viernes, 26 de diciembre de 2008

¿Y por qué no te callas?

Pocas veces una noticia tan inconsistente ha generado tal revuelo. La contestación del rey de España S.M. Juan Carlos I al presidente “tres veces electo” de Venezuela Hugo Chávez ha dado tantas veces la vuelta al mundo que empieza a marearnos. Lo curioso es que lo verdaderamente importante vino antes, cuando Chávez acusó al anterior Presidente Español José María Aznar de “fascista”. El delito de Aznar fue apoyar el golpe de Estado de 2002 en Venezuela; de hecho España fue el segundo país en apoyar dicha causa tras los Estados Unidos de América. Es lo que pasa cuando se practica una política intervencionista. Es complicado decidir a nivel gubernamental cuando se pueden meter las narices en las dictaduras ajenas. ¿Quién nos nombra juez, jurado y verdugo para desfacer entuertos como don Quijote de España? A efectos diplomáticos, no tenemos derecho ninguno; a efectos humanitarios, la decisión no está tan clara.
En cualquier caso, lo importante no fue que Aznar hubiera apoyado el golpe de Estado, ni que Chávez se lo recriminara al presidente actual en la Cumbre Iberoamericana, saltándose su turno de uso de la palabra e interrumpiéndole cansinamente. Lo que chocó y descolocó a la audiencia universal fue la reacción verbal del rey con ese magnífico “¿y por qué no te callas?”. Tres fueron las causas por las que sorprendió y maravilló tal comentario. Primero, por el desplante en sí, mucho tomate para una cumbre de hermanamiento. Segundo, no fue un político cualquiera, sino uno de los nuestros, nuestra proyección diplomática, nuestro símbolo personificado. Y tercero, no hablamos de un presidente cualquiera, de esos que votamos cuando al otro le estallan bombas o le salpican escándalos de corrupción; era nuestro rey, el de siempre, el bonachón que parece incapaz de decir una palabra más alta que otra (nunca te puedes fiar), ése que lleva tres décadas guardando el protocolo, y que lo perdió cuando tampoco iba con él la fiesta.
Lo mejor es que ahora el gesto ha resultado una especie de super hazaña patriótica. Ya me veo a millones de españoles vestidos de superman en rojo y amarillo y con la cabeza del rey en el pecho, en lugar de la “S”. ¿Nos hemos vuelto todos locos?

El dinero

Sería osado decir que el dinero todo lo puede, pero no es descabellado pensar en su exigencia en cualquier acto humano más o menos cotidiano: beber, soñar, amar, trabajar, correr, disfrutar, relajarse, nadar, comer, crear, estudiar. El agua que bebemos es barata, pero se paga; por no hablar de otros bebedizos. Los sueños no tienen precio, pero hacerlos realidad, siempre. Amar es gratis, pero a veces se cobra por amor u otras delicadezas. Trabajar es algo que prácticamente nadie hace por gusto, sino por el mercenario placer de percibir ciertos (siempre escasos) emolumentos. Se puede correr sin dinero, pero a veces lo usamos para poder hacerlo encima de una insulsa cinta de goma en un gimnasio. Disfrutar tampoco lleva tarifa, pero parecemos empeñados en disfrutar únicamente gastando. Para relajarse el hombre tiene varias opciones, pero hoy en día prima la del balneario o el masajista, hasta la fecha amigos del euro. Nadar también se oferta en un frío río, en un lejano mar o en la cercanía de las instalaciones polideportivas, que además incluyen ducha y desembolso pecuniario. Comer es siempre caro, y lo que da la naturaleza siempre es de alguien. La creatividad no vale dinero, pero pagan por ella (no siempre), y estudiar es algo curioso: o es obligatorio o es pagando. Cierto es que al final siempre hay quién cobra por estudiar (véase becarios). En resumen, que este tinglado es un mercado, y el que no tiene puesto ni monedero no puede hacer casi nada que termine en –ar, -er o –ir.

De buenos e hijoputas, lobos y corderos

No importa mucho el punto de partida: La baremación de méritos nunca es igual para todos. Así, el bueno -o cordero- tendrá que hacer diez mil y el hijoputa -o lobo- mil quinientos, solamente para estar a la par. Eso sí, aderezados de comentarios condescendientes del tipo: "Pues chico, para ser tan bueno tampoco se ha portado tan bien" y "Pues mira, muy cabrón pero al final aún ha hecho algo bueno". Conclusión: Sé un hijoputa toda la vida y salpícalo de pequeños y bondadosos detalles. El cielo garantizado. Y es que el preconcepto es muy peligroso. No importa lo que hagas, sólo lo que se espere de ti. Es como el amigo cara de palo. Todo el mundo sabe que es un sota, y ya se le presupone la seriedad y el agrio. Cualquier limosna en forma de sonrisa o comentario agradable será recibido como agua de mayo, y todos supervalorarán al sujeto pensando "fíjate, con lo serio que es y hace un esfuerzo para integrarse, qué majo". Si por el contrario pero por otro lado habitual el cara de palo se comporta como de costumbre -serio- los presentes disculparán su actitud con el siempre excusante "ya sabes cómo es".
Ah pero el bueno. Éste está perdido. No tiene salvación haga lo que haga. Puede ser considerado tonto, no sólo por los ajenos sino incluso por los mismos cínicos beneficiarios -normalmente del tipo hijoputa, véase título-solamente porque al tipo bueno le gusta agradar, hacer el bien y en general pensar que el sol puede brillar más amarillo.También puede ser, pasa con frecuencia, que el bueno se canse de ser puteado y se dé cuenta de que el mundo debe estar bien como está, porque el único que quiere cambiarlo es él. Entonces el bueno sacará fuerzas de asertividad en un ramalazo de inocente perversión, normalmente muy escaso o aterradoramente desmedido, e intentará subirse al carro de la justicia saltando desde el monopatín del puteable. El bueno nunca salta bien, ni a tiempo, ni al carro adecuado. La hostia es morrocotuda, no sé si por intentar saltar cuando sólo se sabe caminar, o porque los hijoputas hacen tope en el borde para que no se agarre mientras dicen con cara de comprensiva pena "es que este carro no es para ti, bueno, tú el monopatín, niño". Supongamos ahora que el bueno carga con furia desmedida y se hace hueco, eso sí, a golpe de rabia pura. Los hijoputas se echan para atrás y piensan "hostia, tú, si éste es ni es mosquita ni está muerta, yo me aparto que recibo" y utilizan la segunda estrategia contra el bueno: La llamada al orden. "Pero hombre, bueno, nunca me lo hubiera esperado de ti, desde lugo, con todo lo que yo he hecho por tus huesos, y me lo pagas así" y demás artificios manipulatorios y chantajes emocionales. El bueno, que no tonto, pero un poco a medias entre ambos, se siente terriblemente culpable y se derrumba ante la visión sesgada del hijoputa, que se siente otra vez poderoso e intocable, mientras resopla por lo bajini pensando "uf, ha faltado poco, casi pierdo el trono". Ya todo está perdido, el bueno será mucho más servil que de costumbre y el hijoputa mucho más hijodeputa que nunca, ahora sabe que puede.
Pero claro, no todo es lo que parece. Si de repente y sin aviso un cordero se rebota y muerde, es que no era tal cordero, era lobo disfrazao. Hay muchos lobos con piel de cordero en el monte, los conocerás por la mirada perdida en bondad y timidez, pero luego verás que los ojos son torvos y llenos de furia y hambre. El lobo de oveja nunca se descubre hasta que tiene a la presa cerca, a veces ni siquiera se plantea su propio disfraz, lo lleva sabiendo que le sienta bien y que le permite aproximarse a las ovejas -dícese los buenos- y ganarse su confianza. Si el lobo puede nutrirse del cordero nunca se quitará el disfraz. ¿Para qué? Puede abusar eternamente. Pero, ay, si el cordero decide desmarcarse de su rol de inocente animalillo, entonces el lobo intentará convencerle por las buenas, luego de fracasar se quitará la capa de lana y ovino y se zampará a la pobre oveja ya en los huesos de tan exprimida. Y los pastores que vean la escena dirán "si es que el lobo es lobo, y además hijoputa, aunque vaya disfrazado de cordero; y la oveja es oveja, por mucho genio que se gaste".
Total, que si puedes ser lobo, sé lobo, pero no lobo disfrazao. Si has de ser un hijoputa, pues hijoputa, pero de frente. Y si has de ser bueno y cordero, pues selo, pero que no te coman los lobos; como mucho, que te den mordiscos. Así recordarás que el monte está lleno de lobos e hijoputas disfrazados de buenos.

La acechante sombra de Gran Escala

No han pasado cuatro meses desde que un fantasmal rumor silbara entre los polvorientos torrollones monegrinos, vestido primero de broma colosal y disfrazado después de gran oportunidad histórica para Aragón y sus afortunados derredores. Las Vegas en Europa. Ya. Ahí está todo condensado, comprimido y embotado. Te guste o no. Vendrá con tu apoyo o sin él, como las huelgas de autobuses o los racionamientos en tiempos de guerra. A más de uno nos queda cierto regusto de vértigo y miedo. Yo no quería esto en mi tierra. No puedo evitar pensar que vamos a pagar un precio mil veces más alto que los desgraciados y pudientes en las mesas de juego granescalenses. Nadie da duros a cuatro pesetas. Vamos a ser la capital del vicio, del juego, del derroche y de la maldad. Vendrán ricachos vacíos y atufarán la comarca con su aroma de frivolidad. Acudirán también clases medias y bajas y gastarán todo lo que no pueden gastar, y se multiplicarán las ludopatías y las familias rotas. Las autopistas multiplicarán sus carriles, y se crearán dos grandes cinturones viales. El primero unirá Gran Escala con la playa mediterránea, el segundo con Europa. España ya no será el país del turismo solar, también será la catedral del juego, del ocio y del esparcimiento. Mucho desfase, mucho dinero y mucha corrupción.Todavía hay quién se enfada cuando hablamos de esto con tono crítico. Que si somos tontos, que si somos quijotes, que si no queremos progreso, que si traerá riqueza a la comunidad. Yo no me creo nada. Traerá riqueza a los que monten el circo, y tan rápidamente como la generen se la llevarán. Yo no quiero que mi tranquila ciudad de 800.000 habitantes se convierta en unos años en una macro-urbe de tres millones de habitantes. No quiero que el gris granito de sus calles y el inclemente cierzo de sus puentes se contamine con los pasos ralentizados de los que andan por encima del mundo, pisándolo todo, comprándolo todo, sin mirar tan siquiera a los ojos. No quiero que un gobierno inocente y obtuso venda mi tierra al peso creyendo que está haciendo el negocio del siglo. Nunca he mirado mal al inmigrante, al pobre que viene aquí a buscar futuro para él y pan para sus hijos, a aquel que viene a este valle inhóspito porque es el paraíso comparado con su realidad, siempre he creído que ése debería tener una oportunidad. Ah, pero el rico, el corrupto, el vicioso de una cosa o de otra, ése sólo viene a exprimir al igual y a hundirlo en la miseria. Me jode que sus címenes se cometan en este suelo que tanto he pateado, desgastado e incluso maldecido. Nuestro desierto, nuestros agrestes parajes, nuestra vida, vendida traidoramente a un grupo internacional que seguro que con parte de los beneficios construye varios hogares para ancianos y casas de acogida para inmigrantes, amén de invertir en bienestar social y en la recuperación patrimonial. Creo que esto nos viene muy grande, pero aunque no fuera así, tampoco lo quiero. Y si todos pudiéramos votar si Gran Escala se cimenta en suelo aragonés o se instala en medio del oceáno, me parece que para jugar al casino habría que coger el ferry o el hidroavión. Nuestra vida va a cambiar, y es seguro que no será a mejor. Eso sí, por fín habrá agua en los Monegros. Es triste que la única fuerza capaz de traer agua al desierto no sea la naturaleza, sino el dinero.

Una habitación con vistas

Disculpen que me apropie de tan literario título para mi apertura de ventanas y demás jornadas de puertas abiertas. Es que no sabía cómo explicar que no recuerdo en qué momento levanté la persiana del egocentrismo y me percaté de que ni estaba sólo en el mundo ni los televidentes me contemplaban como a Truman Burbank en su televisivo show.
Es curioso el mundo. Es un vasto espacio amable y conciliador lleno de sonrisas hasta que te acercas más de la cuenta y dónde veías gestos de dicha sólo atisbas dientes y muecas de crispación. Con esto no estoy diciendo que todo lo que nos rodea, personas incluídas, sea áspero y reticente. Decía William Blake que “generalizar es ser un idiota”. Déjenme que sea un poco idiota a sabiendas, quizá para compensar todas las veces que los bienintencionados lo somos sin saber.
Las primeras veces que, metafóricamente, abría mi ventana al exterior debía ser demasiado pequeño para apreciar algo más allá que los tigretones de la merienda y los regalos de reyes. Cenar en el Alcampo de Utebo era una aventura y acompañar a mi padre a comprar artículos para su negocio lo más parecido a dirigir el mundo.
Mucho más tarde he reabierto mi ventana buscando las vistas de aquellos años y dónde mis labios se transformaban en buzón de asombro ahora sólo se adivinan bostezos de boca de metro. Las cosas parecen más grandes en la niñez, los azules más celestes y los rojos más sangrientos. Mirar de nuevo a esos paisajes es recubrirlos de gris y tedio. Es mejor vivir del recuerdo de su fascinación inicial que sumergirse de nuevo en ellos para encontrarlos vastos, zafios, cutres o inconsistentes. La niñez es, pues, como unas estupendas gafas 3d que te garantiza aventuras emocionantes dónde sólo hay cartón, piedra, ruido y sucedáneo de nueces.
Superado el efecto tamizador de la visión infantil, donde lo grande es infinito y lo pequeño inapreciable, cada vez que he contemplado el mundo con mis ojos me ha parecido que la ventana se movía, como si morase en un habitáculo giratorio, y las vistas difirieran de año en año y los atardeceres se fueran turnando de escenario cada ocaso. Dado que mi vivienda tiene buenos cimientos, supongo que la perspectiva no es fruto de la rotación de la casa, sino de las lentillas de mi mirada, y es que me da la impresión de que cuanto más escudriño el mundo menos nítido lo veo, o mejor apostillado, más nítidamente entiendo que hay mil ventanas sin desprecintar y que las cosas que he visto todavía son escasas para curarme la ceguera experiencial. Tampoco puedo negar que cuando veo el exterior, bien por encima del hombro o admirando cada detalle, no puedo evitar sentir que las cosas bellas son menos hermosas, y las horribles menos feas.
En fin, que me perdone Forster por plagiarle el título de una de sus mejores obras, sólo para escribir una de mis más extrañas divagaciones.

La muerte de la ortografía

Ya no hay nada que hacer. Está moribunda y ni mil doctores ni seis mil filólogos pueden rehabilitarla. Ha muerto presa de los voraces, los inquietos, los imposibles. Los jóvenes la han matado.
Tampoco es el fin del mundo. Dentro de cuarenta años a todos les parecerá vien escrivir así. No creo que le imponga una ortografía fija. La historia nos enseña que las formas se alternan durante años o siglos antes de fijarse una de ellas. Lo que está claro es que la lengua está viva y los jóvenes la modifican a su antojo. Están haciendo historia aún sin saber que la están haciendo. Mandan miles de mensajes a los programas de la tele, repartiéndose por igual las abreviaturas y las faltas. Lo único seguro es que los puntos y las comas no existen. Tampoco se te ocurra chatear con un joven. Puedes no entender nada o perderte en medio de las consonantes imposibles. Lo gracioso es que ellos lo captan todo. Está claro que me hago muy mayor.
Pero, qué le vamos a hacer. Los menores de 25 son una fuerza de la naturaleza: consiguen reunir a miles de personas en un descampado o una plaza para beber hasta el amanecer, son capaces de endiosar a un cantante de karaoke a la categoría de super estrella, o ponerse en huelga por la más suprema gilipollez que ni entienden ni nunca sabrán lo que significa (véase mayo del 68), fuman como cosacos cuando se les dice que el tabaco produce cáncer, veneran la marihuana, creen en todo pero no se convencen de nada, especialmente si se lo dice un adulto mayor de 25, se averguenzan de sí mismos pero llaman la atención todo lo que pueden, y tienen una fuerza que ni tú ni yo volveremos a rozar. Por eso matarán la lengua. Porque el futuro es suyo, aunque no lo quieran, porque la lengua es suya, aunque no sepan reproducirla, porque la vida les pertenece, aunque no hagan sino regalarla. Yo no viviré la desintegración total del idioma tal y como lo conocemos, no me queda tanta vida, pero sí veré su decadencia; del mismo modo que veré a los niños dejar de serlo y maldecir todas las cosas de las que ahora presumen. ¿Y qué es la vida sino pasarse la segunda mitad de la misma corrigiendo los errores de la primera mitad?