viernes, 28 de octubre de 2011

Dioses comiendo moscas, de Sergio Perales Tobajas, Jorge Biarge Fanlo y Ernesto Sierra Sanz (2/3)

Dentro de algo pequeño, de Ernesto Sierra

El progreso trae a veces contradicciones aparentes, paradojas socarronas, guiños del destino. Sólo así se entiende que la tecnología supere el desamor a golpe de robótica y naufrague estrepitosamente ante las plagas de la postmodernidad, sean del tipo que sean.
La historia nos vuelve a ubicar en un futuro cercano, deshumanizado y tiranizado por los mismos males de siempre: la dependencia emocional, el asesinato del amor a manos del matrimonio y la rutina, las segundas oportunidades y las enfermedades terminales que lo arruinan todo irreversiblemente, recordándonos que lo único invencible es la muerte, y que pudimos haber vivido nuestra infelicidad de un modo mucho más beneficioso. De fondo aparecen las referencias a Rick Deckard y Rachael jugando a la familia feliz. Ernesto también reflexiona sobre la soledad, los vínculos afectivos y la fidelidad, estableciendo un sutil enfrentamiento entre las emociones humanas y las robóticas. ¿Adivinan quién gana?


Abecedario, de Ernesto Sierra

En Dioses comiendo moscas abundan los malabarismos estructurales, la ruptura de convenciones formales y las casas construidas por el tejado. El resultado en Abecedario es desigual, porque consigue un texto rico en complejidad argumental, pero difícil de comprender para el espectador: demasiados personajes, muchísimos datos, y excesivos cabos por atar. La historia, con todo, promete. Una segunda lectura ha de sacarme de un montón de dudas.
Desisto. Perdónenme, arrastren mi nombre por el fango, humillen mi memoria y mancillen a mis vástagos, pero no he concluido Abecedario la segunda vez. Las tramas confluían, los personajes se entrelazaban, las letras parecían formas palabras con sentido, pero algo faltaba: coger un papel y escribirlo todo; asociar hechos; unir cabos. No pienso hacerlo. Me ha dejado buen sabor, pero no voy a estudiar el relato, no voy a realizarle una autopsia. No sería justo con mi crítica. Tan sólo quería mirarlo a los ojos y entender su esencia. Al final, solamente la he intuido.



Metamorfosis para todos los públicos, de Sergio Perales

Una de las cosas que separa a un escritor de un aficionado a algo es la manera de describir una misma realidad. Sergio Perales –a saber de dónde habrá salido éste– afronta la tauromaquia con la pasión de un escultor de palabras: contenido, estético, descriptivo hasta el detalle, firme, manejando el ritmo y preparando la faena hasta su inevitable desenlace, que por otra parte sí se puede evitar, o cambiar por otro. Admitiré que he seguido las instrucciones y me he negado a leer la opción A –yo aposté por la B– y quedé muy complacido.
Hay corridas que pueden marcar la historia. También las de toros. La de Mezquino pudo ser una de ellas. No tanto por su final al estilo de “Elige tu propia aventura” como por el olor de las farias en la plaza, el murmullo y caspa del respetable, el sabor a tradición de cada envite, y las voces enardecidas de los acólitos del dios-toro.


Estado Vertical, de Sergio Perales

Cuánto recuerda la sociedad vertical a los delirios ochentaycuatronescos de George Orwell, con sus verdades ocultas a las masas, con esa obsesión con el control y el poder.
Se dice que una de las fuerzas más imparables es la palabra. En Estado Vertical cobra vida física y se reparte y raciona como moneda de cambio: tanto tienes, tanto puedes hablar, en el sentido más “literal” de la palabra.
Los medios de comunicación de masas son los grandes tiranos de los tiempos que vivimos. No resulta difícil imaginar un mundo distópico en el que se reparte al gusto del poderoso. La información es el último tesoro del hombre contemporáneo, y el lenguaje el más perfecto código de transmisión de todos esos datos, a excepción frecuente de la imagen. Por eso, que se discrimine su uso y se censuren términos que revelan o desnudan realidades supone la más obscena de las prohibiciones. En Estado Vertical no se esconden los paisajes, sólo se castigan sus descripciones. De ese modo no queda otra que visitarlos por uno mismo y dejar el veto a la altura del precio de la arena del desierto.
Apocalíptico, sociológico, insostenible, impepinable. Un “must” dentro de este universo de deidades tragadípteros.


Griticultor, de Jorge Biarge

Lo primero que a uno le viene a la cabeza, con semejante comienzo y la ilustración de “Justino, un asesino de la tercera edad”, es que el acechador es un labriego jubilado y que la barra de hierro que empuña es una azada de las de mala hierba para acallar aullidos. Seguro que el pobre hombre quedó tarado de por vida oyendo chillar a los tocinos cuando les enfundaban una gargantilla de filo y cuchillo en la garganta.
Pero no del todo. El macabro personaje tiene sus similitudes, pero no es sino un vecino pausado, homofóbico y necesitado de silencios. De seguro en su otra existencia portaba tiza en secundaria o rumiaba padrenuestros en un monasterio monacal.
Jorge traspasa la barrera del narrador protagonista y se enchufa el traje de escritor-testigo, rol que ninguno de los relatos anteriores nos ofrecían nuestra tríada de plumas. Hasta ahora el prota nunca era la voz de su creador. Aquí el autor se viste de secundario y contempla una relación de amor imposible con semejantes vecinos. Embarca, además, a Sergio y Ernesto en su aventura literaria y les depara buenos y placenteros encuentros con el amor y el desenfreno. Saquen sus propias conclusiones. Pero si hacen el amor o follan, eyaculen en silencio.


Ciudad Jardín, de Jorge Biarge

Cómo sacar lógica de una situación surrealista, o manual de realismo desde un punto de partida indiscutiblemente absurdo. Jorge Biarge arrastra a sus personajes a la aventura de su vida, los zarandea por la involución humana y concluye que la civilización no es necesariamente el mejor lugar para vivir. Admitir que el progreso no es sino una tremenda forma de esclavitud y alienación no deja de resultar un ejercicio de osadía contemporánea.
Con todo, lo que realmente atrapa de la historia no son sus aplastantes moralejas difuminadas, sino la riqueza descriptiva del paisaje vegetal, los avances de los supervivientes, el concepto de tribu y su evolución natural, la convivencia humana y su inclinación hacia los impulsos animales. Todo eso revaloriza una idea sencilla pero bien desarrollada y vestida de hermosos oropeles lingüísticos. Al final, el instinto es lo que prevalece y la lógica analítica pierde su validez cuando no hay medios ni instrumentos para desmenuzar la sociedad. A veces ni siquiera hay sociedad. Una historia espesa en detalles y frondosa en conceptos. Llévense el machete.

martes, 25 de octubre de 2011

Dioses comiendo moscas, de Jorge Biarge Fanlo, Sergio Perales Tobajas y Ernesto Sierra Sanz (1/3)

Introducción

Segundo malabarismo grupal de Jorge, Sergio y Ernesto sobre la misma cuerda literaria, con la ventaja de los años de entrenamiento juntos o por separado y la confianza que dan las arrugas cuando salen en compañía de los amigos.
Para este segundo compilado de cuentos se han tomado un tiempo suficiente para evolucionar y pulir su estilo, apostando por el continuismo realista, los equilibrismos futuristas o la concreción introspectiva.
Leí o escuché en algún sitio acerca de la naturaleza fantástica del libro. Discrepo absolutamente. O mejor dicho, matizo: Ernesto Sierra es fantástico; ya no por sus cualidades literarias. El cielo me libre a un pobre diablo como yo de valorar los méritos literarios de estos tres escritores. Decía que Ernesto es quién sostiene la parte futurista del volumen, el que bucea entre neones del mañana y artilugios difícilmente imaginables para el lector de hoy. La ciencia-ficción es patrimonio casi exclusivo del “tímido” del grupo, como él mismo se autodefinió en la presentación del libro en Fnac, no sé si con fines autobiográficos o vocación irónica. Incluso en “Phenomena”, escrito entre los tres, se nota quién sacó la idea de la manga. Si no fue Ernesto, influyó mucho en sus compañeros para que se la inventaran en su lugar.
Si en “Triángulo escaleno” era Sergio Perales el que más se desmarcaba del estilo de sus compañeros con su universo onírico, sus personajes fronterizos entre la vida y la muerte y la abstracción total de símbolos e ideas, en “Dioses comiendo moscas” el papel de nota discordante –que no malsonante– la pone Ernesto. Los relatos de Jorge Biarge navegan entre un océano de cotidianidades llevadas al extremo y ligeros goteos históricos revestidos de humanidad y sentimientos encontrados. En el caso de Sergio Perales también se alternan los escenarios contemporáneos con alguna secuencia sacada del ayer. Contrasta especialmente en su caso el cambio de registro entre su estilo anterior, críptico, difícil, laberíntico, simbólico, con su nueva manera de plasmar las inclinaciones literarias: descripciones generosas, personajes borrachos de nostalgia, constreñidos por la pasión, desenlaces inequívocos y universos mucho más reconocibles para el lector de a pie. Jorge, por su parte, sigue fiel a un estilo único, engalanado, reflexivo, rico en vocablos y de ligera vocación ensayística. ¿Quién dijo que no se podía opinar desde la ficción?
Antes de pasar a desmenuzar cada uno de los cortes de este maravilloso disco narrativo, quiero mostrar mi falta de discernimiento sobre el orden de los mismos. Futurismo al principio, presentismo salteado en medio y ligeros guiños al pasado en el final. La secuencia, sin embargo, no es cronológica. Ahí sobresale “La sed de Ícaro” para desmontar mi teoría temporal invertida. Tampoco podemos acogernos a la autoría: todo Ernesto de primero y Jorge y Sergio alternándose el segundo plato y el postre. Ni la longitud ni la temática aglutinan los cuentos. Si el orden obedece a algún patrón establecido, se escapa a mi razonamiento.
Ah, el prólogo es de Luis López Nieves, prestigioso escritor portorriqueño dos veces ganador del Premio Nacional en su tierra; la portada es de Patricia Calvano y las ilustraciones de Ismael Blasco. Me he tomado la licencia de tomarlas para mi crítica. Si desean más información sobre la obra, pinchen sobre el enlace:
http://www.grupoajec.es/index.php?option=com_sobi2&sobi2Task=sobi2Details&sobi2Id=170&Itemid=
Les dejo con un escáner literario de unos esqueletos de letras muy bien plantados. Sus padres los criaron bien. Si en algún momento se aburren de tanta paraliteratura, abandonen estas líneas y empiecen a comer moscas, se transformarán en dioses.


Última estrella fugaz, de Ernesto Sierra

Cuidado con lo que deseas. Podría hacerse realidad.
Las personas fantaseamos con lo imposible. Nos gusta imaginar cómo serían las cosas si pudiéramos doblegarlas a nuestro antojo, pintarlas de horrendos colores con trazos anárquicos y rasgar después la chapuza cromática. Así somos los humanos. Caprichosos. Frívolos. Fallidos.
Los personajes del primer relato de Dioses comiendo moscas son seres de esta naturaleza. Viven y tropiezan en su microcosmos futurístico con la misma torpeza que nosotros en la actualidad. Es terrible que la tecnología rellene el mundo de metal y circuitos electrónicos. Una y otros son fríos, inanes, inteligentes pero deshumanizados, perfectos pero vacíos.
En Última estrella fugaz la humanidad se muestra como una secuencia cíclica. Las preocupaciones que nos ahogan desde hace milenios siguen torturando nuestro devenir con las mismas posibilidades, pero con más recursos. Ernesto Sierra nos demuestra que la ciencia ficción, el progreso y los neones, sin cordura ni sensatez, son poco menos que pistolas cargadas en manos de niños de gatillo fácil. Pero no dejen que lo profundo de la moraleja les aparte de la belleza descriptiva del cuento. Imaginar un futuro próximo y pintarlo de palabras es un ejercicio de gran plasticidad. ¿Quién necesita pincel teniendo tan colorido repertorio? Para dibujar no siempre hace falta una paleta de ricas texturas.



Daguerrotipo, de Ernesto Sierra

Louis Daguerre creó en 1839 el primer aparato de exposición fotográfica, y Ernesto Sierra tituló a su segundo relato en Dioses comiendo moscas de esta guisa después de someter a sus personajes a abusivas ingestas de nostalgia y memoria con la eterna juventud como efecto secundario.
No se puede engañar a la muerte. Pero puede inyectársele botox hasta reventar. Lo malo es que a veces te queda la cara echa un cristo y las cuencas de la calavera rebosan toxina botulínica por todos los poros.
El protagonista del cuento decide parar el reloj biológico y estirar la existencia como si fuera un chicle boomer. Hasta aquí todo parece inquietantemente tentador. Pero Mary Shelley ya nos enseñó en El moderno Prometeo que jugar a ser Dios sólo puede salir de dos maneras: mal y peor. No queda muy claro si el destino del narrador es incierto o de una certeza desoladora, pero en todo caso su existencia queda cristalizada en un cuerpo que no envejece y una mente que se satura de memorias y pasados relucientes. El hombre dura lo que dura, poco, y si no supera el centenar de abriles tal vez sea porque nos han programado así, o porque la única fuerza capaz de alimentar un cuerpo marchito no son implantes milagrosos de nanotecnología avanzada, sino el más puro e intenso de los sentimientos, ése que aguanta hasta que la muerte nos separe y a veces incluso más. Como dijeron Farrokh Bursala, Brian Blessed y Christopher Lambert, “¿Quién quiere vivir para siempre?”


Phenomena, de Jorge Biarge, Sergio Perales, Ernesto Sierra

Jugar con cruceros de lujo en el tiempo es algo que todo futurista alucinado sueña, pero nunca antes habíamos presenciado el viaje como un ejercicio de introspección nostálgica y batalla de egos personales. Jorge, Sergio y Ernesto se embarcan en la difícil aventura de aderezar todos los condicionantes de tan manida receta dándole un toque personal y original. El yo se desdobla entre el hoy y el mañana del protagonista, en continua lucha por la supremacía del ser.
“Regreso al futuro” como nunca lo habíamos visto. Tal vez porque el retorno al pasado se desgaja desde una perspectiva novedosa, tomando el punto de vista del otro yo y no el propio, burlando el egocentrismo narrativo y propinándole unas buenas patadas en la autoestima. No hay nada más catárquico que recordarse uno mismo cuarenta años antes, o imaginarse cómo será ocho lustros después. A veces uno no tiene nada que ver con la sombra de lo que fue. El desenlace de la historia, para viajeros intrépidos y curiosos. Aquí no vamos a abrir más latas de spoiler.

sábado, 22 de octubre de 2011

¿El aplauso o el lujo?

Cuando veo a cantantes, actores, futbolistas, telebazofios, nobles, motoristas, modelos, bailarines, tenistas, presentadores y resto de personajes principales o secundarios del circo del ego, con sus domadores de leonas, equilibristas ebrios, payasos sin gracia, lanzacuchillos que lo clavan, hombres que se vuelven mujeres, enanos bufonescos, fieras corrupias, deformes contrahechos, bellas sin alma de neurona, feos por dentro y demás maravillas frikis de la caprichosidad natural…no puedo evitar pensar: ¿Están ahí por el dinero o por la fama?
Es evidente que nadie escoge el apartamento de la playa o el de la montaña si puede tener los dos. Eso mismo les pasa a mis amigos de arriba. ¿Por qué deberían elegir el reconocimiento público o la más hipócrita de las sonrisas en las tiendas de ropa cara si pueden tener ambos, al vulgo jaleando su nombre en un delirio eterno y coleccionar supercoches como si fueran micromachines?
Por abstracto que resulte, imaginemos que las dos circunstancias –ser rico y ser famoso–, tan íntimamente ligadas, fueran excluyentes una de la otra, que la riqueza trajera rechazo, como les pasa a los políticos, y que la popularidad fuera signo irrenunciable de pobreza, como debió sucederle deliberadamente a Sócrates.
El afecto masivo, la deificación incondicional, la idolatría universal ha sido el sueño secreto de muchos mortales. ¿Quién no ha deseado ser jaleado, querido y añorado como un héroe único e irrepetible? ¿Que igual regala sus preciosas sonrisas y su semblante divino a las muchedumbres hambrientas de magia, virtud y mitos? La gratitud colectiva parece el más excesivo de los delirios de grandeza, el más duradero baño en los turbios lagos del egocentrismo. Porque uno lo vale. Aglutinar el amor de todos. Sentirse un dios y poder perdonarle la vida a los pobres mortales que se humillan al paso. ¿Tentador?
Mucho, pero el plan B tampoco es desdeñable. ¿Se imaginan no planchar jamás una camisa? ¡Qué coño! ¿Pueden asimilar no ponerse jamás las mismas ropas dos veces? Poseer una casa en cada continente, cambiar de vehículo cada día como si fueran zapatos, no cocinar nunca, adquirir todo lo que la codicia humana pueda ofrecer, incluyendo petardeos varios, innumerables reverencias –a veces con final feliz–, compra de amigos, novias e hijos, censura de fotos y situaciones perniciosas para el interesado, vicios infinitos, y tantas excepcionalidades como puedan hacerse a cambio de un generoso puñado de euros. El dinero no da la felicidad. La compra a tocateja. Otra cosa es que luego no se sepa gestionar un índice de alegría con tantos ceros.
Ambos provocan caídas desbocadas cuando uno se tropieza desde tan arriba. Y la ostia es como para no recuperarse. Sobrevivir a un codicioso pasado multimillonario es muy complicado. Todo cuanto estaba antes al alcance de la mano sólo puede imaginarse después. Y sentir el cariño indiscriminado de enfervorizados que se harían el hara-kiri con un boli bic con una mirada tuya, y perder de repente tamaña inversión de querencia generalizada, puede enloquecer a cualquiera y destapar sus miserias hasta que la soga, la cuchilla, los barbitúricos o la ventana otorguen merecido descanso al ídolo caído en una ciénaga de excrementos movedizos. Perder la fama de un plumazo como si lo exigiera el guión debe ser absolutamente insoportable. De hecho muchos no lo superan nunca. Nosotros podemos estar contentos. Con suerte, nunca nos veremos en una de esas horribles tesituras. En la de las perras tampoco.

martes, 18 de octubre de 2011

Lo sé de buena tinta

Elena no se quitó el bikini. Cierto que estaba empapada y el agua de la poza amenazaba con criocristalizarse sobre su suavidad cutánea, pero el trayecto hasta el hotel era escaso. Si acaso 10 km en coche. Por eso se abrazó a la toalla y subió al vehículo. Se cambiaría en la intimidad de su habitación. El viaje no tomaría más de seis minutos, pero la Guardia Civil ralentizó el momento. La Benemérita hizo parar a Miguel. Buscaban terroristas y arquitectos de goma dos. El agente invitó a la pareja a salir del coche. Miguel vestía cortos y camiseta. Elena bikini y toalla escotera. “Parece que las etarras van mejorando”, pensó el cabo. Miguel no encontraba la documentación del coche. Tampoco el agente mientras rebuscaba en el maletero metralla y dinamita. Elena se malsujetaba la toalla en torno a sus curvas. Pero la tela se resbalaba. El cabo sudaba en frío. Elena se moría de vergüenza. Le faltaban catorce manos y le sobraban ocho miradas. Miguel encontró lo que buscaba. No eran explosivos, eran papeles. El coche estaba en regla. La Guardia Civil les dejó marchar. El pudor, la risa y la vergüenza no se fueron.

Elena le contó la aventura a Marisita: “Jo, qué fuerte, tía. Estábamos en una poza en el Pirineo. Íbamos directos al hotel. Pues dije, “para lo que queda no me quito el bikini. Ya me cambiaré allí”, ¿sabes? Y nos para la Guardia Civil. Y yo con la toalla que se me caía. Y Miguel que no encontraba los documentos. El cabo buscando bombas. Y el guardia venga a mirarme. Y yo, “por favor que encuentre Miguel la tarjeta del vehículo”. Al final nos dejaron marchar. Qué vergüenza, tía.”

Marisita le narró la anécdota a Crisp y a la Puff: “El Miguel y la Elena, que lo estaban haciendo en un pozo y les pilla la Guardia Civil. Les sacan de ahí y les revisan el coche. Buscaban explosivos. Y como no les dejaban marcharse Elena tuvo que quitarse la toalla. Los polis aplaudieron y se fueron supercontentos.”

La Puff habló con Pasju y le relató el notición: “Pascual Julián, que Elena y Miguel son terroristas. Les han pillado montando una bomba en un pozo del Pirineo. Los han detenido y los iban a meter un puro pero entonces Elena se desnudó y se dio un revolcón con el escuadrón de los Geos y les dejaron marchar.”

Pasju rajó de lo lindo con Vertedera: “Ayyyyyyyyyy, pobre Miguel. Elena es etarra. Él se dio cuenta y llamó al ejército. Cuando vino la división de emergencia resulta que estaban compinchados. Le dieron una paliza a Miguel y le inculparon de preparar seis bombas y esconder material explosivo en un zulo bajo una poza. Encima Elena es ninfómana y se pasó por la piedra a los 35 militares corruptos que vinieron. Además obligaron a Miguel a verlo.”

El periódico de Perdiguera abrió al día siguiente con un bombazo informativo: “Detenido un vecino de Leciñena por terrorismo, proxenetismo y trata de blancas. El inculpado prostituía a su novia con los mossos de escuadra a cambio de pasar goma dos impunemente en un pozal”.

miércoles, 12 de octubre de 2011

¿Qué no tienes Facebook?

¿Y Twitter tampoco? ¿tuenti? ¿hi5? Pero, ¿de qué caverna platónica has salido? ¿Cómo puedes vivir en este mundo y no estar en ninguna red social que se precie?
No, no tengo Facebook ni falta que me hace. No necesito contar a mis amigos que hoy se me ha roto una uña, que mi bebé caga pelotas azules o que se ha muerto el abuelo de la montaña. Bien por trivial, por escatológico o por delicado, no parece el mejor tablón de anuncios del mundo virtual o real.
Hace once años me rendí ante el móvil. Sólo puedo aducir que fue una derrota impepinable: incomunicado durante cuatro noches y cinco días, sin cabinas a mano y sin un minuto de ocio. Aquel verano de prostitución laboral me gasté el primer sueldo en un par de teléfonos duados Alcatel Zapato y les sacamos muchísimo partido. Nada fue lo mismo desde entonces.
Hoy puedo presumir que no soy un esclavo del móvil. Está conectado 24 horas y raro es que suene más de dos veces al día, en ocasiones ni eso. Como busca cumple su función. No tenemos sexo ni le he prometido amor eterno. Cuando no responde a mis escasas demandas lo cambio por otro. El último es un cutrimóvil para tontos o jubilados, sin chuminadas ni pantallas táctiles coñazos para enganchar a los ninis. Procuro llamar poco y me da una pereza inmensa devolver un mensaje.
El ordenador es otra cosa. Me tiene pillado como radio, biblioteca infinita, máquina de escribir, tienda de discos, mapa de carreteras, correo digital, ventana al mundo, almacén de zarrios virtuales, periódico online y fuente de la eterna desinformación. Me costaría vivir sin mi dosis de blog diaria o semanal.
Pero Facebook… eso es otra historia. No le veo la gracia a comentar cosas con gente a la que verás al día siguiente, gastando tu preciosísimo tiempo en lugar de emplearlo en abrir emails estúpidos de cadenas de solidaridad discapacitoria o amor incondicional a las personas que más quieres. Esto último me parece un ejercicio gratuito y barato de falta de originalidad. La red social al menos te sirve para compartir un trozo de tu mundo y cotillear perversamente el de los demás. Allá tú. En mi casa se ve Telecinco. Nadie es perfecto, que decía Joe E. Brown a Jack Lemmon.
La especie humana camina hacia el progreso con una absoluta dependencia de sus mejoras tecnológicas. Los ipad, ordenadores, webcams, blueteeth, gepeeses, móviles, licuadoras, casas domóticas y pañales con disco duro se nos están comiendo. Llegará un momento en que no sabremos arribar a Cuenca sin el Sistema de Posicionamiento Global –o brújula para idiotas–, ni reconocer nuestras propias faltas de orticultura si no las subraya Microsoft Word, ni dibujar sin Corel Draw o entretenernos sin electricidad o microchips. ¿Alguien sabe aún hacer restas con llevada a pelo?

jueves, 6 de octubre de 2011

Simplicidad mujeril

Soy un hedonista de la psique bajo los efectos de las sustancias y sus revelaciones oníricas y alucinatorias. Vivo en un mundo que trasciende las convenciones de éste.

Para vosotros las féminas son retorcidas y multipoliédricas, sutiles y eficaces. Eso os pasa porque no viajáis en la mente como yo. Basta con rendirse al alcohol, doblegarse a María o invocar a las píldoras. Entonces todo es diferente. Las mujeres también.
Lo cierto es que no huelen una. Si les das una patada bajo la mesa para que no cuenten eso tan indiscreto no hacen sino quejarse: ─¡Ay, cuqui, que me has dado un puntapie! Que estaba contando cuando te operaron de hemorroides de caballo─. Si te has hecho la depilación láser integral y te presentas ante ella no se le ocurrirá otra cosa que decirte que estás echando tripa. Si insistes en que no puedes comer con su madre porque tienes partido, la chica rasgará tu coartada recordándote que juegas a las ocho. Así son ellas.
Y si pasas el aspirador mientras tu querida plancha podrás comprobar que ha quitado las arrugas imposibles de tu camisa de paño en el tiempo que tú has devorado 105 metros de pelusas. Cose perfecto, pero tarda seis horas en fijar un botón. Friega hasta volver transparente el vaso tintado, pero no tendrá tiempo de lavar ningún vajillo más. Y para hacer una tortilla de concurso manchará más cazuelas de las que caben en una tienda de menaje. Así son: impecables, pero eternas.