viernes, 12 de octubre de 2012

Cómo meterse en un buen fregado (1/2)

A veces ganan los buenos

Más Largo que un Día sin Pan se encasquetó aburrido los pantalones reglamentarios. A sus habituales pantorrillas ceñidas y la pernera tobillera a la altura de los gemelos se unió un nuevo diseño estúpido de cintura alta. A Largo le sobraba caja y le faltaba pierna. Vaya mierda de uniforme. Decidió abrocharse el cinturón por afuera de las hebillas del pantalón. De otro modo hubiera tenido que desenfundar levantando el codo hasta la altura de la cabeza. Largo quería despotricar contra el mundo pero Sota de Espadas irrumpió sin avisar en el vestuario para darle más argumentos para odiar al prójimo. Le arrojó unos informes al banco y le espetó que tenía trabajo, que estaba hasta los huevos de la cruzada de Largo contra el misterioso malvado en la puta sombra y que Ojos Almendrados de Elfo se quedaría en coma toda su puta vida.

Largo se abalanzó sobre ella con una agresividad nunca despertada en sus inyectados ojos de odio supremo, pero se topó con los fornidos brazos de un agente salido de la nada. Redujo a Día con una llave allen sucia y le empotró la cara en la taquilla de frío metal mientras Sota, convertida en una auténtica arpía, le gritaba con sadismo la docena de puros que le iba a meter. Cuando más furioso e indefenso estaba Largo, una orden seca y autoritaria cortó de sopetón el sermón de Sota de Espadas. Gordo pero que Manda más que el Rey apareció a tiempo para mandar a la inspectzorra fuera del vestuario masculino, no sin antes amenazarla con vehemencia sobre la posibilidad de encontrarse algún expediente abierto contra uno de los mejores agentes de a pie de Proteger y Servir.
Todavía tuvo ¿Qué coño miras?, el chulo, cuadrado y matón agente que sujetaba a Largo que aferrarse a la desesperación del larguirucho durante varios minutos antes de soltarlo. Mientras Día sin Pan se calmaba, Gordo le explicó que ¿Qué coño miras? era su nuevo compañero, que lo iba a espabilar a hostias y que tenían que investigar unos asesinatos y sabotajes en un piso del extrarradio.
¿Qué coño miras? era un auténtico armario empotrado. Un maca de cuidado, un chulapo madrileño inyectado en anabolizantes como para ganarle a Contador el tour de Francia saliendo de Murcia.  A su lado, Machote era el único que podría aguantarle una hostia, aunque Largo tenía sus dudas. ¿Qué coño miras? era provocador, arrogante, insoportablemente polémico, de los que te cruzaban la cara por respirar. De hecho, a Pan le pegó la cabeza al cristal del coche patrulla unas siete veces antes llegar al barrio de los accidentes, sólo por opinar.
El barrio de La Ratonera no se llamaba así por hacerle un homenaje a Rodrigo Rato. Más bien resumía el sinvivir de miles de vecinos ante el vivir de millones de roedores.
¿Qué coño miras? no se anduvo con tonterías. Sacó del maletero un bidón de suero de queso gruyere y lo esparció por las calles formando un reguero de olor. Sobre la marcha sacó otro contenedor, esta vez de pegamento instantáneo líquido, y lo vertió sobre el sendero de queso. Cuando volvió del coche patrulla ya eran bastantes los ratones y ratas adheridas al camino fermento-lácteo. Esta vez ¿Qué coño miras? portaba una lata bien gorda de gasolina. La vertió con una expresión inexpresiva sobre la pizza de queso, loctite y rata, y cuando acabó su topping observó que las cantidades de roedores atrapadas para la causa eran gigantescas. Sin decir una palabra se encendió un cigarrillo raspando una cerilla con la barba, y la arrojó encendida sobre el reguero de hambre que se agolpaba en el suelo. Las ratas prendieron con primor. Chillaban como si las estuvieran quemando a lo bonzo. Algunas conseguían consumir el pegamento de sus patas por efecto de la combustión y salían corriendo como bolas chillonas de fuego. El efecto sobre la noche estrellada era embelesador. Era como un toro de fuego pero con ratoncitos. Lo malo es que pronto se quemaban del todo y dejaban de moverse y de gritar.

sábado, 6 de octubre de 2012

La mierda de los niños

Yo, de verdad, que me perdonen todas las madres del mundo, pero… ¿es que no podéis hablar de otra cosa que no sea como cagan vuestros hijos? Que sí, que yo entiendo que los nenes son la mayor alegría del mundo, que le iluminan a uno el alma, tal vez por ver en ellos la pureza no corrupta de los adultos, o por volver a vivir con ellos la inocencia de las miles de primeras veces en todo. Vale. A mí también me entusiasman los criajos, su idiosincrasia y su felicidad primigenia. No pasan depresiones ni se estresan –en condiciones normales–. Es por eso, y por todo el entusiasmo que generan que uno pueda recrearse en sus pequeños avances como si fueran grandes saltos para la humanidad, o celebrar que el nene ha dicho “mamá” o “ajo”. Hasta aquí genial. Hasta perdono que hagas el gilipollas en plan bufón para arrancar a tu vástago una risa de más. Lo comprendo y hasta es posible que lo haga en mi turno. Lo que no haré, por muy predestinado que esté el cotarro, es celebrar los acontecimientos escatológicos de mi pequeña, recordad sus episodios más marrones, comentarlos como si hubiera ganado un óscar, porque a nadie le importa un carajo. Puede ser que me haga ilusión pregonar sus pequeñas victorias en un universo de derrotas, reproducirlas hasta aburrir a los oyentes que no se encuentren en una situación similar, que ya se encargarán los otros de interrumpirme y competir en audacia, simpatía, exceso o gracia con las aventuras de sus propios churumbeles, pero a Dios pongo por testigo que jamás describiré, ilustraré o pintaré las defecaciones de los míos, porque todo el mundo lo hace, y nunca es divertido. De verdad, mamás emocionadas, no lo hagáis, a nadie le gusta saber eso. Ocurren accidentes. Pues que ocurran. Igual que los sacáis de casa hechos un pincel, lo mismo podéis hacer con verbalizar sus desventuras. Tirar de la cadena de la mente antes de comenzar un viaje irrecuperable hacia la escatología. Os tendremos en mejor estima, y cuando veamos a vuestro angelito no pensaremos: “Mira, el del estucado volador.” Si alguien se ha sentido incomodado por esta declaración de principios, extrapolarlo a todas las mamás del nuevo milenio que viven porque sus hijos excretan. Seguro que me entendéis.

lunes, 1 de octubre de 2012

El último pecado

Que me perdone Yosi Domínguez por plagiar el título de una de las mejores canciones de Los Suaves para mi mundana reflexión, pero nada me parecía más certero que dicho epitafio para exponer mis propósitos.
La iglesia católica se ha despachado a gusto y a conciencia durante siglos de supremacía cultural, política y espiritual. Sobre sus hombros se acumulan legados patrimoniales de gran valor, equivocaciones imperdonables, buenas obras, abusos desmedidos e ingentes cantidades de caspa. Muchos de sus deslices han sido y serán descubiertos y denunciados durante venideros siglos de liberación teocéntrica, pero la de hoy no será una repulsa de abusos sexuales, excesos de poder o quema de brujas. Hoy les quiero hablar de una de las más horribles prácticas de la iglesia moderna: las adaptaciones musicales.
No hay peor castigo para un niño que crecer engañado, pensando que su padre terrorista es un héroe o que la familia que le abandonó no tenía más remedio. Del mismo modo, nunca escuchen Santo, santo, santo es el Señor con la beatlélica música de Help! por vez primera, o creerán durante años que los de Liverpool copiaron a los maestros religiosos. Es muy duro descubrir que la versión era lo que parecía original. Del mismo modo, jamás se ha cometido mayor atrocidad sobre The sound of Silence de Paul Simon y Art Garfunkel que convertir la excelencia musical de sus acordes en el Padrenuestro tú que estás en lo que aman la verdad. ¡Qué cabrones! Por mucho que escuche esa melodía, siempre será una canción de misa. Me han hundido la vida y no tenían derecho. Putos colegios de curas.
Mi último varapalo músico-religioso –que supongo que habrá más, pero mi mente los ha olvidado deliberadamente–, se reveló a mi ignorancia hará unos años. No he vuelto a ser el mismo. Debo reconocer que Pescador de Hombres y Saber que vendrás eran piezas que me gustaban, incluso alegraban la tortura dominical, amén de preludiar el final de la eterna ceremonia religiosa. Descubrir que la última no era sino el Blowin’ in the wind de Bob Dylan resultó un golpe demasiado doloroso. Bueno está perder la fe en Dios, lo terrible es perder la fe en la música.
Por todo eso, les aconsejo. Si pueden evitarlo, no vayan a colegios de curas. Los niños son gilipollas o los vuelven. Mírenme a mí. Además, les inyectarán música por las orejas y cuando descubran la verdad ya será tarde. Cuando a uno le dicen que su hijo del alma no es suyo, sino un cambiazo de cuna, poco se puede hacer. Vayan ustedes ahora a decirle a Mowgli o a Tarzán que sus padres no son lobos ni monos, sino esos seres mucho más salvajes que fingen en la civilización.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Salir de marcha


Soy un hedonista de la psique bajo los efectos de las sustancias y sus revelaciones oníricas y alucinatorias. Vivo en un mundo que trasciende las convenciones de éste.
 
Curioso mundo el mío. No acaba de amanecer que los muchachos surgen como boletus de los más insospechados rincones de la orografía urbana. Visten sus trapitos con presunción, fuman más hacia fuera que hacia dentro, y completan sus extraños rituales con bolsas de supermercado repletas de cristal y grados de alcohol. Pueden estar todo el día emborrachando césped y granito en cualquier esquina acogedora para la reunión, pero en cuanto el sol se estira, naranjea y filtra entre cortinajes nubosos, cuando el crepúsculo acecha y el azul cielo se vuelve rosa, naranja, gris, añil, marino o negro, entonces desaparecen impelidos de una fuerza desconocida. No se sale por la noche. No mola, no tiene gracia, pierde el encanto. Nadie lo hace. Sólo queda acurrucarse en la desesperación y esperar una nueva y alcoholizada madrugada.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Cómo ser odiado a muerte

Evidentemente, si un sujeto quiere revestir su ego de improperios variados, de animadversiones extremas, de inquina en exceso, las técnicas son generosas. Puede ir por ahí pinchando a la peña con un tenedor de trinchar, rayar con cutter la carrocería de los coches recién estrenados, echar loctite en el líquido de lentillas, adelantar en un atasco por el carril de aceleración o empezar la tortilla de patata por el centro.
En esta ocasión me refiero a técnicas más sutiles que aparcar en el carril bici o tirar colillas encendidas a los carros de bebé. Estoy hablando de soberbia.
No hay pecado más imperdonable, ni falta más inexcusable, que la prepotencia. Todo lo demás puede hacerse sin querer o por enfermedad, poseído de oscuras fuerzas malignas o alienado por la más absoluta desesperación. La altivez no. El que es un chulo es un chulo. No son las gafas de sol ni la destreza de serie. Lo que hace odioso al prepotente es la actitud. Porque uno puede manejar el carro con una pericia fernandoalonesca, pero las derrapadas salvajes, el chumba-chumba con las ventanas bien abiertas y los neones azules y hortericas, –que a mí me molan, pero parecen los reclamos de un puticlub– son unos extras absolutamente innecesarios. Y es curioso, cuando el nini va con el buga a todo trapo y la máxima FM a reventar bafles, el tío está convencido de que es guay y que el vulgo le observa admirado de su supermúsica, de sus lijadas agresivas y de sus tuneados imposibles, mientras los espectadores piensan que es un gilipollas integral, que molesta con sus accesorios chonis e incomoda con su pose desfasada. No cuesta odiarlo. Si tuviéramos un precipicio a mano no nos importaría darle un empujoncito hacia la gloria.
Pero este pavo al fin y al cabo no es sino un desgraciado con problemas de madurez adolescente. Nada que ver con el estupendo. Éste no tiene abuela, y no es que su cosmovisión difiera de la del resto del mundo, es que el astro rey de la galaxia es él y sus circunstancias. El estupendo suele hacer las cosas bien y podría llegar a ser maravilloso, de manera objetiva, pero sus intentos por salir en todas las fotos, ser el muerto en los entierros, la novia en las bodas, el feto en los partos y el alma en las fiestas le hacen sumamente odioso, mucho más que el sujeto anterior. No hace falta ganar siempre, ni decir la última palabra. Cada ser inferior tiene sus propias inquietudes, sus pequeños universos vitales. No se puede brillar en las órbitas ajenas, al menos, no en todas. El prepotente estupendo tiene un problema serio. Tal vez tenga razón, incluso toda la razón. Pero no se puede soltar con tanta soberbia. Es mejor borrar esa sonrisa condescendiente cuando se afirma que uno ya ha pasado por ahí. A nadie le gusta que se acompañe la superioridad con una mueca triunfalista de conmiseración. Cuando se farda es mejor mantener el gesto grave, como si no te hiciera gracia superar al otro, como si ganaras por obligación y no por vicio.
La tercera opción para acumular ingentes enemigos es ser Cristiano Ronaldo. No hay deportista más odiado ni con mayor registro de méritos para ello. Así de primeras el chico tiene unos problemas de autoestima tremendos. Imagino que ser querido, venerado, glorificado y deificado hasta la redundancia debe alterar el sistema inmunosociológico, pero de allí a autoatribuírse propiedades divinas y facultades insondables hay un peligroso trecho. Este chico es buen deportista, tiene motivación y disfruta jugando. Ya. No hay más. No es un ser terriblemente guapo, no es un futbolista excepcional, y aunque sea francamente rico, es engañosamente desgraciado. Cuando a uno le dicen seis mil veces al día que es increíble acaba por creérselo, comienza a flotar en una nube de irrealidad y a flotar por encima de las miserias ajenas. Todo en este muchacho es odioso, pero la culpa es nuestra. Teníamos que haberle dado dos hostias cada vez que metía un gol. Desde luego cuando habla sube el pan. Habría que hacerle un bozal tan grande como a la difunta Esperanza, Almodóvar o al ministro Wert. Lo cierto es que si el portugués tuviera que tragar orgullo se moriría de un torzón. Tal vez es mejor sentirse un gusano feliz que un pavo real insatisfecho. ¿De qué sirve tenerlo todo si no te alegra el alma, mi querido ególatra?  

lunes, 10 de septiembre de 2012

Ése es el problema

Hace pocos días aparecía un político quejándose de que con sus 5100 euros no le daba, y las reacciones populares –que no del PP– oscilaban desde el que se indignaba civilizadamente hasta el que, entre insultos legítimos, pedía quemar en la hoguera al desagradecido privilegiado. El nota, sin embargo, no citó semejantes exabruptos como medida de provocación o refinado cinismo. El pavo hablaba en serio. De poco valió que se disculpara públicamente o que intentara aducir miles de gastos de dos costosas viviendas, la peña ya estaba picada.

Este tipo de episodios denuncian, más allá de que habitamos una sociedad tremendamente descompensada, que cada estrato social es absolutamente ajeno y desconocedor de las circunstancias de las demás capas, tanto superiores como inferiores. Uno tiene la vida que tiene, con sus ventajas y privilegios o sus estrecheces e inmundicias. Si no le abren los ojos, el diputado seguirá pensando que el Gobierno le ha jodido porque en lugar de 6000 cobra 5000. Y lo que es peor, ciego ante la perspectiva, mirará al pobre con recelo porque a ése sólo le han quitado 10 euros mientras a él le sangran 1000. Para el amigo político gallego, con su mundo irreal flotando en una burbuja de protección, efectivamente le han hecho una putada muy gorda, y sólo cuando le cuentan lo que de verdad cobra un parado, o una familia entera malviviendo de un AIF, o un mileurista con cinco hijos, sólo entonces se percata de que más le vale cerrar la boca y rezar para que los hambrientos no le asalten la casa y se atrincheren en la nevera.
Vivimos en la sociedad de la información, y eso es muy peligroso. Más que nada porque los medios filtran lo que quieren, y lo mismo demonizan a ciertas profesiones –profesores, controladores, funcionarios– que protegen anonimando a otras –políticos, altos ejecutivos, futbolistas, banqueros–. Nunca la verdad ha sido tan mentirosa, porque lo mismo nos cuentan la infidelidad del vecino que ocultan la pederastia del portero, por amiguismo, afinidad o enrevesados resortes que no alcanzo a comprender. Yo estoy seguro que la mitad de los blindados de este país no son conscientes de cómo lo están pasando la mayoría de inmigrantes y una buena parte de los nativos, y que la otra parte de los ricachos están rezando mientras se frotan la manos para que no nos demos cuenta de cómo viven, porque el día que nos cosquemos, y ojalá ese día llegue, quemaremos el parlamento, saquearemos sus mansiones y los pasaremos por la guillotina. ¿Les parece excesivo? ¿Y que piensan que nos están haciendo ellos civilizadamente?