El abismo infinito entre el
temario teórico y su desarrollo específico en el aula queda lejos de ser
salvado. La concreción parece imposible cuando se parte de supuestos ideales,
ingenuos, perfectos, ajenos a la realidad. En todo caso, bajo mi punto de
vista, es una barbaridad tener a los chicos sentados toda la mañana esperando que el hambre de conocimiento alimente su quietud e interés. Nadie
aguanta seis horas calentando sillas, día tras día, año tras año, con una
misión tan pesada: aprender escuchando, haciendo ecuaciones, asumiendo un rol
sumamente pasivo. Un supertostón.
En mis años jóvenes superé el
suplicio ilustrando cada foto de cada libro con dibujillos infumables y adornando las
portadas interiores con letras solemnes de himnos musicales de la época.
Aprender mientras un pavo suelta
su discurso memorizado hasta el tedio es una mala práctica. El proceso debe ser
mucho más activo, innovador, elástico.
Las matemáticas, por ejemplo,
debería estar prohibido usarlas sin fines tangibles. Y en consecuencia,
proponer enigmas que llegasen a alguna parte: mediar las notas de toda la
clase, repartir las perras de la porra del sábado pasado, distribuir datos para
utilizarlos después en el mundo real de una u otra manera; los idiomas deberían
emplearse como armas de diversión masiva, haciendo de la comunicación el único
objetivo en circunstancias amenas, dinámicas, cotidianas; la física sería
aplicada al momento de entenderse, en proyectos sencillos, prácticos, inmediatos,
con objetos en movimiento y fuerzas motrices; la lengua se plasmaría en planes
tangibles,
como editoriales periodísticas, colecciones de cuentos, búsqueda y
subsanación de errores en los rótulos televisivos y propagandísticos,
elaboración de letras de canciones, estrategias de comunicación y expansión de
la riqueza lingüística propia; la plástica crearía miles de obras de obligada
exposición en museos, paredes y espacios culturales, al igual que la música;
respecto a la tecnología, todo cuadro eléctrico y montaje tendría una
funcionalidad en sí más allá de su contenido propedéutico; la historia se
descubriría sobre el terreno, y la geografía a golpe de viaje.
Los niños saldrían al mundo y se
enfrentarían a él: haciendo la compra, cambiando pañales, cocinando,
realizando
procesos de selección de personal, pintando fachadas, leyendo periódicos,
analizando la composición de alimentos, interpretando decretos, calculando
distancias, diseñando productos…
realizando
procesos de selección de personal, pintando fachadas, leyendo periódicos,
analizando la composición de alimentos, interpretando decretos, calculando
distancias, diseñando productos…
Pero haría falta otra mentalidad,
profesores revolucionarios, ratios pequeñas y muchísima implicación dentro y fuera para
convertir a los pequeños en pequeños hombres.














