sábado, 29 de agosto de 2009

La cultura tanática

Hay una contracultura sociológica que inunda todo lo que nos rodea. Está montada sobre el fracaso y el vicio. Bebe de nuestras desilusiones y crece en el negativismo, indecisión, pasotismo y cobardía para enfrentar el mundo.
Las pulsiones tanáticas o de muerte -término generalizado por Freud para describir las acciones del subconsciente para volver a un estado anterior al trauma de nacimiento- aglutinan una serie de comportamientos y actitudes aparentemente nocivos para la supervivencia del individuo, pero largamente adoptados por grandes grupos sociales. Algunos de los actos más comunes de esta filosofía de vida son la exaltación del pesimismo, el abuso y devoción al alcohol, el culto a la comida y a los excesos terrenales, así como la autodenigración y la costumbre de no tomarse nada en serio, especialmente a uno mismo, todo ello buscando la mínima expresión del propio yo en complicidad con otros sujetos que celebran el mismo tipo de complejos quizá con la secreta ilusión de no afrontar las auténticas limitaciones.
Hablar de sentimiento tanático nacional sería sobregeneralizar, pero del mismo modo que el americano medio tiende a ensalzarse hasta la bandera con estrellitas y todo, y a mirarse el ombligo con respecto al mundo con pelusillas de superioridad, un gran número de españoles tiende a acomplejarse hasta el extremo de presumir de sus defectos frente a propios y extraños. Identificarse con algo es tan humano como poco divino, pero en el caso que nos ocupa suele ocurrir que sentirse débil e incapaz, aunque sea mediante el cachondeíto fácil lleva irremediablemente a la derrota de nuestras metas sin habernos puesto siquiera en actitud de competir.
Así, el consumo de alcohol por placer es lícito y permisible. El abuso del mismo por necesidad social o búsqueda de engañosa desinhibición sólo lleva al consuelo de tener a los amigos genuinos al lado tan ebrios como uno mismo, o incluso vomitando bourbon a dos palmos del suelo en postura poco gloriosa. Respecto al fumador, se siente feliz cuando ofrece pitillo a los dedos del compañero y éstos reciben la dosis con placer tanático y guiño cómplice. Por el contrario, no hay nada peor para un soplacigarrillos que un antiguo acólito que ha abandonado el vicio: representa a la vez el perseguido sueño oculto de desintoxicación y el amigo nicotinoso que ha traicionado la religión tabaquil. Su recaída supondrá el mayor de los triunfos de la comunidad del humo.
Con todo, nada representa tan contundentemente el pesimismo de esta contracultura como la negación del yo y la falta de confianza real o fingida en las posibilidades de uno mismo. Empezando por la escuela, donde se vitorea al tripitidor y se le tiene una mezcla de devoción y cachondeo, signo inequívoco de que va a ser elegido delegado de la clase (repetidor, vago, bebedor, macarra y fumador), siempre se buscan referentes en los que inspirarse o con los que compartir la falta de valor frente al mundo. Un personaje con fuertes impulsos tanáticos nunca admitirá sus virtudes, e intentará desmarcarse de ellas riéndose de sus propias capacidades e intentando fracasar para evitar que le tomen en serio, despreciando sus propios conatos o prestándose a hacerlos con desgana y escepticismo. Otros elementos que enriquecen la actitud de estos individuos son la pereza crónica, la falta de confianza y la burla frente a cualquiera que pretenda hacer algo, por breve que sea, con tintes de seriedad. Desgraciadamente este mal es contagioso, y suele ocurrir que el pobre que iba en serio acabe adoptando las mismas poses que sus burlones amigos, a no ser que deje el grupo y busque referentes un poco más objetivos u optimistas.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Tomar la nieve

Soy un hedonista de la psique bajo los efectos de las sustancias y sus revelaciones oníricas y alucinatorias. Vivo en un mundo que trasciende las convenciones de éste.

Ayer estaba hasta los cojones de todo. Cogí el montante y me fui a las aguas termales a azularme. Ah, que no saben de qué les hablo. Claro. Ustedes en su extraño mundo se marchan en verano a las orillas de los mares a tumbarse en la arena mientras el sol quema y cancerea sus pálidas cortezas. Y todo lo hacen por tostar su aspecto, como si eso les hiciera mejores personas. Pero eso sucede porque no han penetrado en mi mundo. ¿Qué cuál es mi mundo? ¿Cómo tengo que decirlo? Mis vivencias son fruto de una mente liberada por las sustancias estimulantes, lo que ustedes simplifican como drogas. Ustedes lo llaman alucinar o flipar, yo lo considero bucear, investigar la psique. Eso es lo que me convierte en un psiconauta. Decía que ayer me subí al coche y me bajé de él sobre una blanca alfombra de frío. Busqué una ladera apetitosa y me desnudé. Me tumbé en la nieve y empecé a azularme. Cuando se toma la nieve uno siente cómo la piel se oscurece, se torna azulada, se congela. Hay quién lo ve doloroso pero no es peor que soportar 40º en sus saturadas playas. Tampoco es tan grave, cuando sientes que ya no puedes más te levantas, te sacudes el hielo de los genitales y te sumerges en las aguas termales. Eso te calienta y activa. Después de un breve rato vuelves a abrazar la nieve, y si puedes te echas una siestecita. Pero con cuidado. Hay muchos que han muerto congelados mientras se azulaban, qué poco talento. Una cosa es presumir y otra jugarse la vida.


domingo, 23 de agosto de 2009

Las ONG’s me acosan

Y no lo hacen para arañar mis ingentes dineros. Más bien se trata de una práctica común eso de asaltar por el centro de la ciudad a los peatones que llevan forjado en la frente el gesto de “no, a mí no” entre los que me incluyo, muy a mi pesar, por mi expresión huidiza cuando los veo. No sólo los esquivo a ellos, también a los de ING, a las firmas para la abolición de Telecinco y a los vendedores de pañuelos de papel en los semáforos.
No cabe duda de que los intereses de cada acosador son variopintos: Desde el lucro a la necesidad tanto personal como ajena, aderezado con un polémico tapiz de valores éticos según la actividad al uso. Yo aquí ni entro ni salgo, solo revindico mi libertad para hacerme socio de la cuenta naranja o de los amigos de la petanca de cristal de bohemia sin necesidad de que me lo impongan bajo el abordaje más pirata de los siete mares de asfalto. Apadrinar un niño o comprometer diez euros al mes para la lucha contra el cáncer son grandes medidas, aun cuando habrá quién las critique por parcheantes en lugar de arreglaproblemas, yo sobre eso no voy a pronunciarme. Lo que sí quiero puntualizar es que nunca voy a respaldarlas ni apoyarlas si me las quieren imponer apelando a mi sentido de la culpabilidad, a mis remordimientos de ciudadano de mierda del primer mundo y a mi propia lástima por los sin suerte. Salvando las innumerables distancias, guarda similitudes con el dependiente pesao de la tienda de turno: si me dejas mirar y remirar a mi bola es muy posible que acabe picando algo y engordando tu comisión semanal, pero si me encorres desde que piso curioso las baldosas del negocio que guardas, regentas o despachas, entonces sólo conseguirás que me vaya a otro sitio donde pueda ojear sin ser cuestionado sobre mis objetivos más vitales o mi talla de pantalón. Hay quién piensa que al cliente o al usuario potencial se le debe mimar, perseguir y hacer la pelota. Tal vez en otro tiempo y otro lugar; tal vez en otro tipo de persona, de esos que preferían el trato con el pescatero antes que los merluzos envasados del Mercadona. Yo prefiero mirar tres cosas antes de decir no a una persona.

miércoles, 19 de agosto de 2009

Gordorexia

Soy un hedonista de la psique bajo los efectos de las sustancias y sus revelaciones oníricas y alucinatorias. Vivo en un mundo que trasciende las convenciones de éste.


Odio a los obesos. Me miran mal. Me escudriñan desde su superioridad corporal y me perdonan la vida con imperial condescendencia. Yo quiero engordar y tener buena tripa pero no me entra el alimento. Nunca puedo pasar de tres platos, y por más que intento deglutir, me es imposible hacer cinco comidas. Me paso los días tragando todo lo que puedo y vomitando después. Nunca llegaré a cien kilos ni tendré sobrepeso. Estoy condenado a esta maldita cárcel de huesos en lugar del paraíso de la grasa. ¿Por qué hay que estar gordo? ¿Es que no se puede marcar esqueleto como yo? ¿No comprenden que no puedo aumentar, que no tengo ya más hambre? Llevo seis meses en un centro de desintoxicación de flacos. Debo decirlo: Mido un metro setenta y cinco y peso ochenta kilos. Horribles músculos deforman mis brazos y comen mi hermosa e inexistente flacidez. Me atiborro de dulces y grasas, duermo la siesta y desayuno miel con azúcar. Nunca hago ejercicio ni sudo a propósito. Me han ampliado el estómago y encadenado al sofá durante semanas con ingestas tremendas de glúcidos y lípidos. La comida en exceso me sienta mal, pero para presumir hay que sufrir. No sirve: Sigo delgado. Esto está afectando gravemente a mi vida personal y social. A mi oronda novia le da vergüenza cuando me siento en un restaurante y sólo ocupo media silla con mi culito de bebé. No la culpo. Todos los gordos prepotentes y esculturales me miran con desdén: “Otro que es incapaz de comer. Que hay que cuidarse un poco, esqueleto”. Hasta he llegado a ponerme relleno en la tripa y las piernas. Cualquier cosa para aparentar atractivos kilos colgando por mi piel.

La encrucinada

Soy un hedonista de la psique bajo los efectos de las sustancias y sus revelaciones oníricas y alucinatorias. Vivo en un mundo que trasciende las convenciones de éste.


Antes de empezar debo reconocerles que estoy de opiáceos hasta el encéfalo. No me entiendan mal, no soy un escapista de la realidad ni un primario cazador de placer. Tan sólo me limito a investigar los oscurísimos reductos de la mente, y nada lleva hasta ellos como una buena ingesta de marihuana u opio. En caso de urgencia también me apaño con heroína, hachís, coca o pastillas. Hasta una buena zorrera de porros o naufragio en alcohol de 96º. Todo vale para imaginar una sociedad mejor. Mi adicción a las drogas, pues, no es una válvula de escape, sino una puerta a ficciones no exploradas. Estoy en medio de ningún sitio. De ahí el nombre de esta confesión. Floto etéreo entre las estrecheces de nuestro limitado mundo y las infinitas posibilidades de un universo alternativo sin descubrir ni disfrutar. Pasen y alucinen. Bienvenidos a mi flipada.

sábado, 8 de agosto de 2009

Risto Mejide, el justiciero vengador

Apareció hace tres años, y desde entonces ha sostenido él solo la audiencia voluble de un reality infame, acabado, aburrido, falso y oportunista. Repartía por igual crueles verdades que efectistas exageraciones, y los burros a los que achuchaba intentaban responderle a su nivel, sin darse cuenta de que tras las gafas de sol y la cara de poker se escondía una cuidada estrategia de marketing, muchas horas de análisis de ensayos infumables y convivencia granhermaniana, y unas metáforas aparentemente improvisadas pero fruto en realidad de arduo trabajo de elaboración.
Evaristo Mejide tiene algo que me gusta, que me encanta. Algo que muchos codiciamos: tiene la facultad de decir lo que le salga de los cojones sin importarle una puta mierda si tiene razón o no o lo que puedan pensar de él. Risto no necesita caer bien. Tampoco es una característica tan escasa. Conozco gente con esta misma cualidad. Son inquietantes. Nunca te responden de inmediato, esperando que su silencio acreciente tu inseguridad o rebaje tus últimas sentencias a la categoría de gilipolleces rompediálogos. Son capaces de subir cien pisos de ascensor contigo sin abrir el buzón, o de hacer algo en lugar de decir que lo van a hacer, mientras tú te comes de impaciencia o curiosidad. Los hay bordes por naturaleza, por timidez o porque se limpiaron el culo de pequeños con papel de lija, pero a menudo esconden una secreta obsesión por no decepcionar, para lo que desde el primer momento trabajan su antipatía de serie.
Sin duda Risto es uno de estos especímenes, acrecentado por una mente privilegiada, la licenciatura en Dirección de Empresas y su dilatada experiencia en publicidad y docencia universitaria. Imagino que para el malvado justiciero despacharse a una panda de niñatos creídos e inmaduros no tiene ningún mérito después de impartir dos o cuatro horas de “creatividad” a cien universitarios con cultura, cabeza y mucho más respeto por la jerarquía académica y social. Con todo, hay que admitir que a veces resbala hasta el suelo, utiliza metáforas y símiles excesivamente hirientes y con frecuencia busca el aplauso de sus consideraciones antes que la verdad evaluadora de los inocentes experimentos de Telecinco. No importa. Lo que vende de OT no es que una rubia limitada o un crío con gomina y tontería a partes iguales canten bien o mal, ni que ganen el concurso este que sólo vale para que los adolescentes se dejen el saldo en SMS. Lo que la audiencia viene a ver es carnaza: que el gafas suelte una burrada exagerada aunque cierta, con ingenio y bastante humor, y ver la cara que se le queda al pavo del otro lado, que a menudo no ha entendido nada, salvo que se están metiendo con su voz, su actitud o su comportamiento.
Desgraciadamente el trasfondo de Risto Mejide tiene mucho de verdad. Los tipos estos son irrespetuosos, infantiles, narcisistas y egocéntricos hasta reventar. Lo primero que hay que trabajar en muchos de ellos es la educación más elemental, el respeto, la humildad para recoger consejos. ¿Por qué será que los jóvenes piensan que lo saben todo y los hombres admiten que no conocen nada? Supongo que cuesta bastante asumir a los veinte años que no eres el dios de la música y que cada tres días treinta mil personas no te van a gritar que te adoran, si me permiten parafrasear a Paul Hewson de U2.
Lo más rompedor de la persona o el personaje de Risto es que, además de dar palos a los triunfitos, en los últimos programas le dio por arremeter con el mismo ingenio contra organizadores, profesores, presentadores, a veces incluso sin venir a cuento o sin mediar motivo ninguno. No sería tan controvertido si tuviera la razón en todo lo que dice, que de hecho no es lo que le ha hecho famoso e indispensable, sino el cómo dice esas cosas medio-verdad medio-opinión subjetiva. Hace falta mucha inteligencia para comprender un medio tan complejo como la tele y vaticinar de antemano que clase de pienso pide: agresividad verbal, irreverencia y escepticismo, crítica elegante y juicio desafectado, sin emociones que empañen el veredicto. Y haberse tragado todo el cine de Sergio Leone, al menos de spaghetti western, porque lo único que le falta al señor Mejide es escupir antes de mandar a cada uno de los karaokenses al infierno de los nominados sin nombre.
Tampoco piensen que Risto es perfecto en lo que hace. También cae en contradicciones lógicas, exagera hasta la extenuación y en ocasiones se atasca al declamar sus ocurrentes metáforas, que por otra parte tampoco son nuevas. Óscar Wilde ya coqueteaba peligrosamente con el vicio de crear sentencias, aforismos y epigramas de gran contenido e ironía a la vez, dando lugar a resultados efectistas a veces alejados de la objetividad si la carga humorística falseaba, deformaba o exageraba la verdad. Pero comparar a Wilde y Mejide más allá de la grafía sería hacer un flaco favor a ambos, ya que brillantez, cultura e ingenio son pocas cualidades para ponerlos en la misma frase. Si añadimos paletofobia y excentricismo ya empiezan a casar.