domingo, 27 de mayo de 2012

Cúpula artística

El arte no puede ser copiado; al menos gratis.

La existencia de Patricio Márquez ya no tenía sentido. Durante meses había consumido documentales piratas del top manta de National Geographic. Sus valores y preceptos copyrightísticos eran historia. Ahora, ni siquiera los especiales de “Tiburones con caries” o “Buitres avariciosos” conseguían despertar en él ligeros síntomas de querer continuar viviendo. Dos de los reclusos más poderosos e influyentes, “el Puros” y “Princesa Disney”, habían conseguido incluso meter de extranjis en su celda dos ornitorrincos en época de apareamiento. No quedó muy impresionado con la cópula. Patricio estaba perdido para la causa.
Entonces apareció él. Llevaba la corbata de los dólares y el traje italiano recién planchado. Cogió el telefonillo de la sala de visitas y comenzó su inesperada arenga, no sin antes colocar sobre la encimera el cofre del tesoro de Jacques Cousteau. 23 DVDs con documentales, escenas suprimidas, comentarios del director y un “como se hizo” sobre la serie de “Mundo submarino”. A Patricio se le hacían los ojos algas.

-Buenos días, señor Márquez. Soy Teddy Bear, el presidente entrante de la $GA€.
-Buenos días, señor Bearn . ¿Qué desea?
-¿Que qué deseo? ¡Pues qué va a ser! Al mejor agente de cobro de la $ociedad General de Autores €spañoles! A usted, amigo mío. Le ofrezco la libertad.
-Espere, señor Teddy Kruger. ¿Y usted que saca con esto?
-¿Yo? Nada. Que se haga justicia, que siga con su trabajo de siempre. Seguirá percibiendo su nómina de 715 euros netos. Pagaremos su fianza y nos encargaremos de que su expediente quede limpio, señor Márquez.
-Señor Freddy Mercury, no puedo aceptar su propuesta.
-¿Por qué no, memo? Me imaginaba algo así.
-Usted ha cometido un delito contra la propiedad intelectual. Ha plagiado una…
-¡Váaseustedalamierda! ¡Se quedará para siempre en este estercolero! ¡Fracasado, tiquismiquis, cuadrícula de Excel, friki gilipollas, asperger de los cojones, insulso!
Teddy Bear se levantó iracundo, agarró el cofre de Cousteau desafectadamente y se largó como una tortuga de mar en medio de una corriente oceánica. En la cabina de al lado, Pincho Moruno llevaba tiempo atendiendo a la conversación de Patricio y asintiendo sin escuchar a las preguntas de Gladis. Tan pronto como Bear hubo cogido la puerta, Pincho inquirió con una reconcomiente curiosidad.
-¿Por qué ha sido, Márquez?
-¿No lo sabes, Pancho Marino?
-Sí. Te llevo observando varios meses. El nombre. Teddy Bear es un plagio a Teddy Roosvelt, el presidente americano.
-Buen intento, Jincho, pero no. Los nombres propios no están sujetos a la legislación vigente… por ahora.
-¿Entonces?
-La corbata. Apareció en una viñeta del Don Miki 42 del año 1976. Tío Gilito se la come a trozos para paliar la tristeza de un negocio fallido. La corbata con dólares es un producto no comercializado, pero los derechos de autor pertenecen a la Disney. Ese hombre era un fraude.
-Ehm…. Vale, Márquez, lo que tú digas. ¿Vienes al patio a echar un frontón?
-No, gracias, Pincho de Tortilla. Prefiero el documental de “Ballenas antropomorfas”.  Es un clásico.
-Yo lo flipo contigo, macho.

Patricio no respondió al recluso, pero en su rostro se dibujaban unos ojos eternos perdidos en la inmensidad y unos labios definitivos en una sonrisa contenida. Fuera por lo que fuera, el agente de la $GA€ había vuelto.

miércoles, 23 de mayo de 2012

Antes

Antes podías abrazar a un niño sin despertar oscuros presagios de pederastia; comerlo a besos, jugar con él en la arena o sobre una alfombra de gravilla. Podías decirle “te quiero”, gastarle bromas, llevártelo al cine y retomar en sus ojos inocentes tu extinta niñez con pureza y complicidad.
Hace muchas lunas embarcarte en una vivienda era una ilusión pagadera en cinco o diez años; entonces el trabajo era algo preciado en su justa medida, no un tesoro al alcance de pocos idealizado hasta ser la mayor de las loterías. Laborar era un medio de ganarse la vida, y dejar de hacerlo siempre era una oportunidad para abrir otra de las muchas puertas que chirriaban tu nombre invitándote melosamente al éxito.
Antes los alimentos eran genuinos y saludables; no tenían aditamentos, no generaban toneladas de residuos plásticos; no había que hervirlos, colarlos o triturarlos; tampoco costaban un dineral. No existía la leche de continuación ni la de bebés. Los potitos no se categorizaban por edades y los juguetes no asfixiaban a nadie. Compraras lo que compraras, siempre acertabas y tu regalo no acabaría en el fondo del sofá a los cuatro minutos y medio anonimado entre montañas de otros artefactos lúdicos más caros u originales.
Las oposiciones se aprobaban con un esfuerzo razonable, a veces hasta amable, y había para todos. Algunos conseguían colocarse incluso después de acabar la carrera sin más mérito que firmando en el cuadro inferior. Podías elegir entre un extenso abanico de opciones y categorías, sabiendo que en todos los bombos había un puñado de bolas con tu nombre. Los sueldos eran importantes aunque no millonarios y la gente se alegraba sinceramente por ti y te daba la bienvenida al mundo laboral sin acritud o envidia sibilina alguna.
Entonces los niños no decían tacos, respetaban a los mayores, no bebían indiscriminadamente en parques y descampados; jugaban en la calle con las botas rotas y no se rompían; no los atropellaban ni violaban para luego reventarles la cabeza con un ladrillo; no eran hiperactivos porque no había maquinitas de gráficos acelerados que los activaran; el tuenti era un número en inglés británico y el móvil, el motivo del crimen en las pelis de asesinatos. Los padres estaban más tiempo en casa porque lo más importante era el tiempo con los chicos y no las gigas, caballos, metros cuadrados, píxeles o extraescolares que pudieran comprar trabajando más horas.
Hace años la televisión no estaba borracha y podías colocarla frente a un espejo: no se moría de asco y repulsión. Los rombos anunciaban programas para adultos que hoy en día darían risa ante realities, noticieros y comerciales. Las balas mataban y las espadas pinchaban, pero nadie se volvía loco. No había depresiones, ni estresados crónicos, odio segregacional, obesidad o anorexia.   
Antes los futbolistas cobraban sueldos razonables; los bancos prestaban sin demasiada avaricia y nadie se hacía rico por no hacer nada o por pegar braguetazos reales. Comprar y vender pisos era un medio de vida, no un agresivo ejercicio de voracidad y enriquecimiento deshonesto.
Antaño podías adoptar hijos con facilidad, y tenerlos en casa en pocos meses. Los países ofertantes eran numerosos y te recibían con las puertas abiertas. Los niños eran el bien más preciado para exportar a cambio de una oportunidad en la vida para ellos.
Entonces la música sonaba libre, melodiosa, imperfecta y memorable. Los vinilos eran tesoros surcados por los dedos celestiales de algún dios de la música y las canciones podían efectivamente conmover a las masas y cambiar el mundo. Todo tenía sentido entre notas, desde la más solitaria de las tristezas hasta la más desatada de las pasiones. El rubor era más inocente y el desamor más amargo. La más desafinada de las guitarras era más poderosa que el mejor sintetizador programado del mundo moderno.
Hace tiempo podías besar, acariciar y querer a una persona sin agarrar también un síndrome de inmuno deficiencia adquirida. Quererse a corazón abierto no era frecuente pero una enfermedad terminal no te condenaba a muerte por ello. La sexualidad era sutil, sincera, oculta, tímida y verdadera. No necesitaba megáfono ni aceptación. No era explícita. No había nada que explicar y nada que preguntar.
Antes la vida era más corta, pero más valiosa. La falta de comodidades exigía a los hombres la más receptiva de sus actitudes para disfrutar de lo poco que les ofrecía el destino. Eran simples, inocentes, soñadores y mucho más felices. No había angustia existencial, ni hastío emocional, estrés social, toxicidad digital o síndrome del presentismo. Había tan poco de todo que no se le podía hacer ascos a nada. La saturación y el empacho material era algo que ni siquiera podía llegar a imaginarse, mucho menos a maldecirse. Todo era preciado por escaso, lejano e inalcanzable. Ahora todo es exuberante, contiguo y palpable, y no vale nada. Como nuestros anhelos. Como nosotros.

miércoles, 16 de mayo de 2012

El buen amigo

El amigo verdadero no siente envidia por los logros ajenos. Se alegra por ellos, y sabe aceptar el éxito de sus queridos con felicidad sincera. Si acaso siente un ligero hilo de celos gotear por sus comisuras labiales, asume su naturaleza mezquina con entereza y arrincona los sentimientos negativos en el cuarto oscuro de la irracionalidad y la pasión primigenia, permitiendo a su cabeza prevalecer sobre su corazón infantil.
El amigo de verdad esconderá su tristeza por su propio fracaso en el fondo de su desdicha, y ofrecerá al triunfador la mejor de sus sonrisas, franca y llena de orgullo fraterno, filial o paternal. No entiende de comparaciones odiosas ni delirios de grandeza. Comprende perfectamente que no es su fiesta y nunca arruinará el cumpleaños fingiendo dolor de cabeza o una repentina indigestión. Sabe que todos somos protagonistas en nuestra historia y comparsas en las películas de los demás. Asume su rol con propiedad y busca siempre el bien común, cumpliendo lo que se espera de él para que la maquinaria esté engrasada y funcione. Prefiere que el motor ruja limpio antes que chirríe aunque lo conduzca otro. Sabe estar y ser. No entiende de reproches, no persigue la fama, no se pone la medalla de mejor amigo. No lo necesita.
El amigo a muerte discutirá contigo si debe hacerlo. Será respetuoso, aunque tal vez borde, y sus enfados dolerán más que las palabras bonitas de los hipócritas. Y siempre pensará en ti antes que en sí mismo, porque en cierto modo ya eres una extensión de él. No te agobiará con sufrimiento innecesario, ahorrándotelo si puede, aunque sabe que en caso de necesidad aparecerás con el pack de cervezas y las orejas receptivas; lo mismo que haría él si se terciase. Te abrazará si tiemblas, te besará si te acongojas, te reprenderá si desatinas, te aconsejará si te nublas, te guiará si te pierdes, te lavará si te ensucias. Y nunca te exigirá nada a cambio. Ni siquiera lo mismo en caso contrario.
El amigo honesto se equivocará por miedo, cobardía, convicción o exceso de celo, pero nunca por egoísmo. Callará lo que te dañe gratuitamente, dirá lo que te duela curando, te dará patadas en el alma si estás podrido, y buscará la mejor versión de ti sólo si tu felicidad lo necesita. Para él, el más cutre de tus prototipos será un tesoro inmerecido, y sólo entenderás lo mucho que te quería cuando las circunstancias lo maten en el universo de tu vida. Sé el mejor amigo de alguien y serás único aunque te hundas en tu propia mierda.

sábado, 12 de mayo de 2012

Malvada burocracia

Creo que no hay nada peor, aparte de los domingos sin fútbol y los retretes sin papel higiénico, que los vericuetos administrativos. Para nacer o para morir hay que rellenar inscripciones, por mucho que no las firme el interesado. Si quieres comprar un piso, vender un coche, regalar tu dinero, coger un paquete, apuntarte a un curso… siempre debes cumplir con el trámite y ponerlas.
Y así nos va. Por cada papelajo firmado y sellado tenemos a cinco seres yermos manejando el tampón, el ordenador o la grapadora de pinza, como si su función sirviera para algo y hubiéramos de pagarle por ella. Los trámites burocráticos no valen para nada. Son el antivirus de la vida, que para mantener tu status seguro te ralentiza el sistema hasta que parece que estás existiendo a cámara lenta. Para eso más vale prescindir del Norton y formatear el bicho cuando sea su hora.
Y lo mismo con los documentos. Creo que se idearon para darles un sueldo a los inútiles. No aportan absolutamente nada. Los de la ventanilla, hablo. No recogen melones del campo, no llevan cosas a otro lugar, no causan orgasmos, ni aguantan críos mientras los demás trabajan, no sirven tapas, no limpian cristales, ni escriben libros, no arreglan coches ni montan armarios. La función administrativa debería penalizarse con la cárcel. Pero eso sí, sin rellenar denuncias ni sentencias –no habría nadie para sellarlas.
Decía un pavo chupatintas, no recuerdo si notario, banquero o vampiro similar, que “una sociedad demuestra su nivel de desarrollo en el grado de burocracia que posee” o epitafios por el estilo. Más allá de que el nota viviera de eso, y de que acompañase su postilla de unas ínfulas prepotentes que ya las quisiera Cristiano Ronaldo, que una cantidad tan ingente de recursos humanos, económicos y temporales se malempleen en salvaguardar y legitimizar el terruño de uno o la bici del otro me parece una soberbia tomadura de pelo inventada por los magos de la pluma, esos que certifican que el billete de cien es tuyo mientras te cobran treinta por jurarlo. Pues, oiga, no me burocratice el pecunio. Prefiero vivir con la sospecha y dirimir mi legitimidad a ostias, que total, cuando me pase ya me habré ahorrado perras como para comprarme otro modelo nuevo de lo que quiera que el chorizo me quiera expropiar. Total, para que ahora me lo quiten legalmente y con firma, mejor que venga un desgraciao y viva bien una semanas a mi costa.
En la sociedad de bienestar que hemos creado, donde a lo más que puedes aspirar a día de hoy es a un trabajo remunerado –olvídense de lo de digno– y rezar para que te ingresen la nómina a cambio de un porcentaje de tu trabajo tal vez no necesitemos que el banquero prepotente arañe unos céntimos de nuestra cercenada paga. Igual nos deberían dar las perras en un sobre, como hacían antaño. Total, hay gente que lleva años cobrando así y riéndose de de los impuestos y las burocracias ajenas.
No necesitamos papeles. No tiene sentido que le pagues al banco por error y para devolverte el importe debas iniciar unos trámites de devolución de ingresos erróneos. O que te den un resguardo para entregarte el DNI que te obligan a renovar. ¿Para qué? Si los chorizos ya saben falsificar documentos mejor que los burócratas. El papeleo solo daña a los legales. Le resbala a los furtivos y engorda a los chupatintas. Además, ¿ustedes saben lo que cuesta darse de baja de Internet?

jueves, 26 de abril de 2012

Amor sagrado (4/4)


 Suicidarse cuando un ser del inframundo desea matarte con sus propias manos es lo que tiene, que igual llega el cardenal Magliatti y te socorre cuando no quieres ser salvada. El malvado y demoníaco padre espiritual sacó a Livia del agua y la llevó a la Plaza de El Pilar. No llevaba arneses, ni cuerdas. Tan sólo levitaba sobre el cierzo reinante. La joven no podía creerlo, pero el duro contacto del granito del suelo le devolvió parte de su inconsciencia. La gente hizo un corro a su alrededor, y empezaron a aplaudir lo que consideraron una magnífica puesta en escena del Circo del Sol o algo parecido. Livia pidió ayuda, pero la gente reía la broma.
Magliatti levantó el brazo izquierdo y un negro nubarrón se formó de repente sobre la joven. Antes de que los presentes pudieran abrir sus paraguas, un robusto rayo brotó del cielo y se estrelló contra Livia. Una cantidad exagerada de humo auguró un impacto tremendo, pero cuando todos empezaban a comprender que no era un espectáculo y esperaban ver un esqueleto carbonizado, de entre la humareda surgieron tres personas: Livia, Giuseppe abrazándola, y un anciano vestido con caros ropajes de Sumo Pontífice. Ante los presentes en la interminable Plaza del Pilar, Joseph Aloisius Ratzinger, Benedicto XVI, sostenía una burbuja imaginaria de fuerza que evitaba la electrocución a manos del gigantesco rayo. La gente empezó a huir despavorida. Magliatti apuntó al suelo y se abrió el piso. Una brecha tremenda separó a ambos contendientes. Del subsuelo empezaron a surgir horrendos seres demoníacos que se abalanzaban sobre Ratzinger. Benedicto XVI los repelía con movimientos apocalípticos y poderosos rayos brotando de sus falanges. Luego alzó las manos al firmamento y un ejército de criaturas celestiales bajaron a respaldar a su líder espiritual. Magliatti continuó su show de destrucción lanzando rayos a todos los objetos de la plaza, animándolos. Farolas de 30 metros, maceteros, banderas y bizis atacaban a Ratzinger. La estatua de San Valero y la de Goya cobraron vida y respaldaron a los buenos. Hasta el caballito de La Lonja ayudó a las fuerzas de Benedicto.
Pero los malos eran superiores en poder y en número. Incluso el mismo Santo Padre parecía perder terreno frente al maléfico cardenal, cuyas facciones se habían tornado absolutamente diabólicas. Mientras tanto, Livia y Giuseppe peleaban con un par de cirios encendidos como si fueran sables láser contra dragones, demonios de membranas cruzadas y espíritus desahuciados. Entonces Magliatti y Ratzinger se pusieron a hablar latín. Livia no entendía casi nada, pero Giuseppe le explicó las palabras de ambos. Al parecer, la razón de que el cardenal estuviera venciendo al Pontífice era que la cantidad de ateos y agnósticos en la proximidad era muy superior al número de creyentes, cosa que ocurría en casi cualquier parte del mundo con honrosas excepciones como el mismo Vaticano, Lourdes, Fátima, Jerusalén o Dublín. Ni siquiera la proximidad del Pilar, que por cierto, se estaba cayendo a trozos, conseguía nivelar la balanza. San Valero acababa de sucumbir ante una horda de palomas asesinas y criaturas del averno, y Goya hacía rato que agonizaba bajo la torre este del Pilar, que Magliatti le había tirado encima. La cosa pintaba muy mal. 
Benedicto XVI estaba ya de rodillas y apenas podía aguantar los envites de su adversario. Livia estaba absolutamente rodeada de parquímetros asesinos y Giuseppe se debatía entre trasgos y monstruos menores sin posibilidad de éxito. 
Entonces apareció Bambino, el hermano de Giuseppe. Estaba vivo. Tras él, la Guardia Suiza al completo se lanzó en pos de la batalla. Por el otro flanco, Jordi Solans el crucificado blandía un rosario como si fuera una cadena y fustigaba diablos con agresividad redentora. A su espalda, un gigantesco séquito de monjas lanzaba crucifijos a los malos como si fueran estrellas ninja. Poco a poco fueron ganando terreno hasta alcanzar al núcleo principal, pero la maniobra, pasada la sorpresa inicial y el pequeño respiro que supuso, resultó ser insuficiente. Las fuerzas de Magliatti seguían siendo superiores. Del interior de la ruinosa basílica surgieron los padres de Livia volteando sendos botafumeiros y sembrando el caos entre los diablos colindantes. La joven arrastraba sentimientos encontrados. La felicidad de ver a sus seres queridos de nuevo vivos contrastaba con la sensación de que iba a perderlos otra vez en pocos minutos.
El Pilar estaba prácticamente derruido y la cantidad de soldados y monjas que seguía en pie era ridícula. A Ratzinger le quedaba un suspiro de fuerza y Jordi ya había empezado a escupir sangre. El fin se acercaba. Antes de desmayarse, Benedicto XVI le dijo a Giuseppe que resucitar a sus familiares le había costado demasiada energía, y que había calculado mal el poder de Magliatti. Esperaba poder vencerlo lejos del Vaticano donde las fuerzas del mal eran tan poderosas como las del bien, pero a orillas del Ebro no había encontrado la ventaja espiritual que esperaba. Se disculpó de nuevo y desfalleció. 
La lucha se detuvo. No tenía sentido continuar sin el Santo Padre. Habían perdido. Magliatti anunció en un perfecto latín la ejecución de Ratzinger. Arrancó de cuajo la última torre del Pilar que quedaba en pie y se dispuso a precipitarla sobre el Sumo Pontífice como hiciera minutos antes con la estatua de Goya. Pero la pesada estructura no llegó a rozar al Papa. Un aura celeste y amarillo vainilla impregnó la plaza. Un par de pesadas llaves de oro golpearon a Magliatti ¡zas! en toda la boca. De una nube cercana bajaron dos personajes de otro mundo. Uno de ellos era un venerable anciano con la mitra y el báculo papal. Era Karol Józef Wojtyła, Juan Pablo II. El otro ser desprendía un aura todavía más poderosa, aunque a la vez más pacífica. Era una mujer de gran belleza. Su rostro denotaba una armonía nunca vista en ninguna otra faz de la Tierra. Rezumaba bondad y amor, y albergaba entre sus brazos a un pequeño bebé de pocos meses con la sonrisa más hermosa jamás dibujada. La Virgen del Pilar volvía en carne inmortal a Zaragoza.
El difunto Papa descendió grácilmente hasta llegar a Ratzinger y socorrerle. La Virgen, por el contrario, no levitaba. Se mantenía erguida sobre una gruesa columna que nacía del granítico suelo de la plaza. Poco a poco la columna se iba hundiendo en el piso haciendo que María descendiera hasta llegar a ras de la superficie. Y allí, flanqueada por Ratzinger y Wojtyla, comenzó a proyectar rayos de color blanco en todas las direcciones. Los que refractaban sobre los Papas adquirían tonos amarillos y azules. Los que impactaban en los objetos maléficos los volvían inertes. Los que colisionaban con los demonios y demás criaturas del inframundo los derretía como si fueran helados al sol de julio. El niño Jesús emitió un único rayo, que lentamente llegó hasta la frente del cardenal Magliatti, a estas alturas ya irreconocible por sus facciones malignas. Su figura comenzó a pixelarse hasta convertirse en unos gruesos cuadrados de color granate. Entonces cada pixel se separó de los otros como si fueran trozos de papel burdeos. El cierzo rugiente se los llevó esparciéndolos por toda la ciudad. El Pilar llevaba minutos alzándose de nuevo, piedra a piedra, y sólo quedaba la cúpula central por reconstruir, a lo que por cierto San Valero estaba ayudando llevando piedras y tejas. Goya mientras tanto pintaba los techos del interior con una velocidad sobrehumana. El suelo se cerró y no quedó rastró de bichos, espíritus o demonios. La gente volvió a la plaza a aplaudir el espectacular despliegue de medios del Circo del Sol. La Virgen se petrificó. San Valero la llevó a su capilla y después se subió a su pedestal frente al ayuntamiento. Wojtyla ascendió a los cielos con una sonrisa eterna. Y Ratzinger, Bambino, las monjas y los alabarderos de la Guardia Suiza flotaban sobre un aura pontificia que les llevaba a Roma. No dejaron de saludar mientras se marchaban. En tierra firme, Giuseppe y Livia y sus seres queridos los despedían con cariño. Habían ganado los buenos.
Giuseppe y Livia decidieron casarse por la iglesia. Se marcharon a vivir a Massachussets, a la ciudad de Salem. Allí tuvieron a su única hija, a la que pusieron de nombre Perla. Agudizaron su fervor religioso volviéndose trascendentalistas, y vivieron felices y plenos en comunión con la naturaleza y la divinidad que emanaba de ella.

miércoles, 25 de abril de 2012

Puto MRW

Yo ya sé que subnormales e incompetentes tiene que haber en todas partes pero, ¿por qué tienen que estar todos en MRW? Después de estar escuchando a un contestador de la madre de que les parió diciéndome que “le atenderemos inmediatamente” hasta que se ha agotado la sintonía dos veces, la misma hijadeputa del contestador me ha dicho que no me pueden atender que deben estar todos intentando usar a la vez la neurona que comparten esta panda de inútiles. A la tercera llamada me ha salido otra pava automática aclarando que el horario de atención ha finalizado. Pero, hijadeputa, ¿qué atención? ¿Los quince minutos que me tirado escuchando vuestra mierda de sintonía, que por lo menos la de Ono es pegadiza y las venezolanas se ponen –tarde, pero contestan?
Lo que no me explico es por qué me venden en la agencia –que por cierto está en a tomar por culo– que el envío se realiza en 24 horas. Los cojones. Pero bien cuadrados. De otro modo, es absurdamente inexplicable que pidiera mi paquete el jueves y el miércoles siguiente no esté todavía en mis desgraciadas manazas, sino en las de estos gilipollas. Vale que había un lustroso puente por en medio, pero no es de recibo. Y no hace falta acabar la ESO para comprender que si acuerdo la entrega de 4 a 8 por mucho que vengan por la mañana no voy a estar. O igual son tan hijosdeperra que lo hacen a sabiendas y así justificar que el cliente no se encontraba en su domicilio y ganar dos años de espera. Poco importa que haya reconcertado la entrega para la siguiente tarde: dos horas más de infructuosa espera.
Pero estoy tranquilo. Sé que la crisis nos está pegando duro pero los retrasados mentales tienen una oportunidad: los cogerán en MacDonalds o Telepizza. Si no valen, siempre pueden acudir a MRW. No sé cuánto les pagarán pero seguro que el triple de lo que se merecen.
Estaría bien que a su puñetera madre le tuvieran que transplantar un riñón y traerlo por MRW. Así espabilarían esta panda de borderlines entre la inoperancia y la idiotez suprema. Eso sí, la madre la palma fijo. Esperemos que cuando llegue el retrasado con el paquete no le cobren un riñón al cadáver. No lo creo. Probablemente nunca llegará.