miércoles, 11 de abril de 2012

La noche más oscura, de Ana Alcolea


La novela se ubica en un lugar exótico, un faro rojo en el mar frente a la costa noruega al que sólo se puede llegar en barca y si la climatología lo permite. Esos parámetros más el título de la historia presagian una historia de terror clásica, con refugios aislados y solitarios y difícil acceso.
Sin embargo, los hechos que se describen pertenecen principalmente a un pasado histórico. La acción reservada a los protagonistas es costumbrista y de género romántico. Ana Alcolea juega con los sentimientos de los personajes proporcionándoles un contexto familiar adecuado –Mercedes no tiene pareja, y Lars es viudo, y los chicos también están “disponibles”–, un emplazamiento de cruda belleza, naturaleza desatada y poca tecnología, y unas limitaciones cronológicas importantes, pues todo lo que deba pasar deberá ocurrir en diez días. En ese tiempo, Mercedes tendrá tiempo de desconectar y de sentirse atraída por el único hombre a su alcance en toda la novela, aunque no llegan a cerrar su romance. De hecho, apenas lo abren. Valeria, en cambio, sí llega a consolidar su aventura con William, algo que parece cantado desde el comienzo de la historia. La joven china, además, tendrá tiempo de autopsicoanalizarse, pintar paisajes, probar la carne de alce y conocer en sucesivos sueños al abuelo de William o a su fantasma. Es esta relación onírica o espiritual la que abre la puerta al pasado, al año 1941 y al drama de los prisioneros rusos obligados a construir un aeropuerto para ayudar forzosamente a los nazis en su guerra europea. El frío, la crudeza de la misión, la desesperación, el cansancio de los soldados rusos se ven refrendados por el día en los indicios de aquella porción de guerra librada en tierras noruegas: el almacén lleno de fotos de los nazis y los reos, la cabaña del lago, el faro y su componente estratégico, los documentos de fallecimientos, y finalmente la radio enmusgada entre las rocas de los islotes. Por si fuera poco, y para sumar nuevos argumentos a las historias cruzadas del amargo pasado y la romántica actualidad, Mercedes se está leyendo una historia de prisioneros en la II Guerra Mundial. Así justifica Ana Alcolea unos primeros episodios que se alternan entre las vacaciones de Valeria y Mercedes en el faro y el drama de Dubrowski y Pawlov en el frío de la cautividad, el abuso y el dolor. Tendrá que venir Erlend Nilsen para impartir orden en semejante caos argumental. La autora conecta con brillantez así ambas tramas, aunque deja los episodios iniciales ocurrir sin soporte narratorio, un artificio de ejecución muy plástica.
En la guerra la trama es bastante ágil. Se pueden sentir las duras condiciones de vida para los prisioneros, el narcisismo del que se cree vencedor, el frío de trabajar al aire, la desesperación de saberse muertos en cuanto ya no puedan seguir trabajando, la oscuridad eterna en una cárcel sin comodidades ni plazos de indulto más allá de los que proporciona la propia muerte. Y sin embargo, todavía vemos posturas heroicas: el héroe de sentimientos encontrados que sabe que debe sobrevivir para proporcionar valiosa información a los aliados, que paradójicamente necesita de la muerte de sus compañeros para escapar; el niño Erlend que arriesga su vida por colaborar a una causa justa; el doctor y los familiares de Erlend que se la juegan construyendo una radio y pasando información; los soldados comidos por el frío helador que intentar criogenizar la muerte. La tensión se masca en cada página y el ritmo contribuye a mantenerla, hasta el punto que a menudo uno tiene la tentación de saltarse los capítulos de Valeria y los suyos para continuar con la historia del pasado.
En cuanto a las vacaciones de Mercedes y Valeria, los diez días casi se reproducen literalmente. No en vano cada día sucede al anterior y cada noche, en lugar de dormir, la joven china avanza en su rompecabezas con la ayuda de sus reveladores sueños. El ritmo es ahora mucho más pausado, introspectivo y costumbrista, hasta el punto que tal vez la novela no podría sostenerse por sí misma sólo con esta parte, o de hacerlo, estaría destinada a un público más adulto. Sin embargo, la falta de acción de la que adolece se ve compensada con el retrato exhaustivo de sus personajes, sus miedos y deseos, y con sus variaciones de ánimo según el curso de los acontecimientos. La escritora enriquece además la historia principal con pequeños detalles de otras heridas mal cerradas, como los recuerdos de infancia de Valeria, la angustia de Mercedes ante el acecho de la madre biológica en la memoria de la joven, sus propias inseguridades como madre soltera y adoptiva, el dolor por la muerte de su esposa en Lars, los sentimientos que florecen en William… Al final, muchos de esos cabos se atan con lógica, y otros quedan colgando de la novela para la posteridad. No se puede arreglar la vida de cuatro personas en 270 páginas. El final, además, deja abierto varios frentes: ¿Continuarán Valeria y William su historia a distancia? ¿Y Mercedes y Lars? ¿Se trasladarán a España? ¿O se mudarán ellas al faro que les guía? ¿Y qué fue realmente de Nicolaj Dubrowski tras huir en el submarino?
En cuanto a los personajes, Valeria es la protagonista principal y se nota. Casi todas las reflexiones, sueños y sensaciones pasan por su cabeza, su piel o sus labios. Interactúa con casi todos los demás personajes, estén vivos o no, y completa la historia con la ayuda de Erlend. Resulta curioso que el fantasma la elija a ella. Probablemente la muchacha tenga una sensibilidad especial para lo sobrenatural. Valeria es espontánea, desenfadada, pasional, sensible y educada.
Mercedes representa la maternidad por encima de todo. Vive su vida pero siempre en relación a su hija, a la que adora, educa y trata en ocasiones como amiga. Sus temores son a veces gigantescos y arrastran los sempiternos miedos de la educación de los vástagos, agudizados aquí por el agravante de monoparentalidad adoptiva. Casi siempre se muestra cariñosa y comprensiva, pero se muestra inflexible con la parte irracional de su hija, rechazando fantasías, erradicando fobias o castigando comportamientos ilógicos. Aquí falla o exagera por su propio miedo e inseguridad como madre y transmite esa rigidez a su hija.
Los personajes de William y Lars están menos matizados. El chico parece simpático, apasionado y sociable. El padre mantiene su encanto pero todavía arrastra la pérdida de su esposa. En cuanto a Erlend, se muestra paciente, cariñoso, cercano y sensato, aunque la familiaridad con Valeria le hace más impulsivo y natural.

Dubrowski es un soldado responsable, realista, sufrido y valiente. Pese a la desesperanza que le abate es capaz de luchar no por su vida, sino por la causa. Su valor queda constatado por su determinación de contactar con los suyos y ayudar. Pawlov es más enérgico, pasional e inexperto. Ana Alcolea tampoco traza más rasgos en el carácter del soldado.
El lenguaje utilizado es llano y accesible. Las descripciones son livianas y tienden más al retrato de personajes que al dibujo de paisajes. Con todo, la autora sabe pintar escenas con belleza. Los diálogos son frescos y coloquiales, no exentos de detalles cotidianos. La narración es en tercera persona, con abundantes datos sobre los estados de ánimo de los personajes, sobre todo de Valeria y Mercedes. Lo que se piensa es mucho más importante en la obra que lo que se dice.
Los capítulos son breves, de fácil lectura, y alternan los episodios actuales con los ocurridos durante la guerra, manteniendo así el suspense. Los sueños de Valeria con Erlend Nilsen conectan ambas realidades. En general, prima lo cotidiano en la actualidad frente a la narración de hechos en la guerra. El final del libro aboca a todas las partes a un mismo desenlace: el final del romance, del casi romance y de la pesadilla de Dubrowski. Todo llega al mismo tiempo que Erlend el fantasma se despide de Valeria y ésta comprende su vertiente onírica –el sueño con su madre y la hidrofobia. El conjunto es de una gran cohesión, aunque a veces parezca recrearse en exceso en lo pequeño e insustancial. Le da empaque a la novela, pero ralentiza el ritmo. Con todo, un ejercicio de literatura con mayúsculas. ¿Para cuando una segunda parte en el pueblo viejo de Belchite con William soñando con Manuel Azaña o Francisco Franco?

sábado, 7 de abril de 2012

Paisaje fronterizo

Las fronteras aglutinan conceptos embelesadores. Representan ese universo de transición donde las cosas ya no son de este mundo pero todavía no pertenecen al otro. Son territorios sin ley donde todo vale y nada sirve, donde lo desconocido se amontona esquivo entre el reverso y el anverso de una realidad familiar.
El mar, por ejemplo, constituye uno de los más hermosos lienzos jamás tensados y, sin embargo, alcanza sus máximas dimensiones artísticas cuando colisiona furioso contra las rocas o muere dulcemente ahogado en la arena. Las playas son paradigma de hedonismo y placer calmo por su naturaleza fronteriza, porque sus dunas encuentran las olas jadeantes y les dan sentido estético. Lo que hace inmenso al mar es la tierra; quién diviniza el terruño es el océano desatado.
Otros límites no llegan nunca a conocerse por mucho que los veamos en perfecta comunión. La línea imaginaria que recorta la superficie terrestre y la rellena de atmósfera es el horizonte. No tendría sentido sin un subrayado de piedra, bosque, camino o ciudad, del mismo modo que moriría ahogado sin su porción de aire crepuscular, auroresco, soleado, nuboso o atormentado. El horizonte encierra los misterios de la vida terrena porque en él confluyen las esperanzas, desdichas, anhelos y odios de los quebradizos seres humanos. Por eso no es de extrañar que éstos se empeñen en subirse a un jamelgo, ponerse un incómodo sombrero raído de ala ancha y marcharse en soledad en dirección al sol agonizante, incluso aunque su camino sea el contrario. Los hombres son más dados a la poesía que a la pragmática. ¿Cómo si no se entiende que juren al viento silbante de rocas, que esperen milagros de ese horizonte que día tras día les deja tirados, que jamás detiene su devenir por fuerte o conmovedora que sea la promesa, por muchas lágrimas que los creyentes derramen? ¿Acaso no comprenden que esa línea de colisión entre lo que pisan y lo que respiran depende tan sólo del punto de vista y que hay tantos horizontes lejanos como metros cuadrados sobre el globo terráqueo?
Pero no todas las fronteras son físicas. A veces las más grandes no pueden verse con los ojos. La bondad y la estulticia, por ejemplo, están separadas por un ligero límite de pequeñas dimensiones para el interesado, pero que resulta en centenares de millas de distancia para los demás. ¡Qué injustos son nuestros defectos cuando son los otros los que los causan! Por eso la dignidad puede caer fácilmente hasta el orgullo si nos tropezamos con la persona equivocada. Desgraciadamente, algunos hemos nacido para un mundo más amable, pero caímos en éste.
La vida y la muerte es quizá el escenario de la más compleja de las fronteras. Nunca un umbral fue tan desconocido, imaginado, temido y sorteado, pero inevitable e irreversible al final. Todo pensante se ha tropezado con la idea de cruzar esa puerta alguna vez en su vida, y de hecho acabará haciéndolo cuando ya no esté interesado en saberlo ni en contarlo. Así de paradójico es el destino finito en el que surfeamos con orgullo y naufragamos sin gloria. El paso de esta vida a la otra -o a un silencio de ruidos, negro de luces, insípido de sabores, inodoro de aromas y anestesiado de tactos- es el mayor enigma que afrontamos durante nuestra limitada existencia, y quién sabe si en nuestra no-existencia, y hasta el momento nadie ha venido a contarnos cómo era el rollo. Y si alguien lo ha hecho, pensamos que iba fumao.
Las relaciones interpersonales funcionan porque hemos establecido miles de fronteras entre los roles. Lo que distingue a un amigo de un amante son las partes de su cuerpo que puedes tocar, la manera de hacerlo, incluso la situación en la que se produce el contacto. Los escotes forman fronteras eróticas entre lo que se insinúa y lo que se enseña. Muchos aprecian más la frontera que el territorio conquistado, por aquello de que lo que se imagina es superior a lo que se ve explícitamente. La búsqueda de la verdad es una vez más, que no siempre, más atractiva que la verdad misma, y una mente rica en ensoñaciones puede crear universos imaginarios más espectaculares que los que realmente existen. ¿Es la ficción superior a la realidad? ¿Son los escotes más sensuales que los senos desnudos? ¿Y el resto de las fronteras textiles o carnales? Las minifaldas, vaqueros, camisas desabrochadas, ombligos, huchas, muslos… ¿están ahí para hacer el redoble de tambor, para darle emoción al momento? Los paraísos carnales, igual que los demás, parecen custodiados por solemnes antesalas del pecado, la pasión, el deshonor o la urgencia.
Las fronteras no tienen límite. Simplemente lo son. Así, Lewis Carroll trasladó a su querida Alicia Liddell al país de las maravillas o a través del espejo mediante una madriguera gigante en un árbol o cruzando el susodicho reflejo, respectivamente. Cuántos niños se habrán abierto la cabeza desde entonces contra espejos de baño o encinas centenarias. ¡Con lo fácil que resulta soñar, cómo le gusta a la gente leer!
Las fronteras siempre delimitan terrenos enfrentados. Por eso nos gusta vivir cerca de ellas. Porque lo mismo pisas rápido y vuelves cobardemente a la seguridad de tu tedio que se te va la pinza, rompes con tu vida y no vuelves a pisar el otro lado, ése del que juraste que nadie te movería. Todos tenemos un límite que no podemos traspasar. Cuando lo hacemos, de seguro ya no somos nosotros. Que se lo digan a Macbeth cuando empezó a levantar el cuchillo.

sábado, 31 de marzo de 2012

¿A qué sabe el fracaso?

La derrota o la victoria son sólo pulgares más o menos optimistas.
El fracaso es un balazo sin desenfundar,
un espadazo en el corazón sin haber desenvainado,
una corná en la femoral y el toro era de fuego.
Fracasar es fallar y revolcarse en la desolación,
mearse en la entrepierna salpicando el zapato,
escupir flemas hacia el cielo y tragarlas hasta el esternón.
El fracaso sabe a oblea pegada en el paladar
que por muchas lengüetadas que le des nunca se suelta;
es llegar tarde al tren y cogerlo al vuelo
mientras dicen por megafonía:
“Próxima estación: fracaso. Fin de trayecto.”
Fallar es ser vampiro presumido ante al espejo,
español en Eurovisión, cerilla en el mar,
caballo cojo, bastón de papel.
Fracasar es adelantar a todos
hasta que notas que vas en sentido contrario,
es hacer auto-stop hasta que te recogen,
te violan y arrojan al descampado.
A eso sabe la derrota, a desolación con alevosía,
a paella con arena, donut de ayer, a “sólo como amigos”;
repite como un empacho de esperanzas mal vomitadas
de tan poco masticar mientras deglutías;
perfora el hígado con su salsa de irremediabilidad,
ulcera el estómago entre estertores de perdedores,
y eructas derrota, tristeza, humillación, estancamiento, ruina,
abandono, vergüenza, dolor y conmiseración.
Entonces desaparece el hambre.
Ya sólo quieres tomar fracaso, bebértelo a litros
y de garrafa; a palo seco; sin hielos;
sin babas de la chica que te gustaba
y a la que nunca te atreviste a decírselo.
Ya no escuchas los aplausos, no sientes las palmadas;
no percibes las sonrisas; no buscas los ojos cómplices;
no encuentras las respuestas.
Tal vez el fracaso era
que nunca hiciste las preguntas.
Echaste un pulso a la vida
y era con la otra mano;
desnudaste tu corazón
y miraban otro strip-tease.
Pintaste tu mejor autorretrato
y lo alabaron como caricatura.
Te superaste mil veces a ti mismo
Y nadie apreció la diferencia.
Fracasar es llorar hacia dentro
e inundarse el alma,
naufragar de pena,
atisbar un barco, gritar al viento
pedir auxilio al mundo
mientras el mundo te observa con la ventanilla cerrada
esperando a que se ponga verde el semáforo
y no le incomodes la conciencia.
Fracasar es llevar siempre el paraguas en el bolso,
menos el día del aguacero,
rebozar hielos en aceite hirviendo,
cambiar de marcha sin pisar el embrague;
amar a alguien y no ser correspondido
hasta el día que la olvidas.
Eso es el fracaso: apostar todo al rojo
y ser daltónico;
dejar de fumar y caer en las drogas;
morirse el último día de hipoteca,
empeñarse en ser infeliz,
llorar de pena una victoria,
hundirse por el éxito contiguo
sólo porque el tuyo nunca lo acariciaste.
El fracaso consiste en sentirse más dejado,
derrotado, humillado y jodido que los demás
sin llegar nunca a sospechar que el fracaso de los otros
era más amargo, cruel y desesperante que el tuyo propio.

domingo, 18 de marzo de 2012

Chronicle de Josh Trank

Cuando una historia se sumerge en el ficticio mundo de los superpoderes, siempre lo hace desde una perspectiva teen, aniñada e infantil, donde las proezas imposibles oscurecen cualquier otra dimensión, incluida la cotidiana.
Eso no ocurre en Chronicle. Por una vez, la asombrosa e inverosímil captación accidental de habilidades sobrehumanas no desemboca en superhéroes de calzones rojos o cuero ajustado con los pectorales a reventar. Aquí los excesos se pagan. Y tener mil veces más capacidad para el abuso lúdico y hedonista supone un suicidio mental y emocional.
Los protagonistas del filme son tres jóvenes de características muy dispares, que bien podrían ser proyecciones avanzadas de un mismo sujeto en sus tres variantes: el individuo que es retraído, tímido y de entorno familiar problemático; el chaval centrado, responsable y equilibrado; y el ganador nato, de gran atractivo personal y sobrada aceptación social. La relación entre ellos es inexistente o esporádica, y sólo la necesidad los unirá en un descubrimiento fatal, a la postre la circunstancia excepcional que los hará “diferentes”.
El ritmo es lento, detallista, de gran realismo. En Chronicle los protagonistas vuelan y practican la telekinesia, pero no pierden el tiempo salvando gatitos encaramados en un árbol. En lugar de eso prefieren sentir algo increíble, e intentar asimilarlo. No todos encajaran sus nuevas facultades con la misma madurez. Steve, el afroamericano triunfador, disfruta de sus recientemente adquiridas habilidades; Matt, el muchacho sensato, intentará cohesionar su antigua realidad con la nueva estableciendo normas de coherencia para todos; pero Andrew, el chico retraído, largamente ignorado y con ramalazos psicóticos no sabrá asimilar su nuevo poder, haciendo un uso vehemente y desmedido del mismo.
La película recuerda terriblemente a Carrie. Al igual que aquella, este largo también tiene como protagonista a un adolescente con facultades telekinéticas, de nula aceptación en su entorno, marginado y abusado por todos. Y como en Carrie, los caminos para gestionar la trama son el terror y la venganza. No es de extrañar que Andrew se camufle tras la cámara de video. Eso le permite convertirse en espectador y cronista de la vida de otros, evitando así tener que vivir la suya propia. Cuando domina sus poderes ya no asirá la cámara. Ésta flotará etérea y en filmación continua de todo lo relevante en la historia. De este modo el director Josh Trank utilizar recursos de narración poco investigados: todo lo que ve el espectador, al más puro estilo documental de El proyecto de la bruja de Blair, es lo que graban las videocámaras –del protagonista, de la gasolinera, las de seguridad en los edificios, etc–. El experimento acaba cansando un poco, pero en general se sostiene con dignidad y un estilo muy personal de contar la historia.
Trank abusa también, aunque levemente, de los efectos de sonido, excesivamente audibles en ocasiones, y de la recreación en las imágenes impactantes. Sin duda dan empaque al producto, pero a veces dejan en el espectador un poco de mal cuerpo y cierto regusto amargo.
Otros momentos sí están impregnados de la magia onírica de sentirse todopoderoso. La escena en la que los tres amigos vuelan entre las nubes es absolutamente memorable. Mantiene el poso realista de la película pero convence al espectador de que surcar los cielos debe ser efectivamente maravilloso. Con todo, el ritmo avisa de que algo va a pasar, y que sólo puede ser malo.
En conjunto la obra está bien acabada, aunque deja algunos interrogantes. No sabemos qué era lo que otorgó los poderes a los adolescentes. Tampoco se entiende que la policía acordone la zona cero y no vuelva a saberse nada de ella, ni los investiguen, interroguen o vigilen. También es una incógnita quién era más poderoso de los tres, porque en diferentes momentos uno predomina sobre los otros. La moraleja final, en cambio, no deja lugar a dudas: un gran poder conlleva una gran responsabilidad (que me perdone Spiderman por tan burdo plagio). Pero jamás deberían repartirse armas de fuego a los desequilibrados. Mucho menos superpoderes.

sábado, 25 de febrero de 2012

Aspiradoras a domicilio

O condones con agujero, helados hirviendo o ruedas cuadradas para pendientes pronunciadas: la televenta es un timo, un coñazo y la peor profesión del mundo.
He perdido la cuenta de las veces que he recibido a vendedores de humo con las puertas abiertas: en menos ocasiones de las propicias y en muchas más de las necesarias. En ningún caso me han ofrecido algo que me pudiera interesar lo más mínimo.
Y eso que el nota de turno es cada vez más hábil. Te aborda seguro de sí mismo, despilfarrando solvencia, confianza, impecabilidad, soltura y tablas como si llevara toda una vida vendiendo las aspiradoras del título. Poco importa. Nunca voy a cambiarme de compañía eléctrica sólo porque un pavo trajeado afirme que estoy perdiendo dinero, y tampoco me haré socio de Caritas con una cuota mínima de seis euros anuales o seguidor advenedizo de la iglesia de San Agnóstico. Mis comodidades domésticas, criterios éticos o inclinaciones religiosas son demasiado ligeros o profundos –en cualquier caso, demasiado personales– para que el primer coleguita que tenga pico de oro me haga firmar en un papel y yo le compre la moto. Entre otras cosas, porque no me fío un pelo del sistema de venta, de la información masiva, verbal y sin contrastar, y especialmente de los duros a cuatro pesetas, más que nada porque hace tiempo que rula el euro.
No sé si les pasa, pero los vendedores de lo que sea de puerta en puerta me transmiten una sombría desconfianza. Sé que me la quieren meter bien doblada, que tienen argumentos para convencerme de que mi verdadera madre es virgen, y que además no soy un prodigio de asertividad para decir no cuando te enfilan al sí con todas las armas de persuasión masiva que inventaron los filósofos griegos –véase lógica, oratoria y retórica–, pero pese a todo, o quizá por ello, me niego a ceder. Auque viniera una tía en pelotas regalando abrazos con final feliz y una tarjeta gratis del Corte Inglés por las molestias, no lo cogería (el abrazo; la tarjeta tampoco; del final feliz no contesto, según el día).
Por eso, porque todo cuesta algo y tener a un enrollao en tu puerta tampoco puede ser bueno, que me quieran llevar al lado oscuro de Vodafone, Iberdrola o Nescafé me resulta siempre un engaño. Sólo lamento no tener suficiente lucidez mental para desenmascarar la trampa a tiempo y pitera para cascárselo al pobre ambulante en la jeta. Que no, tío, que no me engañas, que no entiendo porqué, pero sospecho de tu Gioconda original pintada por Da Vinci a veinte euros en la puerta de mi hogar. Si al menos me la regalases al suscribirme al Círculo de Lectores…

domingo, 19 de febrero de 2012

La muerte laboral

“¿Cómo se te ocurre hacerte viejo antes de hacerte sensato?”
El rey Lear, William Shakespeare

Jubilarse es morir. No físicamente, no clínicamente, pero sí socialmente. El cuerpo se relaja, la mente se abandona, el reloj despertador acaba en la pared más cercana, los compañeros dejan de llamar y los jóvenes te envidian y ningunean a un tiempo.
De todos los títulos nobiliarios entregados a los méritos hereditarios o aristocráticos, ninguno está tan bien reconocido como tener un trabajo. Un oficio dignifica, ennoblece más que un ducado o un marquesado –aunque proporciona menos guita– y otorga un estatus pleno de persona madura económicamente que se ha hecho a sí misma. La magnitud de esa relevancia la dará el tipo de puesto, la especialización, nómina y otros parámetros infinitos. En general, a mayor categoría académica mayor admiración social, con deshonrosas excepciones, y no siempre mayor salario –acuérdense ustedes de especuladores, futbolistas y bichos de televisión.
Cuando un señor en edad de laborar no trabaja se le mira mal: toma el sol los lunes por vicio o desgracia y ante la duda de ambos siempre se considera que de seguro ha rechazado algún que otro puesto infame. Peor es si tenemos la certeza de que el individuo o individua no va al tajo por decisión personal, porque no lo necesita. Mal estamos si lo más sagrado y a lo que todos aspiramos es a trabajar en lugar de a vivir, y triste que sea imposible lo segundo sin lo primero. Pero estoy cometiendo intrusismo profesional sobre un ensayo potencial al cual aún no le ha llegado su hora. Ya hablaré de la tristeza del trabajo en otra ocasión. Hoy nos ocupa la pena propia y la indiferencia ajena cuando uno no está en la rueda.
Decía que un parado es un ente informe, desgraciado y que da lástima, y al que se observa con alivio propio y cierta sospecha: ¿le echaron por ser vago? ¿tuvo mala suerte? ¿fue poco previsor? ¿por qué no va a recoger fruta? Parece una persona de segunda, y al que sólo se le concede cierta legitimidad a la hora de escudriñar a los demás con el reproche que da verse pateado por el destino. En todo lo demás parece un ser inferior.
El jubilado es un héroe de guerra: una medalla de latón, cuatro palmaditas y a casa. En dos meses te ponemos pañales para que no te hagas todo encima. Te encantará la residencia. No te preocupes, la enfermera es muy simpática, gorda para poder cogerte y con salero para desnudarte con cierta gracia mientras te cambia la muda.
La vejez no comienza a los 65. Perdón. La vejez no comienza a los 67. La ancianidad es una enfermedad que se propaga en cuanto uno deja de trabajar. La mente, las manos, las piernas están gastadas, pero en perfecto estado, lubricadas y funcionando. Cuando uno deja el pico y la pala empieza a morir. Las neuronas dejan de ejercitarse. La responsabilidad se diluye entre llevar a los nietos al colegio y hacerle la colada a la hija. Los paseos por las obras son cada vez más largos. Las meadas entre los arbustos más frecuentes. Uno tiene todo el tiempo del mundo pero a nadie con quien compartirlo. Todos están muy atareados. Y tú sólo eres un jubilado sin problemas, cuando quizás tus problemas sean los más gordos: estás empezando a morir, y cada pensión mensual es un nuevo estacazo en tu vampiresco corazón. Vuelves a tu antiguo trabajo a saludar. Todos se alegran tremendamente de verte. Te recuerdan lo afortunado que eres. Todos se cambiarían por ti. Tú te empeñas en demostrar que estás mejor que cuando trabajabas. Ni tú mismo te crees tamaña mentira. Ellos tampoco. Quieres sentirte parte de aquello que ocupo tus últimos treinta años, pero tus antiguos compañeros se han ido desmarcando hace rato. Te han regateado y no te has dado ni cuenta. Es que tienen mucho lío y claro, tú, como ahora tienes tanto tiempo… Ya no eres uno de ellos. No valoras igual los madrugones, no criticas igual al jefe, si ni siquiera haces ya chistes machistas. Sólo eres un experto en petanca y guiñote. Si hasta tus viajes del Imserso no coinciden con sus minivacaciones en la playa. Te has hecho un extraño; un viejo; un jubilado muerto al que a nadie le importa si te apuntas a la escuela de idiomas o te dedicas a escribir un libro con tus memorias. Si nunca has podido aprender inglés y redactas como el culo. Antes silbabas a las señoritas desde el andamio. Ahora cuando lo haces te escupen “¡viejo verde!”.
Volverías a trabajar si pudieras, pero aunque tuvieras una mínima posibilidad, tus miembros se han hecho torpes, viejunos. Y sólo han pasado unos meses de nada. Pero tu cuerpo ha envejecido veinte años.
Durante nuestra vida laboral invertimos demasiadas horas. Al llegar la liberación perdemos toda fuerza y empuje. Tal vez se debería trabajar hasta el fin de los días, con una disminución lógica y progresiva de las horas laborales. Empezar con seis o siete, no más, para poder vivir cuando uno está fresco, e ir bajando hasta acabar con una o dos horas diarias en la oficina, el garaje o el almacén, adaptando el puesto, adecuando los tiempos, pero siempre en permanente actividad, por liviana que fuera. Uno piensa que trabajar es lo peor del mundo y cuando por fin lo deja resulta que ha dejado de existir. Y lo más duro no es darse cuenta. Lo más canalla es que el resto no se ha pispado; o peor: les importa un carajo desde que cruzaste aquella puerta con los papeles firmados. ¿Para qué preocuparse por uno al que ya no voy a tratar?