lunes, 6 de junio de 2011

Lo hago por ti

Pues flaco favor me haces. ¡Qué peligro tiene eso de que alguien defienda nuestros intereses muy por encima de lo razonable. Es como cuando acabas la carrera y tu madre saca pecho en la pollería y presume de tu diplomatura en Graduado Social o Relaciones Laborales. Parece que sólo tú has logrado la aventura de la titulitis, y que tus sietes no son onces porque el catedrático era un incompetente. No hay nada como desear no hacer ruido para que alguien lo haga en tu lugar, y con un eco mucho más reverberante del que tu quisieras.
Supongamos, por ejemplo, que uno tiene trece años y ciertas cualidades innatas para jugar al fútbol, y que dentro de su equipo de segunda infantil hasta destaca y sus ruletas se parecen a las que hacía Zidane. No es mi caso, pero imagino que al muchacho le apetece hacer lo suyo en el campo y ya. Pues no. Falta papá jodiendo la marrana. Primero va a presumir de ti como si fueras Marisol en la tele. Luego te dará mil consejos pseudotácticos para mearte al siete, cuando tu verdadero entrenador te ha dicho que abras a la banda y que te olvides del nota. Después cuestionará al mister por colocarte de contención cuando rindes mucho más de media punta. Finalmente el séptimo regate al siete te habrá salido y el colega te habrá parado con una entrada contundente. Entonces saltará tu padre: “¡Hijoputa, pero qué entrada! Árbitro, expulsa al siete que es un asesino.” El siete y tú os daréis la mano con deportividad. “Macho, es que te ibas.” Pero la movida ya estará montada. Tu padre estará llamando de malnacido pa’ rriba al siete, a su puta madre y al subnormal de su padre que no tiene ni repajolera idea y que le permite al cabrón de su hijo hacer semejantes entradas criminales. Pero el papá del siete tampoco se va a callar, y estará jurando en hebreo ante tu progenitor, y se habrá montado una gordísima. Los entrenadores, si no son gilipollas, que no suelen, intentarán poner paz y después gloria, pero los papis ya se habrán enganchado; si hay suerte, entre sí; si no la hay, contra el pobre colegiado de 19 años que necesita pasta para pagarse la carrera de Relaciones Laborales. Acaba el partido suspendido con improperios, maldiciones e insultos, tal vez agresiones y navajazos, mientras los niños intentan separar a sus padres de la movida que han empezado, muertos de vergüenza y de cabreo contenido, con un solo deseo en la cabeza: “No vengas más a verme. No me defiendas más.”
Hay casos menos denigrantes, pero bastante repetidos. Tu mejor amiga. Supón que eres una cabrona. Algunos lo somos. Vas por ahí haciendo el mal y no dejas títere con cabeza. Lo sabes y a veces hasta lo admites. Pero entonces viene ella. Se ha colgado la medalla de salvadora de tu honor y matará por él hasta el ridículo más absurdo. Tú la miras sacar las uñas y flipas. Eres una capulla integral y te mereces que te hayan dejado así. Lo estabas pidiendo a gritos. Eres una buscona de época y lo has encontrado. Hasta te gusta que te den tu merecido. Pero a tu mejor amiga no. Pondrá al otro de vuelta y media, sacará a relucir todos tus actos nobles, exagerándolos hasta la comicidad, y se pondrá belicosa hasta callar todas las bocas delatoras de la verdad con mentiras gritadas. Ya se sabe, cuando no se puede convencer con argumentos, se hace con pulmones.
No siempre te falta razón. A veces sólo es que no quieres llamar la atención. En el restaurante pediste merluza y te ponen bacalao. El camarero se ha colado. Pero a ti te da igual. Es más, prefieres comer en silencio que exigir el cambio de plato. Pero tu primo va a arreglarte la vida. Llama al servicio con vehemencia y te salva del horrendo plato equivocado. O llama gilipollas al taxista que te pita porque tardas en arrancar, o se caga en la dependienta que te tira el cambio sobre el mostrador en lugar de dártelo en la mano, o se levanta heroico cuando te van a castigar en la escuela diciendo que fue él, o jura y promete que la culpa fue del 4x4 y no de tuya cuando te saltaste un stop de libro.
En fin, es peligroso confundir justicia con fidelidad, pero me temo que si ambas entran en conflicto tu gente optará antes por tu beneficio que por la verdad perjudicatoria, aunque tu prefieras admitir que la culpa era sólo del pistolero imberbe que apretó rápido el gatillo del error.

miércoles, 1 de junio de 2011

¿Ingenuidad o ideales? (2/2)

Hay alguien ahí fuera podrido de billetes. ¿Dónde están los que especulaban con el ladrillo de arcilla hasta pintarlo de dorado y venderlo a precio de oro? ¿Y los bancos y cajas a reventar de beneficios año tras año? ¿Y los antiguos altos cargos políticos aburridos de cobrar y no hacer nada? ¿Cuándo nos vamos a dar cuenta que la culpa no la tienen los fontaneros, funcionarios administrativos o camioneros, que los que nos están jodiendo están mucho más arriba, y nos han agarrado bien por los cojones? Y ellos venga a recortar personal, ayudas y servicios. Y las multinacionales a reventar familias con la barata excusa de las pérdidas. Pero cuando vengan las vacas gordas los especuladores volverán a forrarse en la sociedad del bienestar, y los capitalistas serán más asquerosamente millonarios, y los demás daremos gracias al cielo por poder trabajar y cobrar 1500 euros de mierda, que hoy suspiramos por ellos, pero que en condiciones favorables supondrán que los de siempre sigan cobrando cuatro veces más por hacer cuatro veces menos.
Vuelvo al 15M. Y no sé todavía si vale para algo o no. Despertar conciencias. Creo que algunas hace tiempo que no pueden dormir y no precisamente de remordimientos, sino de preocupación. Manifestar nuestro malestar. ¿Y? ¿Crees que les importa? Promover el cambio. ¿Lo qué? ¿Cómo se promueve el cambio, qué se modifica acampando en los centros neurálgicos de los capitalismos españoles? ¿De qué manera doscientas tiendas de campaña Quechua van a ayudar a los jóvenes sin trabajo a tener una mísera oportunidad de acabar la ingeniería y cobrar mil euros trabajando diez horas de lo suyo? ¿Y los parados de edad límite, dónde pone que van a poder pagar hipotecas y callar bocas hambrientas?
Mucha gente apoya las movilizaciones como primer paso. Yo no voy a negarlo pero como hace tiempo que abandoné los veinte, me pregunto: ¿y ahora qué? ¿Cuál es el segundo paso? No quieren vincularse a ningún partido político, pero sin legitimidad política nunca podrán ser elegidos por el pueblo para trabajar para el pueblo. Los aires de transformación parecen acobardar al mismo cierzo, y huele sin duda a descontento social, a vientos de lucha de clases. ¿Son ideales o mera ingenuidad post-adolescente? La historia nos ha despertado del sueño hippie, de sus principios inquebrantables y del desengaño que trajeron; la revuelta del mayo de 68 cambió muchas cosas en el espíritu, pero nada en la realidad, y se disipó tan rápidamente como se había iniciado. Las huelgas de trabajadores han funcionado a veces, pero los trastornos que han ocasionado sólo los han sufrido el pueblo llano, como siempre. Parece poco probable que una sentada pacífica, civilizada y sin coste social suponga una molestia real para ediles y presidentes. Si es por ellos los chavales pueden acampar indefinidamente.
El perfil del quinceemero es heterogéneo, pero parece concentrarse en un espectro de edad entre los 20 y los 30. Algunos son personas responsables, que duermen ahí de noche y trabajan o estudian de día. Otros son jóvenes sin futuro, desencantados de la falta de oportunidades y rabiosos de ver como se les escapa la vida por culpa del capitalismo voraz. Los menos son adolescentes con un marcado carácter lúdico, que encuentran más divertido subirse al carro del “paz y amor” y dormir con los colegas en la tienda de campaña que en casa con los viejos, y que ven el rollo como una experiencia divertida, como una acampada urbana o como una fiesta de pijamas continuada. Menos mal que les quitaron las botellas. Estaban a punto de convertir las ideas de muchos inquietos en cubitos de calimocho.
Entonces, ¿esto va en serio o no? ¿De verdad van a conseguir algo? ¿Soy demasiado burgués para darme cuenta? ¿O es la vida y los madrugones lo que me hacen comprender que el sistema se comerá sus protestas tan pronto como les paguen por su labor y puedan subyugarse a una hipoteca? ¿Reventarán el tinglado sólo para construir uno nuevo, honesto y justo, que se irá corrompiendo con el paso de los euros como hacían los cerdos de Orwell en “Rebelión en la granja”? Mil cuatrocientas palabras después sigo sin vislumbrar la verdad en tan maniquea dicotomía pero, y perdonen mi derrotismo, la experiencia me dice que un buen día la plaza del Pilar ya no tendrá tiendas de campaña y los políticos seguirán robando lo mismo. Perdón, quería decir cobrando. Lapsus lingue. Los únicos que habrán ganado con esto serán mis amigos de Decathlon. A ver si la próxima protesta es de Merivas haciendo trompos y sacamos a la Opel de los EREs.

sábado, 28 de mayo de 2011

¿Ingenuidad o ideales? (1/2)

Camino pausado por las graníticas baldosas plazapilarescas y desde hace unas semanas no sólo hay que esquivar administrativos que llegan tarde al ayuntamiento o furgonas de riego que llegan pronto a las sedientas macetas. Hasta hace poco las inmediaciones de la plaza tenían sus citas obligadas con belenes navideños, conciertos populares, certámenes joteros, festivales interculturales y pasos de Semana Santa. Ahora acampan en sus interminables espacios un centenar de tiendas de campaña como si la naturaleza hubiera levantado sus paredes de seda transpirable sobre los cimientos mismos del progreso humano.El espectáculo, más allá de suponer reclamo inusual de turistas accidentales o curiosos del rollo ajeno, ha movilizado a miles de personas –aquí y en todo el país– deseosos de apuntalar cualquier iniciativa hambrienta de justicia y coherencia social, esa que parece desaparecida hace años.Lo primero que uno piensa al perderse entre las nuevas calles nacidas de hileras humildes de vientos y avances multicolores, sujetos por pedruscos asentadores de hogares efímeros frente al derrumbe económico de las viviendas de verdad, es que ningún estamento político ha respaldado, financiado o sugerido esta propuesta. Ha sido Decathlon. Basta con contar el número infinito de Quechuas que se patrocinan en iglús, tiendas y pabellones.
Lo segundo que a uno se le pasa por la cabeza es claro y meridiano, aunque no tan fácil de resolver: ¿esto está bien o mal, es botellón o manifestación, responde a una juventud desencantada o a una chiquillería aventurera? Algunas dudas se disipan pronto. El decimoquinto cartel de “esto no es un botellón” me ayuda a vislumbrar la luz. Las iniciativas se suceden y muchas parecen interesantes, sostenibles o cargadas de buenas intenciones. Así me lo hacen ver los recipientes de basura orgánica, cartón y plástico; el servicio de guardería autogestionado; el taller de yoga matutino; la charla de un profesor universitario; los miles de manifiestos caseros colgados de tiendas, postes y farolas; la tienda solidaria y muchos otros motivos de esperanza.
Otras cuestiones, sin embargo, no ofrecen respuestas tan clarividentes. ¿Quién ha montado esto? ¿Qué se persigue? ¿Qué y quién hay detrás de este tinglado pseudohippie, agitador de conciencias y pacificador de posturas irreconciliables? Necesito más elementos de juicio. Acudo a los foros de Internet, auténtico reducto de sabiduría popular y atrevida ignorancia a partes iguales. Hay de todo: desde los que animan, secundan y vitorean a los ideólogos, acampados y simpatizantes de la propuesta, hasta los que crucifican, desmontan y maldicen la historia por su pasividad, vagancia y falta de realismo.

Vuelvo al lugar del crimen. No por vicio. Es cruce obligado de casi todos los destinos de mi vida, dícese ocio o labor. Paseo curioso por sus ideologías, ando entre sus esperanzas, recorro sus sueños como el que contempla un museo que le han dicho que está muy bien y no sabe si hacerse un juicio de valor propio o confiar en la crítica especializada. Tropiezo visualmente con lo que buscaba, con el único bocadillo que puede saciar mi hambruna de preguntas: un puñao de respuestas. Sobre una farola mamotreto de muchos miles de euros de coste en años de despilfarro y bonanza, me encuentro un manifiesto ideológico de muchos quilates, sincero, enrabietado, potente e ingenuo, que tal vez cobraría más fuerza sin esas faltas de ortografía garrafales –es lo que traen las nuevas generaciones, qué le vamos a hacer.
Las medidas, más allá de una reseña antinuclear, confluyen en fines sociales, reparto de la riqueza, trabajo para todos, mano dura contra el corrupto, pensiones dignas, elecciones justas, eliminación de privilegios de políticos y altos funcionarios, y recargo fiscal sobre los opulentos en vez de fundir a los míseros.
El sistema es una puta mierda. Los ricos son cada vez más ricos y los pobres más pobres. En proporción a los que se rinden a la inanición de las tripas hinchadas y los estómagos vacíos, a los que su único fin en la vida es dar con sus huesos en los buches de un puñao de impacientes buitres, en relación a ellos los europeos somos sumamente afortunados. Pero si lo comparamos con esos cabrones que dirimen nuestros destinos, que cobran más de cinco mil euros mensuales, que están blindados en fueros medievales, en dietas millonarias y en gastos de representación de todo tipo, entonces nos están timando tanto como a los demás. La pasta no se destruye, sólo cambia de manos.

martes, 17 de mayo de 2011

La discriminación positiva

Hay rémoras sociales que a fuerza de pretender erradicarlas se ha blindado a sus víctimas muy por encima de lo comparativamente razonable. Y no estoy hablando de las oposiciones donde se reservan plazas para minusválidos, donde no tienen desventaja alguna y si unas ratios de fábula, ni de la violencia de género, terrible y execrable, pero no menos que la deportiva o los crímenes monetarios. Hoy hablo del racismo.
La discriminación a una etnia, raza o país es algo fascista, fanático e ignorante. No podemos olvidar que todos, en algún momento de la historia, fuimos migradores. Podremos revestirlo de colonización, cristianización, conquista o intervencionismo, pero todos hemos metido las narices en los mocos ajenos. Tampoco entiendo por qué a los extranjeros primermundistas se les llama turistas y a los del Tercer Mundo ilegales. Cuestión de dinero, supongo.
Lo que sí considero injusto, por muy políticamente incorrecto que sea mi razonamiento, es que se penalice ferozmente al que comete un acto de racismo frente al que lo hace con la misma mala baba, pero sin matiz étnico. No parece muy ecuánime que “negro”, “gitano” o “mono” sea peor que “hijoputa”, “cojitranco” o “calvo de mierda”. Más cuando tener una madre de profesión sus piernas abiertas, cojear un poco en algún aspecto o sufrir estrés alopécico parecen cosas mucho más graves que tener la piel marrón oscuro, casarse rompiendo un botijo o parecerse a un primate, al que por cierto todos nos parecemos. El racismo es malo y hay que combatirlo, pero no me parece bien que se le dé más importancia a eso que a otras barbaridades. Motes los ha habido siempre y nunca dejaremos de referirnos al semejante con calificativos tan despectivos como aparentes. Una cosa sí es segura: cuanto más acusado el rasgo, más propenso a ser moteizado. Si no de qué iba a haber gordos, marimachos, mancos, estreñidos, chuloputas, cuatrojos, recauchutadas y yonquis, entre otros ejemplares de la fauna mundial.

martes, 10 de mayo de 2011

Coca–Cola nos ha hecho felices

Querido Carlos:

Hoy me he sentado en mi mecedora en el porche de casa. Los niños jugaban en la calle y el tráfico parecía especialmente feliz esta tarde de verano. Estoy contento de ser una persona. He abierto la nevera portátil y me he enfrentado a una difícil decisión: ¿Me tomo una cerveza o una Coca-Cola? Ya sabes que no soy un alcohólico y por ello me he decantado por el brebaje de la felicidad. Dios, qué buena me ha sabido. Cuando esas refrescantes burbujas cosquilleaban mi gaznate he sentido la película de mi vida pasar delante de mí. Entonces me he acordado de ti, de Iñaki, de José, de Javier, de Luis, Roberto, Alex y Ángel.
¡Qué tiempos aquellos! Éramos los reyes del mambo. Siempre vacilando a las chiquitas, con nuestra botella de Coca-Cola en la mano, con ese sonido inconfundible al despitar las latas como si fueran granadas de mano, con esa espuma marrón que vaticinaba nuevas aventuras y momentos de oro juntos, con esa amistad tan noble, tan ingenua, tan legal. En ese momento me he dado cuenta: Coca–Cola nos ha hecho felices, nos ha guardado en todos los malos momentos, nos ha dado algo para continuar unidos, y cuando las circunstancias nos han separado, sus anuncios han mantenido la llama viva por siempre en nuestros corazones. No me sorprende que Papá Noel cambiara su verde Amena por el rojo carbonatado. Ambos –la bebida y Santa Claus– representan la ilusión, la bondad y la felicidad sincera.
Sé que estás pasando por momentos difíciles. Por eso me he decidido a escribirte. Porque hemos descubierto millones de universos juntos, porque las cosas nunca hubieran sido igual sin nuestras tardes de eructos y nuestros cubatas de medianoche furtivos, porque nos une un sentimiento de bienestar cósmico para con todos los seres de este mundo y de otros. Porque me importas un montón, y porque, aunque los demás ya no estén aquí, cuando veo pasar el camión rojo de mi bebida favorita me acuerdo de ellos tanto como me acuerdo de ti.
Cuídate mucho. Ya nos veremos.

Alberto

------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Estimado Alberto

Eres un hijodeputa de los que hacen patria. ¿Me escribes 27 años después de que me diagnostiquen una diabetes de caballo galopante para contarme tus soplagaiteces y me vienes con gilipolleces de amistad eterna y felicidad gracias a Coca-Cola? ¿Pero tú eres subnormal o es que tu sadismo no te deja dormir? ¿Pero es que no te has enterado que me cortaron las dos piernas por culpa de todo el azúcar que me estaba metiendo en cada “lata de felicidad”? Que sí, que Coca-Cola no tenía la culpa de que fuera diabético, pero si me hubiera dado a la heroína o a las pastillas aún tendría piernas de verdad y no prótesis de Robocop.
Yo también me acuerdo de esas tardes de botellines de cola en el parque, quedándonos con las chavalas y levantándoles la falda. Igual nos tomábamos un litro de Coca-Cola al día cada uno. Tú te fuiste a Seattle, por eso no estabas cuando a Luis le tuvieron que cambiar toda la boca por culpa de la caries. Si te acuerdas, Albertiko, Luis no probaba los dulces; fue tu bebida que está hecha para hacer sentir bien a la gente. Bien, sus padres se arruinaron en el dentista y cuando se descalcificaron los huesos por culpa del ácido fosfórico no pudieron hacer frente al tratamiento. Todo gracias al elixir de la lata roja. Murió hace ocho años de osteoporosis. Sus huesos no le soportaban.
Javier todavía vive. Está postrado en una cama. Pesa 223 kg. Dicen que tenía un problema de tiroides, pero que fuera adicto al azúcar de la Coca-Cola tuvo mucho que ver con su sobrepeso. Sigue bebiéndose la felicidad enlatada aunque no debería. ¡Qué coño le dices un tío que no tiene ganas de vivir ni recuperación alguna!
Iñaki murió en el 86 de cáncer de pulmón. No sé tú, pero los médicos apuntaron al metilimidazol proveniente del colorante marrón de tu refresco favorito como causa detonante.
José está bien, dentro de lo que cabe. Tiene insomnio crónico por culpa de la Coca-Cola y su cafeína. Por las noches no dormía y por las mañanas no rendía. Lo echaron del trabajo. De seis trabajos. Ha degenerado un montón y está a punto de ser desahuciado.
Roberto está enganchado a la cocaína. Nunca superó su adicción a la Coca-Cola y cuando intentó dejarla ya no podía vivir sin su ración diaria (es lo que tiene la hoja de coca). Al final cambió una mierda por otra. Más cara, por cierto.
Alex ha tenido serios problema de riñones, según los galenos por la “ingesta masiva de bebidas gasificadas”. Ahora come con una máquina y no pesará más de 48 kilos.
Ángel tuvo una taquicardia el año pasado. Quiero decir que tuvo otra taquicardia. No te preocupes que ya no tendrá más. Según su mujer fue la cafeína de la Coca-Cola la culpable, pero vete tú a saber.
Yo estoy bien, de puta madre. Vivo conectado a una máquina y tomo una comida de mierda. Cada dos o tres meses me cortan un trozo de extremidad. Ya me han amputado las piernas hasta arriba y el brazo izquierdo por encima del codo. Los médicos dicen que no viviré más de cuatro meses. Si no te vuelvo a escribir es que ya no tendré brazo derecho para hacerlo, que por cierto no veas lo que cuesta coger un boli con tres dedos, que es lo que me queda. Mi esposa no soportó las sucesivas amputaciones y me dejó hace un año. Tampoco la culpo. Mi carácter es insoportable. Menos mal que me quedan amigos como tú para recordarme que “Things go better with Coca-Cola”. Por cierto, cuando te fuiste a Seattle podías habernos dicho que la multinacional que te había contratado como Gerente de Planta era una empresa de bebidas refrescantes y felicidad embotellada.

Carlos

miércoles, 4 de mayo de 2011

El retorno de Cuadrícula de Excel

A veces ganan los buenos.

Luis Mateo Sanjuanes –Cuadrícula de Excel– era el mejor agente de campo. Se conocía el código penal de memoria, la constitución en seis lenguas cooficiales y el reglamento de régimen interno con sus excepciones y variantes. Era el más rápido rellenando formularios y denuncias, el más avezado a la hora de vislumbrar soluciones legales y el más imaginativo para resolver casos presuntamente imposibles. No era extraño que Cuadrícula de Excel despertara en Más Largo que un Día sin Pan una contradictoria mezcla de admiración soberana y envidia latente. Descubrir que Cuadrícula de Excel se había dejado seducir por el lado oscuro suponía un mazazo anímico tremendo para el estirado. Largo sentía que su fe en la justicia y la verdad se tambaleaba; que su adoración y fervor por el policía legalista crecía y se corrompía a un tiempo; y que sus más profundos sentimientos hacia la policía más tierna, hermosa y bondadosa de Proteger y Servir afloraban presos de oscuros presagios y aterradores indicios tanáticos.

Aquella mañana los pantalones reglamentarios parecían más cortos que nunca. ¿Qué coño miras? y Bollitos Martínez le observaban desde su banco con una mezcla de fingida educación y risa contenida. Era difícil ver a ¿Qué Coño Miras? riéndose, por eso Más Largo que un Día sin Pan no se tomó a mal la burla a su uniforme descuajeringado. Decidió encasquetarse el cinturón por debajo del ombligo y tapar así seis centímetros más de tobillo. Largo descubrió que era mucho más cómodo llevar así los pantalones, por mucha hucha que su chaqueta al límite enseñara. Cuando salió del vestuario los dos agentes contemplaron el corte naciente de sus nalgas asomantes y estallaron de espontánea felicidad. Largo se volvió desafiante y Bollitos se asustó, pero ¿Qué Coño Miras? cambió la hilaridad por una expresión torva y desafiante mucho más acorde con su pseudónimo. No era frecuente ver a Largo tan agresivo y poco amistoso, pero el pulso se mantuvo durante incontables segundos. En poco tiempo se hizo un corrillo de policías hambrientos de barro: Vaya Marrón, Geriatriz, Gorra Torcida, Carapan con Sésamo, Pies Mogolluna, Merengona, Espeso pero Revenido y Tendencias.
La cosa no pasó a mayores. Sota de Espadas y Gordo pero que Manda Más que el Rey cortaron la esperada trifulca con el briefing de las 8. Los jefes sólo hablaron de casos habituales de botelloneros de once años los martes por la tarde y sustracciones de malvadas marujas en los chinos, pero remataron la mañana con una primicia tan inesperada como indigesta: Cuadrícula de Excel volvía a Proteger y Servir desde la Central. Los compañeros se levantaron a su paso y aplaudieron al funcionario a su paso. No es que les cayera especialmente bien un tipo meticuloso y legalista como Excel, pero gustaban de celebrar cualquier gilipollez y revestirla de acontecimiento histórico. Cuadrícula saludó someramente, dijo seis palabras estudiadas y vacías y se sentó en primera fila a escuchar el resto del discurso de Gordo. Día sin Pan tenía la mirada perdida en la nuca de Cuadrícula de Excel. No podía ver su cara, pero sentía que se reía malvadamente.
Cuando Largo se ajustaba la porra y las esposas en el cinturón como último escalón del ritual pre-ronda, atisbó en el escritorio de Excel una foto en blanco y negro de Guapo con Ganas. Se paró frente al perfeccionista agente de oficina y cruzaron fuerzas en un diálogo intenso.

No te saldrás con la tuya –dijo el alto.
–No sé de qué me hablas –respondió el cuadriculado.
–Lo sabes muy bien. –Largo contempló la expresión coqueta de Guapo con Ganas, el agente presumido apuñalado por error en el cine Marlon. No sabía si su muerte había sido orquestada por Excel o simplemente aprovechaba la coyuntura para desconcertarle todavía más. –Sé que eres tú el oscuro malechor en la sombra.
–“El oscuro malechor en la sombra” –se burló Luis Mateo Sanjuanes–. Deberías oírte, Largo, te estás cursilizando desde que te asignaron a Elfo.

Día se abalanzó sobre Excel y lo agarró vehementemente de la camisa con tanta fuerza que la chapa policial se le clavó en los dedos hasta chupar sangre. La mirada la tenía perdida en desesperación y miedo a perder su ángel, y todo ello su enemigo lo sabía. Largo comenzó su amenaza pero nunca pudo terminarla.

–Como le pase algo a Ojos Almendr…
–Largo, largo de aquí –gritó Sota de Espadas–. Le recuerdo a usted que Excel es su superior. Se le abrirá expediente por esto. A ver si se echan un polvo de una vez la pava y usted, lo necesitan.

Día sin Pan tragó humillación, odio y rabia hasta ahogarse tres veces. Su rostro se encarnó hasta asfixiarse en frustración mientras varias locuras luchaban por captar el control de sus movimientos. Deseaba sacar la porra y metérsela en la boca a Sota de Espadas, lo cual suponía arresto de seis a doce meses y expulsión del cuerpo de por vida; también quería desenfundar el 38 y vaciar el cargador en las gafas de pasta de Cuadrícula, lo que implicaba de doce a veinticinco años de prisión; por último, se le ocurrió también coger a Sota, ¿Qué Coño miras? y Excel y enviarlos a las selvas de Colombia con el uniforme de las FARC para que Machote hiciera el trabajo y disfrutara con ello; para esto último no había nada legislado, pero era harto inviable.

Ojos Almendrados de Elfo solucionó la incógnita agarrando a Largo por el brazo, con tierna firmeza, y secuestrándolo de su propia enajenación mental transitoria. Cuatro manzanas más abajo su fiel compañero se lo agradecería, pero de momento la impotencia se llevaba todos sus impulsos. Antes de irse pudo ver el brillo en los ojos de Excel. Sin decir nada, estaba confesando que él era el malo y que le llevaba dos o tres pasos de ventaja.