a menudo de horrorosos rayujos, otras veces con suaves pinceladas de exquisitez.

Pero basta de charla. Hoy es lunes y debo salir con los enemigos, como marcan las costumbres. Nadie quiere salir con sus amigos, es demasiado aburrido y tedioso, tanta armonía y moñez. Los antagonistas, en cambio, ofrecen un océano de rencor y cuentas pendientes por ajustar. Además salir por ahí con ellos es lo de menos, lo importante es hacer lo que se ha venido a hacer. Ir a las incubadoras y tomarse unas leches calientes. ¿Cómo? ¿Que qué estoy diciendo? Pues qué va a ser. Lo de siempre. Cuando la gente sale lo hace los lunes a las cinco de la tarde, y con las personas que más abomina, evidentemente. Se juntan con ellos y entre protestas se van a unos locales tórridos de blancas o sonrosadas paredes, con luz tenue y una musiquilla ligera y agradable. Piden unas leches calientes y se ponen a beber con ellos hasta que sus caras de mala hostia se las lleva el sueño. A veces uno no se da cuenta, pues ha caído antes. Los asientos tienen forma de medio huevo y son sumamente cómodos, de ahí que los llamen incubadoras. No sé por qué cuando se sale por ahí la costumbre es tomar leche caliente y quedarse frito. Lo ignoro y tampoco me preocupa. Yo no he inventado el mundo ni sus absurdas costumbres. Pero eso sí, la leche ardiente sienta de puta madre. Y hablando de madres, putas o no, quedarse sobado en las incubadoras recuerda mucho al útero materno, o eso dicen los psicólogos. Yo, sin ir más lejos, he oído a un montón de capullos cabrones que salían conmigo mentar a sus desgraciadas progenitoras mientras dormitaban la lechosa toña. La verdad es que salir así es un lujazo, pero tengo la lactosa por las nubes y el médico me quiere prohibir la semi y la entera. Que me dé a la de soja, dice. ¡Date tú a la ginebra, no te digo!

sábado, 7 de noviembre de 2009

El extraño caso del ayuntamiento sin impuestos

Más largo que un día sin pan, agente de policía, ya no tenía al cansino Gorra Torcida de compañero de andanzas. Ahora era un motero de cuero con chapa y una rubia impresionante de compi. Los pantalones reglamentarios seguían siendo cortos para él pero las botazas de piel sintética tapaban y protegían sus otrora expuestos tobillos de hueso. Hasta quedaba bien. Al menos, eso es lo que pensaba el ratero medio al verlo.
La realidad, sin embargo, era bastante más amarga. Largo tenía un carácter amable y aventurero. Pero eso a veces no basta para garantizar una convivencia apacible: La rubia era un zorrón de no te menees, y más sota que los dieces de la baraja. Desgraciadamente para Día Sin Pan, reservaba sus excelencias amatorias para las “oportunidades laborales” y la mala virgen para el empanado de su compañero larguirucho. Por eso el mozo se cansó a los seis días de mirarle el culo mientras ella montaba el caballo de metal. Día Sin Pan era así: si una persona tenía el carácter estropeado a él dejaba de interesarle su físico, pues concebía a los seres humanos de manera global.
Una tarde de silencio y malas caras recibieron un aviso de un pueblo próximo a la capital llamado La Filintrosa. Al parecer un vecino se había herniado subiendo la cuesta del ayuntamiento en bicicleta. Sota de Espadas y Largo lo hallaron medio tirado en el carril bici cagándose en su máquina. Pronto se hizo un corrillo de airados filintrosanos esputando miles de quejas: lo poco engrasadas que estaban las bicicletas municipales, lo duras que iban, la falta de carriles bici en dirección al cementerio, la conversión de pueblo a barrio, los conciertos de fiestas, la iluminación de los callejones y el servicio de basuras. Sota lo resolvió todo con un golpe de melena y un grito seco heredado sospechosamente del nazismo más radical. Mentó a sus padres, abuelos y demás predecesores a la vez que les recordaba que no pagaban un duro en impuestos y que eran unos pijos de mierda porque su ayuntamiento no pasaba recibos desde hacía años. Todos callaron y, poco a poco, se fueron disgregando pensando sólo dos cosas: lo preto que tenía el sujetador la tipa y el pedazo de mala uva que se gastaba la muy zorry.
Largo no sabía que los filintros no pagaban cuotas municipales, y desde aquel día no pudo dejar de preguntarse por qué. Tan gordos eran los interrogantes acechando su cabeza que no le quedó otra que volver al archivo policial noche tras noche en plan Batman, trabajando a oscuras, a escondidas y sin ver un duro. Con frecuencia oía a Sota de Espadas haciendo “horas extras” con el inspector en el despacho. La verdad es que la pobre estaba muy jodida.
Día sin Pan no sacó muchas conclusiones de sus pesquisas. Los filintros o filintrosanos no pagaban impuestos ni pa’trás y disponían de prestaciones varias que ya quisiera La Moraleja: Polideportivo domótico, balneario público, auditorio solar, servicio gratuito de bicicletas, recogida a la carta de basura selectiva y un largo etcétera de comodidades para un pueblo sin subvenciones. Algo no casaba. A tenor de las denuncias y demandas, sólo dos asuntos preocupaban a los mimados filintros: la adhesión del pueblo a la capital como barrio y las putas bicicletas municipales, gratis, sí, pero más duras que una sesión de spinning para frikis hormonados. Largo se vistió de calle con sus vaqueros que llegaban al suelo y entrevistó a varios vecinos tratados en el hospital, con dolencias y calambres relacionados con el uso de las bicis de los huevos. Las sospechas del avezado agente se confirmaban: Los filintrosanos no usaban el coche. Se desplazaban a todas partes en sus bicis municipales, duras pero ventajosas.
Día sin Pan “cogió prestada” una de esas bicicletas y se la llevó a un mecánico amigo suyo. En el engranaje descubrieron una pequeña dinamo y una batería oculta en el tambor. Largo comprendió entonces el timo: los ciclistas pedaleaban para desplazarse y para cargar las baterías. El ayuntamiento vendía las pilas cargadas a una empresa china y sacaba un montón de pasta, todo en negro y de extranjis.
El inspector escuchó al poli alto por una vez y mandó a un par de detectives a empapelar a las autoridades de La Filintrosa, cuyos ingentes beneficios no sólo suplían impuestos, también engrosaban generosamente sus cuentas bancarias a golpe de pedalada. Las bicis con dinamo se bajaron dos dientes, lo suficiente para seguir viviendo sin cuotas, y se eligieron nuevos concejales y alcalde. También crearon un club de ciclismo amateur que les dio buenos resultados en competiciones nacionales.
A Día sin Pan el inspector le dio dos palmaditas en el hombro. A Sota de Espadas en el culete. La rubia trepa siguió chupándosela al superior hasta que la destinaron a oficinas y la ascendieron a sargento. Después continuó subiendo con tanta frecuencia como los penes de sus superiores, y desde luego con similar solvencia. Largo sintió más alivio que nostalgia, pero de nuevo estaba sin compañero.