miércoles, 30 de septiembre de 2009

El Círculo de los Muchachos de Blanco, de Magdalena Lasala

Es un error generalizado el considerar óptimo un libro si su trama es brillante. No cabe ninguna duda de que un argumento inteligente enriquecerá la obra y enganchará al lector con apasionantes giros narrativos, pero ni mucho menos condena al resto de novelas a la pobreza literaria. El círculo de los muchachos de blanco pertenece a esa segunda categoría de novelas históricas donde ocurren pocas cosas. Los acontecimientos se suceden con un ritmo sosegado y suave, permitiendo pequeñas introspecciones en el dibujo personal de sus protagonistas, en sus pasiones y sus magníficos alardes de pensamiento filosófico y poético. Pintado sobre el lienzo del califato de Córdoba bajo los últimos años de gobierno del amirí Al-Muzaffar, el cuadro de la zaragozana Magdalena Lasala descubre miles de tonalidades en el multicromatismo de sus jóvenes estetas, arqueólogos de la perfección y la armonía entre palabras, ideas y belleza, ahora perdida.
La escritora parte del libro del poeta andalusí Muhammad Alí Ibn Hazm El collar de la paloma para extender sobre un precioso tapiz de experiencias los años mágicos de la adolescencia del mencionado escritor y su círculo de amigos, a los que Magdalena Lasala imagina de blanco impoluto al acecho de la pureza estética y la perfección estilística, recitando improvisados poemas por las abarrotadas calles cordobesas y atrayendo sobre sí una legión de féminas admiradoras de su frescura, prestancia y poesía.
Muhammad y Amir, junto con sus amigos Ubayd el burlón, Al-Tubni el lírico, Ishaq el fiel, Abú el guapo, Mugira el literato y Husayn el virtuoso viven el esplendor de la Córdoba califal desde su privilegiada posición de hijos de altos funcionarios, estudiosos de los preceptos poéticos y bajo la sabia docencia de grandes eruditos y poetas andalusíes. Los jóvenes, de entre 13 y 15 años, experimentan a su vez las pulsiones amorosas con la intensidad que confiere la adolescencia y las intrigas políticas en las que accidentalmente se ven envueltos. Todos ellos, de modo paulatino, van cayendo presos de profundos e incontrolables sentimientos para con las jóvenes muchachas que sujetan las riendas de sus corazones con la elegancia de un auriga griego.
Si bien el desenlace palaciego precipita la tranquila existencia de los ocho jóvenes, su deambular por cada página del relato les abre cientos de puertas de entrada hacia la edad adulta, empezando por la renuncia de Mugira hacia su pasión prohibida, continuando por el arrebato catárquico de Abú el guapo y acabando por el menguante escepticismo de Amir con respecto al amor y las muchachas.
El libro exalta las experiencias de la adolescencia como un preciado tesoro extinto y lleno de agradables momentos, y recuerda a modo de epitafio la belleza de contemplar el mundo con la sinceridad y ternura de la inocencia, donde los amigos, el primer amor y los ideales poéticos se graban en la majestuosa versificación de Muhammad Ibn Hazm y su círculo de amigos poetas. Ahí van algunas citas que Magdalena Lasala regala a Amir Ibn Suhayd, quizá el más complejo de sus “muchachos”:

“Te es más vital soñar con un empeño que alcanzarlo.” (pág 88)
“Seamos el círculo de los muchachos de blanco, estetas convencidos, estudiosos de los clásicos y admiradores de los cisnes.” (pág 48)
“El que se arriesga a vivir se adentra en un mundo de emociones que le enseñan a crecer a cambio de entregarse a sentirlas.” (págs 137-138)

martes, 29 de septiembre de 2009

La casa de Rico

Queridos Reyes Magos:

Quiero una casa como la de mi primo Rico. Sí, ya sé que su casa es tan grande como la mía, pero yo me refiero a lo de dentro. Os voy a contar cómo es para que podáis cambiarlo todo.

Rico tiene una habitación enorme. Aún no han quitado la cuna pese a que ya tiene seis años. Está llena de peluches y juguetes, teclados, ordenadores de críos, sonajeros, relojes de mayor, una guitarra eléctrica, un DVD portátil, estuches de 134 pinturas, cuentos y el barco pirata de Playmóbil. Muchas cajas están sin abrir. Rico ya no juega con nada de eso, pero cuando yo quiero sacar algo no me deja, dice que son suyos y que nadie los puede tocar. Por eso, si Baltasar pudiera coger sus cosas y prestármelas durante un año yo me pondría muy contento, además mi primo no se daría ni cuenta. La cama es enorme, y parece un barco pirata por el mástil, la escalera y la bandera de huesos. Si pretas los botones se oye al capitán: “Al abordaje, nenazas, pasmarotes de agua dulce.” En la mesa hay un ordenador con impresora y otro portátil al lado. Encima está la tele de plasma de 27”. Se ven 22 canales de dibujos animados, la Disney Channel y el Cartoon Networks. Me gustaría una tele así para el salón de mi casa, en la nuestra sólo se ve Telecinco y La 2, y a veces Antena 3 en blanco y negro.

Las puertas de la casa de Rico son super chulas. Dice mi tía que son de roble pero la madera ya casi no se ve: Están llenas de gomets y brochazos de tempera. En la de la calle se puede leer escrito con letras de pegatina: Rico Saldaña Pérez. Las paredes están llenos de sus dibujos, y son super bonitos. A mí no me dejan pintar en la pared, los rancios de mis padres.

El salón tiene una mesa de cristal enorme, pero siempre está contra la pared. Si no, no se podría jugar al futbolín de mi primo. Tiene otro futbolín pero que está bajo la cama porque es para pequeños y ya no lo usan. Me lo podían haber dado a mí que tengo dos años menos.

Antes me quedaba a dormir los viernes en casa de Rico, pero ahora ya no lo hago porque mis tíos hicieron tirar la pared y la habitación de visitas ya no existe. En cambio Rico tiene más espacio para la cama elástica y el mini gimnasio Feber. Podría dormir con él en su cama, pero dice que le agobio.

Este año por su cumple le han comprado un pony de verdad y un car como el de Fernando Alonso. Ya no quiere que vaya a jugar con él. Se pasa las tardes conduciendo por la terrazota esa entre el castillo hinchable y el columpio. Mi tía dice que son cosas de chicos, pero mi madre piensa que está muy mimado. Yo le digo a mamá que también quiero estar mimado y ella me abraza con fuerza. Yo lo que quiero es un columpio como Rico, y no tanto besuqueo.

A veces voy a ver a Óscar, el pony de mi primo. Se alegra mucho de verme, aunque el cuidador no me deje montarlo. Creo que su dueño se ha olvidado un poco de él. Ojalá fuera mi pony. ¡Le querría tanto!

Creo que a Rico le compran muchas cosas porque está muy triste. No para de llorar. Está siempre enfadado o gritando. El otro día su padre le trajo un móvil con videoconferencia y no lo quiso. Lo tiró por la ventana. Un gitanito se le llevó más contento que chupi.

jueves, 24 de septiembre de 2009

Asco

Les voy a dibujar la historia cierta de un trepa. Que quede claro que no soy yo, que ya me hubiera gustado, pero para lamer culos hay que valer y a mí nunca me gustó esa mierda de sabor que tienen.
Por desgracia, creo, me tocó estudiar en un colegio concertado de curas. Lo de la religión era lo de menos. Lo malo era vivir cada día rodeado de pijos cabrones e indeseables con cocodrilos en el polo. Supongo que por ello prefiero mil veces a un pobre brutote que a un niñato repelente y quejón, por eso de la nobleza y el buen corazón tras las sucias mejillas en lugar de la hijoputez que esconde el segundo bajo la gomina.
Uno de mis compañeros, que no amigos, era Lucio. Su comportamiento caprichoso le hacía dejarme o negarme las pinturas cuando el estatus económico convertía material en escasez u opulencia. Con frecuencia hablábamos, pero nunca dejé de ser un elemento menor al que ningunear cuando aparecía cualquier otro más popular.
Lucio era muy propenso a dialogar con los profesores, mucho más de lo que a cualquier otro le gustaba. No tengo claro si eso derivó en que él aprobase el COU y yo fracasara estrepitosamente merced a mis propios deméritos, pero ya por entonces su fama de pelota y maestro del cambiazo le hacía famoso entre el colectivo.
Un buen día supe que una o dos veces a la semana Lucio frecuentaba la residencia particular de nuestro inepto profesor de Historia y Arte con fines didácticos. Don José Bragado López era un auténtico hijodeputa. Jamás explicaba y se limitaba a leer en clase sus apuntes a máquina y hacer someros comentarios sobre lo que ponía en ellos. Cualquier duda que el curioso le planteara la solventaba ridiculizando al sujeto hasta dejarlo a la altura del betún. No me cabe ninguna duda de que Don José tenía graves problemas de autoestima y manía persecutoria. Sentía que el alumnado buscaba reírse de él y para contrarrestarlo ejercía un despotismo maquiavélico y desmedido resumido en la siguiente cita: “Prefiero que me tomen por malo que por tonto.” El tal gualtrapa seleccionaba cuidadosamente a sus alumnos de repaso atendiendo a la presunta solvencia de sus familias y les “aconsejaba” tomar clases particulares de refuerzo con él, y así completaba el salario el muy cabrón. Pese al secretismo que insuflaba a sus actos, y la discreción de los elegidos, la noticia se acabó filtrando hasta mis oídos aunque nunca trascendió a la masa.
Lucio consolidó su fama de copión durante la filología hasta el punto de sacarse la licenciatura sin grandes esfuerzos. Después vinieron oficios varios hasta que aterrizó, oh sorpresa, en cierto colegio concertado de curas dirigido, por aquel entonces, por (oh sorpresa II) un inepto profesor de Arte e Historia cuyos únicos méritos docentes eran imponer disciplina mediante el terror. Debo admitir que en un momento de debilidad laboral y moral llegué a mandar mi curriculum a semejante antro esperando una oportunidad apelando a mi pasado educativo y bla, bla, bla. Hoy puedo presumir que nunca me llamaron y que dicha indiferencia me salvó de convertirme en todo lo que no quería ser. A día de hoy Lucio continúa su vida de mentira en ese centro educativo pichi, deshumanizado, falso y terriblemente hipócrita. Hace poco he tropezado con su recuerdo y me he caído de bruces de asco. Hay cosas que no tienen precio. Para que te enchufen en un colegio concertado de esos que escogen a dedo a antiguos alumnos pelotas y subvencionacaprichos, MasterCard.

martes, 22 de septiembre de 2009

Senectud

Soy un hedonista de la psique bajo los efectos de las sustancias y sus revelaciones oníricas y alucinatorias. Vivo en un mundo que trasciende las convenciones de éste.


Esto ya es otra cosa. Ahora empiezo a vivir de veras. Hace tres meses fue mi fastuosa jubilación. Al menos había seis mil quinientas personas. Sobre todo jóvenes. Algunos lloraban, otros se arrancaban los pelos de gozo, todos se quedaban con la boca abierta al verme pasar. Los chicos decían “¡Quiero ser como tú!” y las mozas me tiraban bragas de Disney y piropos varios. Creo que hasta veintisiete me pidieron matrimonio. Pobres. Tiene que ser muy duro tener veinte años y ver cómo todos te desprecian. Me parece inhumano tenerlos encerrados en colegios y universidades porque desde que nacen hasta que trabajan nadie quiere hacerse cargo de ellos. Les parecen molestos, sucios y terriblemente gritones hasta los tres años, y excesivamente repelentes desde entonces hasta los dieciocho. Casi no se encuentran trabajadores que quieran hacer de canguros para ellos. Es tan decadente. Yo en cambio no me puedo quejar. Los cuidadores se pelean por trabajar con nosotros. Y eso que sólo tengo sesenta y seis. Los ancianos de noventa están todavía mucho más cotizados. Cuando cumpla setenta y cinco podré ir a la residencia vip. No entiendo por qué pero somos una referencia para todo el mundo. Supongo que será por la edad, el poso y la experiencia. ¿O tal vez por las plateadas canas y las hermosamente marcadas arrugas? Fíjate que es injusto. Cuando no controlamos los esfínteres pasamos de estrellas mediáticas a megadioses. En cambio los bebés son repudiados precisamente por lo mismo. Ya casi no nacen niños. Nadie quiere cargar con ellos veinte o treinta años. Si la humanidad no desaparece es porque han prohibido el aborto y todavía vienen algunos por descuidos. Menos mal. Comprendo que son una carga pero hay que sacrificarse un poco para que todos puedan llegar a viejos y convertirse en miembros honorables como yo. Cielos, creo que viene el rey. Qué pesado. Que espere, tienen que acabar mi dentadura de diamantes.

sábado, 19 de septiembre de 2009

Carrefour va a salvarnos a todos

Olé tus huevos. Hace falta tener cojonazos para abanderar la ecobiodegradabilidad después de haberla plastificado durante una cuarentena de años, y más cuando los únicos verdaderos motivos de tamaño vuelco son estrictamente económicos.
Durante lustros nos han vendido los compuestos plásticos cómo paradigma de desarrollo y progreso: barato, higiénico, impermeable, práctico, global. Las plasticosas bolsas desbancaron al voluminoso carro de tela y al envoltorio pobretón de estraza. Su funcionalidad se ha expandido hacia las misiones más insospechadas: Continente de desperdicios varios, cesto improvisado de moras, hato de alimentos, cubreescayolas de ducha, ingente despensa móvil de arroces matrimoniales, paraguas de emergencia, asfixiador de jefes, esposas y millonarios, guardapolvo de ropajes invernales, sufrido cofre de juguetes, impermeable de sudorosas mudas, suculento plato de migas para palomas, etc.
Que de repente las bolsas sean malas me resulta extraño. Primero, porque durante toda mi vida han sido buenas. Segundo, porque no son nocivas en sí; es el ser humano el que las convierte en desecho inmortal por un uso inadecuado de las mismas. Y si no, qué esperan para equiparar la energía nuclear, los pañales de bebé y el red bull a la categoría de productos fecales.
Carrefour no lucha contra la contaminación, lucha contra la imagen de racanería que va a producir su decisión de sustituir sus muchas aunque baratísimas bolsas de plástico por papel de cobro al consumidor. Que nadie se lleve a engaño. Éstos buscaban reducir costes. Y la única manera de prescindir de un servicio al cliente es vestirlo de buenas intenciones mediante una muy oportunista campaña de marketing. El medio ambiente les importa un carajo.
Los envases de polietileno y compañía seguirán precintando besugos, patés, cereales, juguetes, condones, móviles, folios, lejías, revistas, papayas y cuchillas de afeitar. Si hasta las muñecas hinchables son de látex. El plástico no contamina, lo hace el hombre. Y si Carrefour ya no me proporciona bolsas para echar la basura compraré en Mercadona o acudiré a las negras de toda la vida, pero pienso seguir consumiendo el mismo mundo plastificado que me han vendido hasta ahora.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Disfuncionarios

Ir a firmar contrato en el servicio provincial de educación tiene su aquel. Eso de llegar a las nueve de la mañana con todo ya preparao y terminar a las 11:40 te deja mucho tiempo para pensar. Deducir que una cosa es ser maestro y otra muy distinta funcionario administrativo. Preso de mi aburrimiento he cronometrado a una tipa que tengo fichada cuando se iba al café. Café durante la jornada laboral, no descontada del horario. A los 37 minutos me he cansado de esperar su retorno entre el goteo incesante de tramitantes. No sé si habrá vuelto a los 40 minutos o aún sigue por ahí. En cualquier caso cabreaba verlos pasar en grupos de a cuatro mientras sólo 3 pavos daban el callo al otro lado del mostrador y más de 500 hacíamos entre 2 y 5 horas de cola.

No vayan a pensar que hablo por cotillear. Sé lo que digo. Hace años, durante treinta días, fui funcionario administrativo. Bueno, técnicamente sólo era un trabajador temporal contratado para aprobar o denegar becas de comedor escolar atendiendo a la documentación que presentaba la familia. Eso me garantizaba estatus de trabajador de la administración pública. Es decir, jornada de 8 a 3, aunque nosotros evidentemente sólo cobrábamos 7 horas prorrateadas (y muy rateadas). El descanso del almuerzo eran 40 minutos, dentro del horario, insisto. Nadie nos controlaba. Tan solo un encargado se pasaba media hora al día a marujear y a no meternos nada de prisa. Este detalle es importante: Cobrábamos por días hasta fin de solicitudes. Por eso es de suponer que nos apremiaran, ¿no? Pues no. Aquí se curraba a ritmo de funcionario y el tajo de quince días lo estiramos hasta hacer cuatro semanas y arreglar el mes. Nadie nos metió prisa. Todos, funcionarios o temporales, llegaban tarde, felices y despreocupados. De hecho, yo empezaba leyendo el 20 minutos y hasta las 8:30 no cogía un puto impreso.

Hoy he revivido todo eso desde el otro lado y he recordado que me equivoqué de funcionariado. Éste es el que paga. Te da de sí para coger depresiones por aburrimiento y coleccionar muñecas de porcelana. La docencia es sólo caprichos de la vocación.