A finales de curso asumí el orgulloso reto de
escribir algo para la revista del instituto. Pero no quería regalar una crónica
tostón de una actividad escolar, ni criticar el organigrama con tanto erudito
cerca. Necesitaba un relato de ficción con un fondo cáustico que me sirviera
para rebelarme tímidamente frente al sistema y de paso vengarme mínimamente de
los taladros de mis alumnos. Taladros con un gran corazón, eso sí.
La responsabilidad era grande. No suelo
escribir para grandes audiencias. Y sigo sin hacerlo, porque a los pocos días
de presentar mi proyecto se me informó de que no era adecuado para el formato
elegido.
Liberado ya de obligaciones personales y de
responsabilidad civil, penal y académica, me dispongo a sacar a la luz mi
indecoroso e inapropiado canto a la violencia gratuita, que según me insinuaron
podía incitar a que más alumnos desequilibrados se presentaran en clase con la
ballesta cargada. ¿Y ustedes qué opinan? ¿Soy un horrible promotor de la sangre
y el macabrismo?
Asesinato en el aula 20
NOTA: Todos los personajes y
situaciones de este relato son ficticios. Cualquier parecido con la realidad es
pura coincidencia.
Ana Laguadaña acometió las escaleras del piso
superior más deprisa que de costumbre. No es que le entusiasmara irrumpir en su
clase de 2º D, pero los chillidos horrorizados de Violeta e Irene no
presagiaban nada bueno. ¿Qué sería esa vez: lluvia de borradores, sillas
colgadas del falso techo, puertas arrancadas de cuajo, guerras de desodorante
Axe contra mecheros, partidillos entre las patas de las mesas, obras de arte
laico en el encerado, rayujos de permanente en la pizarra digital, coca cola en
el ordenador?
La respuesta fue a un tiempo descorazonadora
y aliviante: el equipamiento resistía los avances de los alumnos; la puerta
tenía pomo y el proyector bombilla; Bubacarr no colgaba del fluorescente y
Alberto seguía teniendo brazos. Solo un pequeño detalle robaba la atención de
propios y extraños. Al fondo de la clase, crucificado sobre un curioso e
improvisado tótem de sillas cojas y mesas demacradas, Orlando Florida callaba
por última vez.
–¿Qué ha pasado? –preguntó Ana mientras calculaba
a cuántos partes equivalía el asesinato de Orlando.
–Estaba así, yo no he sido –dijo Jose Miguel
Tarradellas.
–¡Cállate! –le dijo Estevi Soldado.
Los tutorandos se enzarzaron en una de sus
típicas discusiones domésticas. Ana Laguadaña no tardó en desconectar. La clase
se llenó de foráneos: adolescentes morbosos y profesores afanados en disimular
su felicidad. Un forense de la policía apareció de la nada y determinó la causa
de la muerte: Orlando había sido obligado a hablar en inglés. Los alumnos,
incluso los más indolentes, mostraron su repulsa ante la inmensa crueldad del
desenlace. Matar a Florida podía ser algo comprensible, incluso terapéutico, pero no hacía falta
ensañarse hasta ese extremo.
El resto del día un halo de pesar inundó el IES
Aguas Bravas. Al fin y al cabo, había un asesino libre por el centro, y dada la
naturaleza morbosa y académica del homicidio, posiblemente fuera un profesor de
idioma. Las cámaras tampoco pudieron chivarse de nada, pues habían sido
convenientemente tapadas con chaquetas despreciadas en las perchas más
inhóspitas.
Pero la mañana despejó algunas dudas y trajo
otras. Cuando Lucía Cabello subió al aula de informática para chatear con
Esmeralda, la escena le borró las simpatías por las nuevas tecnologías para los
próximos ciento cincuenta años. Había cuatro sillas con reposabrazos, todas
ocupadas con cadáveres frescos y familiares como merluza del día. Fernando
Gamo, Iván Mataró, Daniel Rodrigo y Adrián Mejillón estaban atados al respaldo
con tortuosas correas de cuero. La mano derecha de cada fiambre se hallaba a
escasos milímetros del ratón mientras la pantalla destilaba trepidantes escenas
de Call of Duty 13, y los personajes
de los cuatro asesinados eran simbólicamente cosidos a balazos por otros
participantes allende la web.
Los rumores se dispararon más que las balas
virtuales y corrió el bulo de que Fernando, Iván, Daniel y Adrián habían
perecido a causa de una suerte de vudú telemático. Sin embargo, voces
autorizadas pronto desecharon semejante majadería. La autopsia del forense fue
clara: las víctimas habían fallecido de infarto natural, motivado seguramente
por la insoportable tensión traumática de no poder engancharse a la partida. Los
sospechosos cambiaban así de departamento.
Pero el día no acabó allí. A veces, cuando
las cosas parece que no pueden empeorar, aparece José Miguel Tarradellas y lo
estropea todo muriéndose sin pedir permiso. El zagal yacía sedente en una silla
de mala muerte; el rostro, desencajado; la boca, amordazada; las gafas, a medio
resbalar por la nariz; la expresión, una agonía indescriptible.
–¿De qué ha sido? –exclamó Ana con más
curiosidad que pena.
–La mordaza –aclaró el forense, un tanto
molesto porque aún no se había tomado el bocadillo.
–Ah, vale, ha muerto asfixiado.
–No, si respirar podía –explicó el médico–.
Ha fallecido por no poder hablar. El pañuelo le impedía articular palabra.
–Claro, y el pobre Josemi no ha podido
aguantar sin decir algo durante…
–Yo diría, por las marcas, que minuto y
medio, tal vez menos. Pobre chico, que silencio va a quedar ahora en clase.
–Bah, no se preocupe –le alivió Ana–. Lo
superaremos. Tengo repuestos en primero de ESO.
El timbre liberó a todos de sus tribulaciones
y la siesta transformó cualquier atisbo de sueño en horrible pesadilla. La
tarde vino tranquila y la noche salió por ahí hasta el amanecer. Juerguista que
es una.


















