martes, 24 de febrero de 2009

¿Quién mató a LA AMISTAD?

Era una tarde cualquiera cuando LA PEREZA se levantó de la cama quejosa por unas voces que turbaban su merecido descanso. Reunió fuerzas de flaqueza y consiguió cotillear por la ventana. Abajo en la acera revoloteaba un populoso corrillo de personajes. LA CURIOSIDAD no paraba de preguntar ansiosa: "¿Qué ha pasado, qué ha pasado?" LA MARUJEZ le contestó: "Cualquier cosa y nada bueno, cariño. Ha pasado lo que tenía que pasar. Si es que ya lo sabía yo que en este barrio iba a ocurrir una desgracia." LA MESURA la interrumpió con suavidad: "Bueno, bueno, vamos a esperar la confirmación oficial. No especulemos." Por fin llegó LA JUSTICIA y todos hicieron pasillo para que la autoridad pudiera inspeccionar el cadáver. A todo esto LA PEREZA ya estaba en la calle, sólo le había llevado treinta y cinco minutos bajar diecinueve peldaños. EL COTILLEO no paraba de susurrar: "Han asesinado a LA AMISTAD, la han abierto en canal." LA HIPOCRESÍA lloraba desconsolada: "ay pobre, ay pobre." LA DUDA miraba con incredulidad: "Pero, ¿seguro que está muerta?" LA CIZAÑA acusaba sin fundamento: "Ha sido EL AMOR, ha sido EL AMOR." LA ENVIDIA lo corroboró: "Sí, yo lo he visto, yo lo he visto. ¡Ha sido el malvado del AMOR!"

"Joder", dijo LA JUSTICIA, "esto se complica. Pues yo no voy a condenar sin pruebas. ¿Qué hago?" "Pues está claro", dijo LA SUPERFICIALIDAD: "el que tenga las manos rojas o esconda la mirada es el culpable." Todos miraron a LA TIMIDEZ. LA IGNORANCIA fue la primera en acusar: "LA TIMIDEZ, LA TIMIDEZ ha sido." LA DUDA volvió a intervenir: "¿seguro?" "Sí, seguro, seguro", dijo LA ANSIEDAD mordiéndose las uñas entre pitillo y pitillo. "A la horca con ella." LA JUSTICIA pidió silencio. "A ver, TIMIDEZ, ¿has sido tú? TIMIDEZ, TIMIDEZ, coño, que te estoy hablando." Por fin respondió la pobre niña. "No sé, no." LA IMPACIENCIA replicó con vehemencia: "Pero vamos a ver, chatina, has matado a LA AMISTAD o no has matado a LA AMISTAD? Que no pasa nada, pero hay que decirlo." LA TERNURA abrazó a LA TIMIDEZ con delicadeza mientras EL VALOR apostillaba: "mira, TIMIDEZ, si has sido tú tienes que dar la cara, ¿vale?" LA EMPATÍA empujó a los que agobiaban a LA TIMIDEZ con arrojo. "¿Pero no véis que está aterrorizada? ¿No os dáis cuenta, zoquetes, que la pobre niña no ha hecho nada y la estáis matando a sospechas? ¡Qué panda de porculeros que sois!" LA CIZAÑA y LA ENVIDIA volvieron con lo suyo: "Ha sido EL AMOR, ha sido EL AMOR! Lo ha hecho por celos! Y por ENVIDIA!" "Mira quién habla", dijo LA ASERTIVIDAD. "Calma", dijo LA PACIENCIA. De repente, un chillido grave calló a todos. Era EL ORDEN pidiendo la palabra. "A ver, zenutrios, lo primero, callarsus. Lo segundo, LA JUSTICIA instruye el caso. Lo tercero, hay que pedir consejo a LA SABIDURÍA. Después, si hay acusado, se hará un juicio. LA VERDAD será el testigo pues seguro que sabe algo. LA PERSPICACIA será el defensor y el PESIMISMO el fiscal, seguro que encuentra razones de peso para condenar." EL OPTIMISMO saltó: "si mi gemelo es la acusación yo quiero ser la defensa, seguro que ganamos." "A ver, melón", dijo LA LÓGICA, "¿no ves que eres muy feliz para un juicio de verdad?" LA PLANIFICACIÓN espetó con seriedad: "Si todo esto está muy bien, pero dónde está LA VERDAD? Se os olvida que viaja por libre y aparece cuando le apetece, como LA CAPRICHOSIDAD."
Por fín salieron al campo, hasta una ermita recóndita y humilde donde moraba LA SABIDURÍA. LA OPULENCIA no paraba de pensar: "qué desperdicio, con lo que podría presumir en la ciudad este vejete sapiencial." LA HUMILDAD se abrazó a LA SABIDURÍA, pues eran hermanos de sangre. También LA HIPOCRESÍA besó al anciano, con aspavientos sobreactuados. LA COMUNICACIÓN contó los hechos mientras LA AGRESIVIDAD le tapaba la boca al COTILLEO. LA MARUJEZ se fue a hacer empanadillas, pero le dejó el número de móvil a LA SUPERFICIALIDAD, que no paraba de llamar cada dos minutos.
Se hizo un pequeño consejo de sabios formado por LA JUSTICIA, LA VERDAD, LA SABIDURÍA, LA INTELIGENCIA, LA MALDAD, LA DUDA y LA PERSPICACIA. Pese a que LA MALDAD insistía en que EL AMOR había asesinado cruelmente a LA AMISTAD porque no había espacio para los dos entre las personas, el resto cuestionaban su veredicto. Por fin se decretó llevar al AMOR a juicio, debido al peso de la MALDAD, LA CIZAÑA, LA ENVIDIA, LA NEGATIVIDAD, EL ODIO y LA MUERTE. LA SABIDURÍA, no obstante, cogió aparte a LA PERSPICACIA y le dijo: "llévate al VALOR, a LA CONSTANCIA y a LA RESOLUCIÓN y encuentra a LA VERDAD. Su testimonio es básico. La encontrarás preguntando a LA MENTIRA. Tú sabrás interpretar sus palabras, hijo." "Gracias, maestro, haré lo que pueda." "Lo sé", dijo LA SABIDURÍA gravemente.
LA MENTIRA juró y perjuró que LA VERDAD estaba en su propia casa, pues eran hermanas gemelas. Sin embargo, no pudieron encontrarla allí. Por fín la PERSPICACIA lo entendió. "¡Recarámbanos! Ya sé dónde está. Pronto, RESOLU, traeme un mapa cartográfico y un compás, y avisa a la VELOCIDAD, le espera un largo viaje."
El juicio contra EL AMOR iba de puta pena. Las conjeturas de LA MAQUINACIÓN y del PESIMISMO parecían irrefutables. LA GROSERÍA no paraba de silbar y jalear: "¡Que te jodan, AMOR, que te jodan!" LA JUSTICIA estaba hecha un lío. Sentía que EL AMOR no había matado a LA AMISTAD, por muchos datos y teorías que aportaran LA CONFUSIÓN y EL ENGAÑO.
Por fin aparecieron EL VALOR, LA RESOLUCIÓN, LA CONSTANCIA, LA PERSPICACIA, LA VELOCIDAD y la ansiada VERDAD. LA SABIDURÍA sonrió quedamente, con leve síntoma de agotamiento y alivio a un tiempo. Cuando habló LA VERDAD, se hizo un silencio místico:
"Muy bien, amigos, muy bien. Matan a LA AMISTAD y se os ocurre llevar a juicio al AMOR. ¿Pero estáis tontos o qué? A mí no se me escapa una." Los presentes bajaron la mirada avergonzados hasta el corvejón. "Y ahora os diré que no fue una persona quién mató a la amistad. Fueron varias. Dad un paso al frente cuando os nombre, cretinos inmundos. EL ORGULLO. Eráis inseparables, y ahora conspiraste con otros para acabar con ella. Y todo por tu vanidad. No tienes perdón. LA PEREZA. Estabas roncando en tu sofá, pero bien que tuviste tiempo anoche para bajar a la calle y apuñalarla, cobarde. EL ODIO. Tú eres el máximo culpable. Arengaste a todos para quitarle la vida a LA AMISTAD como Bruto hiciera con Julio César. Mereces quererte a ti mismo hasta que revientes de asco. LA HIPOCRESÍA. Conseguiste que LA AMISTAD saliera a la calle con tus zalamerías, y allí os lo cargásteis. LA MALDAD. No te fue difícil trazar el plan. Además eres íntimo del brazo ejecutor, tu amigo el oscuro segador." Los presentes miraron al esqueleto encapuchado con la guadaña. "Así es, señores, LA MUERTE asesinó a LA AMISTAD con su enorme apero de segar. Los otros la hirieron con sus puñales, pero ella lo remató para siempre." Se hizo un gran murmullo, y el revuelo continuó hasta que EL SILENCIO se levantó con gesto serio. Todos respetaron su flema.
El jurado eran EL SENTIDO COMÚN y LA OBJETIVIDAD. Todos los acusados por LA VERDAD fueron procesados y llevados a prisión. LA CURIOSIDAD, que ya había cumplido pena hace años por matar al gato, quiso saber dónde habían hallado a LA VERDAD. "Fácil", dijo LA PERSPICACIA, "en el punto opuesto de la tierra de dónde dijo LA MENTIRA. LA VELOCIDAD la ha traído hasta aquí en tiempo record."
Unos meses después se supo que LA AMISTAD había renacido de un abrazo que se habían dado EL AMOR y LA BONDAD, y todos se regozijaron con gran alborozo, felicitando al TIEMPO, el gran artífice. Pero no todo fue bueno. También se supo que EL ORGULLO, EL ODIO, LA HIPOCRESÍA, LA MALDAD y LA MUERTE habían eludido las instalaciones penitenciarias, y LA PEREZA, aunque nunca salió de allí, tenía familia por todas partes.
EL AMOR y LA AMISTAD retomaron una extraña relación. Él la quería a morir y ella a él tan sólo como amigo. Y desde ese día, tan pronto se montan un trío con LA LUJURIA como se emborrachan juntos hasta que LA DECENCIA les encorre con la escoba.

LA MENTIRA

viernes, 20 de febrero de 2009

Capitán Lawrence

Lo primero que supe de él fue que era mi canción preferida de Warcry. La historia se parecía mucho a la de Oates, el explorador antártico. Un poco más de documentación convirtió coincidencia en identificación: Capitán Lawrence Edward Grace Oates.
El capitán Lawrence Oates era uno de los cinco exploradores británicos destinados a conquistar el polo sur en el invierno de 1910 - 11 y vivir para contarlo. Ni conquistaron la Antártida ni salieron con vida. Sólo el diario de Robert Falcon Scott resistió la aventura para contar la tragedia.
Scott y Oates discutieron varias veces sobre aspectos estratégicos. La decisión de Scott de llevar ponies y motos de nieve acabó en fracaso: Los ponies tuvieron muchos problemas con la nieve y las motos se averiaron nada más empezar. El explorador noruego Amundsen llevaba perros y skís. Su avance fue vertiginoso, y además había salido quince días antes que la expedición británica. Cuando el equipo de Scott llegó al Polo Sur hacía ya un mes que lo había conquistado Amundsen. Hubiera bastado con ver la CNN o consultar la wikipedia.
Los ingleses llegaron en condiciones lamentables, fallaron y todavía les quedaba lo más complicado: Volver a casa con pena y sin gloria alguna. Es posible que la ilusión de la conquista hubiera multiplicado sus fuerzas hasta el infinito boreal, pero el fracaso les dejó un poco fríos, desanimados y derrotados. En tales condiciones sus posibilidades eran escasas. A los pocos días Edgar Evans combinó congelación con una mala caída para firmar su muerte. Después Lawrence empezó a retrasar al cuarteto con un estado físico lamentable, el escorbuto y una antigua herida. El grupo se negó a abandonarlo y la marcha se ralentizó hasta imposibilitar el regreso.
Sabedor de que no viviría y de que sus compañeros sólo tendrían una oportunidad si él dejaba de ser un pesado lastre, el capitán Lawrence decidió salir a dar un paseo en lugar de resguardarse en la tienda. Oates se alejó todo lo que pudo con sus congeladas piernas para desaparecer en la blanca nada y no impedir a Scott y los otros luchar por su supervivencia. Los tres hombres murieron de hambre o frío a sólo once millas de uno de sus depósitos de víveres. La posición de estos depósitos a lo largo del camino tampoco pareció ser la más acertada. Posiblemente si Scott hubiera aceptado las impresiones de Lawrence Oates se hubieran salvado.
El equipo de Scott murió en la nieve pero el diario de la expedición dejó constancia de todo ello. Todos fueron recordados como héroes. El sacrificio del capitán Lawrence fue valiente, tardío y en balde. Lo bonito de las heroicidades es que valgan para algo, pero muchas veces son baldías, y las páginas más bellas son frecuentemente las más inútiles, como si el oscuro segador no tuviera respeto alguno por los actos más nobles, y a menudo orinase sobre el luto de los luchadores generosos y estúpidos. Yo a veces he creído ver a la misma muerte sonándose los mocos con los paños de lágrimas de las viudas o haciendo pedorretas a los padres de hijos fallecidos en acto de bravuconería o mala suerte. Si alguien quiere ver un final trágico y glorioso, y llegar al Valhalla acompañado de tetonas valkirias, que se pegue un atracón de mitología nórdica.

miércoles, 18 de febrero de 2009

Siete pecados y además capitales

¡Ay amigo! Estamos jodidos tú y yo. Mira que nos gusta el dinero, comer, dormir, coitar, cabrearnos por nada, envidiar si tenemos menos y chulearnos si tenemos más. Pues resulta que somos PECADORES con mayúscula (del Inglés: capital letter). Y yo que pensaba que lo peor en este mundo era ser un hijoputa -moral, que no físico que todos tienen su dignidad-, o cometer actos deleznables como pederastías, corrupciones, tráfico de sustancias, tirar pipas al suelo, asesinatos o peinados con raya al medio. Pues no. Que te gusten las perras es malo. No importa si las quieres para vivir o para que tu chica se saque medicina. Eres un portador de la avaricia. Malo, malo. Confiésate ahora mismo y despréndete de tu mal en el cepillo de la entrada. El estamento eclesiástico no sufre de este pecado, y tus billetes marrones harán bien al estómago de varios mendigos y al bolsillo de muchos gestores espirituales. Y estás de suerte. Si no tienes guita porque la has dado y la necesitas para vivir, pues trabajarás más ahuyentando el temible pecado de la pereza, aunque en España se puede trabajar y fomentar la vagancia con una claridad meridiana. ¿Qué no? Vete al ayuntamiento. Claro que el recreo laboral puede desarrollar la ira hasta extremos insospechados, con lo que la evitación de algunos pecadetes nos lleva directamente a otros. Superado esto, nos queda el sábado sabadete. Olvidando el fútbol que también puede generar ira cabreante nos queda la lujuria. Sólo con la tuya, pues no te queda dinero para pagar un servicio profesional o trabajarte otra jaca a base de sonrisas y cubatas. No se puede follar. Bueno, sí, pero en plan Opus. A saco y caiga lo que caiga, que son criaturas de Dios. La situación se torna muy embarazosa. Y nos queda el ying y el yang: O eres más que el de al lado o eres menos. Si tienes menos motor, metros cuadrados, abdominales o pulgadas en el plasma, acéptalo con resignación cristiana y no tengas envidia. Claro que si por el contrario tu existencia está jalonada de destellos y triunfos, lo sentimos: NO PUEDES HACER EL FANTASMA. Da igual que tu intelecto sea de 168, tu perro de concurso y tu hijo de matrícula, la soberbia también lleva al infierno.
Yo seguiré pecando a mi modo: Gula hasta reventar, pereza hasta que me crujan los huesos, lujuria hasta que me reclame otra vez cualquiera de los anteriores, y avaricia la justa para garantizarme los pecados mencionados sin caer en (demasiada) envidia o soberbia. La ira me parece un rápido pasaporte a la amargura o, como dijo una vez una amiga “un veneno que te tomas tú esperando que se muera el otro”.

martes, 17 de febrero de 2009

Reciclar y pasarse

En la vejez y casi muerte anunciada de mi por seis veces lustrosa (de lustro) permanencia en la residencia familiar me resultó imposible, primero por inmadurez cronológica, luego por despreocupación adolescente y luego por falta de persuasión sobre demás miembros de la casa, en mis 32 años en casa de mi madre no conseguí, decía, que los desperdicios fueran seleccionados según su composición orgánica y desechados en consonancia a las posibilidades reciclativas.
Durante las muchas noches que me tocaba sacar la basura lo más que conseguí fue cambiar los excesos de una bolsa a dos para al menos poder cerrar ambas y no regar la escalera de blisters de plástiquete malo y facturas bancarias rasgadas hasta el aburrimiento. En mi época inconsciente hasta tuve el dudoso honor de arrojar por la ventana en dos o tres ocasiones las informes sacas de desecho para acertar al contenedor bajo la ventana de mi salón. Huelga decir que una de las veces me comí el aro y la pobre bolsa acabó reventada y alfombrando el baldosario urbano. Aquel día aprendí que mi puntería y mi sentido común dejaban mucho que desear.
Cuando cambié el adjetivo del domicilio de familiar a conyugal me traje un montón de ilusiones y bastantes realidades. No todas coincidieron. Nunca pude poner un Mazinger Z de medio metro en el salón, ni mi colección de CDs, ni mis posters de universitario en las paredes. Sin embargo no me costó que recicláramos todo lo que no pude en mi anterior hogar. Así tenemos tres bolsas para papel, plástico y orgánico que sacamos a pasear periódicamente (el vidrio es tan escaso que ni necesita bolsa). El aceite a la basura y las pilas recargables. Qué majos somos.
En Estados Unidos, en Massachussets al menos, la basura se recoge semanalmente. ¿Y el olor? No hay restos de comida. En lugar de desague de fregadero aparece un triturador con suficiente diámetro y fuerza para hacerte la manicura hasta el codo, eso sí, sin mucho preciosismo. En caso de pañales usados u otros accesorios similares desconozco la estrategia, pues donde yo dormía no se daba el caso.
Hoy han dicho en el noticiero que varios vecinos de ¿Barcelona? han sido multados por no reciclar y yo no he podido por menos que valorar la medida como excesiva. Los “inspectores de medio ambiente” y un agente de la ley comprueban las inmundicias de los infractores buscando errores inculpatorios y datos personales para saber a quién le va a caer la multa de 60 € en adelante. Ganicas de joder ya son, con Martas del Castillo asesinadas y perdidas por los ríos de España, con miles de extrabajadores que delinquen porque no les queda otra que morirse de hambre o de frío o de hipotecazos, con especuladores millonarios y políticos más corruptos que la basura de la pobre señora que no reciclaba, con una incultura oronda que se alimenta de los fracasos de unos padres demasiado ocupados en trabajar y malcriar o de la desmotivación de unos hijos demasiado obcecados en no ver más allá del twenti y la playstation. Con todo este panorama, seguro que la vecina ha echado en la bolsa de basura orgánica seis kilos de pilas corrosivas que perdían líquido, un par de frascos de uranio empobrecido a mal cerrar y un desodorante de los chinos con el pitorro jodido que se come la capa de ozono con más rápidez que los americanos la carne en un concurso de hamburguesas.
Si alguna vez me tiran el Mazinger Z de goma de 7 cm que tengo en el despacho, espero que el sofoco se quede sólo en la destrucción de mi niñez y no también en una suculenta mariscada para algún listo a costa de mis sesenta euros de multa por falta de reciclaje. (¿Dónde cojones va la goma?)

sábado, 14 de febrero de 2009

Nunca acompañes a una mujer a comprar lencería

O hazlo si te gusta el fetiche y la seda. Pero que sepas dónde te metes. Si no te puede pasar que esperando en la fila de caja para cambiar unos euros por un pijama de Hello Kitty oigas todo lo que un hombre no está preparado para escuchar. Puede ser que la clienta de delante quiera comprar a su hija o nieta un precioso conjunto de ropa interior (precioso supongo). Tal vez la madre total haya escogido una combinación descuadrada: braga 36 y suje 85 C. Igual la pobre cría es tetona, aunque el hombre todavía no piensa en ello, sólo valora cuánto va a incidir esto en sus expectativas de abandono del local, con la compra hecha, claro. Pero no pasa nada. Si él aún no se encuentra fuera de sitio, entonces la dependienta desafortunada podría empezar su recital: “La ropa interior no se puede cambiar, cariño mío. Es mejor que le cojas la tallica grande de sujetador que como es algodón… Dices que tiene trece años, ¿verdad? Si eso ya se sabe, de repente hace ¡puff! y ya. Que además le hará ilusión llevar sujetador de los que se abren. Que todos hemos tenido trece años…”
Hay que admitir que la cajera estuvo sembrada. Ahora comprendo por qué no hay hombres acompañando a las mujeres a comprar lencería.

jueves, 12 de febrero de 2009

Marta, España y la envidia

Hoy en clase de bachillerato he entregado los exámenes a mis alumnos. Era un día especial. Era la primera vez que repartía un 10 redondo, así con un uno y un cero después. Sin rebajas, ni decimales, con un par de folios impolutos en lugar de estar crucificados de rojo sangre. Marta ya sabía que lo había hecho bien. Antes a solas le he ofrecido dar la clase, y me ha suplicado que no, que le daba mucho corte. Tal y como está el patio, no me extraña. Marta ha cogido su prueba y se ha alegrado mucho. Pero nadie se ha dado cuenta. Quizá su compañero Sergio, que portaba orgulloso un 8’8. La mesura y humildad de Marta ha contrastado con los alaridos guturales del que aprueba por los pelos y las quejas ininteligibles de la que suspende pero bien y cree que ha sido vapuleada por el destino (y el profesor).
He dicho en voz alta: “Es la primera vez que alguien saca un 10 en mis exámenes”. Ella no quería el brillo, la pompa ni el jabón. Y Marta lo merecía. Escucha mucho más de lo que habla, aprende y come con avidez pero respeta y calla con prudencia. Casi le da apuro preguntar las escasas dudas que le surgen. No le gusta llamar la atención, y sacar 10 para ella supone un triunfo personal y un fracaso social, casi parece que tiene que pedir perdón por ser inteligente, humilde y trabajadora. Marta no se merece esta educación de mierda que tenemos.
Los compañeros mascullan, protestan, hasta una se ha permitido el lujo desde su miserable 4’algo de relativizar el esfuerzo y capacidad de Marta diciendo “es que va a la escuela de idiomas”. Qué mala es la envidia. Ser bueno está penado. No caes bien. Da igual que seas un encanto o que aceptes los castigos colectivos cuando no has abierto la boca y te han caído colateralmente. Quizá si el estudio fuera reconocido en lugar de criticado y envidiado, Marta y España serían de otra manera. Quizá compartirían su éxito, y los otros las alabarían, felicitarían y hasta pedirían autógrafos. Pero en esta nación sólo pedimos la foto y el garabato a los niñatos que no han acabado la ESO pero que están podridos de perras porque le dan patadas a un balón, gas a la moto, pedal al coche de carreras, muecas a la cámara o gritos al micrófono. ¿Qué se puede esperar cuando siempre sale de delegado de clase el más tonto, bandarra y chulo, a menudo tripitidor?
Además España y Laura no serían prepotentes o creídas. Serían cercanas, humildes y maduras, pero extrovertidas en lugar de contenidas. Tal vez no serían tan tímidas. Quizás los perdedores les han acorralado en su mundo de responsabilidad con el látigo del fracaso, la tiña y la exaltación de la pereza crónica. Y perdedor no es el que pierde, sino el que no quiere ganar, el que no suda, el que no se parte los cuernos, el que no valora la paliza que se ha dado su compañero para que el examen no tenga nada corregido en rojo sangre. El que pierde porque no ha llegado, sin duda llegará otro día; lo que importa es caminar. A propósito, España no es un país en este artículo; es alguien que hoy ha sacado 9’2. Tampoco ha hecho el paseillo o agradecido al cielo la justicia divina con aspavientos imposibles.