viernes, 12 de marzo de 2010

Vos cometés un error

El arte no puede ser copiado; al menos gratis.

Parecía una casa señorial: sobria, granítica, elegante. El futbolista que la moraba era de gusto selecto y poco dado a la opulencia. Patricio Márquez estaba encantado con ese tipo de clientes. Podían querer pagar o no, pero no podían alegar insolvencia económica. El timbre sonó de forma seca y breve. A Patricio no le gustaba expresar impaciencia mediante largos y repetidos timbrazos. Prefería algo más directo.

- ¿Señor Mesa?
- ¿Perdón?
- ¿Vive aquí el señor Mesa?
- Che, vos te equivocaste. Es Messi, Leo Messi.
- Ah, disculpe. ¿Es usted León Mesi?
- Eh, claro que sí, boludo.
- Tengo una multa para usted de la SGAE.
- ¿Cómo decís, pelotudo?
- Tiene que pagar a la Sociedad General de Autores Españoles.
- ¿Por? ¿Qué hice?
- Pues que va a ser. Ha plagiado arte.
- Che, vos os equivocás. No entiendo nada de arte ni tengo cuadros ni estatuas. Yo juego al balompié.
- No, no. Usted ha plagiado a un tal Diego Amador Maradona.
- Armando, vos os refería al “Pelusa”.
- Desconozco si el señor Maradona os tiene pelusa o no, pero le habéis copiado algo que él creó.
- Por Dios que no le entendí. O vos no me entendiste a mí. Yo no copié nada.
- Si lo hizo. A ver… usted don León Mesi plagió una jugada de gol original de un partido de fútbol del mundial 86 entre Argentina e Inglaterra. A ver, “El señor Mesi reprodujo la jugada en un partido de copa del rey Barcelona – Getafe.” No puede negarlo.
- Pero yo no plagié. Vos podéis verlo. Fue una jugada fortuita. Salió así. No copiaba a Diego. Sólo se parece.
- Eso dicen todos. ¿Va a pagar o esperará el fallo judicial? En el segundo caso lleva de 300 a 6000 euros de recargo en función de las costas.
- Eh, esto, che, ¿cuánto resultó, boludo?
- Serán 565 €. No hay reincidencia.
- Aquí tenés. Estoy espeluznado.
- No se preocupe. Muchos no saben que plagian. Para eso estamos nosotros. No vuelva a hacerlo, ¿vale?
- Descuidá, no volveré a copiar, lo prometo.
- Más vale. La SGAE no perdona. Aunque los autores sean argentinos, nosotros velamos por sus intereses en España.
- Ya le comprendí.
- Y tenga cuidado con ese corte de pelo a lo Dustin Hoffman. Si se determina que pudo haber plagio al actor deberá pagar otra multa y sería reincidente.
- Descuidá. Ya mismo me vengo a cortar la melena.

Patricio Márquez marchó satisfecho. Los ricos pagaban rápido y evitaban la tediosa burocracia. Esa noche llegaría al documental de “Leones en remojo” de La 2.

sábado, 6 de marzo de 2010

Bendita calamidad, de Miguel Mena

La novela combina una road movie a la española con la caza del tesoro, dibujando la topografía turiasonense y sumando despropósito tras despropósito en la carrera de los aspirantes a delincuentes. Pese al intencionado tono humorístico de la obra, el desarrollo de la acción sigue parámetros lógicos y el sentido común abandera muchas de las decisiones tomadas. Un asunto menor acaba destapando una trama mucho más ambiciosa.
Miguel Mena no comete el error de introducir todos los datos de sopetón desde la primera página. Prefiere ir desgranando cada detalle de modo paulatino una vez que el secuestro ha enganchado al lector y lo somete al inesperado desenlace del libro. Sólo es a mitad de texto o más cuando todos los frentes convergen en un único foco de interés. Mientras tanto, los tres excursionistas forzosos desarrollan su propio síndrome de Estocolmo y lo trabajan a conciencia, en cada mordaza, puya o amenaza no convincente. Los episodios menores que jalonan sus desventuras resultan excesivamente casuales pero dan ritmo al viaje a ningún sitio. No deja de ser curioso que cuando los Moreda estén a punto de perder su último resquicio de dignidad criminal una zanja llena de ortigas les lleve a repentinos giros argumentales.
La obra es de fácil lectura y ritmo ágil. Las descripciones no abundan y el vocabulario es de una extrema sencillez, rechazando los excesos literarios para centrarse en la parte más consistente: la trama argumental y la acumulación de incidentes jocosos. Ni siquiera cae en la tentación de hacer propaganda de las fiestas locales ni en las tradiciones del lugar. Lo más que se permite es apuntar someramente los lugares y pueblos por los que el insólito trío emulan a su modo a Don Quijote y Sancho cambiando los ideales caballerescos por las necesidades pecuniarias. Hay quién preferirá el desahucio neuronal de los hermanos, y quién agradecerá que su caótica existencia tenga un fin pragmático y social, pero en cualquier caso, superado el asunto de la catedral, volverán a las andadas con la lección tan aprendida como la de un pez a los quince minutos. Es de agradecer que Miguel Mena corte y reparta el bacalao, y que en algunos casos acabe dejando a cada uno (casi) como estaba, y a otros les alegre el día o les arruine los próximos diez años, demostrando que más allá de posicionamientos e intenciones, la gente no cambia, y si lo hace es a peor.

Argumento (contiene spoilers)

Anselmo y Ricardo Moreda son dos hermanos fayenses con urgentes necesidades monetarias. Tras arruinarse su negocio, un discobar, se dejan convencer por un abogado chanchullero de la capital, Antonio Oreste, de que el dinero rápido y fácil se obtiene mediante un secuestro. Así se deciden a raptar a un industrial de renombre, Pablo Benítez Modrego, mediante una estrategia arrolladoramente simple: Herirlo en fiestas y llevárselo al hospital. Para ello queman furtivamente los plásticos que protegen la fachada del ayuntamiento de los sangrantes tomates del Cipotegato. De este modo, y protegidos por una lluvia de tomates, pretenden arrojar una bola de metal pintado al empresario, y con la excusa de la brecha, meterlo en una falsa ambulancia y secuestrarlo limpiamente. Pero el plan falla cuando Ricardo, el certero tirador, no acierta en la sien de Pablo Benítez, y si en la del obispo de Tarazona, que estaba a su lado. A los tres delincuentes no les queda otra que llevarse a su eminencia, ya que para eso custodian una preciosa ambulancia de emergencias. Cuando se dan cuenta de su error, Oreste marcha a Zaragoza a averiguar cuanto se puede sacar por un cura, aunque ya sabe que será mucho menos.
Los dos hermanos demuestran ser unos completos chapuceros: Su refugio iba a ser el chalet en Grisel de su tío de Barcelona, que hacía tres años que no venía por ahí. El problema es que cuando llegan allí en furgoneta el lugar está alquilado. Comienzan a improvisar y prueban no ser muy hábiles. Primero Ricardo inspecciona un pozo natural presuntamente inhabitado, pero en el que vive un energúmeno arrepentido, asocial y católico desde que lo echaron tiempo atrás. La aventurilla casi le cuesta la eternidad al cerebro de la banda, pues el ermitaño pretende que se quede con él por siempre. Finalmente consigue volver. Tras compartir prado con un pastor secuzo y su rebaño de ovejas pasan la noche en un antiguo sanatorio abandonado, aunque tomado por una panda de hippies okupas litroneros y heavitrones. El obispo va tomando consciencia de la torpeza de sus captores, a los que va descubriendo paulatinamente: los rostros, las voces, los nombres, la relación entre ellos... Sin embargo, no consigue convencerlos de su improductivo secuestro. De nuevo en la carretera son abruptamente interceptados por una excursión de niños. Uno de los chavales se ha hecho una brecha en la cabeza y deben llevarlo al hospital más cercano. Sin embargo, al toparse con un control policial consiguen endilgarles el muerto, es decir, el herido y su profesor. De este modo se quitan dos pesos de encima. Cuando llegan a su próximo escondite, unas cuevas otra vez presuntamente desiertas, Ricardo descubre un zulo de drogas de diseño y huye con un maletín lleno de dinero. Cuando los dueños del dinero los descubren y encorren a balazos, no les queda otra que soltar las perras para no ser cazados.
Paralelamente a las correrías de los tres desgraciados, una reportera de Zaragoza es enviada a Tarazona a investigar la desaparición del obispo. Sin embargo, Laura, la periodista, sospecha una trama mucho más oscura que le permitirá escalar en su carrera: Cree que el arquitecto Rafael Rodríguez Lacarra, encargado de la remodelación de la catedral de Tarazona, tiene negocios sucios y ha hecho desaparecer al obispo porque ha descubierto algo que le inculpa. Por eso se inventa las entrevistas que debía hacer y dedica su tiempo a asaltar el domicilio de Lacarra, y a procurarse un medio de entrar en la catedral, cerrada al público desde hace diez años. Así descubre que Lacarra lleva años excavando bajo los cimientos del templo buscando un antiguo tesoro perdido, y que mientras expolia los bienes, pinturas e imágenes catedralicios para venderlos en el mercado negro, cambiándolos por burdas falsificaciones.
Ricardo, Anselmo y Don Ramiro llegan en dumper, una especie de carretilla de obra, hasta su escondite definitivo: Las minas de Valdeplata, entre Talamantes y Calcena. Exigiendo intimidad para realizar sus necesidades, el obispo escapa de sus captores sólo para caer en una zanga. En ella encuentra el esqueleto de Lamberto Garro, un afamado platero del siglo XVIII. Según explica don Ramiro, el orfebre fue contratado para realizar el retablo de la catedral con una importante cantidad de lingotes de plata donados por los condes propietarios de las minas. Cuando Garro y su ayudante escondieron los lingotes lejos de ladrones y pícaros, les sobrevino la desgracia. Lamberto desapareció y su ayudante apareció dos días después en Trasobares diciendo que unos bandidos les habían atacado. Luego murió de peste antes de que llegase su hijo, al que escribió una carta. Nunca se supo dónde habían ocultado la plata. En la zanja de Lamberto Garro hay escritas reveladoras consideraciones: versos que indican crípticamente el escondite del tesoro y la persona que lo traicionó: su propio ayudante Lacarra, antepasado de Rafael Rodríguez Lacarra. Es evidente que la carta del ayudante a su hijo explicaba la situación y que varias generaciones de Lacarras llevaban siglos buscando los lingotes sin suerte. Por eso el arquitecto estaba poniendo la catedral patas arriba y mientras vendía sus obras de arte para ir haciendo caja.
Las expectativas de hallar el tesoro de Lamberto Garro abren nuevas posibilidades para los hermanos Moreda, que deciden pactar con el obispo e ir a buscar la plata a Tarazona. Para ello “alquilan” un ciclomotor obsoleto que les lleve hasta allí.
Laura consigue que Isidro, el jefe de policía, le permita ver la catedral. Una vez dentro oyen voces y se esconden. Después aparecen Lacarra y sus secuaces que, alarmados por la fortuita desaparición del obispo, y una vez seguros de que no corren peligro, deciden aprovechar el viaje a Tarazona llevándose algunas piezas. Pero ellos también oyen a alguien venir y se ocultan. Cuando aparecen el obispo y los Moreda, Isidro quiere detener a todo el mundo, pero Laura le pide paciencia. Don Ramiro, Ricardo y Anselmo encuentran un pasadizo picando en la base de una columna según los versos de Garro en la zanja, y así llegan hasta unos antiguos pasadizos que llevan a la cámara de los lingotes. Lacarra intenta seguirlos pero no cabe por el hueco y se queda completamente atorado, dejando a uno de sus hombres afuera y al otro dentro. Laura e Isidro reducen al del templo, y el otro llega hasta donde están el obispo y sus captores. Cuando Ramiro y Anselmo huyen de él, pican en la pared hasta llegar al cuartel de policía.
El obispo explica todo lo ocurrido. Habla del tesoro, inculpa a Lacarra, da explicaciones. Laura llama a su periódico y cuenta la noticia que abrirá la edición del día siguiente: “Aparece el obispo de Tarazona y con él un tesoro.” En medio de tanta confusión, los Moreda deciden fugarse ante la dejadez de sus carceleros. Se levantan tranquilamente y se marchan sin hacer ruido disimuladamente, sin dinero pero libres, y comienzan a planear otro modo fácil de sacar dinero: chantajear a una empresa de lácteos.

sábado, 27 de febrero de 2010

Vampiros de libro

Los chupasangres literarios, y no me refiero a los editores, llevan unas cuantas décadas sobreviviendo a modas, crisis y gustos. Está claro que Drácula ya no podría presentarse ante los lectores de hoy con su capa roja y las entradas de la frente dibujando un amenazador triángulo de áspero cabello peinado hacia atrás. Las yugulares más afectadas en la actualidad por la hambruna vampiresca son jugosas y tiernas: rara vez superan los veinte años de experiencias vitales. ¿Por qué los adolescentes están tan enganchados a la literatura succionacuellos? ¿Qué extraña hormona les conduce directos a los colmillos de los no-muertos? ¿Acaso les va la marcha? Pues parece que sí. La lectura draculesca reúne atractivos focos de interés para los jovenzanos. De un lado nos encontramos con historias románticas de amor imposible: humana-vampiro, bicho bueno-hombre malo o demás combinaciones licántropo-vampirescas. El paradigma de la femme fatale se invierte. Ahora el oscuro objeto de deseo que lleva a la perdición lo representa el chico encantador pero con voracidad por los leucocitos. El nene vampiro tiene un corazón de oro, pero el hambre es el hambre. El rollo este caníbal-sexual le va mucho a las muchachas perdidas en sus múltiples fantasías onírico-sensuales.
Luego está el tema sobrenatural. Los caballeros del zodiaco y los superhéroes en coloridos leotardos bajo el calzoncillo de látex suena a infantil y ridículo a la vez. ¿Qué mejor que contar con un ejército de superguapos de piel lánguida, ojos penetrantes, colmillos fálicos y excepcionales facultades físicas? ¿Que lo mismo se transforman en perro que batean sus murcialescas membranas interdigitales? ¿Que se emborrachan con sangre humana en lugar de red bull con ginebra y que son débiles ante crucifijos, amaneceres, ajos e iglesias? ¿Que no mueren fácilmente y que tienen que ser malos por naturaleza, por mera supervivencia? No hay mejor manera de mezclar romanticismo gótico con superhéroes vestidos decorosamente. Por todo ello, por la relación maldita, el terror de la noche, la atracción prohibida, la maldad contenida y las contradicciones vitales, el inframundo sobrenatural refleja el universo adolescente donde los amores son imposibles; la belleza, fugaz; los ideales, engañosos; y las propias facultades, insondables para inocentes niños y desfasados padres.

sábado, 20 de febrero de 2010

¿Cuál es el medio de comunicación más poderoso?

Semejante pregunta no vaticina una respuesta sencilla y rotunda, empezando por la nada despreciable dificultad de delimitar el vocablo “poderoso”. Si cuantificamos el poder por la influencia conductual sobre los receptores, sin duda es la televisión la ganadora. Ningún otro medio condiciona tanto las actitudes, expresiones, gustos, ídolos musicales y deportivos, costumbres, caprichos, alimentos y opiniones de sus víctimas. Sin embargo, si lo que buscamos es cultura, no hay caja tonta ni ordenador ni radio que pueda competir con la prensa escrita, tanto en formato diario como a través de revista especializada. Y no sólo para el desarrollo de las capacidades intelectuales, también como medio de información general. Si además queremos que las noticias vengan calentitas como recién salidas del horno la fidelidad a la radio es obligada. La FM y la AM también son las más poderosas si atendemos a número de horas de emisión y terminales enchufados. Su captación auditiva (y no visual) permite al oyente recibir entretenimiento, información y opinión de modo secundario, mientras realiza otra actividad principal: trabajar, estudiar, correr, cocinar, leer, dormir, conducir, limpiar o chatear, entre otras.
Supongamos que el medio más potente es aquel que sufre más publicidad: pese a la dura competencia la prensa escrita pronto quedaría descartada. La radio y la tele disputarían un honroso segundo puesto e internet reinaría con alevosía. Una gran parte de los contenidos ofertados por la triple w son anuncios: coches, dinero online, discos, churris, imágenes, descargas, vacaciones… y todo lo que se te ocurra. Tal es la vorágine publicitaria que envuelve al medio que hasta pagan al poseedor de una página o espacio web por soportar estoicamente los anuncios de otros; eso sí, cuando ostenten un número decente de visitas.
Si el parámetro de medición es la interactividad, internet ya no gana, arrasa con saña. Admitámoslo, un sistema con el que puedes transmitir un libro entero en pdf, apropiarte de imágenes, canciones, programas, películas, plasmar tus inquietudes en un blog, facebook o tuenti o conversar por escrito a tiempo real (messenger) le da mil vueltas a todo lo demás, en parte porque internet ya engloba y contiene a todos los demás medios.
Los principales diarios incluyen someros contenidos en sus ediciones online; la radio y varios canales de tele ya pueden sintonizarse vía telemática; y los vídeos más relevantes emitidos por cualquier “mass media” pueden cotillearse previo paso por youtube. Y todo con la incontestable y abrumadora ventaja del internauta de decidir qué y cuándo quiere ver, oír o descargar esto o lo otro. Impepinable. La suerte está echada. La tele ha muerto. Viva Internet, el nuevo rey.
Y por sí quedara alguna duda, ahí va un recuento aproximado de mis horas diarias de medios de comunicación: radio, 40 minutos; prensa, 10 minutos; televisión, 70 minutos; internet, 240 minutos. No hay color.

lunes, 15 de febrero de 2010

Sacad los penes…

…y ponedlos encima de la mesa. Por más que la presentación adivinara rocambolescas jornadas orgiásticas o púberes comparaciones de miembros viriles, lo único que yo pretendía con tamaña ambigüedad era solicitar de mis compañeros de cena un soporte informático para volcar las ceremoniosas instantáneas digitales que recogían el enlace de dos de los comensales. ¿O acaso tenía que haber dicho “sacad los pen-drives” o los “penes drives”? Lo más aparente hubiera sido apelar a los “pens” y ya, pero entonces ni tenía coña ni artículo de blog.
Los extranjerismos se comportan de dos maneras predominantes: O se españolizan hasta el corvejón o se anglosajonan de cabo a rabo. Dado que la mayoría son términos ingleses pues parece razonable mantener sus sufijos de género y número. Pero de todo hay. Desde los que se atiborran de guisqui porque están burnaos a los no tienen penes sino pinchos. Claro que para consumir whisky, estar quemao o burnt out y usar memorias usb portátiles no hace falta saber idiomas. Por eso grabamos cds o cedés, tomamos gin-tonic, hacemos mitings o mítines, le damos al play, nos hacemos unos liftings, acudimos al spa o al club, escribimos en el blog, usamos bluetooth y nos meten cuatro desde el corner. Tal vez un buen catering con sándwiches de bacon (o panceta) para hippies y yuppies y camareras en top less nos shakespearice el rumbo a la lengua inglesa. El problema es ¿quién nos cervantinizará el camino hacia el castellano?

lunes, 8 de febrero de 2010

Carril de atropellos

El bravo agente Más Largo que un Día sin Pan fue elevado a la categoría de héroe policial en todo el estado. Su hábil destape de los asesinatos del cine Marlon lo había colmado de palmadas en la espalda y medallas honoríficas, además de otras promesas venideras como la inmediata promoción al puesto de ayudante del subinspector adjunto de reserva, lo que equivalía a cobrar cuarenta euros más y pegarse el día rellenando formularios. Pero para eso Largo debía coger el alta: Tras la solución del caso Marlon cogió una depresión tremenda y mezclaba antidepresivos con relajantes y bourbon malo, pizzas revenidas y palitos de merluza congelada y caducada tres años atrás. Día sin pan nunca superó la muerte de Guapo con ganas. Y a la Administración le salía muy caro tener a un agente de baja indefinida y cobrando en tiempos de crisis. Para revertir la situación no apelaron al coste, sino a que el gran compañero debía tirar para adelante. Lo mandaron a varios especialistas, le corrieron unas juergas oficiosas, le llevaron al casino. El resultado fue inapelable: Un psiquiatra cogió una depresión aguda, dos agentes se divorciaron cuando sus revolcones extramaritales vieron la luz y otro policía se hizo ludópata. Dada la eficacia de la “operación Largo de alta”, fue la misma inspectora Sota de Espadas la que tomó las riendas y se sacó un postrero as de la manga: Cuadrícula de Excel. El agente Luis Mateo Sanjuanes era un auténtico friki de los formularios y las normas. Se sabía el código penal de memoria y el reglamento de pe a pa. Hubiera podido embaucar a más de un abogado tripón con sus estatutos pero nunca utilizaba su sapiencia legal para actuar al margen de la ley. Era el único, junto a Largo precisamente, que no se había apartado unos gramos de polvo blanco incautado para disfrute personal.
A Día sin pan no le cayó bien Cuadrícula de Excel. Le copaba por todos los lados: sabía más que él, buscaba mejor en los ficheros, conocía de modo insuperable la ley y era todavía más persistente. Por eso cuando Cuadrícula apareció por su puerta con el informe Lane sólo se le ocurrió eructar whisky barato. Excel sólo añadió que era DYC y Largo explicó de mala gana que se le había agotado el bourbon. Nada cambió para Largo, que seguía encerrado en casa castigando su hígado y puliendo sus regoldos. Cuadrícula venía cada día con pizzas del chino y compartían sus pesquisas. A las dos semanas el larguirucho empezó a colaborar preso del tedio.
El caso no parecía complicado. Un tipo demandaba al ayuntamiento de Lane por daños personales. Al parecer había sido atropellado por un vehículo no identificado en uno de sus múltiples carriles. El nota exigía al Pleno una indemnización millonaria como responsable civil subsidiario. La ciudad de Lane era de reciente construcción. En ella sólo vivían ricachos y vampiros del ladrillo. Con cámaras en cada cruce y cada esquina era la meca de la seguridad. Que un forastero exigiera una suma millonaria tras ser atropellado en sus carriles era un timo y un desplante. Desgraciadamente el tramo del accidente no era grabado por el gran hermano.
La ciudad de Lane tenía una particularidad por encima de muchas otras. Se le llamaba la Meca de la circulación y aglutinaba muchos carriles para vehículos. Una calle cualquiera contenía carril peatonal lento y otro rápido, carriles coches gama baja, media y alta, carril tetrapléjico, carril bebé para carritos, carril ciegos, carril bici, patín-carril, carril footing, carril taca-taca para ancianos, carril funcionarios de la administración, carril moto, carril ebrios, carril senil, carril tranvía, carril gimnasia, carril saltador, skate-carril, carril carnaval-semanasanta-halloween-navidad, carril compra, carril sordos, carril bus, carril taxi, carril policía, carril ambulancia, carril bomberos y carril visita guiada. El demandante fue a cruzar los veintinueve carriles y un vehículo no identificado lo arrolló. Realmente no importaba cuál fuera, pues el peatón tenía prioridad sobre todos los demás. La cámara de seguridad del cruce a 100 metros mostraba varios vehículos y viandantes en todos los carriles, por lo que se hacía imposible determinar quién había sido.
Pasaban las semanas y Largo y Excel comenzaron a desesperarse. Nada parecía mostrarles quién podría ser el malvado atropellador. Al menos Cuadrícula traía unos bollos recién hechos buenísimos. Estaban completamente atascados. Era evidente que el culpable no iba a aparecer por la puerta confesando su atroz tropelía, y sin embargo se trataba de gente adinerada que no sangraría demasiado por soltar noventa mil euros. De repente Largo sintió que una chispa de lucidez iluminaba la oscuridad de sus pupilas. ¿Y si el accidentado fuera en realidad el responsable del atropello? Excel buscó en su enciclopedia normativa y encontró una excepción dentro de un caso excepcional de prioridad peatonal. A partir de ahí Largo salió de su whiskypocilga, cogió el alta y empezó su auténtico trabajo de campo. Dos días después el demandante fue denunciado por atropello sin prioridad. El ayuntamiento se personó como acusación particular y la víctima y principal testigo fue rescatado de la vergüenza de su hogar. Se trataba de un ciego que chocó con el demandante cuando este último cruzó el carril ciegos. Aunque la prioridad debiera ser para el peatón en cruce, ésta se perdía en el supuesto de que el ciego no llevara perro guía, como era el caso. El invidente desconocía la normativa y ocultó su participación ante la imposibilidad de afrontar semejante indemnización en caso de ser declarado culpable. Poco pensaba que después de las investigaciones del friki y el sagaz larguirucho sería el peatón jeta el que le pagase, tras sentencia judicial, cien mil aliviadores euretes. Se compró un perro guía de los buenos y se puso ciego de ginebra, aunque esto no tenía mucho mérito.
Cuadrícula de Excel fue ascendido por su participación y Largo renunció a su puesto apalabrado. Se conformó por solicitar la permuta de motorista a policía de a pie. Mientras tramitaban su cambio Día sin Pan se preguntó qué nuevos compañeros le depararía su recién estrenado estatus.