martes, 10 de julio de 2012

La fuga, Pereza, Marea y Despistaos

El arte no puede ser copiado; al menos gratis.

Aquella tarde la biblioteca triplicaba sus usuarios. A la habitual comparecencia de Patricio Márquez devorando las enciclopedias de “Peces del Sáhara” y “Cebras codificadas” se unían Princesa Disney y Pincho Moruno. Los dos reclusos intercambiaban información ante el inusual silencio del ex-agente de la $GA€.

–La fuga será hoy –dijo Princesa.
–¿Hoy? ¡Qué pereza! –replicó Pincho–. ¿No puede ser mañana?
–No. Ha de ser hoy. El cuadrante dice que el cambio de turnos nos favorece, porque echan partido de la Eurocopa y no mirarán los monitores.
–Tanto fútbol marea.
–Sí, pero gracias a eso los guardias estarán despistaos.
–¿Cómo lo hacemos? ¿Usamos el túnel tras el póster de Rita Hayworth?
–¡Qué dices! ¿Con Márquez aquí? No pienso. Nos acusaría de plagio a “Cadena Perpetua”.
–Matamos a un par de presos y nos cambiamos por sus cadáveres para que nos saquen en el coche forense.
–Ni hablar, Pincho Moruno. Eso ya salió en “El conde de Montecristo”. La $GA€ nos fundiría otra vez.
–¿Tirolina por encina del muro?
– “Tango y Cash”.
–¿Huida en moto?
– “La gran escapada”.
–¿Vuelo en globo?
– “Superman II”.
–Me rindo, Princesa Disney.
–Yo no.

Princesa Disney y Pincho Moruno alcanzan el patio sin dificultad. Sobre el grueso muro de 3 metros de grosor vierten dos ácidos inofensivos por separado pero altamente corrosivos mezclados. Pincho orina certero sobre las piedras y Princesa echa Coca-cola en el mismo punto. El muro se derrite como si fuera de hielo. En pocos segundos corretean como galgos o podencos por los prados alcalá-mekenses.
No consiguen recordar cuántas horas llevan escapando, pero deciden parar. Han llegado a un polígono industrial y están a salvo. De repente, unos zapatos negros impecables acaban unas piernas infinitas entre las cuales se recorta su sorpresa y asombro. Los han encontrado. Ante ellos, Patricio Márquez, inmaculadamente trajeado, saca la libreta de multas que lleva siempre en el bolsillo de la chaqueta.

–Habéis cometido un delito contra la propiedad intelectual, Princesa Moruno.
–No me jodas, Márquez. Nos hemos fugado de manera original.
–Cierto, buitre –añade Pincho–. No hemos cometido plagio alguno en la fuga.
–Ahí está el problema. Durante vuestra conversación, ésa que deliberadamente habéis trazado en mi presencia, habéis empleado los términos “la fuga, pereza, marea y despistaos”. Debéis saber que son los nombres de cuatro grupos punteros de rock urbano. Y todos están registrados. No podéis usarlos en vuestras fug… evasiones. Son 180 euros.
–No me fastidies, Márquez.
–Cada uno, Princesa Disney.
–Oye, Márquez –inquiere Pincho derrotado.
–Dime, Pincho Disney.
–¿Cómo cojones lo has hecho para fugarte tras nosotros, cambiarte el uniforme prisión por el smoking y encontrarnos?

Patricio Márquez no respondió. Se limitó a recaudar los pecunios de la $GA€ y a marcharse con el sol recortado sobre su sombrero elegante aunque pasado de moda. Por su cabeza solo chapoteaban los “Sapos de cuento” y las “Ranas con pelo” que se iba a meter entre córnea y cristalino esa noche. La primera en casa en meses. Aunque tal vez se buscase un cuchitril. Ahora era un fuera de la ley. Hasta que pudiera probar su inocencia, sería mejor defender a la $GA€ desde el otro lado. El arte no podía ser copiado; al menos gratis.

miércoles, 4 de julio de 2012

El opio del pueblo

No pasa nada si el copago sanitario empieza por el sintrom y acaba por las consultas de atención primaria a 100 euros. Tenemos a La roja reventando el fútbol europeo. Si los jubilados cobran pensiones de 450 euros para pasar el mes, seguro que Iniesta dona sus 300.000 euros para llevarles Kalise para todos. Los bancos se van al garete y sus dirigentes se despiden a golpe de talonario –yo también quiero quedarme en el paro así, cobrando una obscenidad de millones–. Pero no problem. El tiki-taka no se acaba. La destrucción de empleo ya es masiva, contagiosa y con graves efectos secundarios. Menos mal que hemos ganado la Eurocopa. Te quitan el piso, gol de Torres. Te echan de tu puesto, paradón de Iker. Nos rescata Alemania, eliminamos a sus verdugos. Treinta adolescentes en una clase, Arbeloa corriendo la banda. Sube el ibi, la gasolina y el IRPF, regate de Silva, centro de Navas y remate de Llorente. España se va a la mierda, la selección toca la gloria.
No tengo nada especialmente en contra de los futbolistas profesionales. Contribuyo a su enriquecimiento personal tragándome los anuncios de la tele pre y post deportes y los comerciales del Marca, paradigma de la objetividad futbolística –el periódico, no la publicidad. Me gusta el fútbol y dos veces al día me detengo frente al escaparate balompédico. Pero ya. Me siguen pareciendo unos millonarios privilegiados y endiosados. Gente que acaba grillada cuando se apagan los aplausos, y en muchos casos, arruinados de tanto malgastar. Personalmente opino que hay gente mucho más heroica a la que admirar: un bombero, un profesor, una enfermera, un ama de casa trabajadora… Tampoco considero a los jugadores culpables de nada. Si el vulgo paga, ¿por qué quitar la mano del grifo de oro? El rollo este es un negocio millonario, un circo romano lleno de gladiadores patricios, y quien genera las perras son los que trabajan en pantalón corto y medias de algodón.
Pero hay cosas que no comprendo. No entiendo que un atajo de frikis se chupen 29 horas de autobús para animar a la roja. Pero, ¿estáis gilipollas o es que os sobra el tiempo y el dinero? No me jodas. No puedes tener suficiente pasta para semejante periplo. O si la tienes, deberías estar trabajando. Sólo queda una posibilidad. Has ahorrado todo el puto año para jalear el nombre de tus ídolos durante 93 minutos. Te has gastado las vacaciones de verano para semejante atrocidad y para colmo no has dormido una mierda. Y aún estarás feliz. No tengo nada más que decir. Si gente como tú hace de este deporte lucrativo su vida, nos tenemos bien merecido irnos al fondo del baúl económico mundial.
No puede ser. Tiene que ser que mucha gente va sobrada de guita. La opción anterior no me entra en la mollera. Me parece inverosímil. Y así nos va la historia. Mientras retrocedemos sesenta años en el tiempo en calidad de vida, en políticas sociales, en condiciones laborales, en derechos irrenunciables, en excelencia educativa, en atención médica, etc, la plebe se consuela con los cuatro pepinos que les hemos metido a los italianos. Parece como si en tiempos de máxima tristeza estas pequeñas victorias nos rociasen con un revitalizante suero de la esperanza y todos nos sintiéramos vencedores, por un instante, por un suspiro, gritando al viento que estamos en la cima del mundo. Pero qué coño me estás contando. Sois unos putos cobardes. No sois España. No habéis empujado esos balones. Esos once ninis con elástica colorada no os representan. Os dirán que son la furia española y que llevan el sentir de un pueblo, el carácter y la raza de un país. Y una mierda. No representan nada. No saben lo que es sufrir ni lo sabrán nunca. Son futbolistas de élite. Nada más. Once tipos que son los mejores en su trabajo. Conozco mucha gente que son los mejores en su trabajo y no les pagan un carajo, ni corean sus nombres, ni ruedan anuncios regalando helados. Incluso los echan por haber llegado los últimos. No, los peloteros no tienen la culpa de nada. No se merecen la admiración popular, pero tampoco son culpables de su suerte, sólo beneficiarios. Los malos son los de a pie, los que pierden el culo por endiosarles, los que prefieren que España gane la Eurocopa a encontrar trabajo. Los que se suben a un carro ganador del que nunca han tirado. Aquellos que chupan la épica de otros porque son incapaces de hacer algo heroico por sí mismos. Perdedores que quieren salir en la foto, que alimentan las victorias de otros pensando que así también ganan ellos. Sólo es fútbol. El opio del pueblo, la diversión zafia que os obceca y nubla la vista frente a los verdaderos problemas, esos que no vais a solucionar, pero que seguiremos sufriendo: el hambre, la injusticia, la corrupción, la falta de oportunidades, el odio, el futuro criogenizado, la desigualdad, la enfermedad, las drogas.  
Mientras celebramos nuestras victorias de paja se nos quema el cobertizo. El país arrastra una de las situaciones más difíciles de los últimos muchos años. Yo no veo que esta felicidad pasajera nos ayude en nada. No siento que este chute de lirismo mítico,  de machada legendaria nos insufle ración y media de coraje, de inyección monetaria, de creación de empleo estable. Sólo invita a un rol pasivo, a contemplar una película donde ganan los buenos, a sentirnos parte de algo muy grande, a aplaudir los malabarismos de las focas mientras seguimos siendo nadie en nuestro asiento de tercera fila. Hacer de este espectáculo una pasión es una manera fácil de evadirse, de escapar de un inevitable abrazo con nuestro destino al que, con un poco más de clarividencia y esfuerzo, podríamos retorcer a nuestra conveniencia. El fútbol debería inspirarnos para afrontar nuestros propios partidos con humildad y trabajo. En lugar de eso, tan sólo fomenta el botellón y el espíritu lúdico-festivo. Vivir el sueño de otro y brindar por él. Vaya una tristeza de vida.  

viernes, 29 de junio de 2012

Un adiós no retornable (2/2)


–Hermanos, estamos aquí reunidos… –comenzó Flog con cachondeo.
–Joder, papá –replicó Magger con sequedad– que esto no tiene gracia.
–Claro, Floggie –añadió su madre–, que te estás… eso.
–¿Muriendo? –completó él con decisión–. Ya no. No tengo cáncer.
–Pero, pero, Floggete –completo Digger, su padre–, que te estabas yendo.
–Pues se han colado. Era apendicitis y ya me han intervenido con éxito. No tengo nada.
–Aah… pues qué bien –argumentó Trigger sin mucho entusiasmo.
–Sí, tío, es guay –continuó su sobrino Blogger.
–Pero, entonces… ¿ya no te vas a morir en breve? –incidió su esposa Glagger visiblemente descolocada.
No –resumió Flogger con un gesto inequívoco de as en la manga–. Los médicos confundieron una peritonitis con un cáncer de páncreas. En dos días me dan el alta.
–Pero no puede ser –razonó Sagger–. Estabas desahuciado.
–Bueno, pues ya no lo estoy.
–Es que no se puede estar muriendo y luego volver a casa en dos días, tío Flog –justificó su sobrino Hogger–. Nos hemos estado preparando para esto mucho tiempo. Ahora no se puede volver atrás y ancha es Castilla.
–Pero, ¿no os alegráis de que viva? –Flogger estaba alucinando en blanco y negro con topos psicodélicos.
–Sí, sí –intentaba autoconvencerse su hija Magger, sin mucha credibilidad–, es que no contábamos con esto.
–Pues no, mira, hijo, para qué te vamos a engañar –cortó Digger abruptamente–. Nos dio mucha pena que te fueras a morir, pero uno llega y se acostumbra. Y nos pareció todo muy precipitado. ¡Es que estabas terminal! ¿Tú sabes lo que hemos tenido que prepararnos para despedirte, lo duro que ha sido?
–Joder, papá, pero te piensas que para mí no ha sid…
–¡Shhhhhhhhhhhhh! Floggie, te he dicho mil veces que no interrumpas. Estaba hablando yo y tú te callas, ¿de acuerdo?
–Sííííí –respondió Flogger con desgana y pesadez.
–Bien, te decía que no puedes pretender que después de estar con un pie y medio en el otro barrio ahora vuelvas aquí y nos parezca a todos estupendo. Hijo, uno se prepara para despedir a alguien, le da mucha pena y lo cierra como buenamente puede. Lo que no puedes hacer es, de buenas a primeras, decidir que no te mueres porque era otra cosa.
–Joder, papá –Flogger estaba flipando– que no lo he decidido yo, ¿eh?
–Decía, Floggie, y no vuelvas a interrumpirme, que ya te lo he dicho antes, que es muy difícil guardarle luto a alguien y que luego no se muera. No es serio. Para nosotros está siendo muy incómodo. Has jugado con nuestros sentimientos y eso es muy grave.
–Yo lo flipo, oye.
–Pero hombre, Flog, trata de comprender. Que nosotros nos habíamos preparado ya. Ahora no te quedes.
–¿Qué me estás diciendo, Pegger, que me suicide para contentar a vuestras almas?
–Hombre, Flog, dicho así…–expresó Pegger–. Yo soy más de buscar una solución más reconfortante para todos. ¿Por qué no te marchas a Australia?
–¿Australia? –Flogger no daba crédito.
–Sí –aseveró Digger–, ahí no te conocen. No tendrías que dar explicaciones de tu no muerte. Y tienen canguros.
–“Y tienen canguros” –se burló Flogger–. Serás malnacido.
–Venga, tío Floggie –pidió Blogger–, piensa en la familia.
–Todos te lloraríamos eternamente –añadió Trigger.
–Y te echaríamos de menos un tacote –completó Magger.
–Vale pues –accedió Flogger sin mucha convicción.

Y así “murió” Flogger para su enlutada familia. El shock fue grande y poco digerible, pero hicieron un sobreesfuerzo para superar el mal trago. Le hicieron misas todos los 7 de cada mes, y en cada pequeña rutina su memoria se hacía anécdota, episodio o anhelo frustrado. Sin duda era un ser maravilloso. Qué injusta era a veces la vida, llevándose a los mejores de nuestro lado. Menos mal que los Nogger eran un clan sufrido y acostumbrado al pesar, y en pocos meses se recuperaron de tan dolorosa pérdida.
Flogger Nogger volvió a la vida en la gran pradera australiana. Dormía al raso y desayunaba mosquitos. Su tez se tornó trigo y sus ojos cambiaron de mirada. Se puede decir que en la claustrofóbica inmensidad aborigen era feliz. Sin embargo, cuentan los más viejos del lugar que en las noches de luna nueva a menudo lo han visto sentado en la rama de un árbol, mirando al cielo y musitando entre dientes: “¡Qué cabrones, qué cabrones!”.

miércoles, 27 de junio de 2012

Un adiós no retornable (1/2)

Flogger respiró destartalado. Los andamiajes de cables y tubos por donde surtían fluidos y reverberaba una torpona respiración asistida le conferían una siniestra apariencia a caballo entre piloto de cazas y casco de Darth Vader. No le importaba un carajo. Se moría. Era un hecho incontestable. Lo único que lamentaba es que no le quitaran las cañerías del morro para poder despacharse a gusto con amiguísimos y parentela variopinta. Le apetecía rajar sin parar, soltar burradas una tras otra hasta incomodar a los comensales de rapiña que, toda vez que no dejaba pertenencia alguna, se disponían a descargar sus almas de todo residuo de culpabilidad. Esperaba poder desatar la lengua unos minutos impagables, vomitando ironía y humor negro. ¿Acaso hay algo mejor que los chistes fúnebres en el umbral del deceso? ¿Puede alguien rebatir a un moribundo guasón, que prefiere joder a los vivos antes que saludar a los muertos? ¿Quién podía tener autoridad moral para mandarlo al carajo ahora que se iba al otro barrio? Todo esto le divertía, o eso pretendía fingir para no asumir el hecho de que le sisaban cinco lustros de amaneceres, comilonas y puros con copazo jugando al guiñote. Le habían robado gran parte de la vejez y abundantes ingestas de vicio, y no podía adivinar si le reventaba más adolecer de la primera o no poder malgastar las segundas. La vida era una mierda, pero la muerte todavía hedía más. 
Así las piezas sobre el tablero, sin damas ni torres y a una casilla del jaque definitivo, Flogger se preguntaba machaconamente qué suerte de extraño cáncer podía haberle atacado con apariencia tan liviana y resultados tan devastadores. Sólo unas semanas previas a su hospitalización había notado una aguda punzada en el vientre. Ingresó de urgencia con un pronóstico de apendicitis amenazando el peritoneo, pero el apéndice no tenía hinchazón alguna. Era un tumor en el páncreas de los que no perdonan. Ni siquiera se les ocurría intentar nada. Abrieron, contemplaron y cerraron. Tan sólo corticoides y gracias. No se les ocurrió engañarle. No podían esperar al último momento porque ya estaban en él. Lo único que le quedaba a Flog era despedirse de los suyos escalonadamente, en una de esas clasificaciones por orden de cercanía que tanto gustan en los preámbulos de un largo viaje, y aunque cambiaran el crucero por la barca de Caronte, el protocolo no parecía variar demasiado.
Ya molestaban bastante las vísceras pese al camuflaje de jeringazos de a litro, y Flogger percibía que se acababan las estaciones. Calculaba dos o tres días, y no le quedaban sino unos pocos amigos de corazón y parientes de sangre por despachar. Sin embargo, ante el incipiente incremento del malestar interior pensó en dejarse de peliculeros epitafios, cerrar la convención de un plumazo y poder retorcerse a gusto. Qué menos que poder gritar y morir con dignidad ante una enfermera gorda con la mente puesta en la cena de sus niños en lugar de compadecerle cariacontecidamente como harían sus padres, hermanos y amigos. 
Pero no pudo cumplir sus previsiones. El dolor se clavó en el bajovientre con tanta saña que tuvo que mirarse si no le estaban rajando con el cuchillo romo del vecino diabético, que se supone que debe incordiar mucho más que un buen filo puntiagudo y de fácil trinchado. Tanto grito activó al cirujano de guardia que decidió operarle de urgencia. Pero los vericuetos de Flogger no albergaban tumor alguno, y era la descartada peritonitis la que se abría paso entre las entrañas del paciente. Un tijeretazo a tiempo lo salvó a escasos milímetros de la laguna Estigia donde el barquero ya le mecía refunfuñando por la ausencia de moneda en la lengua para pagar el servicio de transporte al más allá.
La enfermedad terminal quedó pues en un susto mayúsculo, pero Flogger insistió a los doctores que era él quién quería anunciar la buena nueva a sus allegados. Los convocó a todos y comenzó su sentida alocución.

viernes, 15 de junio de 2012

El huerto de melones


No recuerdo bien si alguna vez les he hablado de mi trabajo. Soy un campesino sin tierra, un labrador sin campo. Trabajo el terruño de otros a cambio de un puñado de euros. No soy Lobezno, pero soy bueno en mi trabajo.
Este año me dieron la opción de recolectar en el mismo campo, pero se quedaron mis pimientos. “Demasiado lustrosos para ti”, parecían decirme. En su lugar me responsabilizaron de un terruño de sandías y otro de nabos, y el melonar del curso pasado, este último como capataz.
La crisis llegó a la agricultura y me endosaron los pimientos verdes del antaño pasado, me mezclaron los melones galia con los tendral, plantaron patatas en un rincón, judías en otra esquina… hasta lechugas. Mi huerto parecía la ONU de la siembra. El resultado prometía ser nefasto: melones piel de sapo super pero de mal color, amarillos que no crecían, crenshaw que no tenían sabor, las patatas por lo bajo, las judías que se estropeaban, las lechugas que no acababan de hojear, los pimientos chiles y jalapeños que no agarraban con tanto melón… Un caos vegetal.
Yo cogía el azadón con voluntad, pero estos melones no eran los pimientos de la otra temporada. Los mimos se ahogaban entre el follaje, el agua de riego se evaporaba antes de llegar a tierra, los cuidados de ayer no servían para las frutas de ahora. Y entonces lo vi: estos melones nunca serían como aquellas hortalizas. Necesitaban otro tipo de cultivo; el surco, más gordo; la siembra, más profunda; el azadón, más agresivo; los cuidados, más intensos pero menos aparentes. Este huerto me enseñó a cambiar, a regar diferente, a prevalecer sobre su anarquía a la hora de echar raíces. Y yo me afané en que agarrasen, en que crecieran en silencio, en que compartieran fertilizantes, pese a que no todos eran buenos.
La temporada ha acabado. Estoy derrengado pero satisfecho. Hemos vertido agua hasta consumirla. Después sudor, lágrimas y sangre. Cualquier cosa antes que la deshidratación y el reseco. Ha funcionado. Mis melones se han vuelto gordos y lustrosos. Ya lo eran, pero corrían riesgo de tener mal sabor. Ahora sé que muchos serán dulces y jugosos. Y los pimientos. Tendrían que verlos. Han cogido un color espectacular. Las lechugas han crecido bien y mal, según el caso. Las patatas no son todo lo gordas que quisiéramos, pero confiamos en que nos las compren. Las judías se las llevaron para abono, pero de eso hace mucho tiempo. Este huerto no era para ellas.
En dos semanas cojo los aperos y me marcho. Ya sé que no habrá retorno esta vez. Y no sé que será de mis melones, pero sé que este año han crecido como se esperaba. Quizá el huerto era más bonito el año pasado, pero con este he aprendido mucho más. Ahora hago malabares con la azada, y soy capaz de regar haciendo el pino. Después de todo, sembrar es mucho más que verter agua.

sábado, 9 de junio de 2012

Penny, Penny, Penny.


Big bang es la serie de moda. Y las modas como los pantalones piratas, los yo-yos y las Papá Levante acaban por agotarse. Las aventuras de Sheldon, Leonard, Penny, Raj y Howard, sin embargo, todavía gozan de buena salud, y van ya por la quinta entrega.
La sitcom americana tiene una buena suma de elementos ganadores: un reparto excelente, diálogos muy trabajados, frikismo en tarro industrial, sheldo-lecciones para todos los públicos y guiños infinitos a la cultura pop, los cómics, los juegos de rol, las pelis de culto espacial, las videoconsolas, la vida universitaria, las relaciones sociales y otros topicazos de la raza geek. Todo lo anterior, en permanente colisión con el mundo cotidiano de Penny, mucho más limitado en la teoría pero infinitamente más exuberante en la práctica.
The Big Bang Theory ofrece consuelo y abrigo a todos. El científico cuadriculado con escasas habilidades sociales y un tremendo complejo de inferioridad en su esforzado intento por encajar en un mundo que le viene grande, que esconde sus defectos físicos como la cortedad de estatura o la miopía bajo unas gruesas gafas, podrá verse reflejado en el doctor en física aplicada Leonard Hofstadter, sin duda el arquetipo de geek por antonomasia. En cambio, si se trata de un elemento desfasado, salido y necesitado, absoluto desconocedor del abismo entre su yo real y su yo ideal, un sujeto constreñido por sus pulsiones sexuales y un equivocado autoconcepto, evidentemente sobrevalorado en su imagen de gigoló, entonces su hombre es el ingeniero Howard Wolowitz. Para los hombres tiernos, moñas, con ganas de agradar y de ser aceptados, acomplejados por el sexo opuesto, por diferencias culturales, linguísticas, incluso con una marcada patriofobia, el modelo es el doctor en astrofísica Rajesh Koothrappali, un osito con mutismo selectivo que le impide hablar en presencia de mujeres. Pero si el telespectador adolece de sentimientos empáticos, no está interesado en relacionarse, en entender el mundo emocional, no comprende los dobles sentidos, la espontaneidad o el desorden, y además es un cerebrito mucho más consciente de cómo funciona el mundo que de vivir en él, su ídolo será el superdotado doctor en física teórica Sheldon Cooper. Para todos los demás, los normales, está Penny.
Big Bang se sustenta en una convincente red de entramados emocionales entre cinco amigos, todos ellos diferentes entre sí y opuestos a todos los demás. Penny es una aspirante a actriz con limitados talentos artísticos e intelectuales. Representa al americano medio enfrascado en sueños inconclusos y probablemente de difícil realización. Sin embargo, es capaz de sobreponerse a sus frustraciones y seguir luchando por sus proyectos mientras siente, vive y respira en un mundo real. En cierto modo, es superior a todos los frikis de la puerta de enfrente. Sus problemas cotidianos son los de toda la gente corriente, su vida amorosa es una montaña rusa en un parque de atracciones, se organiza mal el dinero, tiene la casa en estado caótico, se pirra por los zapatos y no comprende la mitad de las cosas que dicen los científicos geek. Pero es capaz de consolarlos, afrontar situaciones incómodas con determinación, sencillez y toneladas de sentido común. Penny es la escuela de la vida, y aquí tiene muchos más doctorados que los otros cuatro.
Raj defiende el arquetipo del extranjero exótico, simpático, a menudo servil, con un acusado complejo de inferioridad nacional respecto a los estadounidenses. Si ya los ingleses se sienten a veces en desventaja con los americanos, qué esperar de una subcontrata commonwealthesca, de un país de joven emancipación británica. La situación de Raj, sin embargo, encierra aparentes contrastes. En una India de escaseces e inanición, rechaza la gastronomía hindú. En su país es un ciudadano de clase alta donde la pobreza y la superpoblación son masivas. En Pasadena es un científico asiático en busca de una oportunidad que su país no le puede ofrecer. En cierto modo es un erasmus de la vida. Por eso Raj es el modelo para los millones de inmigrantes sin recursos en la tierra de los sueños. Su status de superioridad lo confiere su indudable atractivo exótico, una personalidad tímida, su ternura inocente y unos ingentes conocimientos de astronomía. Pese a su contundente éxito con las mujeres, Raj se cayó de pequeño en la marmita de mutismo selectivo. No lo ibas a tener tan fácil, Rajesh.
Leonard abandera a los geeks con sentido del ridículo. Son los más conscientes de “su rareza” y los que más sufren por ello. De los cuatro es el que menos confía en sí mismo, el que más complejos acumula. Es bajito, usa gafas, no soporta la lactosa y no parece muy seguro cuando asevera algo, pese a que suele ser el más certero, corrigiendo a menudo a la mismísima Penny. Una infancia difícil y las eternas comparaciones con los inteligentísimos miembros de su familia le han hecho frágil y quebradizo. Pese a ello, su sentido común pone coherencia donde sólo hay orden lógico. De carácter suave y con una paciencia infinita, Leonard parece el único ser sobre la tierra capaz de compartir piso con Sheldon. De todos los científicos acomplejados, el doctor Hofstadter es la tipología más abundante: personas con grandes capacidades cognitivas, a menudo superdotados, en un mundo que no pueden comprender y que se ríe de ellos precisamente por la incapacidad del vulgo para, a su vez, entender a los geeks. La frustración por no poder socializarse sólo es superada por su ansia de encajar en el rompecabezas cotidiano. Los Leonards se sienten marcianos más inteligentes pero torpes a la hora de empatizar con los burdos y planos humanos medios.
Sheldon sustenta la serie mediante efectos de guión clarividentes, una buena colección de tics y rutinas aspergerianas y una excelente interpretación del actor cabecera de la sitcom, Jim Parsons. De hecho, la mayor parte de las tramas de Big Bang provienen de la colisión de mundos entre el universo Sheldon y todos los planetas secundarios que giran en su órbita, sean estrellas –Penny– o satélites –Howard–. Shelly es cuadriculado, hipocondríaco, asocial, egocéntrico, metalingüístico, soberbio, nada empático y exageradamente lógico. Cualquier pequeña alteración de sus rutinas supone un trastorno de consecuencias mastodónticas en su microclima vital. Es asexual y no comprende los vínculos afectivos, analiza y reanaliza la existencia en términos puramente científicos. Sheldon no pilla los sarcasmos, ni los dobles sentidos, es impertinentemente obstinado y en muchos aspectos de personalidad refleja los rasgos de un niño. Con todo, y pese a sus muchos e intolerables defectos, mantiene una inocencia bisoña que le confiere cierto aire de ternura. Además, no parece propenso a desarrollar mecanismos de maldad estructural. La personalidad del doctor Cooper clava los parámetros del síndrome de Asperger, un tipo de autismo que se da en individuos con altas capacidades y nulas relaciones sociales, más preocupados de teorizar y explicar lo que hacen que de hacerlo de manera espontánea, ajenos a las metáforas, la ironía y las bromas. Sin embargo, los guionistas de la serie se han negado a etiquetar a Sheldon bajo ese síndrome. Simplemente es así. Para los seres obsesionados con el orden, la lógica y las rutinas inamovibles es un héroe, su representante en el firmamento televisivo. De hecho, Sheldon aglutina tantos rituales y manías que es casi imposible no sentirse identificado con alguno de ellos.
Howard es el ligón oficial del grupo, al menos en un universo paralelo. En esta realidad se limita a un patético quiero y no puedo. Comido por las pulsiones sexuales, el ingeniero judío se conduce por la vida en relación a las tentativas –siempre fallidas– de satisfacer sus más bajos instintos. De poco le sirve su encanto lingüístico –sabe camelar en varios idiomas–, su look ochentero con cuellos altos y ropa ceñida o su caída de ojos embrujadoramente desfasada. Los comentarios de Howard en sus rituales de apareamiento rayan lo soez no exentos de cierto romanticismo barato. Al final, lo baboso parece predominar sobre lo poético y las aventuras wolowitz rara vez llegan a consumarse. Howard no necesita autoestima. Aparentemente es el más sobrado en ese campo, lo cual le proporciona una ridícula autoconfianza en proporción a su índice de fracasos. Sin embargo, en ocasiones el judío desvela una amargura existencial aberrante, fruto de su esclavitud sexual dentro de una personalidad oculta y tímida. Howard es el friki que menos se quiere a sí mismo, que se autoengaña para huir de su fracasada existencia, que prefiere aparentar un exceso de vigor antes que admitir que necesita más caricias en el alma que en el prepucio, aunque tampoco haría ascos a las segundas. El mundo está lleno de Wolowitzs, seres necesitados de cariño que acaban por genitalizar su amor hasta volverse unos salidos redomados. Quizá tendrían que aprender a masturbarse el alma y sacar placer de ello. Se ahorrarían muchas quemaduras de primer grado.
Las personalidades marcadas de los cuatro científicos permiten una supremacía de cada uno de ellos sobre los demás. Sheldon es el más inteligente, y a la vez el más indefenso, aunque tampoco le importa en relaciones sociales. Su mundo, en cambio, se viene abajo ante un cambio de hábitos o de rutinas. Leonard es sin duda el más normalizado de los geeks, el más capacitado para una relación estable y creíble, para escuchar y ser tomado en serio, pero también se muestra más inseguro que sus amigos. Raj parece más estable y controlado en su personalidad que los otros, pero el mutismo selectivo arruina toda posibilidad de enamorar per se a una fémina, salvo mediante amargos tragos de autoconfianza alcoholizada. Howard siempre tiene la caña a punto para liarse a pescar, es poco exigente y está dispuesto a lo que se tercie. Pero, aún siendo el más echao pa’lante, es el que habitualmente liga menos de los tres geeks sexuales.
En otro plano, Penny es claramente inferior en parámetros intelectuales a los científicos, pero su conocimiento práctico del mundo la convierte en la superwoman de la serie; una rubia monísima que lo mismo ejerce de madre con Sheldon, novia de Leonard, hermana de Raj o mito erótico inalcanzable con Howard. Penny es la victoria de la gente sin estudios, sin cosmovisión y sin cultura, y la demostración de que se puede ser feliz en este universo sin saber cómo funciona. Aunque también se puede ser pleno al revés. Que se lo digan a Sheldon.
Las referencias pop garantizan la complicidad de todos los frikis de la Tierra: El señor de los anillos, comics Marvel, juegos de rol, Linux, Star Wars, Harry Potter, Babylon 5, Star Trek, Halo, comics DC, Mario Bros, Facebook… Los intereses de los protagonistas reflejan y revindican a una generación de raritos avergonzados de sus aficiones geek. A ver si al final va a resultar que los frikis eran los otros, los que no justifican mediante leyes físicas el vuelo de Superman, los que no se pegan viciadas frente a la Xbox 360, los que no se chupan la versión extendida de El retorno del rey con los comentarios de Peter Jackson. Big Bang parece recordarnos que estos universos pueden ser tan adultos como los considerados serios.