lunes, 7 de diciembre de 2009

El séptimo arte es mortal de necesidad

Sota de Espadas estaba muy bonita cuando se enfadaba, y últimamente se tornaba bellísima desde el otro lado del cristal de su despacho de inspectora jefe. En sus escasos meses de poco papeleo y mucho “trabajo de campo” había visto frikis que se disfrazaban de caballeros del zodiaco y se peleaban a espadazos contra iluminados vestidos de jedis en la cobardía de la noche, programadores de porno entre dibujos animados y saboteadores de cava francés. Que un asesino en serie se cargara a cinco yuppies en un mes sí que resultaba un poquito más comprometido, especialmente cuando el jefazo de la central había cambiado la porra de vaina y ella ya no podía promocionar mediante sudorosas convulsiones. Necesitaba resolver el caso. Sus mejores hombres, sin embargo, no reunían pesquisas esclarecedoras y la pobre sentía como las medallas que imaginara sobre sus turgentes pechos se las llevaba el viento cabrón. Entonces se acordó del agente empanao pero que luego era sagaz.
Día sin pan se aburría tanto sobre la moto que la aparcaba donde podía y se echaba a andar. Hacía siete meses que esperaba la asignación de un compañero. Sota era un poco raspa pero al menos tenía voz y mala cara. Por eso se alegró cuando la llamó desde su aparente despacho. La conversación fue rápida. Ambos se entendieron con facilidad. La inspectora mantenía las nalgas prietas y una sugerente altivez. Lo único que pidió el poli larguirucho fue un compañero. La rubia llamó sobre la marcha y comenzó a pormenorizar el intrigante y macabro episodio.
Los fiambres tenían denominación de origen: eran jóvenes, solventes y pijos. Dos varones y tres mujeres: algunos solteros y otros casados. Ostentaban envidiables trabajos, posición social, buena salud y una aparente felicidad vital. Nada más parecía vincularlos. Todos habían sido encontrados los jueves de madrugada en algún callejón. Sin huellas, sin robos, pero con puñaladas para abusar. Los forenses aseguraban que eran trasladados desde el lugar del crimen y que éste siempre se producía entre las nueve y las once de la noche.
Guapo con ganas irrumpió e interrumpió simultáneamente, en el despacho y en la explicación, hasta que los ojos impasibles de la inspectora desnudaron su arrojo. Era un chaval aparentemente agradable, normalito, pero terriblemente convencido de su belleza personal. De ahí el irónico mote que él entendía como asignado por merecimiento en lugar de mofa. Nadie lo había sacado de su error. Tampoco lo hubiera creído.
El Largo y el Guapo entrevistaron a todos los familiares de los cuarteados. Nada especial, salvo una incomprensible entereza en todos los casos, que Día sin pan asumió como frialdad en los casos de una novia y un marido de las víctimas. Es como si lo esperasen. Guapo no se percató de ello. No paraba de hablar del book de fotos que se había hecho. Le había costado una pasta, pero esperaba lanzar su carrera de modelo.
Los días pasaban y no había datos esclarecedores. Llegó el jueves y cayó otro yuppie, arrejuntado, sin hijos pero con mucha guita. Cuando ambos se presentaron en su casa el viernes para dar la mala noticia a su chica surgieron dos matices dispares: la mujer no estaba afectada ni sorprendida, y sin embargo se alegró mucho de ver a Guapo, con el que había cursado la primaria. Tanto alborozo produjo el encuentro que ambos comenzaron a quedar a tomar cafés de media tarde. El hermosón fingido pretendía entrevistar a la viuda, pero tan sólo recuperaba una vieja amistad, quién sabe si algo más. Llegó el miércoles y el larguirucho le recriminó su deficitaria actuación policial y el otro acabó autoensalzándose, destacando su atractivo faccional y su perfección estética. Día sin pan, caliente y enfadado, le gritó que no era ni guapo ni resultón, más bien del montón y gracias. Y que todos se reían de él, y que su book era un asco, y que nunca le cogerían en esos estúpidos anuncios de bífidus activo ni en ningún otro spot de pacotilla. Que su belleza era mediocre y su carrera una película que se había montado. Y no se dijeron nada más. Nunca volvieron a hablarse.
Largo volvió a quemarse las pestañas en comisaría sin solución. Llegó el jueves y el macizo no apareció. Día sin pan estaba muy rebotado hasta que dieron con el cadáver del guapetón en un triste callejón de mala muerte. Nunca un viernes supo tanto a amargura y alcohol para el estirado agente de la moto. Y el sábado violentos tragos de bourbon embriagaron sus desgarradoras lágrimas. El domingo cambió llanto y whisky por resaca y vómitos rezando de rodillas en el altar del wáter. Largo estaba hecho un asco por fuera y asqueado por dentro. El lunes devolvería la placa y la pistola.
Pero la semana empezó con una carta de Guapo con ganas. Día sin pan rompió a llorar primero y el sobre después para leer una vehemente confesión de su último compañero.

“Eres un gilipollas. Y un imbécil. Y nadie quiere trabajar contigo porque resuelves casos y los demás quedamos mal. A mí me da igual. Digas lo que digas acabaré de modelo en una revista, haré anuncios de televisión y dejaré maderolandia. Puede que me haga actor o cantante. Sé que tengo talento. Y por supuesto que soy guapo. Soy guapísimo. Y tengo un culito respingón. Pero que te den. Por mí como si esta noche te coge el psicópata y te aburre a tajos. Olvídate de mí. Hazte a la idea de que estoy muerto. No volverás a verme. Y cuando esté arriba nunca olvidarás esta carta. Porque pienso triunfar, ¿lo oyes? Seré famoso. Ahí te pudras. Me voy al cine.”

Largo vio la luz y se le encendió la bombilla. Aquel jueves siguió a la amiga del hermosón. La viuda alegre entró a un club privado. Cuando el conserje le prohibió la entrada a Día sin pan, el policía le incrustó los nudillos en los dientes y lo dejó noqueado. Se sentó al fondo de una sala de cine victoriana llena de pijos expectantes. La película era “¡Qué bello es vivir!”. Nadie se había percatado de su presencia. A media sesión apareció un pavo disfrazado de Ratón Mickey con un machete tipo Rambo en la mano. Comenzó a pasearse como recreándose en su danza fúnebre. La gente miraba de reojo su devenir sangriento. Se paró ante un cachas de sonrisa denticlor y le asestó un par de besos de metal en las costillas. La 38 de Más largo que un día sin pan silbó seis veces fulminando al infantiloide ratón, taladrando la gomaespuma aquí y allá, y aunque Mickey no perdió la mueca de alegría, rojos borbotones fluían generosos de sus nuevos manantiales. El acuchillador cayó con exasperante lentitud mientras el musculoso agredido miraba a Largo con reproche de haberle estropeado su bien merecido final. Nadie se movió, quizá conscientes de lo absurdo de todo aquello.
Los ojos almendrados de la rubia parecían expandirse hasta el infinito de sus cuencas mientras el larguirucho le explicaba todo el cotarro: El cine Marlon sólo abría los jueves para socios con ganas de morir. Eran jóvenes, ricos, brillantes y saciados de vivir. Combatían aburrimiento y tedio con un emocionante juego inspirado en una escena de “Scream 2”. Iban a ver una película sin mayor atractivo que esperar a que saliera el apuñalador disfrazado de muy diversas maneras. El asesino elegía un espectador al azar y lo cosía a machetazos mientras la sala jaleaba en delirio. Después todos se marchaban a casa esperando mejor suerte al jueves siguiente. Los responsables del cine limpiaban la sangre y trasladaban el cuerpo de agraciado hasta un callejón olvidado cualquiera, que se volvería famoso a la mañana siguiente. La inspectora no podía entender que los socios del Marlon Cinema fueran a buscar emoción de una manera tan radical, pero cuando interrogaron a la mayoría de ello comprendió que casi todos deseaban morir entre palomitas y gritos de júbilo. Ya eran auténticos zombies mentales.
El cine se reinaguró como la sala de los puñales con muñecos gore en los asientos y la sangre real de los siete “premiados”. El ayuntamiento sacó mucha pasta por ello. El fornido yuppie se recuperó a su pesar de las dos incisiones en su costado, aunque tanto él como el resto de socios fueron sentenciados a prisión por encubridores de todos los crímenes del cine, incluida la viuda feliz que había invitado a Guapo con ganas a ver la última película de su modélica vida. Sota de espadas de nuevo se pinchó un seno con la aguja de nuevas condecoraciones y Día sin pan volvió a patrullar a pie con la promesa de nuevos agentes a su vera. Eso si, aquella Navidad editó un calendario policial con las fotos del book de Guapo. Se agotó en todo el país y los padres del agente asesinado recibieron todo el dinero y se hicieron millonarios. No estaba mal para no haber visto a su hijo en doce años. Ya lo dijo Clint Eastwood: La muerte tenía un precio.

sábado, 5 de diciembre de 2009

Fábula del burro y la marmota

Podía haber sido una tarde como otra cualquiera en el zoo, pero el sonido premonitorio de la trompa del elefante la convirtió en extraordinaria. Los animales acudieron a la plaza curiosos. El loro carraspeó insistentemente para conseguir silencio y de paso envolverse en interés. Después comenzó a leer una intrigante misiva:

“Orden de 22 de Diciembre de 2009 del Ministerio de Educación.
Para garantizar la igualdad de oportunidades en el mundo laboral y la integración de todos los seres con independencia de raza, sexo o religión, el Gobierno propone reducir el analfabetismo mediante la escolarización de animales en Centros Educativos Públicos.
Para lo cual dispone:
Todos los animales de hasta tres años de edad podrán cursar estudios de educación secundaria obligatoria.
Los inscritos completarán únicamente el último ciclo de la ESO; esto es, tercero y cuarto, y compartirán aula con los humanos.
Dicha normativa tendrá carácter voluntario y podrán acogerse a ella todos los vertebrados e invertebrados que lo deseen, sin perjuicio de aquellos que decidan no incorporarse al sistema educativo.”

Los animales comenzaron a opinar en corrillos. Por fin los humanos se daban cuenta del potencial que tenía la fauna.

- ¿Y por qué sólo dejan apuntarse a tercero y cuarto? – dijo la mosca.
- Porque tiene las ratios muy bajas y quieren llenar las aulas – respondió el búho.
- ¿Y cuánto pagan?
- Nada, mosca. No pagan por estudiar, salvo los padres – replicó el león.
- ¿Y cómo van a…? – continuó el alado insecto.
- ¡Cállate ya, díptero testicular! Eres más pesada que las moscas. – El perro tenía ciertamente un humor de perros.
- Bueno, va, ¿quién se anima? – dijo el león, que veía una buena oportunidad de promocionar el zoo sin soltar un duro.

El zorro, la hormiga, el elefante y el toro fueron los primeros en apuntarse. Su reputación les precedía. Luego se decidieron la morsa, la cigüeña, el cerdo, la mosca, el loro y el mono.
La tigresa y el pavo real lo hicieron a continuación recreándose en el paseíllo y mandando besos al respetable con falsa modestia.
Apareció entonces el grupo de la muerte: La víbora, el lobo, el tiburón, la serpiente, el buitre, la urraca, la rata, el lobo y el gusano. Sonó un profundo silencio. Atravesaron la plaza con desprecio hasta llegar a la mesa de inscripción. Se alistaron juntos, mientras la muchedumbre abucheaba con vehemencia.

- Yo también voy – argumentó la oveja mientras estampaba su pata en la solicitud.
- Ala, se apuntan los siniestros y vas tú detrás como los borregos – añadió el loro.
- Este pajarraco está siempre al loro- apuntó el mono a modo de chiste.

Cuando se acercaron el pez, el burro, la tortuga, el besugo y el ganso para rellenar sus instancias, se oyó una carcajada generalizada, contagiosa y cruel. Cuatro de ellos aguantaron la burla con estoicismo, pero el asno miró a la fauna con fingida dignidad y luego se hundió en su propia miseria. Pese a que sus amigos quisieron detenerle, se marchó con las orejas gachas y una expresión de profunda tristeza sin ni siquiera poner la pezuña en el papel. Al resto no pareció importarle.
Siguieron llegando alumnos: el pulpo, el amigo calamar, la escultural vaca, la grácil ballena, la sílfide foca, y la cabra.

- ¿Y por qué no se apuntan el búho y el león, por aquello de ser el más sabio y el rey, respectivamente? – era la vaca la que inquiría.
- Somos mayores de tres años- respondió el ave con mesura.

Por fin llegaron el oso y la marmota con su habitual premura. Eran los últimos.

A la mañana siguiente la marmota fue a convencer al burro de que debía estudiar. Al parecer había un programa de estudios para alumnos con dificultades de aprendizaje. En caso de suspender, los podrían meter a ese programa de diversificación. De hecho, la marmota quería entrar ahí directamente sin dar un palo al agua. Pese a la insistencia del roedor, el mulo no se apeó del burro.

Aquella tarde el búho recibió una visita intempestiva: El burro quería consejo.
- ¿Debo hacer caso a la voz del zoológico y quedarme en mi establo o debo perseguir mi sueño de rebuznar en una clase?- preguntó sin rodeos.
El viejo búho le miró con ternura y le dijo:
- Jo, macho, pareces Hamlet. Si de veras quieres estudiar poco importa tu inteligencia o tus aptitudes. Conseguirás lo que te propongas si te esfuerzas.

El burro sonrió con decisión y se marchó con el sol. Rellenó la inscripción en completa soledad. Tenía tanta fe que podría haber llevado a todos los animales en su grupa sin despeinarse.
Cuando apareció a la mañana siguiente en la parada del autobús escolar, todos lo contemplaron con respeto y asombro. Nadie soltó una sola carcajada.
Los nuevos estudiantes partieron con una cartera llena de libros de gratuidad y sueños dispares. Los mayores los despidieron con vítores de héroes y cierta condescendencia paternalista. El león y el búho se miraron con preocupación, preguntándose si tanta ilusión no traería sino rotundas calabazas.

- Crees que alguno titulará? – inquirió el rey felino.
- El zorro, el elefante y poco más- replicó el búho.
- Pues estamos aviados. Adiós a la subvención para reformar el estanque de los patos.
- Tampoco te ibas a gastar el dinero en eso, pelón- apostilló el lechuzo.
- Es verdad. Pensaba rediseñar mi casa. Parece una leonera.
- Algún día te cogerán, Leo. – El búho siempre lo sabía todo.


Octubre tostó las hojas de las hayas, sauces y chopos. Noviembre los desnudó y Diciembre los revistió de blancos oropeles. Abril les devolvió el verde esplendor de antaño. Mayo los emperifolló de vivos colores y suaves texturas. El curso, ya crecidito, comenzó a agonizar y murió irreversiblemente, una vez más, a mediados de Junio. Los peques del zoo volvieron con las preciadas calificaciones y gordos interrogantes adornando sus peludas frentes. Los primeros en llegar no abanderaban halagüeños resultados.

- ¿Cómo ha ido, cerdo asqueroso? – tanteó el rey.
- Mal. Me han caído siete.
- ¿Pero qué has estado haciendo todo el curso? – añadió el preocupado búho.
- Marranear con los alimentos. Pero estudiar, nada de nada – explicó el marrano. - Por cierto, la ballena, la foca y la vaca se han atiborrado de chucherías y comida basura durante meses. Las tres se han puesto tan gordas en Semana Santa que las han internado en una clínica de adelgazamiento. El mono tampoco promociona, pues se ha pegado todo el tiempo haciendo payasadas.
- Yo empecé con mucha fuerza, pero sin control – se sinceró el toro.
- Más vale maña que fuerza – dijo el zorro. - Yo en cambio he sacado un nueve de media.
- Y yo un siete – agregó la trabajadora hormiga.

Se oyeron jubilosos gritos de rabia y orgullo animal, que sin embargo parecían excesivos a tenor de los pobres resultados. El lobo y el tiburón habían sido expulsados por bullying. La oveja repetía por su falta de personalidad; la urraca por codiciosa; el buitre por egoísta; la mosca por pesada; el pulpo por sobón; el oso por dormilón; la rata por rácana; la víbora por mala; la serpiente por rastrera; el gusano por infame.
El loro suspendió por su afición a hablar mucho y escuchar poco. El amigo calamar tampoco pasaba. El elefante fracasó pese a su excelente cabeza, pues no entendía absolutamente nada de lo que memorizaba. El león empezaba a sudar con preocupación.
La tigresa suspendía pues se había pegado los nueve meses ligando con jovencitos, más o menos como el pavo real con las chicas. La cabra había sido enviada al manicomio. La morsa había perdido el derecho a la evaluación tras miles de sesiones en el dentista. La cigüeña quedó embarazada y se marchó a Francia a abortar. Al final decidió tenerlo allí. Cuando volvió con su vástago dio lugar a habladurías y leyendas varias. Incluso se generalizó el chascarrillo de que los niños los traía la cigüeña de París.
La marmota ejecutó a la perfección el fraudulento plan que había pergeñado: no hacer nada y fingir incapacidad de memorizar o aprender para suspender y ser enviada a diversificación. Su plan se cumplió hasta cierto punto: no promocionó; sin embargo, nunca fue propuesta para díver. Quienes sí obtuvieron plaza allí fueron los amigos del burro: El pez lo olvidaba todo a los tres segundos, la tortuga era muy lenta, el ganso muy torpe y el besugo muy simple.
El león estaba avergonzado: Tan sólo dos animalitos promocionaban a cuarto. Una vergüenza. Y la subvención al garete. Al menos hacían falta tres aprobados para cumplir los mínimos.
Entonces apareció el burro. Tenía la mirada fija en su rey. Lo contempló con seguridad y sacó sus notas. Había aprobado todo con cincos y seises. Las observaciones de los profesores no tenían desperdicio: “Estudia como un burro. Ha aprobado por su gran esfuerzo. Llegará lejos si sigue así. Tiene mucho pundonor. Es muy perseverante. Le cuesta mucho pero se sacrifica más que ninguno.”
Los animales se emocionaron y rompieron a llorar y aplaudir a su nuevo héroe. La atención que antes acapararan el zorro y la hormiga pasó al burro. Y desde aquel día todos los compadres del zoo miraron al asno con otros ojos.

Epílogo
Un año más tarde, el burro obtuvo el Título de Graduado en Eso con una media de seis y excelentes valoraciones de sus docentes. También titularon el zorro y la hormiga. Todos los alumnos que volvieron al instituto a repetir tercero pasaron a cuarto, bien por imperativo legal, como el pavo real y la tigresa, bien por méritos propios, como el elefante, el calamar o el pez (este por diversificación curricular).
El búho se retiró a una residencia de aves llamada “El ala rota”. El león tiró su leonera de arriba abajo y la reconstruyó como si fuera un chalet ibicenco. Nunca se supo de dónde sacó el dinero para semejante chapuza…

jueves, 3 de diciembre de 2009

Ladrones del sonido y músicos que no apuntan al mear

Será un delito, nosotros diez millones de malvados piratas musicales y vosotros un devaluado grupo de saqueados cantantes, pero ni vas a poder pararlo ni habéis conseguido leer el futuro del tinglado.

Si dividiéramos la descarga de contenidos culturales por Internet en detractores y defensores, la dicotomía quedaría terriblemente descompensada entre cuatro profesionales del marketing y varios millones de heterogéneos usuarios. Todo quisque se baja la música y las pelis de Internet, incluso las porno, la última versión de PhotoShop y los libros electrónicos. Detener esto es virtualmente imposible. Y eso que lo habéis probado todo: capar los puertos de los P2P, eliminar enlaces fraudulentos, retirar videos de youtube, denunciar páginas… Pero vamos a ver, so melones, ¿de verdad pensáis que todo lo que la gente se descarga es dinero que perdéis? ¿No veis que los internautas sólo comprarían un 10% de lo que obtienen gratis, que vuestras cuentas de la vieja son tan ficticias como las tetas de las portadas? ¿Qué la mayoría de los malvados piratas hacen botellón o malabares para llegar a fin de mes y no tienen guita para comprar vuestros macromachacados lanzamientos?

Y sin embargo, no veo a grupos indies o trotamúsicos del rock urbano gritando al cielo contra nuestros perversos delitos. No deja de ser curioso ver quiénes lideran las protestas: las viejas glorias consagradas que hace tiempo que, como Mick Jagger, cambiaron la guitarra por la calculadora. Gente que ha sido y es muy importante en la música, pero que últimamente se ha rociado de un tufillo a mercadotecnia y publicidad. Señores que sacan un recopilatorio 20, 25 y 30 años con cuatro míseros temas nuevos y a vivir de la promoción. Tipos cuya música nunca sabremos lo que valdría sin los 40 Principales y los anuncios del Corte Inglés. Pijos del sistema que en algún momento enarbolaban la rebeldía y la revolución. Déjennos que al menos les endosemos la etiqueta de dudosos a los dinosaurios del ayer, a esos que se quejan sin comprender que lo que necesitan es lo que están perdiendo, que se están aramoncineando, que su posicionamiento es el equivocado.

Podrán decir que les están robando, que hay que comprar y que la historia se va a la mierda. Todo mentira. Lo que importa es la gente, ésa a la que están exigiendo que consuma. La música es mucho más que sus canciones, más grande que sus actitudes y más potente que sus directos. Esto consiste en llegar al otro lado y no en cohibir todo lo que no sea pagando. Porque si el respetable no te quiere estás acabado, chaval. Porque entonces el público dejará de escucharos, de ir a vuestros conciertos, de comprar vuestras camisetas de serigrafía barata y etiqueta cara. Y de repente os daréis cuenta de que vendéis mucho menos, y que ni las ratas van a veros porque no conocen vuestras últimas y trilladas fórmulas. Tal vez en semejante tesitura os percataréis de que estáis meando fuera del tiesto, y que por mucho que las churras nos bajemos los discos la culpa la tienen las merinas.

La postura buena es la de los artistas amigos de Internet: “No vamos a detener esto. No podemos hacer nada. Pues aprovechémonos del medio.” Y así es como muchos ya cuelgan sus obras en la red para que sean compartidas por todos. Los usuarios se emborrachan de dulces néctares sonoros que luego pagan en puntuales espectáculos en vivo, que es ahí donde el cantante ha hecho caja siempre, y no en el 2% que les dan los vampiros por cada CD vendido legalmente en el Fnac. El músico difunde su música, el usuario la consigue gratis y el devoto paga por los extras. Y todos contentos. Ah, no. Las discográficas no. Pues que desaparezcan, que se reciclen, que las empresas de telefonía les paguen un canon, porque nosotros no vamos a dejar de descargar contenidos multimedia igual que no dejamos de grabarnos cintas de cassette o discos de vinilo cuando Carolo reinaba.

martes, 1 de diciembre de 2009

La violencia de género está de moda

Hace años que esta cruz cuelga del cancerígeno pecho de nuestra sociedad, la pervierte con crudeza y demuestra lo paradójico de la civilización. ¿Por qué entonces parece que ha surgido en los últimos diez años? ¿Acaso antes no se zurraba a las mujeres? ¿Es un hobby unidireccional o también hay hembras maltratavarones como si fueran unas adelantadas mantis religiosas?
Contestando a todo ello, porque lo femenino está de moda, sí de toda la vida y también ocurre al revés.
Lo primero que debo puntualizar, a riesgo de ganarme las enemistades más manifiestas, es que la violencia machista no me parece especialmente grave. Por supuesto lo es, pero a veces parecemos olvidar actos mucho más reprobables: maltratar niños es mucho más trágico, esos sí que no tienen salida alguna; o prostituir rumanas a hostias y violaciones desvirgadoras; arrancarle una pierna a un transeúnte inocente que pasaba por donde un hijoputa nacionalista hace detonar un BMW-bomba. Estos sí que no tenían elección. Quiero decir, evidentemente en un caso de maltrato la culpa es del agresor y nunca de la víctima, pero por un amor mal entendido o un miedo demasiado bien comprendido a veces una se encierra en su propio ataúd en lugar de darle en los huevos al sepulturero al primer martillazo que dé en el clavo. Salir de una situación de abuso es muy difícil, quizá por ello la única oportunidad es nunca llegar a meterse en ella. Sé que Perogrullo me mandaría a la mierda, pero algo tan claro no se ve cuando le pasa a una misma. El violento no se hace al día siguiente de desposarse como por hechizo. Hijoputa se nace y hay que verlo venir y cortarlo a tiempo. Antes de la primera paliza. Y mucho antes de acabar con las tripas abiertas.
Más allá de la crudeza que despachan las anteriores aseveraciones, ¿por qué ahora sí se habla de esto y antes no? Probablemente sea por el nuevo rol de la mujer en la sociedad. Le confiero, desde mi osada necedad, mayor peso específico en la escala evolutiva, mayor capacidad de sufrimiento, funciones multitarea, pragmatismo empírico y gran adaptabilidad. La superwoman del siglo XXI hace tiempo que aterrizó desde Krypton y ahora se le exige que salve el mundo, la empresa, la disfunción eréctil de Clark Kent, el hogar y que los canelones salgan buenos. Y toda la maquinaria consumista que giraba en torno al caballero se orienta a la señora repentinamente. Porque ahora trabaja, gana perricas y puede gastar de modo independiente y hasta convulsivo. La vampírica publicidad tiene nuevas y más suaves yugulares que morder y chupar la sangre sin matar, al menos de modo súbito. Así pues sólo ahora que la mujer es importante socialmente nos acordamos de que los psicópatas enfermos machistas las fostian hasta la muerte. Antaño se lo merecían por hacer la paella un poco pasada. ¡Qué cinismo, empezando por ellos y acabando por ellas!
Pero ya puestos a hablar de violencia también quiero desenterrar la violencia psíquica. Ésta no entiende de músculos ni de inferioridad física. También puede ser de género pero la ejerce el más fuerte mentalmente, a veces la fémina. Razones, unas cuantas. Primero, el hombre es más dado al maltrato corporal si ha de inclinarse por esta saludable actividad. Segundo, la mujer nunca ejercerá la otra opción porque salvo escasas excepciones siempre tiene menos fortaleza. Y aquí vale todo: manipulación, celos convulsivos, fatalidades, problemas mentales, ninguneo, infidelidad, mentiras, insultos, acoso, luz de gas, accidentes. Es muy jodido vivir con alguien que te maltrata mentalmente. Te regala toda la hiel que necesitas para sentirte una mierda y convertir tus noches en ronquidos sin sueños. Y tú acabas pensando que realmente no vales, y tu potencial se reduce a la mínima potencia, y el otro crece a costa de tu propia energía. Y lo malo es que los moratones del alma no se ven ni se pueden denunciar, por muchas palizas verbales y psicológicas que te den. Y sin embargo, duelen más que los otros y causan la muerte igual. Tampoco crean que son independientes de los otros: Muchas veces son hermanos de causa y causa de perdición.